«Recordando becarias»

Hace
unos días andábamos de charla, risas y fiestas, en torno a una
cerveza, cuando el derrotero de la conversación nos llevó a
recordar a las distintas personas que, en calidad de alumnos o
alumnas en practicas o becarias, han pasado por nuestras manos.
De
manera irremediable, y salvando las distancias, tuvimos que recordar
a la becaria por excelencia, Monica Lewinsky. ¿Que ha sido de ella?
Alguien apuntó que había hecho un máster y que buscaba pasar
desapercibida.
Lo
cierto es que nos dio cierta bobería, y mucha risa, fantaseando con
las posibles situaciones en las que se puede ver envuelta.
¿Te
imaginas entregando el curriculum en una empresa?: ―Buenos
días, mi nombre es Mónica Lewinsky ―la risita del personal de
recepción sería contenida― y me gustaría concertar una cita con
la persona responsable del personal ―llegados
a este punto la noticia correría como la pólvora por todos los
departamentos―. ¡La Lewinsky quiere trabajar con nosotros! A lo
que alguno se ofrecería voluntario, claro. (¡Ups!)
En
una entrevista de selección de personal: —¡Ummm Señorita Lewinsky!,
¿Podría describir sus habilidades? (¡Ups!)
También
podría ser telefonista: —Buenos días, al habla Mónica Lewinsky.
¿Que puedo hacer por usted? (¡Ups!)
Sería
simpático ver una conversación entre el director de una
compañía y su esposa: ―Cariño,
¿Quién es la chica nueva del traje azul? ―preguntaría ella con
esa sonrisita que saben poner las mujeres y que significa ¡ya te
tengo!
―Una
tal ―Le entraría la tos― ¡cof, cof! Mónica ¡cof, cof!
Le¡cof!wins¡cof,cof! No sé qué más. (¡Ups!).
En
fin, a veces los momentos de asueto con las amigas terminan con estas
conversaciones y, en otras ocasiones… (¡Ups!) ¡cof, cof! mejor
que se lo pregunten a los Clinton.

«Al llegar a casa»

Se
entrenaban para estar muertos. Les gustaba pensar que eran una
fuerza de élite. Sus uniformes, sus cascos, sus armas…, su
actitud, así les señalaban. Cada tarde salían a correr.
En su
campo de adiestramiento se arrastraban por los pegajosos fangos,
saltaban vallas y muros, escalaban por cuerdas colgantes que no
llegaban a ningún sitio. Todo para estar en forma hasta la llegada
del día en el que les fuera encargada alguna misión especial.
Mientras
sufrían se les oía cantar. A escondidas lloraban. Solo una pena les
desilusionaba, seguían jugando a una guerra que nunca lucharían,
por lo que, al llegar a casa, un Cola-Cao caliente siempre les
reconfortaba.

«El cumpleaños de mamá»

Mamá
acaba de cumplir sesenta años. Lo celebramos la semana pasada. 
Durante todo este tiempo ella, y solo ella, siempre ha sido la reina
de la casa, con sus joyas, sus sombreros, su prepotencia… 
Siempre
que salimos, da igual el lugar, el vecindario la saluda con
reverencia, hasta los empleados se cuadran a su paso. 
Cuando abre la
boca todos los que estamos a su alrededor callamos y escuchamos sus
palabras, quizás por cumplir aquello de que mas sabe el diablo por
viejo, que por diablo.
Las
felicitaciones nos han bombardeado. Si soy sincero creo que estoy
celoso. Medio mundo le ha hecho regalos. El otro medio, entre los que
me incluyo, desean o han deseado en algún momento su muerte. ¿Te
parecen duras mis palabras? Es posible, pero cumple sesenta años en
el trono, siendo la reina venerada del decaído y obsoleto Imperio
británico, y yo también quiero reinar.

«Pequeños avances, grandes pasos»

El curso escolar esta a punto de terminar y, aunque parezca increíble, un niño de seis años, de nombre A, lo acaba de empezar.
Lo que a priori suena a contradicción tiene su explicación, como todas las cosas. 
A. ha tenido la poca buena suerte de nacer con problemas físicos y psicológicos, en el seno de una familia poco agraciada social, cultural, intelectual y económicamente. 
Son muchos los días que ha faltado al Cole. Unos por enfermedad, siempre justificada por su pediatra, y otras por desidia familiar, siempre justificada inadecuamente por sus padres. 
Cuando venía unos días seguidos, parecía que empezaba a entender algo de lo que ocurría en la clase, avanzábamos pasitos cortos. Después faltaba una semana, retrocedíamos con grandes zancadas. 
Ayer A. me sorprendió. Andábamos haciendo un pequeño dictado (el que ilustra la cabecera de este post). El, sentado en su sitio, parecía concentrado. 
Sin ninguna esperanza por mi parte lo llamé, al igual que hice con los demás, para simular corregírselo, ya que pensé que no había hecho nada. Grave error el mío. Su trabajo es la segunda foto.
Se que creerás que esta mal, puede ser cierto, pero te aseguro que esta imagen dice que, pese a todo, durante todo este tiempo, su pequeña y desamueblada cabecita, ha estado grabando. Es un pequeño avance, de los que hace que uno se anime y crea en la belleza de este trabajo. 
Lastima que acabemos el curso ahora. Mucho me temo que durante el verano A. no pueda continuar avanzando.

«Para que vuelvas»

Los
conozco desde siempre. Estudiamos en la Universidad, salíamos
de marcha, reíamos y llorábamos juntos. Sin miedo a equivocarme
puedo afirmar que los chicos me trataban como si fuera una más;
decía y hacia los mismos disparates que ellos.

Mi
primer novio era uno de ellos. Yo fui su primer amor, pero, por esas
cosas del destino, mi relación con él termino hace tiempo. Desde
entonces, siempre nos hemos llevado bien, por mucho que eso le pese a
su esposa.

Me
casé, divorcié y ahora me he vuelto a casar. Por su parte él sigue
casado con la misma.

Nos
conocemos, me la han presentado unos diez veces y siempre que nos
vemos ocurre lo mismo, hace como que no me conoce. 

Ayer
nos volvimos a encontrar. Ellos, como siempre, no reparan en abrazos,
carantoñas, bromas…, como si siguiéramos siendo el mismo grupo.
Ella, engreída y estirada, para fastidiar, solo se le ocurrió
volver a hacerse la que no me conoce:

—¿Y
tu quien eres? —dice con cara de mosquita muerta, a la vez que se
acerca para darme un beso.

—¿Yo?
—cínica, me acerco para responder al beso— la que desvirgó a tu
marido. 

«Riéndome de mi sombra»

Con cierta frecuencia he leído a los asiduos a este blog comentar
aquello de: «Es que lo
que no te pase a ti, no le pasa a nadie
».
En esta ocasión dicha expresión es del todo cierta.

Hace
unos días, asumí el compromiso de acudir a un colegio para reunirme
con los chicos y chicas de sexto de Educación Primaria que se habían
leído uno de mis libros. La idea es muy positiva ya que, tras la
lectura y el trabajo realizado con el mismo, preparan una entrevista
y tenemos un encuentro en el que intento resolver sus dudas, aprender
de lo que más y menos les ha gustado del libro… Ya lo he hecho
otras veces y resulta muy gratificante para todos.

Pues
bien, tal y como habíamos quedado, me presento en el centro a las
doce y treinta de la mañana. Muy amablemente me atiende la auxiliar
administrativa que me invita a tomar un café y me da un poco de
charla en lo que esperamos a la directora. Como al parecer estaba
ocupada, resolviendo un problema con una familia, mi acompañante,
que era más bien parca en palabras y corta de conversación, me
sitúa en la biblioteca del recinto escolar. El lugar estaba
perfectamente decorado, ordenado y limpio. Allí quedo, a la espera
del alumnado.

Como
me puse a ojear el tiempo iba pasando y oigo el timbre característico
del cambio de clase. Vuelvo en mi. Repaso mis notas mentales, y ocupo
una silla colocada sobre una pequeña tarima. Los minutos siguen
pasando y aquí no viene nadie. Me asomo por la rendija de la puerta,
cual vecina entrometida, y como oigo voces recupero raudo mi
posición. ¡Ya vienen! Pero nada, sigo solo, allí no entra nadie.
Mosqueado, que ya uno no está para tonterías, decido salir y
hacerme notar. Nadie por aquí, nadie por allá. Me voy a secretaría.

―Mire,
perdone ―me dirijo a la eficaz funcionaria―, es que llevo un rato
esperando y no viene nadie.

―Sí,
ya le dije que la directora estaba ocupada. Tardará un ratillo.

―Ya,
pero es que yo vengo al encuentro con los de sexto. Soy el autor del
libro.

―Ya,
pero como los de sexto están de viaje, pensé que quería ver a la
directora.

¡Ups!,
se me acaba de caer todo al suelo. La tía me mira sonriente y se
queda tan tranquila. No supe que decir. En ese justo momento sale la
directora, conocida mía. Me mira con asombro y se echa a reír.

―¡Me
vas a matar! ―me dice mientras me planta dos besos con labios de
Judas― Me olvidé llamarte ―vuelve a sonreírme.

La
cara me llegó al suelo. Me recompuse como pude y tras escuchar las
ristra de disculpas, promesas, alabanzas y demás excusas. Me marché.

Superado
el chasco, solo queda reírme, pero esta vez de mi sombra, que para
eso uno es como es.

«Día de Canarias en la escuela»

 Mañana celebramos el Día de Canarias. Habrán romerías, programas
especiales en la tele, ferias, actos solemnes…, o simplemente mucha
gente de escapada a la playa, que los días están para eso.

En la mayoría de los colegios, la celebración ha sido hoy. Créanme
cuando les digo que prefiero una semana normal de clase que un día
de éstos.

Para empezar, según suena el timbre de entrada, las felices caras
de mis educandos rebozan energía y nervios. Hacen cosas que no se
les había ocurrido hasta ahora: subirse en las mesas, correr por la
clase… La vena se me hincha y permito que el sargento de caballería
de mi interior haga su aparición para así recuperar las riendas.

La primera tarea consiste en colocar la ingente cantidad de comida
en una mesa preparada y adornada al efecto. Aún no puedo abrir las
bolsas y enseñarles las delicatessen que han traído. Ya es
suficiente con el olor, que hace que empiecen a salivar, cual perro
de Paulov, para comenzar a escuchar la típica y repetitiva
preguntita de ¿Cuándo comemos?

Sentados en la asamblea reparo en que la mayoría de los niños
aparecen «disfrazados»
para la ocasión: pantalón vaquero, tenis, camisa blanca algo
desgarbada, sombrero comprado en el chino y de la talla del padre…
En cambio, las niñas van más arregladas y vestidas de manera
adecuada con trajes de vivos colores y atuendos made in china,
incluidos collares de perlas y diamantes.

Tras hablar del porqué de esta
celebración, los trajes típicos, recalcar que no es un disfraz y
responder varias veces a ¿cuándo comemos?, realizamos la
presentación de las actividades preparadas para el día de hoy.

Manuel lo tiene claro. No se ha
enterado de nada. Se levanta y va a la mesa de la comida:
―¡Maestroooo!―grita
muy convencido―, lo
más importante de hoy es comer.

Por su cuenta y riesgo, comienza
abrir un tupper con
croquetas, que además no es de él, con el consiguiente enfado de
Paula, su legítima dueña, que no le ha dado permiso.

Esta vez el suboficial al mando
deja paso al Ser Poseído. La vena no se me hincha, se engrosa, de
tal manera que se transforma en canal de energía. Creo que el grito
hizo callar hasta los de la clase del piso de arriba.

Recuperada la compostura, nos
dirigimos a ver la exposición que, sobre las actividades pesqueras
de los Guanches, tenemos instalada en el cole. Las preguntas y el
interés se despierta.

―¿Verdad
profe que los Guanches pescaban para comer?

―Sí,
claro, era una de las… ―soy interrumpido.

―Y
nosotros ¿Cuándo comemos?

¡Aghhhhhhh!
Pronto me dará algo. Los distintos dibujos, la realización de
pintaderas, los gánigos… todo lo que habíamos programado toma un
segundo plano. Lo pasan bien, se les ve entretenidos, pero cada vez
que se levantan para ir al baño, beber agua… hay que ladrarles
para evitar la salivación sobre la comida. Menos mal que el Teacher
viene en mi auxilio y me libera un rato.

―¿Qué
tal todo? ―saluda con su agradable sonrisa―, ¿cuándo comemos?

¿Lo
mato? ―la mirada lo atraviesa―. No, debo contenerme, que además
después habrá que sustituirlo.

Una
hora antes de lo provisto, ya no los aguantamos más. Abrimos las
bolsas, montamos los platos y que sea que tenga que ser.

Parecía
que JAMÁS, hubieran visto tanta comida junta. No se habían
terminado de meter un trozo de tortilla en la boca, cuando ya estaban
masticando una magdalena y pidiendo más refresco, con un vaso lleno
de tropezones.

Evidentemente
de las croquetas no se supo nada más. Fue cosa de brujería,
desaparecieron en un abracadabra.

Cuando
di la cosa por terminada me di cuenta de que el dicho ese de que la
música amansa a las fieras, es del todo ¡mentira!, es la comida.
Inflados y eructando, salimos al patio. Era el momento de correr y yo
de despejarme bajo aquel calor asfixiante al son de: ¡maestro se me
soltó el lazo! ¡maestro se me cayó el fajín!, ¡maestro se
me…!, ¡basta! Me voy. Menos mal que no me toca hacer el recreo y
puedo irme a tomar un café a la sala de profesores.

Alargamos
todo lo que pudimos el patio. Su música, sus juegos, sus bailes…,
sus preguntas nos mantuvieron entretenidos.

Al
hacer la fila para irnos a la clase, y como no podía ser de otra
manera, ya tenían hambre otra vez. Mis niños, que pena me dan. Lo
poco que había quedado sobre la mesa, fue deglutido por una especie
de marabunta. Al llegar sus madres la gran preocupación era si nos
lo habíamos pasado bien y si habían comido o no. Coloqué mi falsa
sonrisa y―recordando a Manuel― respondí:

―Claro
mujer, ¿acaso hay otra cosa más importante hoy?

Al
llegar a casa no pude almorzar. Me tiré en el sillón y me alegré
al pensar de que es la última fiesta del curso. ¡Cielos!, ¡noooo!
¡todavía nos queda la del agua!, al menos esa es sin comida. Pero
esa será otra historia. 

«Llegó el momento»

Cuando,
como cada tarde, regrese su padre del trabajo nada será igual. Desde
el preciso instante que abriera la boca, toda la falsedad que habían
montado en su relación familiar cambiaría. Desde la muerte de su
madre estaban los dos solos, casi siempre, unidos por el odio.
     Oyó
la puerta. Ana respiró y se preparó. Le temblaban las manos. Juan,
como muchas veces lo llamaba en vez de papá, estaba apunto de hacer
su aparición.
     Él,
al abrirla y levantar la vista, aún con las llaves en la mano, supo
que algo iba a ocurrir. Caminó con resignación con la mirada fija
en los ojos de la que antaño había sido su niña. Esperaba la
triste bofetada oral de su hija.
    ―Hoy
he descubierto lo que has intentado esconder de mamá ―él comenzó
a llorar―. Gracias por protegerme ―ambos se fundieron en un
húmedo abrazo de lágrimas.

«Guasapeando»

Esto de las nuevas tecnologías
de la comunicación es una verdadera maravilla. Esta tarde, sin ir
más lejos, he pasado un buen rato con el “Guasap” ―que
es como últimamente parece que se conoce la aplicación para
smartphone
llamada Whatsapp.

     La
idea era bastante sencilla. Quería comunicar mi asistencia a la XXIV
Feria del libro de Santa Cruz de Tenerife ―jajaja, acabo de meter
la cuña publicitaria―, para firmar ejemplares de mis libros.

    El
funcionamiento de esta aplicación es facilísimo y formidable. En su
momento, la compré por 0,79 céntimos y desde ese momento no envío
ningún sms ―que en
inglés es acrónimo de Servicio de mensajes cortos («Short
Message Service»), o lo que es lo mismo, y así nos entendemos,
sistema de mensajes de texto para teléfonos móviles―
a veces tampoco llamo, solo guasapeo.
Lo he notado en mi cuenta de teléfono.
   Una
vez iniciado, basta elegir la pestaña “Difundir mensaje”,
seleccionar veinticinco contactos, escribir el texto y enviar. Las
personas reciben gratuitamente el texto: «Estimados
compañeros:
El
próximo sábado 26, de 11:00 a 14:00, estaré firmando ejemplares de
dos de mis libros en el stand que Ediciones Idea tendrá instalado en
la Feria del Libro de S/C (Parque García Sanabria). Para mi sería
un verdadero placer verlos por allí y así conversar un rato. Si no
tienes los libros, no te preocupes, que allí podrás adquirirlos. Un
abrazo. Guille Cabrera
»
―Jajaja,
lo siento, acaba de meterte otra cuña―. El siguiente paso es
seleccionar a otras veinticinco “víctimas” y repetir todo el
proceso las veces que sea necesario.
     Después
toca leer las respuestas de: los que se excusan, los que te animan,
los que afirman que asistirán… A todos contesté. Gracias por
estar ahí, por el apoyo y por aguantarme, aunque sea tan pesado.
     Espero
verles por allí. 

«Desequilibrio»

Y
al otro lado de la ventana, nada de nada, sólo el vacío. La luna
brillaba. Podía ver, con toda claridad, aquel precipicio. 

   Tenía un
fuerte dolor de cabeza. Estaba seguro de que había perdido el
conocimiento. Alguien me había drogado. Pero ¿cómo? 
     Me acerqué
ligeramente a la puerta de mi izquierda. Estaba bloqueada. Miré la
de la derecha, pero al intentar moverme el vehículo se balanceó.
¡Mejor estarme quieto!, el más mínimo cambio de peso me haría
caer. Intenté hacer memoria de lo ocurrido. ¿Cómo había llegado
hasta el asiento trasero de un taxi? ¿Dónde estaba el conductor? 
     Un
pájaro se posó encima del capó.