«El invierno interior»

EL INVIERNO INTERIOR

Hoy es jueves, toca escribir esta esquina, pero hace frío, Miro por las ventanas de mis salón y contemplo como ese frío no viene solo, el viento trae las nubes y el aire muerde las manos. 

El frío no está solo, lo acompaña el silencio más hondo, ese que se cuela por los espacios donde antes había risas, mensajes, pasos compartidos. El invierno tiene esa costumbre, desnudarlo todo. Quita hojas, acorta los días y nos enfrenta a la pregunta que evitamos cuando hay ruido alrededor ¿con quién estamos cuando no hay nadie?

Caminar en invierno es caminar más despacio. El cuerpo pide abrigo y el alma también. Se piensa en la falta de compañía como quien mira una silla vacía frente a la mesa. No duele de inmediato, duele cuando uno se sienta y entiende que el eco es propio. 

Pero el frío, aunque parezca castigo, es en realidad un maestro severo y honesto. Nos obliga a mirarnos sin distracciones, a escucharnos sin testigos.

Hay una trampa en desear que alguien más nos caliente el invierno interior. Creemos que la compañía nos salvará del frío, cuando muchas veces solo lo pospone. El crecimiento, ese que transforma de verdad, ocurre cuando aceptamos quedarnos un rato en esa intemperie emocional, cuando dejamos de huir del silencio y aprendemos a hacer fuego con lo que somos.

El invierno enseña a valorar el calor porque primero nos lo niega. Enseña que la soledad no siempre es ausencia, a veces es espacio. Espacio para entender qué nos falta y, más importante aún, qué nos sobra. No se puede crecer rodeado de ruido constante, hay raíces que solo se fortalecen bajo tierra, en la oscuridad, en el frío. 

Así que sí, es jueves y hace frío. Aquí estoy, cumpliendo con mi propio compromiso de volver a esta esquina. Tal vez no haya nadie esperando al final del día. Pero en ese camino helado hay una oportunidad secreta, caminar contigo mismo, aprender mi ritmo, descubrir que también sé sostenerme. El lector de esta historia —tú— solo puede atravesarla para crecer, porque el invierno no llega para destruirnos, llega para prepararnos para la primavera que aún no vemos, pero que, silenciosamente, ya está en camino.

Gracias por leerme.

«El tiempo que pasó»

No sé en qué momento ocurrió exactamente. Un día me fui de vacaciones con la intención clara de estar fuera apenas un mes, de desconectar lo justo, de tomar aire, y, sin darme cuenta, el tiempo empezó a correr más deprisa que yo. Los días se encadenaron, la distancia se hizo más grande y, cuando quise mirar atrás, ya había recorrido un camino del que no fui del todo consciente mientras lo caminaba.

El tiempo tiene esa extraña habilidad, pasa sin pedir permiso y, cuando regresas, descubres que no solo han cambiado las cosas a tu alrededor, sino que también has cambiado tú. Las ausencias se alargan, las rutinas se diluyen y uno empieza a preguntarse en qué punto exacto se perdió algo que creía tan propio.

Pero ya está. Por fin vuelvo. Mi regreso tiene una única motivación lo necesito. Necesito recuperar mi espacio, mi soledad elegida, volver a habitar esta esquina que un día fue refugio. Necesito reencontrarme con esa distancia sana que a veces pierdo de mí mismo, y alejarme de otra distancia, más peligrosa, que sin darme cuenta se va ganando… o se va perdiendo, porque no todas las distancias se miden igual, ni todas significan lo mismo.

Todo depende del lugar desde el que se mire, del momento vital en el que te encuentres. Pero yo soy así. Soy de los que un día decide terminar, cerrar e irse.  Aunque nunca es realmente de esa manera, tan de repente. Nada importante lo es. Siempre es poco a poco. Aguanto, sostengo, tiro y tiro, hasta que llega un instante en el que no es cansancio —porque no me canso—, es decisión. Es ese momento íntimo en el que entiendo que hasta ahí he llegado, y que las fuerzas que me quedan ya no quiero seguir gastándolas en el mismo lugar. Las fuerzas, entonces, cambian de destino. Se redirigen. Se recolocan.

Por eso estoy aquí. Volviendo a destinar la energía a otro lado, a este, al mio, a esta esquina que te gustaba visitar los jueves… o que quizás te gustaba antes. A este espacio donde siempre me he permitido ser, escribir sin prisa, pensar sin ruido y sentir sin filtros.

Espero recuperarte tras habernos perdido en este tiempo. También espero recuperarme. Seguir viviendo mis letras de una manera más sosegada, como siempre han sabido acompañarme. Porque escribir nunca fue solo escribir, ha sido hogar, ha sido desahogo, ha sido silencio, llantos en soledad, pero sobre todo es una conversación conmigo mismo, y eso, cuando se pierde, se echa de menos más de lo que uno reconoce.

Gracias por estar.

Gracias por volver.

Gracias, sobre todo, por leerme.

«Kilómetros hacia mí»

«Kilómetros hacia mí»

Quizás esto no lo hayas pensado de la manera en lo que ahora te propongo, pero creo que hay viajes que no se hacen con maletas, sino con cicatrices. Creo que hay trayectos que no se recorren con trenes, barcos o aviones, sino que se hacen entre recuerdos, suspiros y miradas detenidas tras una ventana empañada.

Hoy no hablaré de cuerpos entrelazados —al menos, no en el sentido físico— sino de ese otro tipo de relaciones, la que uno experimenta al mirarse de frente después de mucho tiempo huyendo.

Hace unos días cogí mi coche, carretera alante, sin destino, sólo sabía que necesitaba irme. Lo hago a veces, muchas de ellas, como esta, sin avisar, sin decirlo. En la mayoría de las ocasiones por carreteras secundarias, de esas que te permiten parar en un mirador o en un apartadero, en el que tengo la certeza de no encontrar a nadie. 

Cuando hago esto, voy despacio, en un recorrido lento, lo suficiente como para obligarme a pensar. 

Por el camino, a veces hago paradas. En ellas siento que, antes de huir, me acerco a algo que no era el lugar en el que quería estar, por lo que esta necesidad de poner kilómetros  responde a la necesidad de volver a una versión de mí que había olvidado. Por eso irme, para poder volver. A veces la felicidad no es una conquista, sino un regreso. 

Recordar no duele. Lo que duele es saber que hay momentos en los que soy más yo. Que en compañía de ciertas personas, de palabras concretas o incluso de silencios llenos encuentro una paz que nunca logré alcanzar en otros espacios de mi vida. Irme es volver a mi.

Encontrarse a uno mismo es un acto violento. Es arrancarse la máscara con la yema de los dedos. Es aceptar que tal vez no estamos hechos para la felicidad constante, pero sí para los instantes de plenitud, como aquel café sentados frente al balcón, o las tardes paseando junto al mar, las mañanas de compras en el centro comercial, las tardes tirados sobre la arena de la playa, o las noches con una copa de vino y la vela encendida. 

Viajar hacia uno mismo es una carretera sin mapa que en ocasiones se llena de niebla, lluvia o ruido, pero en la que siempre aparece una figura que tiende la mano, o manda un mensaje, para recordarte de que está ahí, para decir que nunca se irá, que…, a veces eso es suficiente para no perderse del todo. Otras no, pues a todos nos gusta escuchar el retumbar del eco de unas palabras bonitas, o un “te echaré de menos”. 

Mañana me marcho de viaje. Como en otras ocasiones, lejos, muchos días, en los que no podré verte y ya siento tu vacío. No te olvides de esta esquina, de la nuestra, de lo nuestro, de mi. Volveré cuando pueda, quizás no el jueves que viene; pero recuerda, nunca dejes de buscar(te). Incluso si, como yo,  a veces te pierdes a kilómetros, en el intento de volver a ser. 

Gracias por leerme.

«Atrapando sueños»

«Atrapando sueños»

Es fácil decir a alguien que la echas de menos, que deseas estar con ella. Lo que ya es más complicado es demostrar día a día las ganas de estar y compartir juntos. 

Dejar que las horas pasen con las ganas de rozar la piel de esa persona, es complicado de superar, sobre todo cuando cada tic-tac te recuerda que no hay reloj que devuelva su voz.

Hoy, como tantas veces, me desperté con el cuerpo encendido y la cama tan grande que casi me traga. Estiro el brazo por puro instinto, como si pudiera atraparte en medio de un sueño, como si el calor que dejabas aún pudiera regresar. Pero no estás. Y aunque duela, me dejo llevar por la ausencia, por esa sensación extraña de necesitarte con el cuerpo entero, con cada fibra que recuerda tus manos, tu lengua, tu aliento.

Te imagino entrando por la puerta, en silencio, como si volvieras de otra dimensión donde no hay relojes, ni deberes, ni prisas. Solo tú. Solo eso que pasa cuando me miras y todo se derrumba, y todo se ordena.

Me muerdo el labio al pensarte. Recuerdo como tú me miras y lo haces sin darte cuenta, fruto del deseo. Ahora yo lo hago, no solo por lo que significas, sino por cómo lo haces. Por la forma en que me tomas, como si supieras leerme con los dedos o la mirada, como si entendieras que no hay otra persona que pueda deserarte de esta manera.

Te imagino acercándote a mi cama, quitándote la ropa despacio, sin decir palabra. Me encantaría ver caer cada prenda, como si con ellas te deshicieras también del tiempo en el  que estamos lejos. Te imagino subiéndose a las sábanas, arrastrando el deseo entre los pliegues, buscando mi piel como si tuviera sed de mí. 

Te deseo. Así, crudo, así de intenso, sin adornos. Deseo la forma en la que me haces perder el control y en la que me llevas de nuevo a la calma. deseo que me digas al oído que tú también me necesitas.

Te extraño por la complicidad de nuestras miradas que solo tú y yo entendemos. Lo hago porque eres el refugio donde me puedo desnudar por dentro, donde puedo ser frágil, salvaje, torpe o invencible.

Por eso, por todo ello, aunque esta cama está vacía, aunque tus dedos no estén sobre mí, sé que esta noche, como todas, también pensarás en mí. También querrás rozarme sin decirlo, tocarme sin manos, recordarme sin palabras.

Gracias por leerme.

«Una decisión sin azar»

En una tarde sin nombre, de esas que parecen suspendidas en el tiempo esperando a que algo ocurra, alguien se sentó a solas frente a una mesa vacía. Los rayos del sol perforan el cristal de la ventana, abriéndose paso en su duro espesor, para calentar el espacio e intentar dar alguna esperanza a aquel corazón cansado. 

La habitación hablaba de abandono, con el polvo sobre los libros, la taza de té vacía, sucia y olvidada en una esquina, el silencio, que sonaba a ausencia, las sombras, que golpeaban la mente…

No se había dado cuenta pero llevaba tiempo dudando, posponiendo, acumulando preguntas sin respuesta, tantas, durante tanto tiempo, que se le había endurecido el alma. Fue entonces cuando sacó la moneda.

Era una simple pieza cobriza gastada, elegida más por hastío que por fe. Cara: seguir. Cruz: detenerse. Cara: decir lo que siente. Cruz: callar para siempre. Cara: escribir. Cruz: rendirse. Le daba igual. Solo quería dejar de sentir ese peso de tener que elegir algo que no sabía si quería.

Empezó a lanzar la moneda. Una, dos…, diez veces. Cada resultado lo anotaba en su ajada libreta de notas. Lo hacía sin pensar, como un reflejo. 

Tras varios lances sintió una falsa libertad, un descanso en los hombros. Algo se vaciaba en su interior, como si se deshiciera de sí mismo pedazo a pedazo, como si cada cara o cada cruz le robara un deseo, una intención, la decisión final.

Se prometió el último lanzamiento. Saliera lo que saliera ese era el definitivo.

Al volver a lanzarla el azar hizo que la moneda cayera y rodara lejos, fuera de la mesa, fuera de su alcance. Se coló por debajo de la rendija del mueble del salón. Él rió perplejo, quedó mirando, inmóvil. Ahí lo sintió. 

Entendió entonces que no era azar lo que buscaba, que hay cosas que no se dejan a la suerte. Que buscar aquella mirada, la del otro lado del abismo, la que da paz, no era tarea fácil; que la promesa de una risa compartida, la complicidad o las caricias deseadas…, como las palabras que esperan nacer cuando otro escucha, tenía que ir a buscarlas. 

Así, sin azar, con cariño, compromiso y decisión podía encontrar el temblor de la piel que sabe que por fin está en casa.

Gracias por leerme.

«Una almohada llamada ausencia»

«Una almohada llamada ausencia»

¿De qué tamaño es tu cama? ¿De eso depende lo que sientes cuánto te metes en ella? Creo que no. Hay noches en las que la cama parece más grande. No porque haya crecido, sino porque falta algo. O alguien. La almohada no hace su trabajo. Es entonces cuando uno se da cuenta de que el silencio no siempre es paz, a veces es ausencia, vacío que se convierte en el eco tibio de una caricia que no llega, de un beso o un abrazo que no se da, o el recuerdo de un perfume leve de un cuerpo que ya no está, una sombra que se desliza por la memoria.

Dormir abrazado no es sólo compartir calor. Es dejar que el cuerpo diga lo que las palabras no alcanzan. Es controlar ese instante que está situado justo antes de cerrar los ojos en el que uno siente que todo está en su sitio, incluso si el mundo de afuera se derrumba.

Cuando se echa de menos a alguien, cuando esa ausencia se hace presente, el cuerpo lo recuerda antes que la mente. La forma en que encajaban dos espaldas, la respiración acompasada, el roce tibio de una pierna buscando compañía en la madrugada. Todo eso se convierte en una especie de huella invisible que arde más cuando falta.

Dormir sin esa presencia se vuelve entonces un pequeño duelo cada noche. Se acomoda a la ahora incómoda almohada, se extiende un brazo al otro lado del colchón, y nada. Solo aire, frío espacio que solía estar lleno.

Es en ese hueco de la cama, donde se comprende que lo esencial de dormir abrazado a alguien no es solo ternura, es certeza. Es saber que el día terminó y, pese a todo, no se terminó solo. Que los miedos, los pensamientos, las heridas del día pueden quedarse en la puerta porque hay un cuerpo que sostiene, que escucha sin hablar, que acompaña sin exigir, que llena la ausencia.

Gracias por leerme.

«Pura serotonina»

«Pura serotonina»

Somos animales de costumbre a los que, a veces, un pequeño acto nos puede producir cambios sustanciales en nuestra forma de ser y estar. 

Ella despertaba todos los días con la misma rutina medida al milímetro: café, gimnasio, ducha, desayuno con avena, lectura de las noticias del día, arreglarse con calma… todo con calma, hasta que la alarma del móvil le volvía a sonar para entender de que debe salir corriendo al trabajo, pues ya se le hace tarde.  

A simple vista, su vida parece tranquila, incluso admirable, pero por dentro, era una estrategia. Una orquestación meticulosa para mantener a raya aquello que había aprendido a temer: el vacío. No era tristeza, ni melancolía, es la ausencia de algo más profundo, una falta de sentido que sólo se manifestaba cuando los estímulos externos dejaban de sonar.

Para llenar ese espacio, cada vez que tenía un rato así, de vacío, le gustaba interesarse por un tema en concreto. Lo explotaba y estudiaba hasta sentirse conocedora del tema. Últimamente había estudiado todo sobre la serotonina. 

Estaba realmente asombrada por esa molécula milagrosa que el cuerpo produce casi como una recompensa por vivir de manera correcta: ejercicio, alimentación, sueño, gratitud, contacto con la naturaleza… 

Un día cualquiera —nublado, húmedo, sin mayor promesa que ser uno más— entró en aquella cafetería y lo vió. No era un hombre particularmente llamativo, ni joven, ni brillante. Estaba leyendo un libro sobre edificaciones antiguas, subrayando con un lápiz de manera minuciosa. Lo observó unos segundos y, sin pensarlo, se sentó en la mesa de enfrente. No intercambiaron palabras. Durante semanas, coincidían por azar a la misma hora. Al principio, bastaba con verlo. Luego, empezó a notar su risa baja, contenida. 

Una mañana, él dejó una nota entre las páginas de un libro que sabía que ella leía: “¿Café después de esto?” Así comenzó todo.

La relación fue en una sensación creciente de bienestar. Las caminatas juntos reemplazaron sus paseos solitarios. Las comidas eran compartidas. El silencio entre ellos, cómodo. Ella notaba los cambios sutiles en su cuerpo: dormía mejor, tenía menos antojos, la ansiedad que solía presentarse como un puño en el pecho se había disipado. Incluso su piel parecía más luminosa.

Semanas después de conocerlo, ya se sentía mejor. Había un ascenso sostenido en su bienestar. Entonces recordó su último estudio, anotando en su cuaderno una única palabra en mayúsculas: SEROTONINA.

Volvió a leer los artículos científicos. Hablaban de la serotonina como modulador de ánimo, del intestino, del sueño, pero también mencionaban algo que había pasado por alto: el afecto humano. El contacto cálido. La intimidad emocional. El amor, incluso. No de forma romántica necesariamente, sino como vínculo, como espejo emocional. Ahí comprendió.

Toda su estrategia había servido para preparar el terreno. Para que su cuerpo pudiera recibir, aceptar y amplificar algo que no se puede fabricar con avena ni con yoga: la serotonina que brota cuando uno se siente visto, acogido, sostenido. El vínculo era el catalizador que ejercía como un amplificador químico. 

Esa noche, mientras él dormía a su lado, ella lo observó con una ternura inédita. No como se mira a alguien necesario, sino como se contempla una coincidencia biológica y mágica a la vez.

Gracias por leerme.

«Dos cómplices de vida»

«Dos cómplices de vida»

Hay personas que no comparten apellidos, ni promesas selladas en ceremonias, pero que con el paso de los años han sabido tejer esa intimidad fuerte que cualquier contrato pretende.

Hay personas que son distintas, que no buscan hacer las cosas por hacerlas o porque les toca hacerlas. Hay personas que se unen para siempre, pese a todos, pese a todo. 

A esas personas la rutina de cada día no les pesa, porque saben leer en los gestos del otro, lo que necesita. 

Si uno llega tarde, el otro ya tiene preparada la cena, compuesto la mesa, encendido la vela y reservado el abrazo más maravilloso que tiene para poder recibir, como se merece, a la otra persona. 

Cuando uno despierta con los hombros caídos, el otro se encarga del café, del desayuno y hasta del silencio que en ese momento hace falta. En otras ocasiones hablan mucho, sin parar, otras casi nada, pero siempre se entienden.

Nunca se piden favores, se regalan acciones. La ropa tendida, sin preguntar; la lámpara reparada; el baño limpio…, pequeñas acciones diarias que se hacen no por obligación, sino porque saben que el cuidado cotidiano es una forma de amar, de esas que no se dicen, pero se sienten.

Ambos han vivido antes con otras personas. Han aprendido, a veces con dolor, que no basta con querer, que hay que querer bien, que no se trata de esperar a ser salvados, sino de sostener, y eso hay que aprenderlo, hay que quererlo, hay que hacerlo, aprender a sostener no es sencillo. 

Comparten sus días sin exigencias, sin dramatismos. Cada uno con su espacio, pero cruzándolo para ofrecer un abrazo o un silencio compartido, en el momento que hay que hacerlo, sin pedirlo, necesitándolo.

La casa en la que viven no es grande, ni perfecta, pero acogedora, llena de señales invisibles que indican que allí habitan dos cómplices de vida: una manta doblada donde a veces hace frío, una copa de vino o una taza de té lista cuando llueve, una nota en la mesa, cuando las palabras no alcanzaban, un pequeño paquete, con una tontería dentro, pesando para sacar una sonrisa…

Vivir así es elegir cada día quedarse, no porque haga falta, sino porque se quiere estar. Es vivir una gran historia que contar, esa que muchos sueñan con tener y desconocen que es posible, es no tener que pedir para recibir, es nunca estar solo, sino estar en la compañía correcta.

Gracias por leerme.

«Preparar el espacio»

«Preparar el espacio»

Parece mentira pero durante mucho tiempo el lugar donde se vivía había sido solo eso: un sitio funcional, una estructura donde dormir, cocinar, pasar las horas. Las paredes estaban en su sitio, los muebles eran prácticos, y no había nada especialmente fuera de lugar. Pero tampoco había belleza. Solo rutina.

Un día cualquiera, mientras colocaba la loza recién fregada en su sitio, se quedó mirando fijamente hacia las ventanas. En ese preciso instante, como formando una pequeña cascada, surgieron varias preguntas que hasta el momento no habían hecho aparición: ¿qué me falta?, ¿qué dice este espacio de mí?, ¿qué siento cuando estoy aquí?, ¿qué siente quien se sienta aquí conmigo? Esas dudas encendieron algo. No una urgencia, sí una conciencia.

La idea surgió sin preparar, de forma espontánea, como suelen surgir las buenas ocurrencias. Esta lo era. Así que centró esfuerzos en la mesa del salón. No era arreglarla para una ocasión especial. No había invitados. Pero algo pedía belleza, aunque fuera solo para acompañar la soledad y el propio silencio.

Sobre la mesa, de madera blanca y superficie limpia, se colocó un centro sencillo, elegido con cuidado, con el cariño de quién le apetece compartir momentos.

Una pequeña bandeja de mimbre, una jarrón con flores japonesas —pequeñas, humildes, con esa belleza que no exige atención—, una pequeña caja de cerámica artesanal, de forma irregular y color tierra, y un candil blanco repujado, en el que esconder e insinuar la luz de una vela baja, de cera natural, que al encenderla parecía calmar hasta el ritmo de los pensamientos, de esos pensamientos y deseos de que estés.

Una vez instalado todo alrededor cambió. El resto de pequeños detalles parecían contemplar la escena, como si el momento se compartiera con alguien invisible.

Era solo un centro de mesa. Pero hablaba: he pensado en este espacio. Quiero que sea amable. Quiero que sea hogar, tú hogar, nuestro hogar.

Y aunque nadie más lo viera ese día, el alma del lugar quedó suavemente encendida.

Con todo ello, el cuidado se volvió hábito, y el hábito, una forma de estar presente. Se comprendió entonces que decorar no era llenar de cosas. Era afinar la atmósfera. Crear un fondo donde otros pudieran relajarse, abrirse, respirar.

El hogar empezó a dejar de ser refugio solitario para convertirse en escenario de vínculos. Cada detalle sumaba: una taza bonita, una música suave, el silencio cuando hacía falta. No hacía falta perfección, sino intención.

Y así, el acto de cuidar el espacio se volvió una forma de cuidar a los demás. Y también, en el fondo, una forma de cuidar de uno mismo.

Gracias por leerme.

«Ras el Hanout»

«Ras el Hanout»

Como cocinillas venido a menos, por esas cosas de la vida de que cocinar para uno solo no me da mucho aliciente, estoy seguro de que vivir se parece mucho a cocinar. Lo digo no por las recetas, sino por la necesidad de encontrar el punto justo entre lo simple y lo sabroso. 

Hay días que las comidas saben sosas, como pan sin levadura, y otros que estallan como un guiso bien hecho: lento, profundo, con capas que se revelan con el tiempo.

El descubrimiento llegó una tarde cualquiera, sin anuncios previos, en un rincón polvoriento del mercado, entre sacos de especias y ristras de ajos, apareció el frasco. “Ras el Hanout”, decía la etiqueta. La mezcla tenía un olor antiguo, casi sagrado: canela, jengibre, cúrcuma, comino, algo dulce y algo punzante. Se lo llevó sin dudar, guiado más por la memoria que por el paladar. Como la vida misma, este era un bonito regalo que llevar.

Esa noche hubo cena. No por una ocasión especial, sino por necesidad de reunir lo que llevaba tiempo cocinándose como un guiso perfecto. 

Quienes se sentaron en la mesa eran de esos que siempre están, aunque a veces no se diga. Personas cercanas, con las que se sabe que siempre se puede contar, a pesar de la costumbre, o de la prisa, o los impedimentos de las propias vidas.

El plato salió del horno con un aroma envolvente, casi como si la casa misma quisiera abrazar. Ese abrazo siempre deseado y esperado. Hubo una expresión de asombro general

Tras el primer bocado, una pausa. Una de esas paradas en las que el gusto obliga al alma a despertar. Los sentidos parecieron despertarse y los labios cedieron al disfrute, como lo hacen en un beso profundo lleno de pasión. 

“¿Qué le pusiste?”, preguntó alguien. La respuesta llegó sin grandes gestos: “Ras el Hanout. Significa ‘la cabeza de la tienda’. Es decir, lo mejor que el comerciante tiene es su tienda. Cada mezcla es única, por lo que pensé que eso deberíamos hacer también con las personas que queremos: poner lo mejor que tenemos en nuestra relación, aunque sea en silencio.

La ilusión llenó el espacio. Las palabras no hicieron ruido, pero se quedaron. Porque a veces se olvida que las relaciones también se condimentan. Que no basta con estar. Hace falta compañía, dulzura sin pedirla, llamadas, mensajes, sorpresas pequeñas que mantengan el entusiasmo y la relación viva, un poco de picante que agite la rutina, y sobre todo, calidez. Esa que no se compra, pero se nota, la que se comparte en una mirada o un roce de las manos.

Esa noche no hubo discursos ni promesas. Solo miradas que se entendieron mejor, risas que no buscaban likes y gestos que hablaban de compañía. Porque cuando se sazona la presencia con cuidado, la vida sabe diferente, sabe a hogar, a ternura, a paz, a ese “estoy contigo para siempre” que no necesita palabras. Estar en silencio sin necesidad de forzar. 

Desde entonces, quien cocinó ese plato guarda el Ras el Hanout cerca. No solo en la cocina, también en el alma. Y cada vez que hay oportunidad, lo recuerda, la saborea ya que el cariño no se sirve solo, se condimenta. Y siempre, ¡siempre! hay que cuidar a quienes se quedan.

Gracias por leerme.