«Una reacción insospechada»

«Una reacción insospechada»
Hay reacciones que no podemos controlar

Había escuchado que se estaban dando abrazos a diestro y siniestro. Ella, fría como era, se le erizaban los pelos nada más pensarlo, ¿cómo era posible que en aquel lugar de trabajo la gente se dedicara a abrazarse? ¿Qué modas eran esas de traspasar la fronteras e invadir el espacio vital de otra persona? Nada de aquello cabía en su cabeza.

Se había criado en una familia tradicional, donde las muestras de afecto eran las justas, ni más ni menos; donde los besos y los abrazos se daban solo a los seres más queridos, o en aquellas ocasiones especiales que así lo requerían: una boda o un fallecimiento. En su sentir lo que se estaba proponiendo en la empresa era una falta de decoro y una burla a los sentimientos. No permitiría que aquello siguiera sucediendo. 

Justo en el momento en el que se armaba de valor para ir a manifestar su pesar a la dirección del centro, el gerente de la empresa traspasó el umbral de su despacho. Apenas la saludó con un hola. Cortésmente se acercó a ella y le dijo:

–Eres una más del equipo y vengo a canjear mi bono. No creas que te vas a escapar porque te hayas refugiado en esta cueva tuya.

Ella no supo qué hacer. Aquellas palabras le habían sorprendido tanto que… El abrazo que llegó después la desdibujó aún más. 

La mujer de hielo, como muchos la habían bautizado, se vio sorprendida por la reacción que su cuerpo había emitido al sentir el cálido y agradable abrazo varonil de su jefe. No era verdad que solo se le erizaban los pelos, como ella manifestaba al principio, también se le pusieron de punta los pezones. A partir de aquel momento sus sentimientos, y la forma de ver a su jefe, cambió.

Gracias por leerme.

«In memoriam. Javier Marías»

«In memoriam. Javier Marías»
«In memoriam. Javier Marías»

Se encontraban cruzando «Los dominios del lobo (Edhasa, 1971)», tal y como les habían indicado, a través de la denominada «Travesía del horizonte (La Gaya Ciencia, 1973)».

Ellos no lo sabían, pero «El monarca del tiempo (Alfaguara, 1978)» hacía tiempo que les seguía, algunos hablaban de que lo hacía hace casi «El siglo (Seix Barral, 1983)», pues en el fondo, aquel vil tirano, se consideraba «El hombre sentimental (Anagrama, 1986)». No engañaba a nadie.

A «Todas las almas (Anagrama, 1989)» que los veían pasar, se les quedaba el «Corazón tan blanco (Anagrama, 1992)», como si del mismo hielo polar se tratara, pues tenían la sensación de que aquellos dos no lograrían llegar a su destino de manera segura. 

Algunos, los más valientes, les bisbiseaban una extraña frase: «Mañana en la batalla piensa en mí (Anagrama, 1994)», para intentar hacerlos conscientes de lo que ocurría. Como era evidente, los dos no sabían qué significaban aquellas palabras.

El camino hizo que la «Negra espalda del tiempo (Alfaguara, 1998)» se mostrara pesada y lúgubre deseando que «Tu rostro mañana (Alfaguara, 2009)» cambiara de color y les diera la oportunidad de llegar al destino. Ambos sucumbieron por aquella senda. 

«Los enamoramientos (Alfaguara, 2011)» a los que se vieron sujetos fueron los culpables. Ninguno de los dos pudo darse cuenta de que «Así empieza lo malo (Alfaguara, 2014)», por lo que, tanto «Berta Isla (Alfaguara, 2017)», como «Tomás Nevinson (Alfaguara, 2021)» se perdieron en el mundo del olvido.

Gracias por leerme.

PD. Tal y como hice cuando falleció  Eduardo Punset, o Juan Goytisolo, o Carlos Ruiz Zafón, o Almudena Grandes, hoy he jugado con los títulos de las obras de Javier Marías, con el que tantas horas pasé leyendo. Ahora te toca a ti leer su obra. Espero que la disfrutes como yo lo he hecho. DEP.

«El regreso de Chiquita»

«El regreso de Chiquita»
Mi Chiquita, una de mis personas favoritas.

Chiquita es una adolescente bonita, simpática, dicharachera, habladora y muy inteligente. Las distintas demostraciones de tener una memoria prodigiosa, para lo que le interesa, ha hecho que en casa, a veces, la llamen «cerebrito». 

Si hay alguna característica que debo resaltar de su personalidad es, sin duda, el despliegue constante de su felicidad. Es una de esas personas que utilizan su amplia y permanente sonrisa para irradiar energía positiva por donde quiera que se mueve. Ella es y hace felices a los demás.

Como todas las adolescentes tiene sus momentos. Su cuerpo está en proceso de cambio y sus hormonas la hacen llorar, enfadarse, esconderse, encerrarse en su cuerpo…, o tras la pantalla de su móvil. No importa, aún en esas ocasiones, cuando asoma el hocico tras la puerta de su escondrijo, se le siente llegar gracias al aire fresco que forma el aura que la rodea. 

Es un espíritu aventurero, capaz de, tal y como ya ha demostrado en varias ocasiones, enfrentarse a nuevos retos y a cambios importantes que la han hecho crecer, madurar y disfrutar de grandes y nuevas experiencias.

Hace un mes se marchó para experimentar una de esas vivencias en un país extraño, con otras costumbres, en una casa que no es la suya y con unas personas que no son su familia. Su historia es todo un éxito. 

Ahora regresa, con la maleta llena de vivencias, con la cabeza ocupada de nuevas y grandes expectativas de vida y con el corazón trastocado, por dejar atrás a tanta gente que la han acogido como una más de su familia, como una más de la pandilla, y por volver con los suyos. 

Hoy les hablo del retorno de mi Chiquita, la más valiente y preciosa niña. El regreso de una de mis personas favoritas, mi hija. 

Por fin vuelves, ¡te he echado tanto de menos! Estas letras son tu primer abrazo. El otro mañana.

Gracias por leerme.

«Un nuevo comienzo para Fantasía»

«Un nuevo comienzo para Fantasía»
«Un nuevo comienzo para Fantasía»

La Nada llegó para destruir Fantasía. Michael Ende lo sabía y por eso escribió La historia interminable, en un intento valiente y certero de animar a los lectores a lanzarse a por sus objetivos. La historia logró convertirse en un clásico de la literatura mundial. Además de un libro dentro de un libro es, en mi opinión, una fabulosa crítica hacia la falta de entusiasmo y sueños de los adultos.

Hoy empezamos el cole. Maestras y maestros, convertidos en una especie de Atreyu, cabalgamos por este mundo en busca de, como el protagonista de la obra, un remedio que haga recuperar los sueños rotos y las ilusiones perdidas. Por suerte, nuestros Bastían particulares, nuestro alumnado, está dispuesto a soñar con nosotros, a entusiasmarse con el camino que hay que recorrer, a gritar con fuerza cuando esto haga falta y a reir, sobre todo hay que reir y hacerlos reir. La risa es nuestra mejor arma, nuestra más potente herramienta para que esos niños y niñas respondan de igual manera.

Como en el libro, con este comienzo de curso, iniciamos una historia en el que las maestras y maestros debemos proteger, mimar y cuidar nuestra vocación, siempre con ilusión, creando un mundo en el que, superando todas las dificultades que se nos pongan por delante, demos vida y fuerza a nuestro dragón blanco (Fújur). Gracias a él podremos montar y desarrollar todos esos proyectos que nos caracterizan, los que hacen que nuestros coles y nuestras aulas sean un lugar de felicidad y entusiasmo para nosotros mismos y para nuestro alumnado. 

Si no crees en Fantasía, si piensas que esta historia interminable tiene fin y no es como la pinto, lo siento pero te has equivocado de libro. A los demás, ¡feliz vuelta al cole! Que Fantasía se haga realidad.

Gracias por leerme.

«Llega la hora de cerrar y salir del laberinto»

«Llega la hora de cerrar y salir del laberinto»
Hora de salir del laberinto

En el interior del laberinto del fauno poco ruido se escucha. Como es evidente y ya te imaginarás, eso ocurre hasta que él mismo, amo y señor lugar, así lo decide. Los que se envalentonan y se adentran en su interior buscan, de manera casi inmediata, la salida más próxima. Todos lo hacen sin suerte, pues la bestia interviene. Nosotros llevamos ventaja.

Un colegio vacío tiene mucho que ver con esa sensación. Las aulas desiertas se convierten en espacios lúgubres. Los pasillos, como los del Laberinto, parecen cambiar de forma y proyectan sombras anónimas y misteriosas que poco o nada tienen que ver con las normales, con las de un día normal. Las escaleras reproducen ecos de pasos inexistentes y voces que ahora ya no habitan entre aquellas paredes. Solo falta que aparezca la bestia.

¿Todos creen que ella no existe? Pero está. Vive y se muestra.

El animal, como si de una especie de alma en pena se tratara, hace su aparición de manera ingeniosa. Lo podemos sentir, a veces oler y otras escuchar, si prestamos atención en esas aulas y pasillos carentes de los seres vivos que normalmente las habitan. 

Pero no desesperes. En estas percepciones, en este laberinto triste en el que ahora se convierten los centros escolares, todas las sensaciones son buenas, pues en poco tiempo, sus puertas volverán a abrirse y a llenarse de nuevas y buenas vibraciones, de fragancias agradables, de momentos de calma y otros de estrés, sin maldad ninguno de ellos, que hacen que nos podamos sentir plenamente contentos, vivos e ilusionados por lo que hacemos.

Así que en esas estamos, cerrando capítulos, cerrando el colegio y, también, cerrando este blog, hasta el próximo septiembre, para poder escapar del laberinto y disfrutar, si el fauno nos deja de un merecido descanso. 

FELIZ VERANO.

Gracias por leerme.

«Luz verde para alzar la voz contra la ELA»

«Una luz para alzar la voz contra la ELA»

No puedo dejar de pensar en ella. Las aulas, ahora que ya comienzan a estar abandonadas hasta septiembre, guardan un extraño silencio que mantiene retazos de su voz. Palabras que no volverán a salir de su boca, pues su musculatura orbicular ya no le responde. 

La recuerdo como una hormiguita. Siempre iba de aquí para allá, cargando cajas: de regletas, pictogramas, calculadoras…, o con tapas de plástico, que usaba para sus clases. 

El alumnado se chiflaba cada vez que ella llegaba y les presentaba un problema distinto y, cuando al plantear posibles respuestas sin reflexión o al tum-tum, les repetía el mantra “no estoy de acuerdo contigo”. No les quería quitar la razón, solo pretendía que volvieran a pensarlo, que razonaran, que dieran otra respuesta más plausible, más acorde a la pregunta planteada. 

Los maestros que la acompañábamos en sus clases, la mirábamos con ojos enloquecidos. La cabeza parecía que nos fuera a explotar con tanta explicación, con tanto uso del razonamiento y con el conocimiento de la materia que, desde hace unos años, había empezado a dominar y a compartir por otros muchos centros. Esa era su lucha. 

Pero el tiempo ha pasado. El confinamiento la llevó a librar otra batalla de la que es imposible escapar. La que se libra contra una enfermedad, la ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica) con la que, nada más empezar, sabes que vas a perder, pues es una trilera y el tiempo juega a su favor, las normas las dicta ella y el campo de lucha es tu cuerpo. 

Pero ahí está. Elevando su voz con la mirada, con la expresión de su cara y con el apoyo de toda su familia y amigos que, reunidos en torno al símbolo de nuestro volcán, hemos creado una asociación TeidELA, que busca ayudar y colaborar con todos los enfermos que, como ella, pierden su voz. Entre todos lograremos alzarnos y demostrar que juntos somos más fuertes y más visibles. Seguimos pensando que podemos, porque ella nos da la energía y la luz verde con la que, el pasado 21 de junio (DÍA MUNDIAL DE LA LUCHA CONTRA LA ELA), se iluminaron muchos edificios de color verde, como muestra de que su voz, tu voz, nuestra voz, no se apagará y está llena de esperanza. Sigue luchando, sigue siendo nuestro ejemplo, sigue siendo nuestra luz. Estamos contigo querida Cati. 

Gracias por leerme.

«Perdido en tu cuerpo»

Estoy seguro de que he calculado bien tus medidas, pero ahora que tengo tu cuerpo delante, y tus voluptuosas curvas al alcance de mis manos y de mis labios, veo que en algún momento he fallado. No importa. Me gustas así, con la sinuosidad de tu cuerpo.

Los botones de tu camisa, a punto de estallar, resisten. Ya no se si lo que quiero es abrocharlos, desabrocharlos o rasgarlos para que salten por los aires y permitan escapar tus senos de esa prisión en la que se me antoja que se ha convertido la blusa. 

Me aferro a tu cuerpo. Me acerco a tu cuello y huelo ese perfume que te han puesto hoy. Según dicen atrae mucho. A mi no me hace falta ninguna fórmula química para sentirme atrapado a tu lado. Así, tal cual, ya me gustas, pero es cierto que tiene un aroma que…

De igual manera, tu boca aún mantiene el carmín fresco. Sin duda es de buena marca y los que más entienden de esto dicen que es perfecto para la ocasión. Lástima que no lo hayas elegido tú. 

Tus zapatos veraniegos, el estampado de la falda y los encajes de la camisa, combinan a la perfección con el bolso y demás complementos escogidos. ¿Entiendes ahora el motivo por el que no puedo quitarte los ojos de encima? Me siento a tu lado. Te contemplo.

Mis manos buscan una excusa y recorren otra vez tu cuerpo, alisando cada uno de los pequeños pliegues que se marcan en tu ropa. Te ayudo a sentarte bien en ese incómodo taburete y te abro las piernas. Una vez más no puedo resistirme a recorrer con la yema de mis dedos el interior de tus muslos, con la excusa de abrir ligeramente la falda por su abertura y permitir que el viandante contemple el carnoso color de tu piel de plástico. En ocasiones ser escaparatista, y trabajar preparando maniquíes tras el cristal que otros miran, esconde un peligroso fetichismo.

Gracias por leerme.

«El juego de las máscaras»

¿Qué máscara te pondrías hoy?

La fiesta se había retrasado demasiado. No había invitados, no se esperaban invitaciones. Todos sabían quienes eran y todos sabían dónde era. Así que solo quedaba escoger la máscara deseada, la que mejor sentaba para un momento como aquel, vestirse a juego de ella, de la ocasión, y salir.

Cuando llegó, vio su propio reflejo entre todos los asistentes. En un principio nada le hacía imaginar que hubieran otras máscaras como las que llevaba. Pero no era así. Más pronto que tarde se dio cuenta de que no todos los presentes eran lo que se esperaba de ellos. Muchos aparentaban lo que no eran, incluso, algunos, querían simular lo que nunca llegarían a ser. Se dio cuenta de que había comenzado el juego de las máscaras.

Sin pensarlo cambió la mentalidad con la que había ido y se comportó como los demás.

Si hablaba con uno, se colocaba la máscara de víctima, pues le interesaba que se apiadara de su persona. Si bailaba con la otra, decidía utilizar la que le hacía aparentar la persona más sexi y divertida. Cuando se entretuvo en una conversación, se colocó la careta de inteligente. Al sentarse en la mesa para comer algo con unos amigos, utilizó la que le daba un toque de relajación, que enseguida se quitó, en cuanto vio acercarse a aquella persona que, desde hace poco, empezaba a odiar. Los presentes también se dieron cuenta y decidieron cambiar las suyas por otras que pudieran denotar más indiferencia, distancia, abulia o desinterés.

Por lo que parece, en la vida, las personas nos movemos como si de un carnaval se tratara, nos vamos colocando e intercambiando máscaras según con quién estamos o según qué queremos aparentar. Lástima que nos cueste ser nosotros mismos; ¿o es que somos así de falsos? 

Por suerte llega el carnaval y nadie tendrá en cuenta la máscara que uses.

Gracias por leerme.

«Unas entradas para el teatro»

Parece que el dicho “El que espera, desespera”, se está cumpliendo. 

Mi amiga Ana lleva días con un par de entradas compradas para el teatro, esperando hasta encontrar un buen momento para invitar a Marcos a que la acompañe.

En realidad hace más de una semana que no habla con él y no sabe qué hacer. Ella desearía que él le mandase un mensaje, para así poder encontrar la excusa de hablarle e invitarlo. 

“¿Por qué no me ha escrito, si la última vez que hablamos, quedamos en que lo haría?”, me pregunta con desazón esperando a que yo le dé una respuesta que evidentemente no tengo.

Yo le insisto en que se lance y que dé el primer paso, aunque estoy convencido de que no se atreverá. Ella es de las que cree que debe ser él quien la ronde, “¡¿Qué va a pensar?!”, me comenta sorprendida cuando le traslado mi propuesta. Aún así noto que lo piensa. 

Por lo que percibo creo que lo que le gustaría es que la invitación a acompañarla fuera algo disimulado, que surgiera de una conversación normal, sin aparente objetivo, como sin querer, para así poder aparentar lo que en realidad no es: que se muere de ganas de estar con él, que está desesperada por tener algo más que una simple conversación o una simple cita para ir al teatro, que quiere algo más que un rollete.

Pues aquí está, con las entradas del teatro en las manos, impaciente, golpeando con ellas sobre la mesa, esperando con impaciencia esa llamada que parece que no llega y con unas ganas locas de demostrar que son una excusa para poder tener una noche distinta. Una noche en el teatro o…

Gracias por leerme.

«Las llaves de Jose»

Las llaves de Jose

Hay llaveros que parecen pesados ramilletes metálicos difíciles de manejar. Otros, por el contrario, son portadores de pequeñas almas en pena que carecen de importancia, salvo por la importancia de las posesiones que protegen.

Las llaves, y las cerraduras que guardan, eran el gran placer de Jose. Siempre cargaba su manojo a todas partes. Cada vez que lo usa, se queda ensimismado con el tintineo que hacen las llaves al pasear con ellas colgando de la mano. Para él, el pequeño roce que produce el frío metal con en sus dedos, cuando las hace girar, es un placer solo superado por el de sus dedos sobre un pecho de mujer.

Así va por el mundo, disfrutando del tintineo, y cargando el peso de cada vez más llaves. 

Jose vive en un piso sencillo, por lo que, muy probablemente, con portar tres o cuatro llaves le bastaría para satisfacer sus necesidades de guarecer sus propiedades. No es así, para él nunca son suficientes.

Los del barrio le preguntan para qué quiere tantas. Lo miran y se ríen. Él calla. Otros se acercan y le regalan aquellas que ya no usan. Jose las acepta y las incorpora a su, cada vez, mayor anilla.

El día que conocí a Jose lo descubrí sentado en el suelo del portal de su casa. Había sacado todas las llaves del gran llavero y parecía que les hablaba mientras las reordenaba por tamaño, forma, número de dientes… 

Para mi, aquello no tenía ningún sentido pero, tras saludarme, y ver que le estaba mostrando cierto interés por lo que hacía, me miró y argumentó su vicio: «Hay llaves que abren vidas, ¿me dejas pasar?»

Gracias por leerme.