«¡Suerte camarada!»

El
camarada Mahekeh estaba preparado. Lo habían sentado en el sillón de
mando de la nave, con el típico equipamiento de las misiones
espaciales de los años sesenta: Mono color gris brillante,
escafandra amplia y bien ajustada al cuello, anagrama del programa
Volstok en el pecho y la bandera de la Unión Soviética en su brazo
derecho.
    Con
sumo cuidado, los expertos técnicos colocaron y enchufaron los
cables, las cámaras y todos los instrumentos que monitorizarían al
gallardo, aunque algo silencioso, piloto durante el vuelo.
   Aquella
nave era la primera de su serie y estaba pensada para poder
investigar y desarrollar los futuros viajes tripulados al espacio.
     La
cuenta atrás se inició tal y como estaba previsto.
   Los
importantes asistentes, altos mandos militares y poderosos políticos, se
reunieron en la sala de mando. Uno de ellos comentó:
     ―El
piloto parece algo tenso. ¿Cuál es el motivo?
    Los
técnicos se miraron entre ellos esperando que alguno rompiera el
hielo y dijera la verdad.
     ―No
importa ―continuó sin
esperar la respuesta―,
se le concederán los más altos honores y, si esto sale bien, a
todos ustedes ―dijo
señalando orgulloso a los directores del programa―
se os dará todo lo que pidais. ¡Suerte camarada! ―entonces apretó el botón de ignición.
     Nadie
quiso llevarle la contraria. Lo prometido pesaba más. Ninguno le
dijo que el tenso piloto era, en realidad, un hierático maniquí.

«Hora de revisarse»

Cuando
ciertos problemillas mecánicos, o físicos, empiezan a hacer su
aparición, no hay nada mejor que visitar a un profesional. Con
nuestro «mecánico»
de confianza, las cosas siempre van sobre ruedas.
     El
otro día, sin ir más lejos, se lo recomendé a un amigo que acudió,
aunque algo receloso, para que le revisase un pequeño problema
―bueno, quizás no tan pequeño― que tenía en la palanca
principal.
    Tiene
un ojo clínico ―le dije―. Ya verás que con un par de pruebas te
encuentra el fallo y la solución.
    Miró
por aquí, tocó por allá, palpó los bajos, comprobó la parte
trasera, probó aquello y lo otro. ¡Ya está!, en un santiamén, y
con la ayuda de una receta para una pildorita azul, todo volvió a su
sitio.
     Es
que se lo tengo dicho: Doc, eres un crac, ¡un crac! Cuando sepas de
mecánica, también te llevaré el coche.

«El puente de mayo»

Ya
pasó la extraña semana del puente de mayo. Son siete días cargados
de distintas celebraciones y festividades.
     Para
unos es importante porque el día primero, se celebra el Día
Internacional de los Trabajadores (Tal y como va la cosa, al igual el
próximo año lo celebramos trabajando. Pensándolo bien podría
tener más sentido, por aquello de celebrar que tenemos trabajo).
     Otros,
en muchos casos los mismos que los del día uno, celebran durante la
jornada del dos de mayo, la fundación, aunque clandestina, del
Partido Socialista Obrero Español (Este año, por aquello de la que
les está cayendo han ahorrado hasta en confeti. Llevan la friolera
de ciento treinta y tres años en la brecha, todo si las cuentas me
salieron bien, que también estoy ahorrando en pilas para la
calculadora). También es de recordar el alzamiento de los ciudadanos
de Madrid, allá por el año 1808, contra las tropas francesas y, por
lo tanto, el comienzo de la Guerra de Independencia.
     El
tres de mayo se celebra el día de la Cruz (dice la historia que
Constantino, el Grande, soñó que para vencer a las tropas enemigas,
debía llevarla como emblema en la cabecera de sus tropas. Esto le
dio la victoria y se convirtió al cristianismo).
     El
cuatro de mayo, no se celebra nada en particular pero, como
necesitaba una entradilla, San Google me dice que en el año 2000
el virus informático ILoveYou
paralizó a millones de ordenadores en todo el mundo.
     Yo,
en cambio, cansado de tanta celebración decidí, un año más,
revivir mi infancia y llevar a mis hijos al Parque García Sanabria y
a “Los Gorgoritos”, cumpliendo con la pseudo tradición anual.
Es
increíble, tras cuarenta años: las mismas marionetas, las mismas
voces, las mismas caras expectantes, las mismas ilusiones, la misma
canción, la misma estaca… Un verdadero placer, pese a pasar dos
horas sentado, en la escalera del Reloj de Flores, sin poder moverme
para no perder el sitio y/o pisar al crío de delante.
     Por
último, la comilona del Día de la Madre (y de la suegra), que sí
se merece(n) recordarla(s).

«Una jaula llena de grillos»

Tras
la muy agradable experiencia
del año pasado
y ya cumplidos los abriles,
decidimos repetir el encuentro. Una vez más celebramos el cumpleaños
de Samuel con una “acampada” en el salón de casa.
     En
esta ocasión los diez osados vinieron pertrechados, no solo de sus
sacos de dormir, aislantes, pijamas y útiles de aseo, sino que, a
demás, por aquello de la edad y el tiempo transcurrido, comenzamos a
ver cómo las hormonas empiezan un tímido amago de aparición, con
voces que cambian, granos, pelillos en el bigote…
     La
tranquilidad de la que presumía hace doce meses, se vio un poco
comprometida. Tuve que incautar alguna blackberry,
por ser elemento aislador del propietario y distorcionador del
comportamiento del grupo, así como soportar más gritos, música
estridente (motivadora según ellos), vocabulario más evolucionado
(por no nombrar las palabrotas) y sobre todo, el aumento de los
olores corporales.
   Lo
bueno de tener un garaje amplio es que te permite la versatilidad de
convertirlo en: sala de videojuegos, cancha de fútbol sala o,
incluso, y en algo más moderno, en skate park.

     Después
de una amplia cena a base de las socorridas pizzas y de terminar
aburridos de la “benditaWii”, nada mejor que una buena película
para amansar a las fieras. Yo a las doce, cual Cenicienta, me retiré,
dejando a la mitad dormida y a la otra a punto.
    Todo
transcurrió en la normalidad hasta las 7:15 horas. Parecía que el
trompeta tocaba arrebato. Las fieras, con las pilas cargadas y ávidos
de aventuras, comenzaban la consabida lucha de almohadas, montañas
sobre el más débil o despistado, carreras al “pipirum”…
Parecían animalitos encerrados en una pequeña jaula.
     El
desayuno todo un lujazo, lo mejor. Jugos, panes, sobaos, leche con cola-cao…
Veinte manos pidiendo. Hasta que, por fin, llegaron sus estimados
padres y madres a recogerlos.
     Una
vez más superamos la prueba, pero no creo que la repitamos, se hacen mayores.

«¿Qué hace ese resorte de mi viejo sillón clavándose en mi?»

Sí,
sé perfectamente que el título es un poco largo, pero es que la
historia también se las trae. Intentaré condensarla.
     Lo
típico de las películas es que el marido, cuando hace algo poco
desagradable, a los ojos de su venerada esposa, termine con sus
riñones aplastados en el sofá del salón. En ese tan cómodo en el
que dormimos unas gratificantes y reparadoras siestas de quince o
treinta minutos.
     Cuando
en vez de siesta, la relación con el sillón pasa a ser de una
noche, nuestro concepto de tener un cómodo y cálido mueble cambia
por completo. La cosa empeora si el susodicho tiene unos años, el
terciopelo floreado gastado y un sistema de muelles algo
decimonónico.
    La
primera hora refunfuñas por el hecho de que te hayan mandado a
dormir al sillón. Los efluvios del alcohol y la pesadez de la comida
no ayudan mucho a contraer el sueño, así que le das vuelta al coco:
¿Porqué?, no es para tanto… Después de conseguir una postura,
más o menos agradable, descubres que no puedes darte la vuelta y,
mucho menos, abrazar la almohada como estás acostumbrado, sobre todo
porque se quedó en la cama y no tienes los “aquellos”
suficientes para ir a buscarla. Con el brazo dormido, la cadera
empieza a desencajarse y un pie cae al suelo, por aquello de impedir
el movimiento circular de la cabeza. Los ojos empiezan a cerrarse.
      Sin
querer descubres que algo comienza a moverse por debajo de los
riñones. La otra pierna, que lleva rato sobresaliendo del
reposabrazos contrario, da señales de falta de circulación. La
nalga derecha ya no se siente. Todo ello junto, lleva a intentar
realizar un movimiento compacto de readaptación. Uno, que en estos
instantes ya tiene las condiciones físicas bastantes desmejoradas,
decide contar y mover todo el pack. Uno, dos y tr… ¡¡¡me
cag…..en la……!!! Justo
en la diana. Acaba de saltarse uno de esos hierros retorcidos, que en
otra época seguro que servía para algún tipo de tortura. No solo
queda una hora para que se levanten los niños, sino que, además de
apuñalado por la espalda, tendré que dormir, o algo parecido, con
esta cosa entre mis posaderas. ¡Lo mio no tiene nombre! Y además
habrá que comprar un sofá nuevo, que la culpa será mía. Con lo
cómodo que era este.

«Decirles…»

Tenia
que empezar a escribir. Es una necesidad que me aborda. No puedo
evitarlo.
  El
folio en blanco, delante de mis ojos, espera a que las palabras
comiencen a fluir de mi mano. Las ideas se acumulan en boca y
mente, a la espera de que se les ponga orden.
    Como
un viejo ritual, lo primero que hago es afilar el lápiz. No importa
si ya tiene punta, tengo que afilarlo. Creo que es una forma de sacar
filo a mis propias ideas.
     El
problema empieza a la hora de iniciar el texto. ¿De qué hablo?
¿Cómo empiezo? ¿Qué quiero contar?
      La
mirada se distrae. Para buscar la inspiración miro la foto de mi
familia que tengo delante. Sé lo que quiero decirles.
   En
vez de hacerlo con las letras, prefiero levantarme y, dándoles un
beso a cada uno, les digo: «te
quiero
».
      Prueba
a hacerlo. Seguro que algo cambiará.

Aquella
tarde, papá, regresó a la tumba entristecido. Al parecer, todo lo
que había ocurrido con sus acciones e inversiones, no tenía visos
de solución.
     Por suerte siempre había sido un hombre precavido y no
había perdido el tiempo esperando. Durante días, y con mucha
paciencia, había cavado aquel maldito agujero para que lo
enterraran. Era una zona tranquila, con buenas vistas y alejado del
barullo. Era su forma de escapar de los problemas inmobiliarios.
      La
decisión la tenía tomada, era un cabezota. Por fin tenía la
pistola y había escrito su despedida. Había llegado el momento de
asentar su última letra.
      Al
aproximarse al hoyo, notó que la tierra de los bordes se había
desprendido y caído al interior. Con mucha extrañeza descubrió, en
el fondo y medio tapado, un sobre.
     Al
sacarlo se sintió sorprendido por una carta del banco. Le embargaban
la sepultura por falta de pago.

«El mejor regalo»

Que
soy un soñador ya lo sabemos, pero lo que a lo mejor no sabes es que
tú también puedes serlo. Hay personas a las que les gusta
imaginarse inmersas en un barco a la deriva, o en una cueva, o en lo
más alto de una montaña a la espera de conseguir las bondades de la
tranquilidad y la calma de su cumbre.
     Anoche
Eloísa soñó. Nunca lo había hecho como aquella noche. Se imaginó
sentada en lo alto de las hojas de una planta mágica, que mucho le
hacía recordar las habas con las que Pedro iba a la búsqueda del
castillo del malvado ogro. Aquella historia era distinta.
     Las
hojas no eran normales. Eran hojas de libro. Ella reposada sobre el
tallo imaginaba y viajaba incansable entre las aventuras y
desventuras que allí se relataban. Estaba feliz. Podía evadirse a
otros mundos con el más preciado de los tesoros, su imaginación.
    Aquella
historia era la primera que leía de verdad, con intencionalidad.
Cierto es que había aprendido a leer hacia muchos años, pero aquel
libro era su primera vez. Se lo habían regalo junto a un deseo de
amor y esperanza.
     Su
primera sensación fue de rechazo, ¡menudo regalo! Pero algo tenía
que llamó su atención. Se atrapó. Leyó durante horas. No podía
dejarlo.
     Al
despertar descubrió que disfrutar de un libro es gozar de la vida
misma. Es vivir miles de vidas, en miles de sitios, con miles de
sentimientos, que poco a poco irán completando y llenando el alma.    Tras la lectura entregó su amor.
     No
pierdas la oportunidad. Leer es vivir, gozar, disfrutar, amar…
¡Feliz
Día del Libro!   

«Acordándome de la inteligencia o de la falta de ella»

Gadner es un famoso psicólogo e investigador de la la Universidad de Haward. Desde hace tiempo ha centrado sus conocimientos en la definición y desarrollo de la teoría de las inteligencias múltiples. Según esto, la inteligencia de las personas no es una. Cada uno de nosotros desarrolla, en distinto grado, eso sí, siete inteligencias, que unidas y entrenadas, nos dotan de conocimiento, posibilitan la relación con los demás… Por lo tanto, las inteligencias de las personas son: La lingüística, la lógica-matemática, la corporal y cinética, la visual y espacial, la musical, la interpersonal o social y la intrapersonal.
     Desde mi corto punto de vista ―aún tengo que desarrollar mucho las anteriores― creo que podríamos usar tanta inteligencia para pensar otras soluciones a las problemáticas surgidas.
     En lugar de que los enfermos paguen más por sus medicamentos, ¿porqué no le planteamos a la industria farmacéutica que en vez de ganar un millón ―¡iluso!― ganen medio ―¡ja!, qué idiota soy―? ¿Se les podría establecer a ellas el copago y obligarles a bajar el precio de todos sus productos, un euro?
     ¿Quién aporta más el senado o los investigadores? ¿Podría el congreso de los diputados asumir las funciones de los venerables senadores y ahorrarnos sus sueldos, dietas y demás? ¿Podrían los senadores investigar y desarrollar nuevas técnicas, artilugios, inventos, materias primas, teorías… que nos ayuden a generar puestos de trabajo, cura para las enfermedades…?
     ¿Podríamos dar por terminado los acuerdos con El Vaticano y eliminar la ayuda a la Iglesia? Sería más conveniente, ¿alimentar la fe de los creyentes o el hambre de los parados, muchos de ellos cristianos? ¿Podría la Iglesia sobrevivir con la ayuda de sus fieles? Y ¿con la venta de sus acciones de bolsa? ¿Existirían compañías interesadas en comprar las tierras baldías que tienen a su nombre? ¿Y explotar comercialmente, a modo de hoteles, paradores…, las grandes propiedades como monasterios, abadías… semiabandonados y derruidos por falta de uso y mantenimiento? ¿Podrían alquilar, a un precio justo, las casas que tienen vacías?
     ¿Qué sería mejor para nuestro futuro, aumentar el número de alumnado en las aulas o el del profesorado que las asisten?
     Y no hablemos del herido honor patrio. Espero que REPSOL, después del desaguisado que le han hecho en Argentina y de que el gobierno salte en su ayuda, se acuerde de los españolitos de a pie y nos devuelva el favor. ¿No sé? ¿bajándonos, o más que sea congelando, el precio de la gasolina? Como nuestros sueltos.
     ¡Uf! Demasiadas dudas. Igual es que tengo el día tonto y la única neurona útil que me queda se ha bloqueado con tanta información negativa.

«A ritmo de la música»

La cena había sido fabulosa. Después de los postres y los licores, bailamos un rato. ¡Qué buena era aquella orquesta!
Como nuestros cuerpos se mantenían excitados por la música, el vino y el champán decidimos dar un paseo, cogidos del brazo, para poder bajar los efluvios del alcohol antes de irnos a la cama.
Paseamos durante un buen rato. La noche, aunque fría, estaba espléndida. Las luces de las estrellas iluminaban nuestros pasos. El deseo nos inundó. Antes de dormirnos hicimos el amor. Entonces todo cambió. La felicidad, y la sensación de bienestar, que teníamos desapareció humedecidas por las frías aguas del Atlántico que inundaban el camarote.
Lo que ocurre no puede ser cierto. Este barco era el futuro, nuestros sueños hechos realidad, y ahora, todo cuando deseábamos, se hundía.
Ya hace cien años que partimos del puerto de Southampton. Nunca llegamos a Nueva York. Pero la orquesta sigue sonando.