«Por fin llegó»

EXTRAÍDA DE SAN GOOGLE

El cabo Hopkins repartía las cartas con la izquierda. Lo hacía desde que una granada le segó el brazo derecho. Había sido francotirador, pero ahora, inválido, estaba convertido en el cartero y bufón del regimiento.

Su historia era peculiar: por un fallo administrativo, seguía en activo en el campo de batalla. Los oficiales habían solicitado su evacuación, pero no había manera. Él decía que no importaba, que no tenía a nadie, y que aquello de repartir cartas le daba motivos para seguir.
Ahí estaba, gritando el nombre del destinatario y haciendo algún comentario sagaz sobre la persona remitente:
—¡Soldado Mejías!, carta de mamá. Seguro que quiere que no saques ese cabezón de la trinchera.
Todos reíamos. Hasta el vilipendiado. Era parte del entretenimiento.
—¡Soldado Reims!, esta huele a tetas. ¡Auuuu!
—¡Cabo Hopkins! ¡La madre que me parió! Carta del minist… —Una bala enemiga acabó con su vida.

«Triste despedida»

Siento tu cuerpo pegado al mío. Parece mucho, pero tres días enlazados en un continuo abrazo es reconfortante y la sensación de unidad perdura en el tiempo. La hora de la separación ha llegado y nuestros huesos se quejan y protestan por la tan temida hora. Ya sabíamos que nuestra relación iba a ser corta, sin ataduras, sin compromisos. Ese fue el trato, eso fue lo que dijimos desde el mismo momento en el que nuestras pieles se rozaron por primera vez, pero llegado este momento, las palabras se alían en nuestra contra y reaccionan enfrentándose a nuestros sentimientos que, sin duda, desearían continuar en ese abrazo constante.

EXTRAÍDA DE SAN GOOGLE
Una última caricia de nuestras manos, un último roce de nuestros dedos, como esos que se dan en las películas antiguas en los que uno de los protagonistas se aleja en el tren mientras el otro, desconsolado permanece estático sobre la plataforma de la estación. Así te veo mientras me alejo. Tú te quedas ahí, inerte, esperando la llegada de otro transeúnte que no tardará en apoderarse de tu cuerpo, aunque aún te invada el calor desprendido por mi.
Mi última mirada es para desearte buena suerte, para recordarte blanca como eres, caliente por los rayos del sol o agradable lugar donde cabecear mientras las sombras nos protegen susurrándonos al oído el suave sonido de la brisa.
Aunque sólo sea en mis ensoñaciones espero que podamos volver a pasar una temporada juntos. Tengo mi cuerpo amoldado a ti y tú supiste fundirte con el mío. Sin duda eres mi hamaca favorita.

«22 de abril: DÍA DE LA TIERRA»

EXTRAÍDA DE SAN GOOGLE

Hoy a amanecido con mucho calor. La gente camina por la calle sofocada. Todo el mundo rechista, protesta, se queja. Parece que nunca estamos contentos con lo que tenemos. 

Según cuentan, los que saben de esto, y según sufrimos, los que vagamos por estos lares, lo que tenemos no es, ni más ni menos, que lo que nos merecemos.

Mientras media España sufre inundaciones, nevadas, frío…, la mitad inferior estamos desertizándonos poco a poco, grano de arena a grano de arena. Está en boca de todos. Muchos hacemos los mismos comentarios: «yo recuerdo que hace veinte años hacía mucho más frío»; «¿te acuerdas cuando llovía todo el mes de abril?»; «y hasta el cuarenta de mayo…»
Las cosas están cambiando. La tierra la estamos cambiando. Las organizaciones no gubernamentales lanzan da,papas, avisos, advertencias… y, la mayoría de nosotros, miramos para otro lado.
Así seguiremos, hasta que el calor nos achicharre o el frío nos supere o el agua nos invada o… Feliz día de la tierra, aunque el calor nos asfixie, aunque la estemos destruyendo.

«Esas maravillosas comprensiones lectoras»

Una
clase de primaria es como un cajón lleno de sorpresas. Metes

Extraída de San Google

la mano
y sacas a tres, niños y niñas, alumnos excelentes, diez buenos y
trabajadores, cuatro pasables, dos ruinillas, otros tres que están
en otra cosa, uno con Necesidades Educativas Especiales (NEE)
―autista― y a Martita.
Siempre hay una Martita.

Martita
es una niña ―o un niño, en
cuyo caso lo llamaría Miguelito― que si la miras al trasluz
parece normal, como los demás, o casi. Más de cerca la cosa cambia.
Nueve
de la mañana. Clase de lenguaje. Mientras el gran grupo desarrolla,
de manera individual y autónoma, un texto a partir de una imagen
entregada al azar; los dos runinillas están haciendo una ficha de la
letra s, el de NEE está picando unas imágenes que tiene que
ordenar… yo encuentro unos minutos para dedicarle a Martita y
trabajar algo de comprensión lectora.
―Marta
vamos a leer esta frase.
―«Antonio
bebe del porrón del Alfredo» ―Lee ella sin dificultad.
―¡Muy
bien, Marta!, ¡Muy bien! Ahora la primera pregunta.
―¿Quién
bebe del porrón de Antonio? ―¡Perfecto, buena dicción, fabulosa
entonación, velocidad adecuada…
La
miro. Espero su respuesta. Pasan cinco segundos. Diez.
―¿Marta?
Sus
párpados tiemblan. Sus ojos parecen entrar en estado de posesión
diabólica. Se quedan en blanco. Como su mente.
―Vuelve
a leer la pregunta.
Ella
lo hace.
―Marta, ¿Quién
bebe?
Ella
levanta los ojos. Me mira. Abre la boca y…
―¿Antonio?
―Ummm,
no ―le digo con tono cariñoso― Vuelve a leer la pregunta.
Ella
lo hace. Vuelve a entrar en estado de hipnosis. Abre lo ojos y dice:
―¿Alberto?
―No
Marta, ¿Quién es Alberto? En el texto aparece algún Alberto. La
pregunta es: ¿Quién bebe agua?
―Ummm
―Ella duda― Mi tío también bebe agua.
No
suelo comerme las uñas, pero ahora entiendo porqué la gente lo
hace. Ahora mismo mataría al que hizo este libro.
―Vale
Marta, pero eso ahora no importa. Vuelve a leer la pregunta.
Con
la misma perfección del principio la repite en voz alta. Le vuelvo a
insistir en la cuestión que nos ocupa. Ella me mira y muy convencida
me dice:
―Antonio.
Comienzo
a notar un temblique en mis piernas. Los ruinillas comienzan a
disparatarse. El NEE necesita que le eche una mano, los buenos están
haciendo cola para preguntarme unas dudas, los diez buenos empiezan a
subir el tono de voz, Marta me mira. Le insisto en que vuelva a leer
la pregunta. Vuelve a contestar.
―Un
porrón.
―No
Marta, no ―ya me tiembla todo el cuerpo― ¿Quién ―exagero el
interrogativo― bebe agua?
La
clase comienza a destartalarse. Como mi paciencia. Necesito atender a
los demás. Mis nervios están a punto de estallar. La niña vuelva a
abrir la boca.
―¿Puedo
beber agua? ―¡¡¡¡¡Noooo!!!!! Grito para mis adentros. Pero no
se me ha notado. Esta es mi escapatoria, y la de ella para que la
deje en paz, para reconducir al resto mientras respiro, me relajo y
cojo fuerzas para volver a intentarlo con ella― Yo también tengo
sed ―continúa diciendo―, como Alfredo.
Quedan
cinco preguntas por hacer. El día promete ser largo.

«Cuestión de preferencias»

Extraída de San Google

―Que
se arrime un poco más al borde de la cama, a ver si logramos estar
más cómodos.
―Me
da pena moverlo. ¡Está tan guapo!
―Sí
cariño, pero estoy muy incómodo y además me voy a caer de un
momento a otro.
―¡Chico!,
todo te molesta. A lo mejor deberías irte al sillón del salón.
―¡Pero
bueno!, ¿porqué no lo mandas a él?
―¡Es
que es tan bonito! Y tan bueno.
―Lo
es, lo es, pero yo trabajo mañana, ¡y son las cuatro de la mañana!
Él no hace nada, podrá dormir todo el día.
―Déjalo
hombre, no seas así. Mira lo a gusto está. Y la compañía que me
hace.
―Ya
lo veo, si eso no lo discuto, solo digo que necesito dormir y en esta
posición no puedo.
―¡Vete
al sillón! Él es mi perro y duerme conmigo.

«La realidad»

(Historia
de dos. Cap. VI)
(Si
no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)
Imagen sacada de San Google.
Estaba alucinando en colores. Me
había enrollado con Patricia, de una manera que jamás me la había
podido imaginar. Allí estaba, acostado sobre su cama. Con los ojos
abiertos de par en par y mis brazos doblados sujetando mi cabeza. El
temblor de la pierna ya había desaparecido. Estaba totalmente
relajado. Disfrutaba de la fragancia que había en aquel cuarto.
Habíamos hecho el amor. Tras un
breve instante acurrucada sobre mi pecho, ella se había retirado al
baño y yo me había quedado allí. Me sentía orgulloso, hinchado
por el logro conseguido, por la meta alcanzada. Justo en ese momento
me asaltó una duda: «¿Me había enrollado con ella, o más bien
había sido ella la que me había seducido?».
Qué estúpido me parecía ahora
mi orgullo masculino y mis ensoñaciones. ¡Claro que había sido
ella! Viajando un poco atrás en mi memoria, me di cuenta de todo:
ella se había acercado a la barra del bar, ella me había invitado a
la primera cerveza, ella me llevó a su casa… ella. Siempre había
sido ella la que manejaba toda la situación. Quizás sea eso lo que
más me gusta.
Bueno, para darme un poco de
ánimos, me aferré a la idea de que yo había puesto un granito de
arena. No en vano había pasado largas tardes montando guardia en
aquel tugurio, al que a Patricia le gusta acudir, hasta poder
encontrármela.
―Vaya,
el señorito está cómodo.
Su
voz se apoderó de mis sentidos y me devolvió a la realidad. La miré
asombrado. Si antes me parecía la mujer más atractiva del mundo,
ahora me resultaba radiante.
―Bueno
hago lo que puedo ―le contesté mientras hice el ademán de
acomodarme sobre su almohada.
―Pues
de eso nada, monada ―decretó mientras me lanzaba mis pantalones
vaqueros a la cara―. ¡Vístete que nos vamos! Tengo un hambre que
no veo ―ahora se había sentado a mi lado y con mucha suavidad me
ayudó a apartar la ropa de mi cara― Me apetece una buena
hamburguesa ―tras lo cual me besó. ¿Quién puede resistirse a
eso?

«Con sangre, sudor y lágrimas»

Imagen de San Google
Una vez
pasados los santos días toca hacer recuento. No de mis actos y
constricciones sino de ciertas similitudes encontradas en costumbres
tan dispares.
En primer
lugar me llama la atención la diferencia de sentimientos que estas
fiestas generan en el público. Por un lado tenemos a los que —con
sangre, sudor y lágrimas—disfrutan entregados a los rezos, las
procesiones, los ramos y el recogimiento. Por otro lado tenemos a los
que —con sangre, sudor y lágrimas— disfrutan de la playa,
cremas, un viaje y reuniones de amigos.
Ante tal expectativa cada día
tengo más claro de que esta España nuestra es bipolar.
La esperanza,
tal y como suele ocurrir en todos los ámbitos, para unos y otros, es
que pasadas estas fechas, tanta dedicación se une en una misma lucha común —también
a sangre, sudor y lágrimas— que no es otra que la de intentar
bajar esos fofos michelines de más que se nos han acumulado entre
tanto rezo o chiringuito, entre tanta procesión o hamaca, entre
tanta misa o reunión de amigos…
Hay también
que tener en cuenta las formas en las que, tanto los unos como los otros, se desprenden de
esa pesada carga, o al menos lo intentan, ya que lo hacen de la misma manera: con
sangre, porque no hay nada más sangrante que las facturas de los
remedios milagrosos que te venden en las farmacias, parafarmacias y
demás «macias —o mafias, según se mire—»; con sudor,
sufriendo terribles tablas aeróbicas en esos gimnasios o grandes
caminatas, por las ahora concurridas «rutas del colesterol», de cada
barrio o pueblo; y con lágrimas, llorando al ver las cajas de
galletas que no podemos comprar, o la pizza que no nos podemos
comer…
En fin, que
entre nuestras Españas resulta haber más cosas que nos unen de las
que nos separan y, sin duda, una de ellas son las ganas de
sufrir, tras la sufrida Semana Santa.

«A ritmo de bolero»

La
música suena en mi mente. Suave y cadenciosa, como lo hace tu voz
cuando susurras tras hacer el amor: Voy a apagar la luz, para
pensar en ti…

Hemos
desconectado nuestros móviles, el ordenador…, hasta el piloto de
la regleta que controla la televisión. Unas velas iluminan la
estancia para así dejar volar mi imaginación…
que se une a la tuya en una cena relajada, sin ruidos. Hasta la
música imaginaria es fruto del maravilloso ambiente que hemos creado
a nuestro alrededor ya que ahí, donde todo lo puedo,
 donde
no hay imposibles, qué importa vivir de ilusiones, 
si así soy
feliz
En
principio la idea era estar así, sin luz, una hora. Lo que dura la
cena. Una hora en la que queríamos compartir nuestra conversación,
sin los apuros, las prisas y el cansancio que nos agobia día a día.
Llevamos tres.
Nos
miramos. El deseo nos une. Solo pienso en que te morderé los
labios, 
me llenaré de ti…
Era
una hora que regalábamos al planeta. Una iniciativa fantástica,
mundial, con la que mostrar un pequeño gesto en defensa de nuestro
mundo y por eso voy, a apagar la luz
para pensar en ti.

¿Te
apuntas? Este sábado de 20:30 a 21:30. Más info AQUÍ.

«La respuesta correcta»

―…y
restos de lágrimas en la mejilla.
La
ponencia del decano había terminado con aquella sorprendente frase.
Todos quedamos pensativos observando la última diapositiva. Comenzó
el turno de las preguntas y los comentarios.
―Entonces
se puede afirmar que el sujeto varón murió llorando ―se apuró a
sentenciar Antonio para hacerse notar.
―Puede
―intervino el profesor de manera cortante porque no le gustaban las
afirmaciones hechas a la ligera― aunque no debe usted menospreciar
otros acontecimientos, que también justifican la presencia de esas
lágrimas en el rostro de nuestro sujeto, tales como: una alergia,
obstrucción del lagrimal, irritación…
Antonio
era mi contrincante directo para conseguir aquella plaza de profesor
asociado en la facultad, por eso me atreví a intervenir, sin mucho
pensar, en cuanto el profesor hizo la pregunta clave:
―Entonces,
¿porqué afirmo que esta pareja de momias son Adán y Eva?
―Es
evidente, a él le falta una costilla.

«Cónclave preparado»

Mañana es uno de esos días que, el círculo de amistades de Bene,
consideran sagrados. A lo que hacen lo llaman cónclave, y es que se
reúnen para un único asunto, solo unos pocos elegidos.

Todo está preparado: las cervecitas, los cuencos para los
ganchitos, las pipas, abundantes bolsas de hielo en los congeladores,
por si alguno prefiere un cubata, y las despensas rebosantes de
viandas para soportar, con dignidad, el asalto de tremenda tribu.

Bene y sus colegas, son forofos del fútbol en general y fieles
creyentes del Barcelona en particular, por lo que mañana se juegan
el todo por el todo.

Por esas similitudes de la vida, otro cónclave también tendrá
lugar mañana, con parecidos, aunque no idénticos preparatorios,
sobre todo en lo concerniente a los cubatas, cervezas…, creo.

Entre uno y otro cónclave todo se asemejará, incluido el detalle
final del humo. Ya se encargará Manolo, uno de los colegas del
Berni, nada más terminar el encuentro, de sacar fumata blanca
encendiendo su pipa de agua, cargada de la más exquisita hierba
comprada a la vuelta de la esquina. Cosas de los cónclaves, en
cuanto vean el humo unos gritarán Habemus Papam y otros
Habemus Porrus, pero les aseguro
que la alegría y el entusiasmo será el mismo.