«Amor inolvidable»

Hay sentimientos que no podemos olvidar

Era nuestro sueño inolvidable pasar la vida juntos, comprarnos aquella casa en las afueras de la ciudad, criar a nuestros hijos, viajar…, ser felices. Así nos lo habíamos prometido hace ya mucho tiempo.

Levanto la vista y veo la pared llena de fotos, en la que, como si fuera un expositor, todos esos recuerdos son mostrados a mi mente. ¿Lo conseguimos?

Ahora te miro. Siempre estás a mi lado, sentado en ese abombado y viejo sofá. No te reconozco. No sé si eres tú. No me acuerdo de tu nombre, y sé que a ti te pasa lo mismo, pero cada vez que coges mi mano y me sonríes, una mariposa recorre mi estómago.

Gracias por leerme.

«Una piedra ideal para un cuento de princesas»

¡¡¡Pedazo anillote!!!

Esto de los cuentos de princesas, que encuentran a su príncipe azul, nos está haciendo mucho daño. A alguna conozco que, rozando la cuarentena, sigue asomada en su balcón, con la vista clavada en la línea del horizonte, esperando ver la nube de polvo que indica el galope del caballo blanco con la que su “salvador” acude a su encuentro.

Recientemente hemos asistido, no nos quedaba de otra, al verse en todos los medios, a una de esas aparentes historias de cuentos de hadas. Las malas lenguas dicen que es más la historia de una trepadora que de una princesa, pero como es una de las protagonista de mis series favoritas, la traigo a colación.

¿Cómo se le pide matrimonio a una mujer así? Imagino que como en todas las películas de esta naturaleza, mostrando un gran pedrusco y poniéndose uno de rodillas. ¡Y ahí quería llegar!

Imagino que los pedruscos deben ser únicos, originales, auténticos, irrepetibles… pues nada más fácil que uno de éstos.

ESto sí que es una piedra

Si la cosa va bien, te pondrás de rodilla en un momentito; las lágrimas de la emoción brotarán sin parar; los aullidos no pasarán desapercibidos, aunque sí confundidos…, hasta que, al final, parirás una piedra que será única. Solo queda ensartarla en su arete de oro. ¿no me dirás que es una buena manera de sorprender a una de esas princesas? Al final va a resultar que soy un romántico, eso o un gran reciclador concienciado con el medio ambiente…

Pero bueno, que cada una piense y espere a quién le apetezca, que nunca se sabe y esto de las princesas y los pedrolos de pedidas de manos, pueden ser como las meigas, “que haberlas hailas”.

Por suerte, ese hermoso cálculo renal no es mio, aunque sí he pasado por esa noble experiencia de arrodillarme por su motivo: ¿has sufrido algún cólico nefrítico?, ¿qué tal la experiencia?, ¿conservas la piedra?…

Gracias por leerme.

«La vieja flipada del garaje»

Imagina un garaje tenebroso y una voz que…

Es increíble descubrir como, hasta en un simple garaje, habitan seres del inframundo dignos de ser mencionados en unas pocas líneas. Porque gente rara habemos, yo el primero, pero hay otros que…

Imagina recibir una llamada de la presidenta de tu comunidad de vecinos: «¿Fulano?, que sepas que Mengana te quiere llamar para hablar algo contigo del garaje. ¿Le puedo dar tu número?». Uno, como es muy educado y curioso, no pone impedimentos, alabando incluso la seriedad demostrada, en cuanto al cumplimiento de la Ley de Protección de Datos, por la señora presidenta. No pasan dos minutos y Mengana llama.

—Buenas tardes, ¿usted es Fulano? —El tono ya denota cierto estado de posesión infernal.

—Sí señora, ¿qué necesita?

—¡Mira bonito! Tú a mí no me conoces —las orejas empiezan a tornarse de un rojo pasión nada despreciable, a la vez que el tono de Mengana se vuelve agrio y amenazante—, pero que sepas que tengo alquilada la plaza número 6 y no estoy nada de acuerdo con que tú tengas la 1.

—Bueno señora, yo lo lamento. Es la que el antiguo propietario me ofreció y es la que compré.

— Sí, pero es que yo no puedo maniobrar, y tu coche es muy grande; y además soy viuda; y tengo fibromialgia; y la rampa de salida…; y la curva es muy estrecha…; y…

—Perdone, perdone —interrumpo para intentar encauzar la charla— ¿me está diciendo que le molesta mi coche? 

—¡Claro mi niño! ¡Pareces guanajo! Hasta que tu compraste la plaza de garaje ese sitio estaba libre y me servía para maniobrar, que estoy enferma, y soy viuda, y…, y claro, ahora no puedo, y…

—Perdone que le vuelva a interrumpir Doña Mengana, ¿qué quiere que yo haga?

—Pues hombre está claro, antes de comprar la plaza de garaje tenías que haber informado del coche que tenias, y…

—¿Pero mi coche se sale de la plaza?

—No, pero no puedo maniobrar en este estrecho garaje, que estoy enferma, y soy viuda, y…, y claro, ahora no puedo, y…; tienes que buscarme una solución. Te doy hasta final de mes —la señora acaba de colgar el teléfono.

Fulano, según me cuenta, se quedó mirando el auricular del todo estupefacto. Inmediatamente manda mensaje al «guasap» familiar y ¡hala! comienza el pitorreo.

Buscamos consejo para el tal Fulano: ¿Tú que harías? ¿cederías? ¿Mandarías a la buena de la señora: a) A la porra. b) Al carajo. c) A la autoescuela. ¿Cederías al chantaje? ¿Qué crees que esconde la amenaza de: «Te doy hasta fin de mes»?

Gracias por leerme.

«En este rincón, cuando no es Juana es la hermana»

Son asiduas a este rincón. ¿Conoces a alguna de las dos?

¡Pues sí!, lo sé. Llevo dos semanas sin aparecer por este rincón, pero te aseguro que ha sido del todo imposible, y eso que lo tengo como una de mis citas obligatorias de la semana, pero hay veces que todo se junta y no hay manera de cumplir. Ni con pastillita azul.

Las preguntas más repetidas que escucho, cuando tengo la suerte de hablar con alguno de ustedes es: «¿Cómo lo haces?», «¿Cómo te da tiempo para todo?»… Pero ya ves. Hay veces en las que no lo consigo.

Como te digo, en estas dos semanas se me ha juntado Juana —morena, metro noventa, ojos verdes…— y su hermana —que no la conozco de nada, pero la muy “hijadelagran…” le fue con el cuento a medio mundo y me he visto liado asistiendo a cursos, congresos, concursos, publicaciones, visitas escolares…, todo para poder disimular y decir que he estado trabajando duramente.

Lo bueno de no cumplir con mi cita durante este periodo, es que he tenido tiempo para pensar y recopilar material nuevo para varias semanas, así que prepárate porque la cosa sigue. Entre ellos contarte de que hay viejos proyectos que ya tienen forma si eres del grupo de maestras y maestros, en breve la tendrás en tus manos, que ya hace un año de le primera entrega—; si eres lector, ya has visto el par de cosas en las que he estado liado —además de Juana, claro—; y si estás entre las que les debo una ginebra, un cortado, una cena o un… ¿vuelta y vuelta?, que sepas que en cuanto me ponga al día quedamos.

De todas formas gracias por ser paciente, por esperarme y por pasearte por esta esquina cada vez que puedes.

Gracias por leerme.

«La segunda vida de un disco de vinilo»

Uno de mis vinilos preferidos.

Es increíble como hay días en los que pequeños detalles de la vida, como un viejo disco de vinilo,  regalan una sorpresa, una sonrisa y ofrecen una segunda oportunidad.

Uno de los protagonistas de la serie a la que estamos enganchados —ya comenté hace tiempo algo sobre las series en este post«Suits», un abogado de éxito de Manhattan, luce en su despacho una enorme estantería con una fabulosa colección de discos de vinilo y, como ya te puedes imaginar, mi pequeña colección de discos y la batalla siguiente han salido a relucir. 

Recuerdo perfectamente aquel viaje de fin de curso. Madrid, Toledo, Aranjuez… El típico trayecto que se hacía, a principio de los ochenta, con un grupo de niños y niñas de octavo de E.G.B.

Una de aquellas tardes paseábamos por los grandes almacenes de la capital del reino y allí lo encontré «Joe Coker live», ¡alucina! todo un doble LP que, sin saber muy bien cómo, me enganchó y consiguió que me gastara las dos mil pesetas que llevaba en el bolsillo, para comprarme algo de recuerdo de aquel viaje.

Un comentario de mi hijo hace unos días me dio la idea, así que, la tarde de ayer, me la pasé rebuscando en el trastero hasta encontrarla. 

La vieja caja perfectamente cerrada, tal y como la embalé hace años, estaba allí, guardando aquel precioso tesoro olvidado. La búsqueda vino acompañada por la carrera por conseguir un «tocadiscos», ya que el mío se rompió también hace años y nunca lo arreglé.

Hoy, después de tantos años, esa pequeña colección volverá a cobrar vida, pero ya no en mis manos, sino en las de una de las personas que más quiero en esta vida y que hoy celebra su diecisiete cumpleaños. 

A él le gusta la música, sigue con entusiasmo la serie, le asombra la colección de discos que luce Harvery Specter y creo que le hemos sorprendido con el que espero sea un hermoso principio para una colección con la que darle esa segunda oportunidad que todos nos merecemos y más, los discos de vinilo.

Gracias por leerme y ¡feliz cumpleaños!

PD: ¿Guardas tus discos de vinilo? ¿Los has vuelto a escuchar? ¿Cuál es tu favorito?

«Un día de pesca muy especial»

¿Has ido alguna vez de pesca?

Con los pies a remojo, mientras pescaban, continuaban hablando de sus cosas, a la vez que intercalaban miradas, sonrisas y saludos con los transeúntes que se paraban para observarles con curiosidad. 

Los tímidos peces se acercaban para olisquear el engodo y, poco a poco, irlo mordisqueando. Ellos movían con suavidad sus anzuelos.

—¿Tú estás seguro de que esto se hace así?

—Pero por supuesto, llevo años pescando en río y no puede haber mucha diferencia.

—¿Y porqué la gente nos mira y se ríe?

—Imagino que la envidia debe corroerlos. ¡Ya verás!, ¡no les hagas caso!, debemos mantener la calma para no asustar a los peces. Tu sonríe y que sigan su camino. ¡Pedazo guiso haremos con éstos pequeñines una vez los cojamos a todos!

—Buenos días caballeros —dijo una voz femenina que se les acercó—, soy la encargada del negocio, ¿saben ustedes que esto es un establecimiento de pedicura? 

Gracias por leerme.

«Motivos dudosos de un insomnio»

¿Duermes bien?

Pese a la época del año en la que estaba, Ana aún pasaba frío por las noches. Tapaba su cuerpo no solo con las sábanas «abrigaditas» que tanto le gustaban, sino que además aún mantenía el edredón nórdico y el pijama de franela. Pero no le era suficiente. Le costaba conciliar el sueño y, cuando lo hacía, este solo duraba hasta la media noche, después se desvelaba y comenzaba su periplo nocturno.

En ocasiones veía llegar el amanecer sin volver a pegar ojo. Otras noches, superada por la incomodidad que le proporcionaban sus ronroneantes ideas y la propia cama, se atrevía a levantarse e ir a la cocina, sin hacer ruido para no despertar a su marido, y así calentar, como pócima casera, un vaso de leche con el que recomponer su interior e intentar volver a conciliar el sueño. Este solía ser el mejor remedio, aunque había noches, como aquella, en la que eso no le era suficiente.

Sus ojeras, el cansancio, el mal humor y el rictus de su cara empezaban a trasladarse a su corazón. Apenas hablaba y rara vez sonreía. Había llevado a entrar en un círculo vicioso.

Según había leído, en una de esas revistas que ojeaba en la peluquería, los motivos del insomnio dependían de la hora en la que se producía. Así, podía deberse a distintas causas:

  • De 23:00 a 1:00: Por culpa de una decepción emocional.

  • De 1:00 a 3:00: Relacionado con la ira.

  • De 3:00 a 5:00: Asociado con la tristeza.

  • De 5:00 a 7:00: Por un bloqueo emocional.

Recordó aquellos datos y el nerviosismo se volvió a apoderar de ella, haciéndola dar un giro más en la cama. Debía plantarle cara a aquel insomnio. Quizás su caso fuera de difícil solución, pues su falta de sueño lo sufría a todas horas. Quizás debería pedir ayuda. Quizás debería cambiar de vida. Quizás debería buscar más besos y abrazos, y menos recriminaciones y explicaciones. Quizás su caso fuera de más fácil solución, pues quien podía ayudarle yacía a su lado sin saber lo que le estaba ocurriendo. Quizás solo tenía que hablarle.

Gracias por leerme.

PD: ¿Duermes bien? ¿Cómo lo haces? ¿Qué ronronea tus sueños?

«Un, dos, tres, ¡al agua patos!»

Foto sacada, sin filtros, con móvil.

Acabo de darme cuenta de que no te he narrado la última aventura en la que me he involucrado. He comenzado a nadar. Pero será mejor que empiece por el principio.

Antes de terminar el pasado verano tuve una lesión que me separó de la cancha de padel y del gimnasio. En cuando corría un poco, la cadera me molestaba y no me encontraba con fuerza, ni con ganas de hacer nada. Después del periodo lógico de descanso y recuperación, con fisioterapia, aullidos a la luna y vinoterapia incluidos, llegó el momento de intentar volver a estar en forma.

Aprovechando la reapertura de una piscina cubierta y que mis hijos van a nadar allí, que los horarios son fantásticos y que el Pisuerga pasa por Valladolid, me llené de valor y ¡hala!, ¡al agua patos! (Nota: Yo voy con entrenador pero, por si te animas, aquí te dejo este plan para empezar)

Los primeros días los pasé con más penas que gloria. Llegaba al borde del agua perfectamente pertrechado con mi gorro de flores, mi bañador ajustado, las gafas de nadador último modelo y mucha ilusión. El flotador con forma de pato, las zapatillas, el albornoz, los manguitos y la dignidad, los dejaba por fuera. Ya había hecho el ridículo en esta otra actividad.

Tras algo más de un mes de actividad me encuentro genial. He mejorado bastante y cada día que pasa noto que nado con más ritmo y mejor estilo. El ánimo también ha mejorado, sobre todo cuando mis hijos —nadadores de otro nivel— me premian con comentarios positivos y motivantes del tipo:

—¿Cuánto hiciste hoy?

—Pues creo que cuarenta piscinas —para tu información la susodicha bañera es de 25 m. por lo que nadé un total de mil metros.

—¡Bien papá, bien!, vas mejorando —el comentario viene acompañado por unas palmaditas de ánimo en la espalda y una sonrisita sarcástica en la comisura de los labios, que me hace sospechar—; yo hice cinco mil metros.

No digo lo que pensé porque está feo pero…, él se fue descojonado al coche.

Gracias por leerme.

«Relato de una posesión infernal»

Según parece hay momentos en los que nuestros cuerpos pretenden ser ocupados por…

El trayecto se preveía tranquilo aunque con los sobresaltos típicos de un viaje. Todo cambió de repente.

Una de las usuarias del transporte, justo la que estaba sentada a mi izquierda, comenzó a bostezar. Las primeras bocanadas no llamaron mi atención, pues es normal hacerlo una o dos veces a esas horas de la mañana, pero aquella casmodia era excesiva.

Dejé de escuchar música. Me interesé por su estado. Algo no iba bien.

—Estoy bien. Me pasa a veces. No puedo parar. Lo siento.

Los otros pasajeros se incorporaron al desasosiego creado. Su alegato a nuestra preocupación, acompañado de los constantes ruidos por sus desmayos, fue tan sorprendente como inesperado.

—¿Alguno sabe hacer un rezado? —nos preguntó muy convencida de sus palabras. Los otros nos miramos con cara de asombro. Nos quedamos estupefactos.

Alguna broma sobre la posesión infernal surgió que a ella no le hizo gracia. Seguía con sus bostezos y se agarraba el estómago.

—No sabemos hacer eso, ¿podemos ayudarla de alguna otra manera?

—No, pero les aviso que es muy posible que en algún momento vomite. Ya me ha ocurrido.

El silencio se hizo. No había otro sitio libre en todo el transporte. No pudía cambiarme de asiento. El resto del viaje se hizo absoluto silencio. Todos los presentes la observaban de reojo, a la espera de acontecimientos.

Sabemos que, nada más llegar al destino, vomitó, librándose así de su mal.

Este acontecimiento llamó mi atención y, por lo que he leído, hay síntomas físicos, relacionados con los nueve orificios del cuerpo, que dependen de la presencia o influencia de fantasmas, demonios, diablos, energías negativas… La persona se libra de ese intento de posesión al sentir como si un gas saliera, en forma de tos, bostezos, eructos, estornudos…, según el orificio corporal involucrado.

¿Te has preguntado por qué se responde «Jesús», entre otras, cuando alguien estornuda? ¿Crees en estas posesiones? ¿Sufres o has sufrido alguna vez alguna de ellos? ¿sabes hacer un rezado? ¿Crees en ellos?

Este mundo de lo paranormal, ya tratado en otra ocasión, es, sin duda, una buena fuente de inspiración de relatos.

Gracias por leerme.

«Recordando una vieja historia de una rama de orégano»

Si es del campo tiene un sabor exquisito

Dar clase en una escuela unitaria tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Con el tiempo las cosas positivas pesan más en nuestra memoria y se reviven con alegría los pequeños acontecimientos del día a día.

Hace unos días me tropecé con uno de esos recuerdos. En mi aula estaba Miguel (nombre ficticio). Tenía 14 años y, de manera excepcional, estaba matriculado en sexto curso de Educación Primaria. Cuento esto para que te hagas una composición de cómo era. A esas edad, Miguel debería estar cursando 2.º de la ESO (Enseñanza Secundaria Obligatoria), pero tenía un desfase tan grande que, aún sin ser diagnosticado como alumno de Educación Especial, no habría logrado ni leer ni escribir con soltura. Y no es que tuviera un retraso, o fuera, con perdón, más bobo que los demás, es que su entorno no era facilitador de estos aprendizajes.

La primera vez que lo vi supe con lo que iba a lidiar.

Era 1 de septiembre y yo me incorporaba a mi nueva escuela. Aparqué mi coche en la puerta del aula y de entre los brezos de mi derecha, puro monte, oí unos fuertes gruñidos, como los que emiten los osos en el Pirineo. Un jóven, sucio, descuidado, con camiseta raída y con más pelo que el que sería su docente, salió como animal enfurecido para averiguar quién era yo, y qué hacía allí.

—Soy el nuevo maestro —contesté bastante intimidado.

Pos yo soy eh Miguel ¡eh! —dijo dedo índice en alto— ¿Cuándo pega la escuela?

Me costó entender la frase. Él quería saber qué día empezábamos las clases. Tras indicarle desapareció de la misma manera, sin previo aviso, chillando como un poseso, para volver a refugiarse en el monte, como animal en celo.

Lo volví a ver el mismo día de comienzo de clase. Su madre lo traía a empujones por la calle. Llevaba ropa limpia y medio bote de gomina en la cabeza. El olor a Nenuco llegó antes que él. El resto de los niños rieron al verlo.

—Ya verá maestro —dijo una de ellas—, es más bruto que un arado y no sabe nada de nada.

La madre se presentó. El chico cabizbajo y totalmente dócil, no como la primera vez que nos encontramos, me tendió una bolsa plástica de supermercado, que en algún momento tuvo que haber sido de color blanco.

Tome maestro. Pá usté. E oriégano.

Mi cara tuvo que ser bastante clara ya que en seguida el muchacho aclaró.

Lo cojo ar lado de mi casa. ¡E naturá! Se cría solo con lluvia y meado de la perra.

Mi cara seguro que fué un poema. La madre cortó, con un cogotazo al chico, toda opción de réplica, obligándolo a entrar en el aula.

—No le haga caso maestro, ¡Es más bruto que un arado! ¡Este chico no sirve ni pa coger pinocha! Pá mi que es medio bobo…

Miguel terminó el curso con más pena que gloria. Fueron más los días que faltó a clase que los que acudió. Excusas para todos los gustos: recoger las papas, ir de cacería, recoger pinocha, ayudar en una obra… Ni que decir tiene que no tuve posibilidad de enseñarle a leer. No sé qué será de él. Solo espero que, tras este tiempo, siga criando productos ecológicos.

Seguro que tienes una historia parecida. O mejor. ¿Nos la cuentas? Si lo haces yo me animaré y me lanzaré con alguna otra.

Gracias por leerme.