«Una Gioconda en la pared»

La había visto en varias ocasiones pero, hasta hoy, no me había llamado la atención. Me encontraba a una distancia prudente, algo más de cien metros. Me fijé en ella al pasar con el coche y parecía que me mirara, que me quería decir algo. Ahora, que ya estaba aparcado, caí en cuenta que me dirigía directamente hacia su retrato. 
En mi interior algo invoca su nombre. Me hace caminar y dirigir mis pasos hacia el lugar donde esa imagen aparece estampada en la pared. 
Como decía, observante desde la distancia que nos separa, me quede sorprendido cuando una chica, de media edad, que venía corriendo calzada con sus zapatillas de «runner» actuó de manera muy rápida. Sin percatarse de mi presencia y asumiendo que nadie la miraba, literalmente se abalanzó contra la pintura impresa en la pared. Pensé que, a esa velocidad y determinación, el impacto iba a ser tan potente que su cuerpo se entromparía, como lo hace un huevo al ser lanzado en idéntica situación, desparramando sus sesos, interiores y líquidos por todo el lugar, cual yema y clara. Nada de lo esperado ocurrió. La chica desapareció al instante. 
Mi cara reflejó el sobrecogimiento de mi cuerpo. Aquello no era posible. Nadie más lo había visto, la calle estaba desierta. 
Me dirigí hacia La Gioconda. Toque su impregnada tez para comprobar que la pared era real. Dura como el cemento. 
«¿Y porqué no?» pensé. Quizás es la entrada al mundo mágico e ideal que todos deseamos visitar. Me alejé ganando distancia y, con el mismo empuje y decisión que lució la chica, me lancé contra aquella mujer.

Las gafas, los dientes y mi moral saltaron por los aires o se estamparon en aquel muro. La próxima vez me aseguraré de tener pagada mi licencia de superhéroe. 
Gracias por leerme.

«Los amigos y algo de beber»

¿Has tenido a alguien de tu entorno más inmediato sin poder moverse? ¿Verdad que es muy gratificante cuando llaman por teléfono o vienen los amigos, la familia, los vecinos…, de visita? Sin  duda es uno de los actos que distingue a las verdaderas amistades de las otras que solo se ofrecen para los buenos momentos. 
Hay ratos del día que son relajados. Viene una pareja, a eso de las cinco de la tarde y claro, hay que ofrecer algo «¿Café?». Al cabo de unos minutos aparece una de las chicas del gimnasio, que como el café, aunque sea cortado, le irrita el estómago prefiere un té «¿Verde?» —que pregunta más estúpida la mía. Claro que verde que es diurético, retrasa el envejecimiento, cuida la piel y bla, bla, bla. 
Nada más servir el preciado líquido, aparece «el Luis y la Pepi» —estos tienen otro ritmo de vida— «¿De beber? ¡Cerveza!» Pues nada. Toca bajar a la nevera del garaje, que aquí ya no me quedan y no me había dado cuenta de reponer. El café y el té fue servido con unas galletitas danesas pero las cervezas tendré que acompañarlas de ganchitos o algo salado.
El bullicio del salón ya se va notando, La primera pareja, cuando suena de nuevo el timbre, decide marcharse, aprovechando el momento. Son reemplazados por otra pareja de amigos que, al salir los niños del cole, tenían un momentito libre y aprovecharon. Los niños también vienen. Zumos de melocotón para los más pequeños, cortado para él —tengo que poner otra cafetera al fuego— y rooibo para ella —es que el café y la teína le quitan el sueño; y ya la hora que es. Hay que calentar más agua. Los niños, al salir del cole no llevaban merienda —dice la madre que se les olvidó— así que asaltan la caja de galletas, las almendras, los ganchillos y los pistachos. Menos mal que ayer mi madre hizo una tarta de las suyas. La saco. También otro par de cervezas que Luis y Pepi que venían sedientos. No esperaba tanta visita así que una papas fritas me quedan.
Vuelve a sonar el timbre. «¡Qué bien! ¡Las chicas!» Sí, las cuatro amigas han venido juntas «¿Será la primera vez que vienen y les dará vergüenza?» Tras los besos, los abrazos, derramar un vaso de agua, los saltitos, empapar las servilletas, tirar todas las migas por el suelo, la emoción y no sé que más, deciden lo que van a beber: vino blanco, cerveza, Rooibo —más agua a calentar— y un gin tonic «deesostanricosquetúsabeshacer» 
—¿Qué sabes hacer gin tonics? —Pregunta Pepi.
—Los mejores que he probado —afirma una de las chicas
—Pues me apunto —afirma Luis.
—Y yo. 
—Pues si insisten. —La otra.
—¡¡Gintonics pa toos!! ¡Que un día es un día!, y mañana no hay cole.—Sentencia una voz mientras mis ojos y mi menta se queda a cuadros con la que se está montando. Sin problema. Gintonics para todos. 
Si me descuido sirvo gintonic hasta a los niños, que se conformaron con un San Francisco y un par de pizzas. Que ya la hora que es habrá que comer algo.

Y ya ves. Así es mi vida. En un momentito he tenido que preparar cinco o seis litros de infusiones varias, tres cafeteras, cuatro cervezas y… ¡se me han bebido las dos botellas de ginebra que tenía! Nos pasamos al ron. Y es que no hay nada como que los amigos demuestren su verdadera amistad en los momentos difíciles. Gracias por leerme. 

«La mula»

Seguro que alguna vez has visto una mula de carga. Yo, aunque parezca mentira por la época que vivimos, cada mañana tropiezo con una.
Lo primero que llama la atención es el color oscuro de su piel y la gran cantidad de pelo que tiene su cabeza. Su andar es ágil y decidido, pese a llevar atado sobre su grupa, o colgado a un lado, tres bultos, dos de ellos de grandes y pesadas dimensiones, que le hacen caminar ladeado. También llama la atención el paso escorado que luce, motivado por una seria lesión en su pie derecho, que le hace tirar de él, más que adelantar un paso tras otro.

Siempre camina solo, sin recua, siguiendo los pasos de su guía que, algo más rápido, camina unos pasos por delante, sin atarlo. Hay niños que dan libertad a sus padres a cambio que les carguen la mochila del cole. Gracias por leerme.

«El viejo del aparcamiento»

Una de las
leyendas urbanas más famosa y conocida, con temática de terror, es, sin duda,
“La niña de la curva”. A modo de resumen rápido, recordarte que se trata de la
presencia de una autoestopista que al ser recogida y tras un rato sin conseguir
conversación, misteriosamente desaparece del interior del coche, tras alertar
al conductor de un tramo o curva peligrosa, en la que supuestamente la
susodicha falleció.
            El otro día, en el interior del
garaje de un gran centro comercial, me visitó «el viejo del  aparcamiento» que, salvando las distancias,
me resultó algo similar. Te cuento lo ocurrido:
            Avanzo por mi carril y, al superar
un coche que estaba parado en doble fila a la derecha, sin luces ni
intermitentes, recorro más de una treintena de metros en busca de un lugar para
estacionar. Uno de los coches aparcados a la izquierda arranca, enciende sus
luces e inicia la marcha para abandonar el lugar. Yo coloco mi intermitente y
espero a que salga.
Nada más iniciar mi camino marcha atrás, de la nada, aparece un hombre
mayor que, junto a mi ventana cerrada me habla. No lo entiendo. “Cuidado jefe”
le digo. Él con aspavientos protesta. Cuando vuelvo a mirar por el espejo
retrovisor veo una columna a la izquierda, como moviéndose en dirección a mi
coche. El hombre sigue protestando. ¿Me avisaba del golpe y de ahí su parecido
con la niña de la curva?
Pues no. Al parecer era él el que estaba en el interior del coche parado
en doble fila. Esperaba un sitio y yo se lo quité. Según él yo tenía que
adivinarlo, que conocer cuáles eran sus intenciones. Al parecer tengo poderes y
yo que pensaba que el fantasma era él.

Gracias por leerme.

«El gigante duerme»

Sobre
su colchón de piedra y tapado con sus sábanas de verde vegetación,
el Roque aparece vigilante. Mantiene sus ojos cerrados, la
respiración sosegada y el tic-tac de su corazón a un ritmo
apaciguado. Duerme. Al menos así lo vemos desde este lado. Lo que se
vive por dentro es otra cosa. Si bajamos la voz, acercamos el oído y
nos concentramos un poco, podemos escuchar los pensamientos de esa
mole.
Mi
boca está sellada. Cierro los ojos y mantengo la respiración.
Quiero gritar, salir corriendo, quizás huir, pero siento que no
puedo mover ni brazos ni piernas. Esto me come por dentro. Para
soportarlo intento concentrar mis pensamientos, controlarme,
autorregular mi propia circulación interna. Hay pájaros que vienen
y van. Sobrevuelan mi persona y preguntan, con su característico
piar o graznido, según el caso, el porqué de mi pasividad. «No
puedo» les contesto, «las personas que se agitan a mi alrededor
dependen de que sus suelos no se desquebrajen para seguir viviendo,
cultivando, existiendo». Les pido otra cosa «No te vayas».
«Acompáñame». «No me dejes». «Abrázame». Pero como no puedo
hablar en alto no me oyen y se marchan.  
Y ahí
sigue la gran piedra. Impasible, aguantando, mientras narra una historia que nadie
escucha. Hasta el día que reviente. 
Gracias por leerme.

«Una cuestión de regusto»

¿Qué te deja buen sabor de boca?

La primera respuesta es fácil: un buen vino acompañado de un exquisito jamón serrano, un café de tierras lejanas, un queso de… Pero no, no quiero que me contestes eso. La pregunta de hoy va un poco más allá. Me gustaría que profundizaras en tu día a día y que buscaras una o dos acciones, sentimientos o situaciones que al hacerlas, o terminarlas, te dejan un sabor de boca especial. Si quieres empiezo yo. Tengo dos.
1.- La siesta de los fines de semana (aclaro que es sábados y domingos, porque entre semana no hay tiempo para ese reposo). Me encanta acostarme en la cama, apenas tapado con una colcha, poner la tele, e ir dejando que la baba caiga por la comisura de la boca mientras los ojos van cayendo en el vacío, casi sin darme cuenta, hasta despertarme, un rato después, con la misma película, con la sensación de estar viéndola pero sin saber qué o cómo ha ocurrido. El sabor en la boca toda la tarde, el regusto, que dirían los aficionados al vino, es lo que me llena y me da verdadero placer.
2.- Mismo sabor y misma sensación en la boca, es la disfruto cuando he logrado, tras una o dos horas de trabajo, escribir algo coherente y avanzar en la historia en la que invierto algunas de mis horas nocturnas. Es una revelación parar, releer lo escrito y llegar a la conclusión de que lo hecho es medianamente aceptable. Otra cosa es lo que a ti te resulte al leerlo.
Pero ahora te toca a ti. ¿Contestas a pregunta? ¿Qué te deja buen sabor de boca?
Gracias por leerme.

«La Orden de los Muserianos»

Creencias religiosas, órdenes y sectas, hay muchas. Las hay secretas, de las que nada o poco se sabe. Muchas tienen reconocida su existencia, recibiendo apoyos y aceptándose, ya que tienen entre sus fines, con razón o no, conseguir la plenitud y el desarrollo de la persona, o contentar a una divinidad, o… El caso de los Muserianos es otro. 
Con rituales difícilmente entendibles para los no iniciados, verlos en plena acción supone todo un reto para la compresión de un ser normal. Lo habitual es ver a cuatro de ellos, reunidos en un círculo procesional, mientras el resto, siempre en número par, espera expectante su turno. Los actuantes, unidos en dos parejas contrarias, se lanzan diferentes retos o lances, como ellos mismos los definen, pasando el rato a la espera de la respuesta de la pareja rival. Cuando ésta se produce, el contraataque es inmediato, ejercitándose un rezado frenético y casi ininteligible. Mientras esto ocurre, cada pareja, a escondida de sus rivales, se hace señas, emiten sonidos y ruidos guturales, con la intención de ser apoyados por su igual. 
Como muestra de tal desenfreno sin par, basta con leer —mejor hacerlo imitando la voz de difunto Félix Rodríguez de la Fuente— la transcripción, grabada con cámara oculta, de uno de estos lances: «Sí. No. Vale. Quiero. Venga. Jo. Ños. Paso. Venga. Va. Ummm. Que sí. Uf. Que no. ¡Mamón! Que caiga un chaparrón. Órdago a la glande —previsiblemente quería decir «…a la grande», pero la emoción y tensión vivida en el momento produce la liberación de andrógenos en la sangre, afectando al cerebro, provocando que la lengua se les trabe.»
El ritual ha durado varios minutos. Ellos gritan y se regocijan. Llegan a la extenuación, al insulto «cariñoso», a la solicitud de actos amorosos, de sodomización, y masoquismo. Es muy recurrente, en todo el proceso, la utilización de palabrotas —insisto en lo de la liberación de sustancias químicas naturales. 
El éxtasis es tal que casi consiguen la unión con el nirvana, solo interrumpida por el descorche de otra botella de vino, el olor del chuletón cocinado a fuego lento, en las brasas de la barbacoa, o el tintinear de los hielos servidos, entre rones y gintonics, en copa balón, nunca en vaso de tubo, aspecto este no autorizado y castigado en los sagrados misales por los que se rigen. 
Y es que el juego del mús los ha unido en un propósito común, alejado del resto de ciudadanos y ciudadanas, formando la ya reconocida y admitida «Orden de los Muserianos», que, como toda camarilla, tiene sus propias creencias y rituales, difícilmente comparables a las de otras sectas o creencias religiosas. Sean felices. Gracias por leerme.

«¿Cómo se viste un escritor?»

Aunque en estos momentos me estés leyendo, he de reconocerte de que no estoy, como crees, al otro lado de tu pantalla. No estoy en casa. Medio cumpliendo con mi rutina de escribir en este blog los jueves, este post es realmente de ayer. Aunque hable de cosas que me están pasando hoy, ahora. Estoy en plena presentación de mi libro «La Legión de los Bosques».
En el cuento «El traje nuevo del emperador», el sastre engaña vilmente a su majestad, haciéndole creer que lleva una vestimenta hecha con la mejor tela jamás ideada, capaz de descubrir a los más estúpidos e incapaces del reino. ¿Qué tiene que ver esto con mi historia?
Quizás hoy, en un primer momento de la tarde, quizás por el miedo escénico o por falta de confianza, me he sentido como el emperador, estúpido. Embutido en mi chaqueta nueva, con la camisa bien planchada y los zapatos recién lustrados, me he lanzado, «desnudo», ante amigos y familiares para presentar mi nuevo libro.
Todo mentira. Solo una percepción estúpida. He de reconocer que estoy rodeado de gente maravillosa. Muchas de esas personas me arropan con su presencia, sus risas, su complicidad y su amistad. Otras, con pena por no poder estar «en cuerpo presente» mandaron mensajes de ánimo, de felicitación, de esperanza y de buenos deseos. Pero como de todo hay en la viña del señor, vestido con este traje de «escritor» —que ya te digo yo que no creo que nadie deba llamarme así— sí he de reconocer que esta presentación, mejorando la tela que le vendió el sastre al emperador, funciona ya que, desde la distancia, permite ver cómo algún envidioso demuestra sus carencias retorciéndose al ver que las cosas me salen bien.
Al final me quedo con lo más importante: tu presencia, física o en espíritu, tus ánimos y tu apoyo. Gracias por tu amistad. Gracias por estar en los momentos buenos —los malos ya llegarán—. Gracias por leerme.

«Es hora de buscar cole»

Hay brujas que utilizan recetas misteriosas con la finalidad de cumplir deseos y conseguir favores de otras personas. Como elementos de esos brebajes están: los dientes de tritón, la saliva de sapo o el sudor de araña, entre otros. Todos esos elementos mezclados en su justa medida hacen conseguir milagrosos resultados.
Todos los años, por esta época, las madres primerizas —ellos pasan más—, se lanzan a la búsqueda y captura de sortilegios y encantamientos varios con tal de conseguir una ansiada plaza escolar en un colegio de su agrado. 
Movidas por el desespero y la inseguridad, son capaces de cualquier cosa como acudir a citas con los equipos directivos —adecuadamente emperifolladas para intentar «seducir» y demostrar lo que son—; hacer cola desde altas horas de la madrugada con tal de ser la primera en entregar los papeles —aunque la normativa que la regula no dice nada de orden de llegada—; llamar al cuñado de la vecina, del primo de una amiga —que tiene un conocido en el colegio en cuestión, o en la Consejería—, para ver si le puede echar una mano para que acepten a su criatura; donar una pequeña cantidad «simbólica» —en plan impuesto revolucionario— a favor de la Fundación de San Nosequiensito; poner velas a Todos los Santos —ese día sí que es creyente, la más creyente, y no veas los golpitos que se da en el pecho. Si la monja o el cura está delante mejor—; junto al DNI, las fotos, el impreso, el Certificado de residencia…, le ponen al niño un hilo rojo, pegado en la espalda a base de saliva, porque «unaquesabedeesascosas» —por no llamarla bruja— le dijo que igual las otras madres le hacen un mal de ojos… y todo ello sin leerse las instrucciones de admisión, que lo dejan todo clarito —bueno, es verdad que aquí he exagerado— y no deja lugar a todos los acontecimientos anteriores —o eso dice la teoría.

¿Te crees que estoy bromeando? Te diré que hay hasta quién contrata un detective privado para demostrar que aquellos —sí, aquellos, los que están delante en la lista de admitidos— no viven donde dicen que viven y que, por lo tanto, no tienen los puntos que tienen y que, por lo tanto, no pueden estar por delante de mi criatura. 
Igual lo de la saliva de sapo no deberíamos descartarlo.

«¡¿QUIÉN DOMINA?!»

―¡MEDICINAAAAAAAAAAA!
―gritan en una sola voz.
Sí,
un grito unísono es el que emitiremos mañana viernes y el sábado,
con motivo del comienzo del III CERTAMEN INTERNACIONAL DE TUNAS
“CIUDAD DE SANTA CRUZ DE TENERIFE”.

El
ambiente entre mis compañeros está cargado de ilusión. “los
nuevos” han hecho un gran trabajo de organización, gestión y
difusión de este evento
, que hacía ya unos pocos años que no se
realizaba.
“Los viejos” ―entre los que me incluyo ― estamos
entusiasmados con volver a calzarnos el traje, subirnos o caernos del
escenario, desafinar un poco, olvidar la letra de las canciones,
bailar capas, exaltar la amistad, dar el do de pecho ―que cada uno
se sitúe―…, y recorrer, en majestuoso pasacalles, los adoquines de
Santa Cruz, para terminar rondando bajo el balcón del Casino.

“Los prehistóricos” ―que haberlos «hailos»― andan como locos
intentando recuperar un traje que ponerse ―algunos ya quedan
estrechos, otros quedaron en casa de las ex, muchos se los comieron
las polillas, unos pocos fueron quemados…― con el que poder compartir, al
menos, una tarde ―ya no están “pa más”―, en la que las
risas, la camaradería y las viejas canciones inunden de recuerdos
sus ajados cuerpos.

Sí. La TUNA DE MEDICINA DE LA ULL está en la calle.

¡¡¡AUPA TUNA!!!