«Entrenado para matar»

Tenía una posición privilegiada así que su disparo fue único y certero.
Mientras caminaba, a la búsqueda del cadáver, una mujer, cubierta por un largo y tupido velo negro, a la carrera se adelantó. Asió el cuerpo entre sus brazos y con movimientos balanceantes comenzó un doloroso lamento lleno de llantos, gritos y oraciones. Un extraño escalofrío recorrió el cuerpo del soldado. Su temblor se volvió angustia:
─¿Qué haz hecho? ─le interrogó la mujer en un idioma de difícil comprensión para nosotros.
El soldado dubitativo no cabía en sí, quería morir. Se arrodilló. Puso su mano asesina sobre el cuerpo inerte y dijo:
─Yo, cumplía órdenes y él…
─¿Él? ¡era tu hermano!
─¡Era un terrorista! Lleva una bomba pegada a su cuerpo.
─No ─dijo abriéndole la chaqueta de pana polvorienta y roída por el uso de los años─  había robado pan; lo llevaba a casa para alimentar a tus hijos.

«La buena racha»

Hoy me contaron lo que le ocurrió a la Señora de Ramón. Para empezar, contaré  que me parece bastante triste de que, en vez de conocerte por tu nombre, te conozcan como «la señora de», así que, la llamaré, Margarita.

Estaba la Señora de, perdón, Margarita, en la cocina fregando platos, recogiendo la loza…, como siempre, con la radio encendida, mientras Ramón, bien apoltronado, en su sofá veía el fútbol.

En los resultados de la lotería dicen, uno tras otro, los números del décimo, que margarita compraba y guardaba celosa en el bolsillo del delantal. Eufórica dice:
─¡Cariño!, ¡nos ha tocado la lotería!
Ramón, tras besarle la frente, sale escaleras abajo para celebrarlo en el bar. Corría mientras gritaba:
─¡Hoy invito yo!
Margarita observaba oculta tras las cortinas, cuando un camión lo arroyó. Mira su décimo, lo besa y dice:
─Es que cuando una está de racha, está de racha.

«Sus poderes»

Siempre han dicho de su presencia que tiene grandes poderes. Hay quienes, nada más oler su figura, intentan huir despavoridos, pues consideran que aún no les ha llegado la hora, a la vez que ignoran de la inutilidad de la carrera, ya que al final siempre llega. Otros, en cambio, buscan su abrazo, unos, con gran paciencia o incluso, otros, desesperados.
Basta una sola mirada para destruir el corazón más sibilino. Necesita un breve roce de su cuerpo, sobre la piel de otro, para inflingirle el más fuerte de los dolores. Con su suave tacto hace revolver los estómagos más fuertes y las personalidades más duras. Su aliento puede atragantar las gargantas más bellas y hasta podría ahogar las más gruesas. Cuentan que cuando te llega la hora no logras escapar.
Por suerte hablo del amor y no de la muerte, ¿alguna diferencia?

«El conejo»

─¡Tachán! ─Gritó tras sacar con su mano derecha lo que llevaba escondido en la chistera.
La actitud de los presentes le desarmó. Los niños miraban extrañados. Algunos padres reían a carcajadas y, sobre todo las abuelas, tapaban los ojos a los más pequeños, mientras gritaban improperios.
Con mucho sigilo volteó su cabeza para poder dirigir una mirada al conejo recién salido. ¡Oh mi god! ¡Se había equivocado! 
Tras la necesidad de antes de la actuación, metió la muñeca hinchable en el sombrero en vez del animal.
Su credibilidad se fue entre los flashes de la prensa. Pero… ¿Dónde está el conejo?

«José Antonio Labordeta»

Cuando se tiene a todo «Un país en la mochila» la vida se ve de otra manera. Se cuentan «Cuentos de San Cayetano», se escribe un «Diario de náufrago» o «Memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados». Se cantan cosas «Aguantando el temporal» y «Con la voz a cuestas», siempre pensando en el «Dulce sabor de los días agrestes». Se recuerda  «El comité», ya pasado, en el que con la célebre frase de “¡a la mierda!”, mandaba a freír chuchangas a los “peperos” del Congreso de los Diputados. Tras esto, en algún momento bromeó que, tal vez, esta frase aparecería en su lápida, pero además, también se le recordará por ser un hombre polifacético (poeta, escritor, cantautor, político, filósofo… maestro), luchador por la libertad, que tras años de pelotera con la vida y las épocas que le tocaron vivir, al final fue vencido por la triste enfermedad.

Las muertes de papá.

(NOTA: Tras las vacaciones retomamos, Jesús y yo, el pequeño juego de los cuentos a medias, ya sabes, yo escribo el ilustra. Esperamos que los disfrutes)
Papá solía morirse dos veces al día, eso es lo que nos habían contado. Al pedir las oportunas explicaciones, la abuela nos contó la historia.
La primera decía solía ocurrir al rato de desayunar. Comía todo lo que llegaba a su boca y, claro, su estómago estaba fatal, así que, no lograba «dar del cuerpo» ya que era un cabezota y no tomaba el laxante que el médico le había recetado. La mezcla de los dolores con la de  los empujones invadía la casa, ¡me muero!, gritaba. La segunda era a eso de las veintidós horas. Llegaba de trabajar, borracho, pegaba a mamá. Ella deseaba que muriera. 

«El vigilante»

Las tardes de verano son así, tranquilas. Los vecinos, ajenos a mi historia, hacen lo de siempre. Unos juegan al Dominó. Otros pasean. Yo, sentado en la que considero mi mesa, tomo un café helado, siempre de frente a la puerta de entrada. Tras un sorbo, percibo su presencia. Al levantar la vista lo veo. Está en la calle, apoyado en el escaparate del bar, vigilante. Cumple con su trabajo. Por el tiempo que llevo observándolo, creo que es el típico asesino a sueldo de alguna de la mafias que anda por la ciudad, vamos, una joya. Se dedica a “atar los cabos sueltos” pero hoy no me quita los ojos de encima. Lo cierto es que no he sido muy prudente y creo que se ha dado cuenta que lo acecho.
Un gélido escalofrío me recorre la espalda cuando, tras pagar, me levanto y salgo. Él me sigue a corta distancia.
Siento como al doblar la esquina y entrar en el callejón que lleva a casa, amartilla su arma a mi espalda. Me dirige un grito. Al girarme siento como apoya el frío acero del cañón del revolver en mi frente. Dice algo, pero no logro entender sus palabras. Intenta asesinarme. Pobre desgraciado, bastó un movimiento de mi mano para absorber su alma. Su cuerpo cae al suelo. Acaso no sabe que no se puede matar a la muerte.

«Mi momento»

Ahora sí que estoy tranquilo y relajado. Puedo sentir como el agua me rodea, como lo ocupa todo. Floto ─será por aquello grabado en la mente de muchos de que: Todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un…¡Uf!, paso. Vuelvo a mi momento─ Si sumerjo mi cabeza, un fino ruido ambiental llega a mi interior. Contengo la respiración. El latido de mi corazón y yo, todo uno. Sin ideas. No pienso, pero existo ─lo siento por Descartes─. Respiro, cual cetáceo ─es que asfixiaba─. Despejo mi cara de gotas incómodas y pelos revoltosos. Me recuesto. Hay a quién, en estos momentos, le gustaría sentir la arena cálida de la playa bajo sus pies, no se bien si para recordar el verano o por simple vicio, pero yo, ahora, no necesito más. La bañera es un lugar fantástico para desconectar y olvidar. La próxima vez que me haga una casa pondré una.

«Tristeza»

Quizás no sabía bien el motivo de su llanto, pero lloraba. Aquel era uno de esos instantes en los que su cuerpo le pedía una cosa, su mente le ordenaba otra y la situación sólo le dejaba una opción. Asomó su imagen entre las tristes cortinas del balcón. En la calle la gente iba de aquí para allá, ajena a lo que ocurría en el séptimo piso. Sin pensarlo abrió la puerta corredera y llevó su cuerpo al exterior. El aire le golpeó la cara. Sus manos se aferraban a los laterales del aluminio mientras, sus pies, acariciaban el alfeizar. Hoy se había levantado con una gran tristeza y eso le hacía dudar. Respiró hondo y continuó. Del bolsillo trasero de su pantalón sacó el arrugado paño que le colgaba y comenzó con la limpieza de los cristales. Algún día se dijo, podré dejar este trabajo y terminar mi carrera. 

«Comienza el cole»

El día uno de septiembre se acerca. Los maestros/as se incorporan a sus puestos de trabajo (¡ya era hora que tienen tres meses de vacaciones y….! ─perdón ese fue el duende que hay veces que se disparata─). Lo cierto es que dicho así parece una peli de esas en las que un fiero tiburón-cocodrilo-serpiente o monstruo horripilante se acerca para devorarnos y no creo que sea para tanto.

Ayer me encontré con una compañera que, hablando del tema, me dijo:
─Pues si te digo la verdad yo ya tengo ganas de empezar.
─Me alegro ─le contesté animado─ hay que estar con el espíritu en alto, las pilas cargadas y el entusiasmo a flor de piel que el curso es muy largo.
─Bueno, ─dijo sin mucho afán─ tú siempre tan optimista.
─Jajaja, como siempre. ¿Qué es lo que más te apetece según llegues? ─le pregunté esperando escuchar ese clásico de reencontrarme con las caras de «mis niños» o ver a los compañeros.
─Pues espero que el dire ya tenga las fechas de los puentes y las vacaciones.

¡Ups!, todavía tengo mucho que aprender.