«Comedores escolares de verano»

Imagen extraída, sin permiso, del periódico La Opinión.
Con la llegada del verano nuestro gobierno nos sorprendió con el notición de que iba a abrir los comedores escolares para que la gran cantidad de niños y niñas, que están sufriendo los embates de la economía, pudieran tener una «buena» comida al día. 
Además para enriquecer aún más la experiencia y rizar el rizo, con el que salir en la tele y pregonar a los cuatro vientos ¡qué buenos que somos!, va y se les ocurre mejorar la receta contra impartición de clases de inglés—que es que hay un dinerillo de Europa para este fin y hay que gastarlo.
Hasta aquí GENIAL, en mayúsculas, que la idea es fantástica y que los niños/as van a comer y que además van a mejorar…. Y bla, bla, bla…
Organizan los Ayuntamientos, se contratan empresas de catering, se buscan monitores para dar el inglés y otros para servir y atender las comidas, que hay mucha gente en el paro que llevan más de seis meses, que si no tienen ayudas. Y bla, bla, bla, otra vez que salen en la tele, porque estos políticos son «¡tan buenos!» y se les ocurren unas ideas tan fantásticas.
Pero llega el día de abrir. Las ayudantes de comedor nunca han trabajo en un comedor escolar, no tienen el título de manipuladoras de alimentos y no saben qué es lo que tienen que hacer, ni como. «El maestroescuela» asignado a uno de los grupos de niños, encargado de dar inglés, hizo la carrera de magisterio sí —doy fe— pero a trompicones. No sabe inglés, nunca ha trabajado —y creanme si les digo que es mejor así, que no lo contratarías ni para archivar papeles— y no tiene ni idea de manejar a un grupo de veinte diablillos.
Pero como ni la selección, ni la formación de personal parece ser importante en este caso, esto no sale en la tele. Que para eso tenemos unos políticos y políticas tan listos y listas. Y son tan buenos y bla, bla, bla…

Así que, el verano ya llegó. Los niños y niñas, al menos, tienen un plato de comida en la mesa que echarse a la boca, porque inglés no se sí aprenderán, pero reírse lo van ha hacer, se los aseguro, pero del pobre «maestroescuela», y espero que de los políticos.

«La llegada esperada»

En esta ocasión, la esperada llamada nos cogió recién levantados, aunque después nos enteramos de que la alerta surgió a las cinco de la mañana, perfectamente atendida y escoltada por la Policía Nacional hasta el hospital. 

Al parecer la cosa surgió más o menos así: imagínate que el padre fuera un agente de la ley y que en pleno proceso de detención de un individuo, presuntamente inocente hasta que se demuestre lo contrario, y a altas horas de la mañana, le suena el móvil. No puede ser nadie más. Se acuerda de todos los santos, de sus madres, de las fiestas de guardar, de lo gracioso que es el ahora reo y se pone más nervioso que el Popeye, en pleno proceso de abstinencia, cuando le faltaban sus famosas espinacas.
Terminado el procedimiento, medio a trompicones que la cosa no está para florituras, se quita el uniforme y es llevado a casa por sus compañeros. 
Allí está la futura madre. Retorcida en dolores, cara desencajada y con la suegra aferrada a sus manos, hecha un flan, e intentando consolarla. Menos mal que en la calle está el furgón. ¡Pirulos encendidos y al hospital, que estamos de parto!
Con algo más de cuarenta semanas de embarazo, con cara de felicidad y dispuesta a sacar lo mejor de sí, y lo que más se puede querer en este mundo, una hija, mi hermanita, la que siempre he llamado «la enana» de la casa, nos ha colmado de alegría al traernos a Valentina.
Como no puede ser de otro modo es una preciosidad, que voy a decir. Con 3.495 gramos y 51 centímetros de largo, hará honor a su bello nombre y lucirá, en este loco mundo, bella y saludable, que para eso tiene a tantas personas queriéndola a su alrededor. 
¡Bienvenida Valentina!

«Duda submarina»

Extraída de San Google
La sirena cautiva vomita pulpos de siete patas en la taza del váter. Mientras esto ocurre,  el enojado Octopus, rey de los cefalópodos, sentado en su trono de algas y corales, con la mirada puesta en tremendo espectáculo, tapa los ojos de sus seis descendientes, y de la reina. Con el otro rejo ordena a los asistentes, también asombrados y con los estómagos revueltos, no perder detalle de lo ocurre.
Todos saben que los regurgitados, y sobre todo el miembro que a cada uno de ellos le falta, han sido utilizados por ellas y, ante la falta de satisfacción, amputados.
La escena es asquerosa, rocambolesca, pero necesaria para que todos los habitantes del reino comprendan que las sirenas, esos adorables personajes marinos, en realidad, cuando tienen falta de sexo, se convierten en abominables criaturas. Alguien debería satisfacerlas. Pero ¿cómo?

«Dar un primer paso»

Extraída de San Google
Hace mucho tiempo que la enfermedad había aporreado la puerta hasta derribarla. Había entrado sin permiso y hasta se había acomodado en el salón. Compartía con ellos  desayunos, almuerzos, meriendas, cenas y las escasas tertulias y momentos de felicidad  que disfrutaban. No respetaba la presencia o no de amigos y visitantes. Formaba parte de la vida familiar, como una pesada carga.
Aquella tarde se inició tranquila. Como tantas otras. Era fiesta y reposaban la comida frente al televisor. Estaban los cinco: Juan y Carlos jugaban; Ana miraba, sin ver, el programa rosa que estaban poniendo; Luis dormía por los efectos de los calmantes y, por último estaba aquella sombra, apoyada sobre su hombro. Parecía inmóvil. Les observaba.
En general la calma solo se veía rota por los lamentos, las toses, los carraspeos y los quejidos. Así llevaban meses. Pero, de improviso, Ana se hartó. Por un momento pareció recuperar la cordura, encontró el tino. Sin previo aviso se levantó. Miró a la enfermedad a los ojos y le ordenó que se marchara.
Nada ocurrió, pero aquel fue un primer caso. Mientras la sombra reía, mientras se reía de ella, Ana hizo otro movimiento. Abrió las ventanas y permitió que el aire fresco, el sol, y las  luminosas sensaciones de las tardes del verano, que ya asoma por el horizonte, lo inundara todo. Luis se desperezó e intentó levantarse. Aquello era una pequeña señal y él lo había comprendido. La enfermedad entornó los ojos desconfiada.
Tardarían en recuperar su vida pero la decisión estaba tomada.   

«Nada que objetar a las leyes de Mendel»

Extraída de San Google.

En una ocasión anterior les presenté a una de mis alumnas. Martita es una fuente diaria de sorpresas, pero la de hoy corrió a cargo de su señora madre. 
Cuando la ves de lejos te parece normal. En cuanto abre la boca comprendes la importancia que tiene la herencia genética, y comprendes lo que llevo a Mendel a guisar sus teorías con arvejas. 
—Perdón maestro, soy la madre de Martita —interesante forma de iniciar una conversación habida cuenta de que llevo todo el curso viéndola, entregándole a su hija a la hora de la salida, dándole las notas una vez al trimestre e intercambio alguna que otra frase de vez en cuando. Ahora que lo pienso, igual era ella la que dudaba de mis capacidades—. Estoy muy preocupada por la niña, parece que no entiende cuando le pongo tarea en casa —¿ahora está muy preocupada? ¿A final de curso? Para situarnos debemos tener en cuenta de que Martita es repetidora y acude al aula de educación especial desde el curso pasado.
—¿Qué tarea le ha puesto? —pregunto extrañado, ya que por norma general, al ser Martita una alma de educación especial, cuando le mando algo de tarea para casa, me aseguro de que sean actividades que previamente hemos realizado en clase y que pueda resolver ella sola—. Aproveché unas fotocopias que le sobraban al primo que tiene su misma edad.
—¡Ya!, pero ¿de qué eran las fotocopias? —indago.
—De números —contesta ella tan ancha.
—Sí, vale, pero de qué clases de números—insisto. 
Por un momento se queda en babia, pestañea, coloca los ojos en blanco —ahora entiendo lo que hace la niña cuando en clase le preguntó algo— y tras unos segundos en estado de ausencia parece reiniciarse.
—Creo que eran divisiones de esas. De las de repartir cosas —¡acabáramos!—, y la niña no supo cómo hacerlas y su primo las hace sólo —ummm, por el tono creo que me está queriendo decir algo.
—¿En qué curso está su sobrino?
—No es su sobrino, es su primo el que sabe hacerlas —uf, me temo que la cosa va para largo.
—Ya, el primo de la niña es su sobrino, de usted —aclaro por sí acaso. De nuevo pestañeo nervioso, ojos en blanco, estado de ausencia… Reiniciando.
—Ah, sí, claro —dice cuando procesa la información—, tiene la misma edad que Martita, creo que en tercero.
—Bien, la división se trabaja en tercero, pero Martita está en segundo y, además, va a clase de educación especial, ¿se acuerda? —le respondo de manera suave intentando hacerme entender— y ella trabaja otras cosas.
La buena señora parece que ha entendido. Por un momento se queda callada, y tras  unos segundos de silencio, contesta
—Ya me parecía a mi que la niña era muy tranquila. Claro, si es especial —dicho lo cual se marchó. 
Esta claro que Mendel tenía razón y a los guisantes que ocupan esta cabeza, les faltaron un hervor.
  

«Un sentimiento»

Cuentan las viejas historias que, entre los brillos nocturnos del cielo, entre las estrellas más duraderas y viajando entre las más fugaces, siempre se encuentran los más increíbles y formidables sueños que las personas imaginan. 
Anoche Luis, entre sus oníricos pensamientos,  te añoró. Lo hizo reviviendo la última vez que os visteis, sentados uno frente al otro, hablando, riendo y compartiendo aquellas pequeñas historias sin importancia. 
Ha pasado un año, quizás dos, y las noticias que sabe de ti son escasas: algún mensaje, alguna llamada fugaz, un vago recuerdo de tu risa o tu canto… Hoy el recuerdo se hizo más tangible. Recordó los escasos momentos vividos, los pequeños minutos disfrutados y, sobre todo, recordó alguna  mirada cómplice que, en sus sueños, querían tener otros significados. 
Hace tiempo que no te ve. Hace tiempo que no comparte la sensación que provoca tu presencia, por eso soñó: te extraño.

«Esperando»

(Historia
de dos. Cap. VII)
(Si
no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)
Extraída de San Google
Desde el momento en el que nos
despedimos supe que aquello iba a ocurrir. Me quedé colgado de ella.
Sentía su olor en mi mano, en mi ropa. 
Tras la cena volvimos a su
edificio, de manos, riéndonos, disfrutando de cada paso que dábamos
juntos. Habíamos hecho el amor y estaba deseando volver a sentir su
cuerpo junto al mío.
Al llegar al portal con su
arrebatadora sonrisa se colocó entre la puerta de acceso y mi
cuerpo. Sus cachetes seguían sonrosados y sus labios lucían los
restos de un desgastado carmín que yo me había propuesto eliminar
con mis besos. No me dio mucho juego.
―Ha
sido fantástico ―afirmó
mientras enlazaba sus dedos entre mi cabellera y acercaba su boca a
la mia―. Mañana tenemos que trabajar así que creo que debemos
parar aquí.
Aquello
fue un bofetón en toda regla. La erección que pugnaba en mi
bragueta se vio estrangulada de inmediato. Aún así decidí hacer el
intento.
―Yo
había pensado que…
―Sé
lo que habías pensado, puedo sentirlo ―dijo mientras bajaba una de
sus manos para asir mi pene sobre la tela del pantalón―, pero de
verdad que no lo creo prudente.
Me
besó con devoción, con sobrado ardor, pero su sabor era el de la
despedida. De inmediato supe que aquella noche, no había nada más
que hacer.
Sin
darme un momento para reaccionar, sentí como la puerta se abría
tras de sí y ella la cruzaba sin dejarme hablar. Quería suplicar,
rogarle… mi cuerpo no era mio, le pertenecía por completo. Allí
quedé, abandonado, tras aquel cristal mientras la veía avanzar por
aquel pasillo. Ella, segura de si misma, como siempre, se dirigió al
ascensor y no se giró.
Hace
dos días de aquello. Pienso en ella y el corazón se me acelera.
Estoy desesperado. Hoy intentaré volver al bar.

«Vaya madre cabrona»

Miguel es un niño de siete años. Su madre es una cabrona.

Extraída de San Google
Reconozco que, a priori, te podrá resultar muy fuerte que haga una afirmación de este grado y con este calificativo tan inusual en mis historias. Ya me dirás al final.
Miguel acudió ayer al cole, igual que todos los días, tempranito — por su situación familiar desayuna en el colegio—. Igual, dije, salvo por un detalle: lucía un tremendo chichón en su frente.
Al ser preguntado por nuestro sagaz cocinero se destapo el guiso de lo ocurrido. De inmediato, lo puso en conocimiento de la dirección del centro: su cabrona madre le había sacudido, tremendo porrazo, con la alcachofa de la ducha a modo de porra. 
En cuanto nos enteramos el cuerpo, de todo el personal, se gelatinizo y empezamos a temblar.
Como no puede ser de otra manera, mis geniales compañeros del equipo directivo, tomaron la riendas del asunto: avisaron a la Inspección Educativa, a los Servicios Sociales…, y llevaron a Miguel al Centro de Salud.
La revisión médica diagnosticó lo que todos sospechábamos: lesiones, magulladuras, marcas antiguas…, y todas esas cosas que cuentan en la tele y que nos parecen tan lejanas, en su pequeño y endeble cuerpo. El niño se reafirmó en lo ocurrido.
Según nos contaron la madre, también avisada de la derivación del menor al pediatra, acudió al Centro de Salud. Se quedo aparte, sin preguntar, sin preocuparse, sin saludarlo… sin darle un beso —cosa habitual en ella y que ya habíamos observado. Sólo cuando percibió la presencia de la encargada de los Servicios Sociales, intuyó que algo ocurría.
Miguel volvió al cole, a su entorno seguro, el lugar en el que desayuna, el lugar en el que almuerza, el lugar en el que se le cuida, se le enseña, se le protege, se le quiere…
Hoy no asistió a clase. Estamos muy preocupados por él. El asunto está ahora en manos de las autoridades competentes y sabemos que, provisionalmente, la guardia y custodia la tiene su abuela. Si no lo solucionan, volverá a su casa, con su cabrona madre, ¿o prefieres que la califique de otra manera? Lo siento, no puedo.

PRESENTACIÓN TEXTOS SOLIDARIOS

Este miércoles se presenta en el TEA, a las 19:00 horas, esta trilogía, en la que participo con tres historias.
Los coautores de estos tres libros han puesto de manifiesto su respaldo a la edición en Canarias –en unos momentos realmente críticos y duros para el sector– al implicarse en un proyecto que intenta dinamizar la cultura de las islas y lograr el diálogo y la unión de una gran diversidad de escritores. Pero también, y sobre todo, han dejado patente su SOLIDARIDAD, pues han cedido íntegramente el importe correspondiente a los derechos de autor al apoyo de causas humanitarias y fines sociales justos; todo ello a través de las donaciones de estos importes a las ONG: Cruz Roja Española,Amnistía Internacional y Ayuda en acción.
MÁS INFO EN:

«¿Cuestión de suerte?»

Siempre supo que tenía una buena  estrella. En realidad nunca la vio ni creyó
mucha en ella,  pero, tanto su padre como
su madre, se lo decían constantemente: «Tú es que has nacido de pie» ­─le
decían cada vez que aprobaba un examen─; «pero que suerte tienes» ─escuchó
cuando, nada más terminar la carrera, encontró un trabajo─; «ya me gustaría a
mí tener la mitad de la potra que tienes» ─le dijeron los amigos el día que se sacó
aquel pequeño premio en el cupón de la ONCE─; «desde luego, la fortuna te
sonríe, qué buen marido has cazado» ─le dijeron las viejas, amigas de su madre,
el día de su boda… Ella se había cansado de todo aquello. Era cierto que la vida
le había sonreído, pero todos lo achacaban a su buena estrella, nunca nadie le
reconoció su esfuerzo y tesón.