«La Legión de los bosques»

No. Está claro que con esa portada este no es un libro de literatura infantil. Tampoco es un libro erótico, aunque sé que te gustaría. —no te voy a negar de que estoy barajando la posibilidad de jugar «entre esas sábanas».

«La Legión de los bosques» es mi primera novela no destinada al público infantil, sino para seres algo más mayores, entre los que me incluyo. Es una historia de aventuras que, siguiendo el estilo que hasta ahora he utilizado, espero que te enganche desde el comienzo.
Solo hace unos días que tengo los libros en mi poder, mi familia ni siquiera lo ha visto, así que, para ponerte un poco en situación: 
«Desde hace años, cada vez que dispone de un rato libre o necesita pensar y encontrarse consigo mismo, Dani coge su cámara de fotos y acude a visitar edificios abandonados. Ahora se enfrenta a un reto de mayor envergadura: viajar a las montañas de Niyamgiri, en la India, como responsable de la ONG «La Legión de los Bosques», con el objetivo de ayudar a defender los derechos de la tribu Dongria Kondh frente a una multinacional dispuesta a explotar sus territorios. No obstante, una serie en cadena de acontecimientos inesperados, ocurridos en una de sus exploraciones, cambia el curso de los hechos para dar un giro de ciento ochenta grados y verse involucrado en una trama de intriga intensa y trepidante en la que los Servicios Secretos lo involucran»
¿Dónde puedes conseguirlo? En unos días ya estará disponible en librerías, imagino que bajo pedido, pero si tienes un poco de paciencia podrás acudir a la presentación oficial -donde se pondrá a la venta con un buen descuento-, o a las distintas firmas y actos que ya estamos organizando. En breve te daré oportuna cuenta de todas esas citas.
Espero hacerte disfrutar. Gracias por leerme.

«Sueño revelador»

«¿Qué pasa? ¿Hoy no has pensado en mí?»
Cuando leyó aquel mensaje se quedó parado. Algo en el interior de su cuerpo se recolocó de sitio, o movió todo lo que tenía a su alrededor, como haciendo espacio. Miró el reloj y sonrió. Eran las 22:30. Claro que había pensado en ella durante todo el día, pero no se había atrevido a mandarle ningún mensaje.
Cogió el teléfono, retiró el bloqueo y se puso a teclear:
«Claro que me he acordado de ti. De hecho me desperté soñando contigo y ya no he podido quitarte de mi mente». Sin pensarlo apretó el botón enviar. 
Cuando se dio cuenta de la revelación que acababa de hacer se arrepintió. Los dos tics azules se habían activado. Ella estaba conectada y había leído su mensaje.
La respuesta no tardó en llegar: 
«Según recuerdo de la carrera, y por mi propia experiencia, esos sueños mañaneros son eróticos. ¿Quieres decirme algo?»
De nuevo su interior sufrió un temblor. Pero esta vez conocía el motivo. Sentía una mezcla de nerviosismo y excitación. Se había descubierto a sí mismo y, pese a que ella siempre le decía que le asombraba la capacidad que tenía para dar respuestas rápidas e ingeniosas, en esta ocasión, no sabía que alegar en su defensa. Se lanzó al vacío.
«Pues si. Lo reconozco. Fue erótico. Cosas que pasan. Siento la claridad.»
«No lo sientas. A mí también me excita. Si quieres mañana quedamos y lo hablamos.»

Sin duda ella también se avergonzó. Apagó el móvil y lo dejó así. Él se quedó parado, sin respuesta. Sabía que a ella le gustaba dominar las situaciones, pero aquella declaración había sido fulminante. ¡Ahora sí que soñaría!

«¿Quedamos por whatsapp?»

Igual resulto un poco cansino, pero hoy me apetece seguir hablándoles de mi asombro y aprovechar lo que me ocurrió el otro día, para describirte otra de las bondades de las «nuevas tecnologías». 
El sábado pasado, un grupo de compañeros y compañeras del trabajo fuimos invitados a la celebración sorpresa del cincuenta cumpleaños de otro de los compinches del curro. Es increíble qué fácil puede resultar poner de acuerdo y citar a un grupo de personas.
La citación vino dada por «Whastapp», con un mensaje por el que se nos emplazaba de 10 a 11 de la noche en una casa rural, alquilada al efecto, en Guamasa. 
Para que pudiéramos acudir, sin pérdida alguna, al agasajo, el texto venía acompañado por un enlace a «Google map, con lo que bastaba seguir las indicaciones del navegador para encontrar el sitio y acudir a la cita sin demora.
Tal derroche de información y despliegue de organización es lo que me sorprende.
La noche estaba oscura y lluviosa. La carretera y el lugar del encuentro eran del todo desconocidos para mí pero, gracias a las certeras indicaciones del navegador del teléfono, pude llegar al lugar.
No fui el primero, antes que yo dos. Tampoco el último, después que yo dos, pero los cinco, nos vimos sorprendidos. El lugar estaba oscuro y desierto.
Comprobamos nuestros mensajes. Hora y lugar correctos. ¿Qué estaba ocurriendo? Tras un par de cruces de mensajes y alguna llamada, el secreto se desveló ante nosotros: 
1.- La geolocalización era solo una indicación, una aproximación para que nos situáramos. La casa del convite estaba un par de cientos de metros más adelante. Habíamos invadido, allanado otra propiedad. ¿Dónde quedaron los infalibles mapas pintados, con esmero y todo lujo de detalles, en una servilleta, en los que no había posibilidad de error? 
2.- La hora estaba incompleta. Se referían a que la fiesta empezaba a las 10, de la mañana, para terminar a las 11:00 de la noche. ¿Dónde esta aquel uso de la nomenclatura a.m. y p.m. que tantas facilidades ha dado?
Menos mal que el equipo es solvente en lo que se refiere a habilidades sociales y pudimos superar el trance. Tras descubrir el entuerto no nos reímos mucho, lo hicimos muchísimo. El cumpleañero, que aún estaba en la casa de la fiesta, también se rió de nosotros. ¡Sorpresaaaaaa! solo llegamos doce horas tarde. 

Por suerte pudimos felicitarlo, tras lo cual nos fuimos a dar un pequeño homenaje a un restaurante de la zona, para continuar con el descojono de nuestra sombra y acordarnos de lo útiles que son los adelantos tecnológicos, que tanto me asombran, cuando están bien utilizados.

«En misa y replicando»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Ya
he dicho en varias ocasiones que a mí esto de la tecnología y sus
juguetitos me encanta. En general me gusta por muchos motivos, pero
por destacar alguno de ellos citaré tres: Me asombra lo conectados
que estamos unos a otros desde por la mañana temprano,
acompañándonos hasta en el baño, (Por ejemplo: Ahí está el amigo
madrugador que, junto a los buenos días, nos retransmite el parte
del tiempo y las cosas importantes del día de hoy, cual libro
gordo). El conocimiento. Accedemos a todo el saber. Cuando no
conocemos un dato o algo sobre un tema, lo buscamos inmediatamente en
nuestro smartphone y ¡hala!, aprendemos. (Por ejemplo: Sabias que
tal día como hoy, pero en 1904, se promulga en España la ley que
establece el descanso dominical. ¡Vivan los domingos!). La
ubicuidad. Claro, seguro que ahora te resulta mucho más fácil
«estar en misa y replicando» o, como en mi caso, que he dejado este
post grabado y programado porque no quería dejarte sin tu pastilla
de los jueves. ¿Que dónde estoy? ¿Que no me crees? Pues anda
corre, pon la tele que seguro que salgo en la retransmisión de los
PREMIOS CADENA DIAL, ¡con lo que me gusta a mi un micro!

«A cuenta de una pancarta y una noticia en la prensa»

Extraída, sin permiso, de San Google
Como ya sabes, hace unas semanas estuve en Madrid. A parte de lo fenomenal que es visitar una gran ciudad y dejarse engatusar por la gran oferta gastronómica, cultural, social… que tiene, me llamo la atención la pancarta que lucia el nuevo ayuntamiento, por la cual se daba la bienvenida a los refugiados. 
Desde que ha empezado ese trágico exilio, mucho se ha dicho de ellos, pero lo cierto es que esas personas siguen sufriendo la barbarie de la guerra, de la emigración forzosa, del hambre y del abandono. Aún no han llegado a España —o lo han hecho apenas un puñado de ellos— y las voces de Europa ya los repudia. Se habla de cuotas por Comunidades, de planes de asistencia sanitaria, social y educacional, pero lo único que se puede ver es esa pancarta.
Hace un par de domingos, leyendo el periódico mientras desayunaba, me llamó la atención una pequeña noticia, situada como escondida en una esquina inferior de las páginas interiores, ilustrada con una foto. 
Aquella crónica, hablaba de un gran campamento, con jaimas de lona reforzada para impedir el embate del viento, dotadas de mobiliario, aseo, cocina…, ¡hasta aire acondicionado tienen! Lo más increíble de todo es que tremenda instalación, con capacidad para acoger a cuatro millones de almas, no se está usando ya que, mientras esos seres naufragan por las aguas del Mediterráneo, en busca de asilo, esa propiedad, de la cual es dueña Jordania, se encuentra diseñada y destinada para acoger a los millones de peregrinos que van a la Meca y no a miles de «muertos de hambre» sirios que quieren salvar sus vidas y la de sus hijos e hijas.

Y es que nuestro mundo es así, unos exhibimos una pancarta mientras otros exhiben la solución. Ni siquiera en esto somos capaces de sentarnos a negociar.

«Se nos pusieron del revés»

IMAGEN HECHA DESDE MI MÓVIL
Levanté la
vista. Él ruido llamó mi atención.
Justo en el momento en el que por la cinta estaban saliendo mis maletas,
la terminal del aeropuerto estalló en aplausos.
En la sala de espera todos los presentes comentaban lo ocurrido.
El pasillo estaba ocupado por los que apuradamente queríamos abandonar el
lugar. Unos íbamos hablando con nuestros acompañantes, otros lo hacían por el
móvil, algunos estaban chateando, sin apenas levantar la vista de su teclado, y
sólo unos pocos iban acompañados de su asustada sombra.
Los aplausos rompieron la tensión existente en el ambiente. La chica de
detrás, que hacía rato no paraba de llorar y gemir, rompió su rabia con una
ávida y oportuna palabrota que se vio apoyada por la reacción del resto de
presentes.
El avión tomó tierra tras bambolearse de un lado a otro durante rato.
¡Por fin estábamos a salvo!, toda vez que fuertes golpes de lluvia y viento,
acompañados de una más que negada visibilidad, hicieron que los anteriores
intentos de aterrizaje fueran abortados, metiéndonos el susto en el cuerpo.

           Por eso aplaudimos a la tripulación de nuestro vuelo IB3938, al verlos aparecer en la sala del aeropuerto.

«Mil disculpas»

Me consta que muchas de las personas que se pasean por esta esquina habitualmente separando encontrarse conmigo, lo hacen durante la noche del jueves (por saber que es el momento en el que publico, ¡y lo sabes!) o en la mañana del viernes (mientras trabajan). 
Hoy tengo que pedirles disculpas. No estoy. Además, por falta de tiempo, no he podido escribir nada para dejarlo programado, y la wifi que me da soporte es realmente mala.
Estoy fuera, en mi escapada anual. En mi deseada y más preciada escapada anual. Así que, si me disculpas… Sigo descendiendo. NOS VEMOS A LA VUELTA.

«Lavada de cara»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Cada
mañana me levanto y, tras encender el fuego de la cafetera, me lavo
la cara. Seguro que tu rutina se parece. 

Como verás he decidido que los esfuerzos que invierto semanalmente en este
blog, en esta ocasión, se vayan en cumplir con una de las tareas que me había
marcado, y que tenía pendiente, al empezar el año. Ha tocado
lavarle la cara a esta esquina y colocar no solo un nuevo diseño,
sino también separar y organizar, de manera distinta, la información
aquí alojada.

Espero que te hayas fijado en que he puesto una serie de pestañas en la parte superior, así
como una barra lateral, con la intención de que ambas herramientas agilicen el acceso a la
información.

Por
mi parte, al parecer ya lo tengo todo preparado para recibir mi nueva
novela. Así que venga, ¡prepárate!, lávate la cara que en menos
de un periquete te presentaré: 

«LA
LEGIÓN DE LOS BOSQUES»

«Disparate en el gallinero»

Extraído, sin permiso, de San Google

Cuando el gallinero se disparata, hasta a los gallos más poderosos se les ponen las plumas de punta. Mi familia es así, o se asemeja —y mucho—, a un gallinero y éstos días se ha revolucionado del todo.
En menos que ha cantado un gallo y, movidos cada uno por sus propios intereses, sin afectar a los de los demás, o incluso afectando —pero con cariño—, como decía, en un periquete, se ha remodelado un par de casas y se ha renovado el parque móvil familiar.
La pequeña, iniciadora de los tormentosos incidentes que se han producido en estas últimas dos semanas, le ha dado por, no sólo cambiar de coche, sino también vender el mío. Supongo que en un ataque de preocupación por el estado general de lo que se ha llegado a calificar como «la tartana». Menos mal que cerró el trato antes de que lo tuvieran en sus manos. Al verlo y conducirlo querían darle la mitad de lo inicialmente ofertado. No sé porqué, la verdad, a mí me iba de perlas.
La otra de mis hermanas, le ha dado por vender su coche y parte de su casa: sofás, sillones, estanterías…, hasta lámparas ha descolgado y puesto en venta por veinte euros en los «interneses». Así hasta comprarse un coche —por cierto, ¡bonita!, a ver si te invitas a una merienda que no hemos visto la remodelación ni la nueva bandera—. Esta, tanto ha hecho, que hasta ha conseguido vender «la furia amarilla», que todo sea dicho de paso, está genial, super bien conservado y en perfecto estado —¡oyé! que lo digo en serio, nada de sarcasmos, sobre todo porque su compradora puede que me esté leyendo.
El otro un desgraciadito. Mi niño, con lo bueno que es. No le ha tocado nada, más bien dar, prestado. Ni la mesa de billar que me traje para casa el otro día cedida para el garaje. Pero no te preocupes, cuando quieras, —y ya va siendo hora de que lo hagas— nos invitas a una comidita de esas tan selectas que organizas en tu casa y así, al menos, te llevas nuestra compañía.
Mis padres, los pobres, se han visto en el fuego cruzado de un lado y el otro. Tanto ha sido a así que hasta se han escuchado voces de ponerle un cártel a mi madre y venderla, que de seguro sacamos una pasta. De mi padre también ganaríamos algo, que se conserva en alcohol y en jamón serrano —¡del bueno oiga, no se vaya usted a pensar!
Así que nada, lo dicho. Las plumas las tengo erizadas, pero con coche nuevo y un agujero negro en cuenta, del que ya hablaremos.
 

«La terapia»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Llevaba tiempo quejándose del ruido que hacían aquellos pequeños seres. Los oía martillar, correr  y chillar dentro su cabeza, tanto era así que, en varias ocasiones, había perdido el control. Tras sufrir episodios de ansiedad y arrebatos de furia descontrolada, decidió ir a consulta:
—¿Vuelven a ser invisibles tras la toma de la medicación? —preguntó el psiquiatra mientras levantaba la cabeza para observar la coronilla del señor Gutiérrez.
—La mayoría de las veces sí. Sobre todo por la mañana y normalmente hasta las cinco de la tarde. A partir de esa hora…
El discurso del hombre se vio interrumpido, como la mayoría de las veces, por las inquisitivas preguntas que el doctor hacía cortando el hilo conductor del relato del bueno de Gutiérrez.
—¿Qué es lo que pasa a esa hora? 
—Es que a esa hora…
—¿Siempre es a las cinco de la tarde?

—Sí. Es cuando vuelven del colegio.