«No me dejas dormir»

Yo solo quería dormir

No se qué es lo que te pasa pero acabas de despertarme. Te noto intranquila, nerviosa, dando muchas vueltas, tirando del edredón, creo que hasta hablas en sueños. Tranquila, no pasa nada. Voy un momento al baño y regreso. Enseguida te acurruco. Intentaremos retomar los brazos del bueno de Morfeo en un momento. 

Los minutos pasan y me doy cuenta de que no hay manera. Sigues despierta y no me dejas dormir. Mantienes los pies fríos y lo que es peor, por mucho que intento apretar mi cuerpo contra el tuyo, para darte calor, vas huyendo y separándote poco a poco de mi. El frio que ahora mismo sientes también me molesta. ¿Por qué me destapas? Así no hay manera de que podamos calentarnos. Así no hay manera de volver a conciliar el sueño. 

Abro los ojos. Veo los tuyos. ¿Por qué me miras? Me sorprendes. Estás radiante. Eres preciosa. El resplandor de tus ojos es casi cegador, con tus grandes pupilas llenas de luz y con la mirada fija en mi. Aún así quiero que me dejes descansar. Lo intento. No lo consigo.

Esto no puede funcionar así. ¿No tienes sueño? Yo me muero de ganas por volver a dormir ¿Quieres decirme algo? La verdad es que yo no tengo ganas de hablar. Me gustaría poder darme la vuelta, cerrar los ojos y recuperar aquel sueño que hasta hace un momento me arrullaba. 

Los minutos pasan. No contestas mis preguntas pero parece que te has dado cuenta. Ahora eres tú la que se acerca. Siento tu aliento en mi cuello, pero en vez de notar el cálido vaho del deseo noto un escalofrío. Me has vuelto a destapar. ¿Por qué? ¡Estate quieta! 

Recoloco el edredón en su sitio. Me acurruco asiendo la almohada con fuerza, como si de un ancla se tratara y tu la marea que quiere llevarme a la deriva.

Parece que tu voz me ronronea, que me canta, ¿me acunas? Por fin me entiendes. Ahora te pones de mi lado. Poco a poco eres consciente de que estas no son horas. De que por mucho que quieras brillar en la noche, y velar por mis suelos, debes hacerlo en silencio, dejándome tranquilo. Me has incordiado, me has desvelado un buen rato, aún así sabes que me gusta verte, que agradezco este rato de tu compañía. ¡Que bella eres Luna llena! Ya me duermo.

Gracias por leerme. 

«Al son de la música»

«Al son de la música»
En muchas ocasiones siempre hay una música que marca nuestra banda sonora.

Puntual, como suelo ser, estoy con la radio del coche encendida a la espera de que bajes. He decidido tomarme un par de minutos, para intentar de que no notes las ganas que tengo de verte, antes de hacer la llamada perdida, que habíamos convenido, para que supieras que ya estoy esperando y así bajes a mi encuentro. Después de tanto tiempo, ¡por fin!, hemos quedado para cenar.

Parado en la salida del garaje de tu edificio tengo la mirada ausente a la vez que canturreo la canción que suena en la radio. 

Al ver que ya pasan un par de minutos de la hora acordada, marco tu número —no me cuesta hacerlo, lo tengo en favoritos— y cuelgo. Ahora toca esperar. La música calma mis nervios. 

Suena aquella vieja canción de los Estopa que tan buenos recuerdos me trae. Imágenes de verano, de fiesta, de chicos y chicas disfrutando de la vida con algarabía y displicencia, como si no hubiera un mañana. Ya estamos maduros pero los recuerdos están ahí y hoy, aquella forma de ver la vida, sigue latiendo dentro de mi.

Veo que la luz de tu portal se enciende. Ya estás a punto de llegar. Me bajo del coche. ¡Tengo ganas de verte! ¿Ya lo he dicho?

Me apoyo en el coche y espero hasta que la puerta del edificio se abre. Lo primero que asoma es una pierna, pero lo hace en el preciso instante en el que suena el estribillo «Por la raja de tu falda…», como si fuera tu banda sonora. «¡Ay, mi madre!», no puedo pensar otra cosa. Mi imaginación vuela y…, se estrella. 

La que hace su aparición es la señora del cuarto, en bata, que me hace una carantoña al fijarse en cómo recojo la baba que se me había caído, al ver semejante muslamen. 

Tú vienes detrás, radiante, como siempre, con esas botas que tanto me gustan y con cara de «¿Qué te pasó?». «Entra en el coche, no tardes, que te vas a descojonar, en cuanto te lo cuente». ¡Fuerte imaginación más calenturienta la mía!

Gracias por leerme. 

«Lo que la conciencia esconde»

«Lo que la conciencia esconde»
Hay sofás que son como las conciencias de sus dueños.

Walter es un tipo que no ha tenido mucha suerte en su vida. Puede presumir de eso y de tener la sana costumbre de intentar ayudar siempre a los demás. No importa lo que ello suponga.

Hay días —quizás sean la mayoría— que se sienta en su nuevo sofá, botellín de cerveza en mano y camisa desabrochada, para permitir que su panza se dilate, a esperar que la vida pase. Cuando bebe más de tres cervezas seguidas —también la mayoría de las veces—, suele protestar por los trenes que ha dejado pasar y que le hubiera gustado coger. Ya no hay vuelta atrás. Su conciencia siempre ha mandado.

Su sofá nuevo es como esa vida que ahora disfruta. Lo compró barato, de segunda mano, por su atractiva apariencia, pero empieza a notar lo incómodo que es. Sobre todo el lado en el que ya lleva rato sentado. Intenta ahuecar es cojín. Hay algo en él que le resulta extraño.

No tiene nada mejor que hacer así que, aprovechando que tiene las pequeñas tijeras cortaúñas sobre la mesita de centro, se afana en ir descosiendo el hilo. No le cuesta mucho trabajo. Aquel sofá debe tener más de treinta años y tanto la tela como las puntadas que las unen están bastante pasadas.

No cabe en sí. 

De dentro del incómodo cojín hacen su aparición un sinfín de billetes. La risa nerviosa hace que se atragante con el último buche de cerveza que le dio al botellín. No puede creer lo que esta viendo. Dando saltos de alegría tropieza con la caja de pizza que esta tirada en el suelo, pisa la pequeña punta curva de la tijera, que con la emoción había dejado caer al suelo, y trastrabilla con tan mala suerte que se golpea la sien con la esquina de la mesa. Queda inconsciente.

Se despierta a media tarde. Lo único que recuerda es la voz de su conciencia. Así no puede vivir tranquilo. Mientras contempla el dinero, abre otra cerveza, aprovechando que se la pone en la frente para que el frío baje la hinchazón. Una pena. Sabe que si se lo queda no dormirá tranquilo. Llama a la tienda.

Gracias por leerme.

PD. Este cuento está basado en una historia real que un día escuché en la radio. Como otras llamó mi atención y la anoté en la lista de historias estrambóticas, a la espera de ser escrita. Hoy ha salido esto, quizás mañana escribiría otra cosa. Si quieres más información, si quieres conocer el final de la verdadera historia, puedes consultarla aquí.

«Los acordes de la vieja guitarra»

«Los acordes de la vieja guitarra»
Hoy tocó sacarte de la funda.

Aunque la ventana estaba cerrada, desde el piso de arriba llegaba el soniquete de aquella guitarra. Una tarde mas, el nuevo vecino, con el que yo todavía no había coincidido, templaba las cuerdas de su instrumento y de su garganta, ofreciendo un recital gratuito, que se colaba por el patio interior del edificio, en cada una de las viviendas. 

Sabía que mi vecina de planta aquello le rechinaba. Solía coincidir con su programa de cuchicheo, que según ella, era más instructivo que escuchar aquella vieja y cascada voz. A mi, en cambio, me encantaba. Yo disfrutaba del sentimiento que transmitía y me dejaba embaucar en sus melodías.

Solía cantar tangos, bachatas, cumbias, algún ballenato y boleros, muchos boleros. Sus ritmos me transportaban a otra época, a otros momentos de mi juventud en los que aquella música eran parte de mi día a día. 

Hoy la guitarra sonaba a lamento. Era verdad aquello que dicen de que la música es el reflejo del alma y, por lo que se oía, la de él, en un día como hoy, se mostraba atormentada. 

Disfruté un rato del dolor amargo de las letras de las canciones: «Bésame mucho», «Lo dudo», «Espérame en el cielo», «Tu me acostumbraste», «Noche de ronda», «Dónde estás corazón»… La lista era maravillosa. También me sabía todas aquellas canciones. Tocaba y cantaba una tras otro, sin apenas respiro entre ellas. 

En ese momento sonó: «Si tu me dices ven» ¡Era el momento!

Decidida subí los dos pisos que nos separaban. En la escalera apenas se escuchaba, pero la sensación era que aquellas letras eran una especie de llamada. 

Con mucha cautela, apoyé mi oido sobre la puerta a la espera de que sonará el último de los acordes. Entonces toqué. Él no tardó en abrir.

—Buenas tardes, yo soy…

—¡Pasa! —dijo apartando su cuerpo y dejando el camino libre—, ¿no te acuerdas de mi?, te estaba llamando.

Gracias por leerme.

«Brindis al cielo»

«Brindis al cielo»
A través de tus ojos, un brindis al cielo.

Antes de cenar le gustaba sentarse en la terraza. 

Repochada en el sillón de mimbre blanco, con las piernas estiradas y colocadas sobre la pequeña mesa de cristal a juego, disfrutaba de esos minutos que le había ganado al tiempo. Además de respirar profundamente, para encontrar un momento de tranquilidad en su ajetreada vida, le gustaba jugar con los efectos ópticos que hacía el vino al hacerlo danzar en el interior de su copa. Habían días que la usaba de prismáticos, algunos como caleidoscopio, intentando cambiar el grosor, tamaño y forma de los problemas del día. Otras veces usaba aquella copa, cargada de ese vino canario afrutado que tanto le gustaba, como un pozo sin fondo en el que intentar ahogar unas penas que sabían nadar.

El ruido del interior de la vivienda hizo que, por un momento, se distrajera de su paz. Con calma, cerró la puerta corredera quedándose fuera. El aire fresco de la noche en la cara y el gusto delicioso de los aromas de flores y frutales, enjuagados en su paladar tras un potente sorbo a aquel néctar, hizo que su corazón volara más allá de ese instante. Se descubrió sonriendo, sintiendo aquellas otras manos, ahora lejanas, jugando entre sus dedos, su cuello, sus labios, sus brazos o sus muslos.

Era feliz, no lo dudaba, pero le faltaba volver a sentir la emoción que él le suministraba. Miro al interior. Su familia se mantenía tranquila. 

Cogió el teléfono móvil y presa del deseo se dejó llevar. Mandó un mensaje pidiendo un cita. En aquel instante un rayo de luna pareció descubrir sus intenciones y le indicó un suave guiño. Como si el embrujo fuera así sellado, la respuesta no tardó en llegar. Su preciosa sonrisa recobró tensión y, brindando al cielo, se felicitó por mantener su corazón activo. Apuró la copa. Remojó sus labios y saboreó los del otro en ellos. Pronto lo haría en persona.

Con otro ánimo entró en casa y con la ilusión de volver a verlo, sirvió la cena.

Gracias por leerme.

«El planazo de don Carnal»

Planazo el de don Carnal
Este es don Carnal.

Lo normal era que don Carnal aprovechara el momento para hacer de las suyas. Invitar a la lujuria, el desenfreno y el pecado, nunca fue tan fácil como en el momento actual. Las redes sociales juegan un interesante papel de apoyo logístico en todo ello y el se maneja bastante bien en esas lides. Pero don Carnal esta semana está un poco de capa caída. 

Vive en un cuarto piso de un edificio bastante normal, de una calle céntrica. Desde su ventana contempla un amplio abanico de actividades y, lo que es mejor, sin ser visto. 

D. Carnal observa la salida del colegio. Niños y niñas salen sonrientes con sus sencillos disfraces. El coronavirus parece que da una tregua y los centros escolares programan pequeñas y muy controladas fiestas de disfraces, marcadas por el uso de las mascarillas, los hidrogeles, los grupos burbuja…

Gira su cabeza y observa la estampa que se vive al otro lado de la calle. El bar de la esquina, el que abre el camino para acceder a la calle peatonal llena de establecimientos, es otro cantar. Desde su casa se escuchan los gritos y el soniquete de la famosa canción de Celia Cruz ¡Azúcar!, ¡no hay cama pá tanta gente! Hay personas en la calle, muchos con peluca, otros con disfraces. Unos pocos bailan y brindan con copas en las manos, mientras las mascarillas protegen del frío inexistente sus gargantas. D. Carnal niega con la cabeza.

Él no entiende mucho de todo esto que está pasando, pero, sin duda, hay algo que no le cuadra en su estrafalaria cabeza. Decide que es momento de averiguarlo.

El primer disfraz que encuentra en la maleta que guarda baja la cama es uno de vieja. Se lo pone, pañuelo negro por la cabeza incluido, y sale a la calle. Decide mantener la mascarilla tapando su boca, con eso se ahorra el maquillaje, y el afeitado que estos días está con la piel sensible. No pierde tiempo, se dirige a la zona de bares.

Luces azules alumbran toda la calle. Por un momento pensó que los propietarios de los bares se habían venido arriba y el Carnaval recobraba su color. No era así.

Varios furgones de la Policía Nacional entran por extremos contrarios de la calle. Acotan el lugar e impiden la huida de los ciudadanos. Todo aquel que está bailando, sin mascarilla…, es identificado y sancionado. D. Carnal, que siempre ha presumido de tener buenos disfraces, quizás por su condición de agente provocador de estas fiestas, pasa por entre ellos. No lo reconocen. Algunos agentes, convencidos de la edad del personaje que ahora representan, incluso lo protegen y ayudan a salir de allí. Sin demora vuelve a su casa y entiende que este no es el año. Decidido, se vuelve a imbuir en el pijama, se sirve una copa de su Irlandés preferido y se enchufa a una serie. ¡Planazo de Carnaval! ¿Cuál es el tuyo?

Gracias por leerme.

«Un llanto de dolor»

El llanto es una vía de escape
El llanto es una vía de escape

El fuerte sonido de un llanto aterrador me provoca un escalofriante sobresalto. Un niño llora desconsolada y sonoramente. Dejo lo que estoy haciendo y salgo, todo lo rápido que puedo, del despacho a la caza del origen del mismo. 

Un maestro y una maestra acompañan a uno de los alumnos —8 o 9 años—. Imagino que algo grave pasó. Están en la puerta del cuarto de baño. No tienen forma de calmarlo. Le hablan, le piden calma, que respire, que les mire a los ojos… No hay manera. Intentan averiguar qué ha pasado. Les pregunto. Ninguno de los dos sabe, pero las lágrimas brotan de sus ojos a borbotones.

Busco sangre —suele ser la primera opción de tal lastimera situación—, no veo; quizás alguna trilladura de un dedo en una puerta —también posible, aunque menos probable—. Nada, sus manos están intactas. Él sigue llorando.

Los maestros que le atienden insisten, le preguntan qué pasa. Como respuesta un grito de dolor.

Veo cómo abren el grifo del agua. Lavarles la cara ayuda a intentar recuperar la calma. Nada. él sigue llorando. Se percata de mi presencia y me mira. Vuelve a lanzar un desgarro. Aparentemente está bien. No veo que se toque en ningún lado, no parece que se haya dado un golpe o que se hubiera caído, o doblado una pierna, o…

—¡Bueno!, ¡ya está bien! —alzo la voz— ¡Respira! ¡Deja de llorar! —ordeno.

El hace un gran esfuerzo. Aspira sus mocos. Respira profundamente. Parece que vuelve en sí y empieza a recuperar la calma.

—¿Podemos saber qué te pasa? —le pregunto mientras me agacho para estar a su altura y mirarlo.

Entre sollozos, se lleva las manos al pecho, con una voz muy suave y dolorida, me contesta:

—Es que tengo una especie de flechazo acá —indica con claridad su corazón—. M. me dejó y no puedo olvidarla.

Las cosas del amor no correspondido. ¡FELIZ SAN VALENTÍN!

Gracias por leerme.

«La historia de los jueves»

—¿Sushi? ¿Vino?

«La historia de los jueves»

Aunque no me creas todas las noches de los jueves tienen el mismo comienzo. La palabra clave es la comida japonesa. Aunque más bien es solo una excusa. Con ella se abre la opción de mantener una noche de conversación y, como fin último, de sexo. Quizás hasta que salga el sol o, hasta encontrar un motivo para saltar de la cama y no regresar hasta la semana que viene.

Hoy es jueves. ¡Hoy toca!

Mantengo mi atención puesta en el sonido del timbre de la puerta. Me gusta no perder detalle. Es una vez en semana así que…, lo tomo como el capítulo de mi serie favorita. Pero de las de antes. De las que te quedabas con la miel en la boca y las ganas de saber qué le ocurriría a los protagonistas.

El recibimiento es un tímido «Hola», manteniendo las distancias, retirando la antipática mascarilla,. Luego se cruza un «¿Puedo pasar?». Y pasa. 

Un apasionado beso, normalmente acompañado de un fuerte golpe contra la pared, fruto de las ganas acumuladas, viene junto a una pequeña patada que ayuda a empujar la puerta para lograr su cierre. La agradable sensación de volver a sentir su lengua húmeda mitiga el pequeño sobresalto. Es que no hay nada tan intenso como verse una vez por semana. 

Descorchar la botella de vino, el suave paladar de la comida japonesa, la agradable conversación con la que se narra el día a día de todo lo vivido en este tiempo sin contacto, junto con los juegos de manos y las caricias, dan paso a que el ambiente se vaya cargando de erotismo. Desde este lado ya se nota fluir el deseo. Las risas, los susurros, las miradas, los suspiros…, los silencios. 

El momento no se hace esperar. El postre llega y la onza de chocolate no es suficiente para paliar el sabor a jueves. Es día de degustar otro cuerpo, otra energía.

El traqueteo del cabecero de la cama contra la pared es, al principio, suave. Poco a poco sube su intensidad y mantiene el ritmo de los empellones. Pequeños gritos, algunos gemidos, muchísimas risas; todo hace que el ambiente ayude a la búsqueda del deseo de una relación inconfesable, de una relación de solo los jueves. Todos los jueves y hoy ¡toca!

Me alegro por mi vecina. Yo, desde mi piso, con estas paredes tan finas, también disfruto de su historia. Por eso me gustan los jueves.

Gracias por leerme.

«El lagarto de don Evaristo»

A veces es fácil reconocer a un maestro.
A veces es fácil reconocer a un maestro

Don Evaristo me lanzó el borrador a la cabeza. Gracias a mis reflejos puede esquivarlo. Sin duda consiguió lo que quería, captar mi atención.

Sentado en mi pupitre de madera, de aquellos que se levanta la tapa para guardar el material, aprovecho la más mínima oportunidad para abstraerme y contemplar el movimiento de las ramas del jardín, el revoloteo de las moscas…, el balanceo de la falda de Ana al pasar por el pasillo… Don Evaristo se dio cuenta de ello. Me había pillado.

—¡Sal a la pizarra!

No había opción. Aquella orden no es discutible. Las cabezas de los otros cuarenta y cinco compañeros de clase, giraron a la vez hacía mi. Sabíamos lo que venía a continuación. No nos defraudó. Don Evaristo tiene unos duros nudillos que, al impactar contra el craneo, garantizan un chichón latente durante varias días.

En el fondo todos sabemos que don Evaristo es así y lo que hace, es por nuestro bien, o eso nos repite hasta la saciedad.

De pie junto al encerado, y sobando mi cabeza para intentar apaciguar la quemazón, don Evaristo vuelve a sorprendernos. Pretende que nos pongamos en fila y que yo vaya delante, guiando la marcha, para que así no tenga más tentaciones que las que nos ofrecen los peldaños de la escalera.

Salimos al descampado que está detrás del colegio. Una vez allí nos hace formar en circulo y, aparentemente al azar, enumerándonos del 1 al 15, nos hace formar grupos de tres.

De la gran bolsa de plástico que porta saca el material que necesitaremos: Medio tomate maduro, un pedazo de tela y una bolsa de plástico, para cada grupo. Nuestro objetivo es cazar un lagarto, “¡vivo!, y sin que sufra”, ordena con su potente voz.

En menos de treinta minutos, todos los equipos habíamos cumplido el objetivo.

La vuelta a clase la hacemos entre cánticos, risas, preguntas sobre qué haremos con el animal… La intriga, la ilusión, la magia se contagia y se palpa entre todos nosotros. No hay respuestas, más que un “Ya lo verán. Mantengan la calma

Vamos directos al laboratorio. Las mesas alargadas están preparadas con todo lo necesario: tablilla, alfileres, cloroformo, bisturí, pinzas y el microscopio. Toca clase de biología.

El latir del corazón, el análisis de la piel al ojo del aparato, los distintos órganos…

Las bocas abiertas. Los ojos se nos salen de las órbitas. La saliva pende de las comisuras de los labios. Este hombre, este maestro, es capaz de poseer las almas de todos nosotros solo con levantar la mano, o los nudillos.

Aquella clase me hizo descubrir que no quería ser cirujano, ni biólogo…, pero sí la recuerdo como la historia de un hombre que daba lo que fuera para que sus alumnos descubriéramos y experimentáramos, por nosotros mismos, los contenidos de un libro que no nos decía nada, pero que con aquella experiencia aprendimos a entender.

Quizás don Evaristo, con esas actividades, aportó su granito de arena y, ahora yo, también soy maestro.

Gracias por leerme.

PD. El lagarto de mi grupo despertó en la siguiente hora. A doña María Luisa (profe de lengua) no le hizo ninguna gracia. A nosotros mucha. Recibió cristiana sepultura en el jardín del cole durante el recreo el comedor. DEP.