
El eco de sus propios pasos, resonando contra las paredes del viejo apartamento, le resultaban del todo armónicos y misteriosos. Le daban a su vida una banda sonora misteriosa, atractiva.
Nada más entrar Se dejó caer en el sofá con un suspiro. Hundió el rostro en las manos. Su mente era un torbellino de pensamientos oscuros, resentimientos y frustraciones que se acumulaban. Sentía que la vida le había cerrado todas las puertas y que cada intento de avanzar terminaba en una pared invisible que lo devolvía al mismo punto de partida.
Esa tarde, en una de sus caminatas sin rumbo, terminó en una librería de segunda mano. Sin saber por qué, tomó un libro de filosofía oriental y comenzó a hojearlo. Una frase le llamó la atención: «No puedes controlar el mar, pero sí aprender a navegar sus olas». Se quedó mirando las palabras, que bailaban ante sus ojos al mismo ritmo que en tantas ocasiones contemplar el movimiento de la marea lo llevaba a la calma, como si esas olas fueran un código que debía descifrar.
Durante las siguientes semanas, dedicó unos minutos cada día a respirar, a meditar, a observar sus pensamientos sin juzgarlos. Al principio le resultó absurdo; su mente seguía gritando, pero poco a poco, fue sintiendo una paz extraña, como si hubiera un espacio dentro de él que no estaba contaminado por el ruido de su propia angustia.
Con el mismo vaivén del mar, los cambios se empezaron a notar. Su manera de reaccionar ante las dificultades se transformó. Ya no explotaba por cualquier contratiempo, ya no se paralizaba ante el miedo. La rabia y la desesperación fueron cediendo espacio a la aceptación y la claridad. Con ello, las oportunidades comenzaron a aparecer. Estaba orgulloso de su trabajo interior.
Sus sentimientos seguían activos, más que nunca, con más fuerza y sinceridad que nunca. Pero siempre hay cosas que no cambian. que todo lo contrario, que mejoran con el tiempo y con la mejora interior.
Como cada vez que la veía, la garganta se le anudó. Al encontrarse no hablaron, no había necesidad. Se miraron, con el peso del cariño que se tenían reflejado en sus ojos, y se abrazaron con fuerza. Al fundirse en ese abrazo ambos sintieron como algo dentro se rompía y se reconstruía al mismo tiempo. Era la paz que se daban, y con ella, el camino para avanzar.
Gracias por leerme.








