«Amor en el mar»

Extraída, sin permiso, de San Google.
A grandes zancadas sobre las olas viajó su imaginación. Con ella fue todo lo rápido que pudo. En su fantasía recorrió las miles de millas marinas que lo separaban de su amor, ahora en otro continente por una oferta de trabajo que no pudo rechazar.
La buscó entre las calles, por las esquinas, en el piso que tantas veces le había descrito, hasta que la encontró en el malecón. 
Se acercó a ella y con sus manos acarició su pelo. Con su boca besó sus labios.
Ella, al otro lado del mar, necesitó acercarse a la orilla de la playa. En el mar sintió su tacto.

«Concurso de La Esfera»

Un año más, los amigos de La Esfera Cultural han programado un concurso literario con un divertido tema: «¿Vacaciones? Si yo te contara».

La propuesta es bastante sencilla, y desde luego original. Consiste en escribir un relato, de no más de quinientas palabras, en el que se narre unas vacaciones insólitas.

Como ya sabes, alguna historia original, de hechos escabrosos, tengo en mi currículum, así que me armé de valor y cuando leí la convocatoria me di cuenta de que algo podía hacer. 

Los problemas me visitaron entonces: la letra ñ de mi teclado se había «escuchurruflado»; la tinta del bolígrafo se había secado; la máquina de escribir ya no escribía; los lápices, al afiláramos, se les rompía la mina y para colmo un indio se había llevado la pluma. En fin, una serie de inconvenientes que retrasaron y me hicieron dudar en mi presentación a tan magno evento literario.

Luchando contra todos los males y a contracorriente logré presentar una pequeña historia: «Que difícil es hacer las maletas».

Ahora necesito de tu ayuda. El Jurado, que está formado por el comité editorial de La Esfera Cultural, tendrá en cuenta las votaciones que los lectores, o sea tu, realicen por el sistema +1 de Google. Por lo que necesito que, si te gusta mi aportación, pinches sobre este enlace y me des tu voto.

Espero que mi historia te divierta. Gracias de antemano.

«Ring, ring, ring»

Extraído, sin permiso, de San Google.

El viejo dicho que había escuchado más de cien veces, en este caso, no tenía razón:«si no hay noticias, son buenas noticias»; o al menos el no lo entendía así.
Cada cinco minutos miraba el teléfono. Estaba encendido, ¡claro que estaba encendido!, siempre lo estaba. Comprobaba el volumen varias veces, sabía que, en el trabajo, tenía que mantenerlo en silencio, pero no podía hacerlo. Esperaba aquella llamada.
De repente el aparato comenzó a sonar, vibrar e iluminarse, de una manera casi diabólica, justo en plena reunión de recortes. Deseaba aquel instante como agua de mayo. Podía ser el inicio de una nueva etapa, de una nueva carrera profesional.
Los asistentes a la junta le recriminaron con la mirada. El se excusó, cargó sus pulmones de aire limpio y se dispuso a contestar.
Número desconocido, ¡bien! Es este —pensó—. ¡A llegado el momento! 
Contestó, pero se desilusionó. Sólo era publicidad.

«Adiós ratoncito adiós»

El niño está llorando en la cocina.

Extraída, sin permiso, de San Google.
—¿Qué te pasa cariño? —pregunta la preocupada madre.
Tras unos primeros momentos de negación, el chico, decide abrirse.
—Es que el Ratoncito Pérez no se ha llevado el diente.
Ella traga nudos, intenta recuperar la compostura y pone su cerebro trabajar. 
Las cosas pasan porque, sin duda, tienen que pasar. Un despiste lo tiene cualquiera y el de anoche fue uno de ellos. Buscando el lado positivo, y cómo salir del paso, concreta que, con este olvido, se ha roto una pequeña ilusión, una fantástica fantasía, mantenida durante doce años. Ha llegado el instante de dar una explicación.
—Llega un momento —continúa la afanada madre, tomando a su ya no tan niño entre sus brazos— en el que, el mágico ratón abandona su costumbre. No porque ya no te quiera, o no quiera tus dientes, sino porque considera de que tú tienes que crecer y comenzar a ver la vida desde otro punto de vista.
—¿Y qué punto de vista es ese? —pregunta el chico que parece haber enjuagado sus lágrimas en la incipiente explicación materna.
—El de los mayores —precisa la madre—. A partir de ahora deberás ayudar a que los niños y niñas más pequeños que tú, continúen creyendo en el Ratoncito Pérez porque, ese sueño, esa ilusión, les hará felices, como te lo ha hecho a ti durante todo este tiempo.
—¿Por eso me pusiste tu el dinero?
—Por eso y por tu hermana, para que ella siga creyendo.
Durante un rato continuaron abrazados, en silencio, disfrutando de la tranquilidad que transmiten dos cuerpos enlazados. Pasados unos minutos, el chico término de limpiarse las lágrimas, besó a su madre y, sin decir nada más, salió corriendo en búsqueda de la pequeña, para enseñarle los cinco euros que le había dejado el Ratoncito Pérez, a la vez que le teatralizaba como, a mitad de la noche, creía haber escuchado los pasitos del pequeño roedor, por su habitación. 
La madre orgullosa, apoyada bajo el dintel de la puerta, contemplaba la cariñosa imagen de los dos hermanos enfrascados en la continuidad de la magia infantil. Por un segundo su hijo la miró, le devolvió la sonrisa a la vez que le guiñaba un ojo. 

«Poniendo cosas en su sitio»

Extraída, sin permiso, de San Google.

La fila de mi nueva camada, dieciocho churumbeles —y churumbelas— de primero de primaria, esta lista para dirigirse a la clase cuando, una especie de llamada, a mi espalda, me hace activar mis sentidos.
—¡Amor! Perdona. 
Por un momento dudo pero vuelvo a escucharlo.
—¡Amor!
Se dirige a mi. Seguro. Con calma intento procesar la información: ¿esa voz femenina me llamó amor?, ¡¿amor?!. ¡¿A mi?. Ja. ¡Prepárate!
Con total tranquilidad y poniendo esa mirada de MAESTRO —sí, en mayúsculas. ¿La recuerdas? La misma mirada que te ponía Don o Doña Fulanita, cuando de pequeño habías hecho algo mal y te hacía temblar. Pues esa mismita—, me doy la vuelta y antes de abrir mi boca escaneo a la susodicha: pelo negro graso recogido en moño alzado;  aretes grandes y brillantes en ambas orejas —tipo: el loro se ausentó un momento pero seguro que vuelve, porque aquí tiene sitio—; pearcing en ceja, nariz y labio inferior—posiblemente alguno más—; tatuaje visible en hombro descubierto y muñeca derecha —posiblemente alguno más—; camisilla fluorescente y pantalones negros ajustados tipo sordomudos —¿sabes cuáles son? Sí, esos. Los que permiten leer los labios, mayores en este caso.
 Apenas tardé unos segundos. Levante la vista y, continuando con esa colocación de los ojos, que tan buenos resultados me da, le contesté:
—La próxima vez llámeme Guillermo, o si lo prefiere maestro, pero amor… —acompañé mis palabras con un medio gruñido. Puede que hasta le enseñara los dientes, pero sé que lo entendió. 
Colorada como un tomate, con la mirada baja y sin abrir la boca levantó su mano para tenderme una documentación, que tenía que darme, y se marchó. 
Creo que hoy he hecho una nueva amiga. Ya veremos.

«De vuelta al tajo»

Extraída, sin permiso, de San Google

Tras la merecida suerte con la que disfrutamos los maestros —hasta el día de la fecha— en lo que a nuestras vacaciones se refiere, hoy toca volver a organizar la rutina y recobrar muchos de los hábitos y costumbres aparcados, de manera temporal, por el descanso vacacional.
Atrás han quedado fiestas, excursiones, viaje, cenas, reuniones de amigos, actividades deportivas, risas, historias de playa, eventos y todo ese largo etcétera del que siempre dejo constancia en esta pequeña parcela de mi vida.
Como no puede ser de otra manera, esta recuperación de deberes ha empezado en el colegio. Hoy ha sido un buen día. Hemos pasado la mañana de forma tranquila, en el que hemos recuperado la sonrisa de los compañeros, los buenos deseos y propósitos para el nuevo curso, al que llegamos cargados de entusiasmo e ilusión —eso se nos quita la primera semana—, ha habido momentos para recordar a los compañeros ausentes y para recibir con entusiasmo a las «recién llegadas» que formarán parte de esta parcela de nuestra vida.
La tarde inmejorable. Recuperando la actividad deportiva, descansando y disfrutando del maravilloso tiempo que nos ha tocado tumbados en la piscina.
Y ahora, una vez preparada la mochila y el estuche —con más lentitud que una compañera que me debe algún que otro cortado— y aprovechando que la noche ya ha llegado a su esplendor, puedo sentarme con tranquilidad a escuchar a los duendes que recorren y corretean por mi salón —y algunas veces por mi cabeza— para retomar esta fantástica costumbre. Las vacaciones, a parte de lo obvio, me han dado temas sobre los que escribir, experiencias que contar y sentimientos que compartir. Una vez ordenados tocará escribirlos, pero eso, ya se verá. 
Feliz comienzo de curso y gracias por estar ahí.

«El hombre invisible»

(Imagen de LIU BOLÍN, extraída de San Google sin permiso)

La cola pasaba la esquina. Todos los asistentes al evento aguardaban su momento mientas parloteaban de sus cosas con sus iguales. El acontecimiento prometía, la velada era de gala. Cientos de personas en una rigurosa fila, guardada por agentes de la organización y vallas protectoras que los separaban del resto de los viandantes, esperaban ansiosos el comienzo de la fiesta.

Los no elegidos vociferaban y aclamaban fanáticamente a los protagonistas. Apoyados sobres los fríos hierros de color amarillo, observaban la alfombra roja que marcaba el camino para que los deseados cruzaran, los apenas veinte metros que les separaban de las portezuelas de sus vehículos, hasta las grandes cristaleras que daban acceso al interior del cine.

Todos esperaban el pistoletazo de salida que daba comienzo a tan magno espectáculo de luces, música, famosos…, que se había preparado, todos menos uno.
(Liu Bolin es un artista, escultor y fotógrafo nacido en 1973 en Shandong, China. Es conocido, sobre todo, por sus fotografías donde se mimetiza, en el marco de situaciones urbanas, con el entorno. Más info en: http://es.wikipedia.org/wiki/Liu_Bolin)

«Buscando intimidad»

Extraída, sin permiso, de San Google.

Estoy
cansado de que esté ahí, parado frente al espejo, mirándome,
espiando. Como si yo no me diera cuenta. Voy a plantarle cara:
―Tú,
¿qué haces?
―Ya
lo sabes. Esperaba tu pregunta.
―Para
de leerme la mente. Eres un maleducado.
―No
puedo dejar de hacerlo, es un don.
―¿Un
don?, una grosería diría yo. Necesito que pares de hacerlo, que me
dejes tranquilo y necesito que lo hagas ya.
―¿Por
qué te molesta tanto?
―¡Porque
sí! ¿Es que no te das cuenta?, ¡necesito intimidad!
―No
hay nada en ti que no conozca.
―¡Joder!,
mira que te pones pesado. Necesito estar relajado en el baño. ¿De
verdad que no lo entiendes?
―No
querido, el que no lo entiendes eres tú. Tenemos doble personalidad,
vamos juntos a todas partes, no leo tu mente, soy tu otro yo. Si
cagamos lo hacemos juntos.

«Campamento Scout»

Las cabras siempre tiran para el monte. Este dicho tan conocido una vez más se ha hecho realidad, aunque claro, en mi caso lo hace muy a menudo.

Siguiendo la estela familiar mi pequeña Sara se ha ido de campamento con los Scouts y, allí que hemos ido, apuntados a la acampada de las familias.

Uno, que es cabra criada en los pastos libres, prepara la mochila como siempre: un saco de dormir, aislante, una muda de ropa, la tortillita, los bocatas, el abrigo… Y poco más, que vamos de fin de semana al monte. 

Nada más plantar la caseta en el espacio designado para ello miras a tu alrededor y comienzan las comparaciones: Aquel trajo una caseta que más se aparece un bungaló con recibidor, salón comedor y dormitorio; el otro se gastó más de doscientos euros en un apartamento portátil que no sabe montar; los otros se presentaron en una roulotte; los de más allá cargan con sillas, mesas, manteles, cubertería… ¿Habrán traído lavavajillas? Y nosotros con nuestra pequeña caseta de montaña, nueva, eso sí, que la otra no tenía ni el título de caseta.

Pero sin duda lo que más me sorprende son las diferentes maneras que tenemos, los padres y madres de estos jóvenes exploradores, de afrontar un fin de semana en el campo: Por un lado el «sibarita», que toda las noches se bebe su buena botella de vino y claro, no puede pasar sin ella en el monte, aunque se muestre un poco contrariado por no hacerlo en su copa; después está la «antesmuertaquesencilla» que no se corta ni un pelo en sacar el set de maquillaje y comenzar la charla sobre su rímel, la base que usa, el pintalabios, el lápiz de ojo… Más natural es el «quinqui», que aunque se aparta del grupo para hacerse el canuto el inconfundible aroma llega hasta nosotros; «la masterchef» que cumpliendo con el programa de televisión de moda necesita demostrar lo que sabe y se lleva unas albóndigas en salsa de tomate, bizcochos de varios colores y sabores, ensaladas de pasta, filet mignon y no se qué más delicatesen destinadas a sorprender a propios y extraños; y por último no podía faltar «la pija», siempre arreglada con su ropa de marca, brillantes, cambiándose de modelito cuatro veces al día, según la actividad a realizar, con ese caminar y esa forma de hablar…

En fin, las actividades en la montaña, según la compañía, pueden dar mucho de si, incluso al tan poco acostumbrado glamour campestre.
  

«Clase de Bodytec»

Extraída, sin permiso,  de San Google.

Una vez más mis ganas de probar cosas nuevas me han metido tras las puertas de un gimnasio. Atrás quedaron las mayas apretadas, la cinta de color en la cabeza y los calentadores en las piernas como ocurriera en mi primera clase de spining —¿la recuerdas?—, hoy el tema es más sofisticado y tecnológico.
Para empezar me dejan unos ropajes negros —y yo que pensaba que iba a dejar de lado la vestimenta seductora— como dos tallas menos de lo que uso habitualmente, apretadito que voy —si fuera un traje de luces ya sé dónde están las pilas— y claro hay que ir del vestuario a la sala de actividades. Los ojos se clavan en mi espalda y las risitas en mi alma.
Ya en privado —porque la actividad es individual, con un monitor para mi solito— el tipo —europeo del este— en un castellano aceptable, pero con acento de Kagebé, empieza a explicarme el funcionamiento del chaleco que me va a colocar. Si antes no podía hablar, ahora con esto puesto no puedo ni respirar. Para qué te hagas una idea, ¿te acuerdas del disfraz de carnavales?, ‘pos eso’, pero sin el casco.
Colocado delante del espejo, me avisa de que voy a sentir corrientes en distintas parte del cuerpo y que he de ir avisando para que no duela. ¡Ayyyyyyy! ¡Ya se lo que se sieeeeenteeeeee eeeeeen llllllaaaaaaa silllllllaaaaaaa eleeeeectricaaaaaaaa!
Además quiere que suba, que baje, que me doble, que estire, que me agache. ¡Pero Sergei! ¿qué pretendes? Si no puedorrrrrrrrrr que me tiembla toooooooo.
Bueno, han sido veinticinco minutos de sufrimiento y esfuerzo, pero como uno es medio masoquista, he de decir que me gustó. El entrenamiento es completo. El problema viene ahora: ¿cómo me quito está ropa que además de quedarme pequeña está empapada y del todo pegada al cuerpo por culpa del sudor?
Si la teoría de la máquina es cierta, en un mes estoy como El David. Eso o se arregla lo mio de la cabeza con tanto «electroshok».