«Tras el primer paso»

«Tras el primer paso»

Marta es jóven. Está secretamente enamorada de un chico llamado Alejandro. Ambos comparten clases en la universidad y, aunque Marta siempre encontraba excusas para estar cerca de él, nunca se atrevía a expresar sus sentimientos. Sin embargo, un día, Marta se encontró en una situación que cambiaría su perspectiva.

La profesora asignó un proyecto en parejas, y Marta se dio cuenta de que necesitaba la ayuda de alguien para completarlo. La idea de trabajar con Alejandro le emocionaba, pero el miedo al rechazo y al posible juicio la paralizaba. Los días pasaban, y Marta veía cómo otros compañeros se asociaban para el proyecto, mientras ella seguía sin atreverse a dar el paso.

Una tarde, Marta se encontró con Alejandro en la biblioteca. Estaba absorto en sus libros, y Marta sentía que era el momento perfecto para pedirle ayuda. Sin embargo, el miedo se apoderó de ella, y en lugar de abordarlo directamente, comenzó a buscar libros en la misma sección, esperando que Alejandro notara su presencia y le ofreciera su ayuda.

Los minutos pasaron, y Marta, cada vez más nerviosa, no pudo resistir más. Finalmente, decidió hablarle, pero cuando abrió la boca, sus palabras salieron entrecortadas y nerviosas. «Alejandro, ¿te importaría ser mi pareja en el proyecto?», balbuceó Marta, sintiendo que el corazón le latía con fuerza.

Para su sorpresa, Alejandro sonrió amablemente y aceptó con gusto. Comenzaron a trabajar juntos, y Marta descubrió que no solo compartían ideas creativas, sino también risas y conversaciones profundas. A medida que el proyecto avanzaba, Marta se dio cuenta de que había dejado pasar oportunidades por miedo.

El día de la presentación llegó. Marta y Alejandro dieron lo mejor de sí mismos. Después, cuando estaban celebrando el éxito del proyecto, Marta decidió volver a ser valiente y confesar sus sentimientos.

Para su sorpresa, Alejandro correspondió, y ambos se dieron cuenta de que habían estado perdiendo tiempo por temor a arriesgarse. Eran un equipazo.

La moraleja de la historia es que no podemos dejar que el miedo nos paralice y nos impida buscar lo que realmente queremos. A veces, es necesario superar la timidez y luchar por nuestras oportunidades, por nuestros sueños, antes de que sea demasiado tarde. Marta aprendió que la vida está llena de posibilidades, pero solo podemos aprovecharlas si nos atrevemos a dar el primer paso.

Gracias por leerme.

«El primer café de la mañana»

En estas mañanas de invierno los primeros rayos de luz son tímidos. Ella se sienta en su rincón habitual de la cafetería, esa donde el aroma del café se mezcla con el frío de la calle. La ventana grande, a modo de escaparate al mundo, parece un cuadro en el que la ciudad transcurre a su ritmo, mientras ella se sume en sus pensamientos, mirando las calles aún vacías, las sombras que se alargan y los primeros pasos de la gente apresurada.

Siempre se sienta en el mismo sillón, es el más cómodo, con buenas vistas, con un cojín para proteger su espalda. Siempre le sirven con cariño su café, en la misma taza. Siempre, allí sentada, siente la misma sensación de paz y tranquilidad que aquella esquina le da. Ese momento, su refugio.

Desde el otro lado de la calle, él también comenzaba su día. Se sienta, como repitiendo la escena, en una cafetería parecida  del otro lado de la calle, con casi la misma distribución y el mismo ventanal. 

En ocasiones sus miradas se cruzan. No se conocen, pero algo en la distancia de esos encuentros les hace sentir que sí lo hacían. 

A veces, él la veía a través de la ventana, sabiendo que ella estaba allí, pero sin atreverse a cruzar la calle. Ella, por su parte, sentía esa extraña conexión, como si la vida los hubiera colocado en caminos paralelos, que nunca se cruzaban, pero que se sentían cerca.

Una mañana, la rutina se rompió cuando ella, sentada como siempre frente a su café, pensó: ¿Y si un cambio no es tan malo? La idea era simple, casi absurda, pero al mismo tiempo llena de posibilidades. Él había comenzado a mirarla más a menudo, quizás también preguntándose sobre su vida, sobre el misterio de su rostro silencioso. Ella lo sabía, y algo en su interior le decía que no podía seguir mirando sin hacer nada.

Así que, a la mañana siguiente, entró en la otra cafetería. Sonrió al barista y le dejó un billete con una indicación.

Cuando el hombre del otro lado de la calle, al igual que siempre lo hacía, se acercó al pequeño bar de su esquina, vio, para su sorpresa, que su café ya estaba pagado, pero lo que le llamó la atención no fue el gesto en sí, sino la pequeña nota que lo acompañaba.

«Para el hombre de la esquina. Si alguna vez tienes tiempo, cruza la calle. Lo que creemos perdido siempre puede ser encontrado.»

Sin dudarlo, con una mezcla de incertidumbre y curiosidad, cruzó la calle, sus pasos resonaron con cada latido que aceleraba su pecho. No podía evitar sentirse atraído por el misterio de la nota. 

Cuando entró a la cafetería, encontró a esa preciosa mujer, tan serena como siempre, pero con algo diferente en sus ojos. La miró, y sin decir nada, ella le ofreció una sonrisa.

—Me alegra verte —dijo ella, como si ya lo hubiera estado esperando durante años.

Él no necesitaba palabras para entender lo que sucedía. La historia que ambos pensaban que estaba enterrada, que se había ido con el tiempo, ahora resurgía. Como si el destino hubiera decidido darles otra oportunidad, una donde ambos podrían encontrar lo que alguna vez se creyó perdido.

Con una simple taza de café entre las manos, comenzaron a hablar. Y en ese espacio tan pequeño, tan suyo, descubrieron que las historias que pensaban muertas no estaban tan lejos. Solo necesitaban el momento adecuado para revivirlas.

Gracias por leerme.

«Se echan de menos»

«Se echan de menos»

Mirar con ojos de niño es ver el mundo sin las sombras del pasado, descubrir en cada gesto, en cada palabra, una promesa de lo que aún puede ser. Es encontrar magia en lo cotidiano, como si todo tuviera la capacidad de sorprendernos una vez más, como si, incluso en el silencio, existiera una posibilidad de volver a empezar.

De esa forma él la miraba. Con la misma intensidad con la que se mira aquello que se ha perdido y se anhela. Su voz, temblorosa pero firme, rompió el silencio que llevaba días arrastrando: «Te echo mucho de menos»; dijo, sin que le importara el tono que adquiría su voz. 

Había algo de vulnerabilidad en esa declaración que no podía ocultar, como si al decirlo, algo dentro de él se aligerara. «Tus mensajes, esos pequeños momentos de conexión, las palabras que llegaban con tu huella, esas que parecían hechas solo para mí.»

Sus ojos se posaron en ella, buscando la reacción, esperando quizás una respuesta que aliviara la incertidumbre de su corazón. Pero lo que más deseaba, lo que realmente le faltaba, era el roce de su mano, tan cálido, tan cercano, esa simple caricia que era como un refugio. «Lo echo de menos», repitió, casi sin darse cuenta, mientras sus dedos tocaban casi sin querer la superficie de la mesa, como si esperara sentir una presencia que no estaba allí.

Ella se quedó callada un instante, absorbiendo sus palabras, y él continuó, consciente de que quizás ya era tarde, pero también sabiendo que había algo que no podía callar. «Las confidencias», susurró, como si al decirlo pudiera invocar las noches en que todo parecía más simple, cuando compartían sus miedos y sueños sin reservas. «Esas conversaciones que duraban horas, cuando el mundo fuera de nosotros desaparecía.»

El silencio se alargó entre los dos, como una cuerda tensada al límite, y por un momento ambos sintieron el peso de lo no dicho, lo que ya no se compartía. Pero algo en el aire cambiaba, un leve rastro de esperanza, como si tal vez, al menos una de las piezas del rompecabezas que habían dejado inconcluso, siempre encajaba. El abrazo llegó.

Gracias por leerme.

«Necesito ese abrazo de ti»

(El pasado 21 de enero se conmemoró el Día Internacional del Abrazo. Aquí te mando el mío).

Desde ayer tarde la lluvia cae con fuerza, golpeando los cristales de mi ventana con una monotonía que parecía sincronizada con el vaivén de mis pensamientos. 

El día ha sido largo, pesado. Ya van varios así. Siento la fatiga en cada fibra de mi ser, pero lo que más me pesa no es la carga física, sino el vacío, ese espacio que, aunque inmenso, no es nuevo. Ya lo conozco bien. 

Me acomodé en el sofá, rodeado de una quietud que no encontraba consuelo. El silencio me envolvía, pero en él, resonaba una necesidad urgente: el anhelo de un contacto, de un refugio, de algo que me recordara que no estaba solo. 

Cogí el teléfono en mis manos, la pantalla iluminada reflejaba mi rostro cansado, pero mi corazón dictaba una única palabra, “abrazo”. 

Necesitaba ese abrazo de ti, uno apretado, sin necesidad de hablarnos, solo abrazarnos. No importaba el qué o el porqué, solo deseaba sentirme contenido, sentirme pequeño en tus brazos, perderme en ese abrazo que sin palabras lo decía todo. 

Presioné enviar. La respuesta llegó rápidamente, apenas un suspiro de retraso, pero ya sabía que no importaba lo que dijera. La certeza era otra. “Estoy a tu puerta.”

El sonido del timbre me hizo saltar, y mi cuerpo, de alguna manera, reaccionó antes que mi mente. Corrí, como si el tiempo se hubiera detenido entre ese mensaje y mi camino hacia la entrada. Al abrir, te vi ahí, con esa calma que siempre me da paz, con tus ojos que nunca preguntan demasiado, solo entienden.

Sin una palabra, sin una razón que explicara la urgencia, me tomaste entre tus brazos. El contacto fue inmediato, sin vacilaciones. Tu calor me envolvió, el roce de tu cuerpo contra el mío fue un refugio de todos esos días que se acumulan, esos silencios que duelen, esas heridas que no tienen voz. No necesitaba más, no necesitaba preguntar nada, solo quería perderme allí, en la seguridad que me ofrecías con ese gesto. El mundo dejó de importar, porque solo existíamos tú y yo en ese instante, embutidos en nuestra burbuja, unidos por algo más grande que cualquier palabra. Un abrazo apretado, que hablaba de todo lo que se calla, que sanaba lo que no se veía. Un abrazo que no pedía explicaciones, solo un refugio compartido.

Y en esa calma, comprendí que a veces no hace falta decir nada. Basta con estar, basta con el contacto, basta con el alma para entenderse sin más.

Gracias por leerme.

«Atrapados»

«Atrapados»

Pasan de las 23:00 horas. La noche está fría. Él lleva un rato enroscado en una manta sobre el sofá, pero no logra concentrarse en la lectura, su mente viaja a través del tiempo haciendo que sus ensoñaciones lo conviertan en un espectador de un mundo paralelo. 

Con añoranza recuerda la primera vez que se vieron, había sido un choque. No de miradas, sino de presencias. Fue en una exposición de pintura. Ella estaba absorta frente a un lienzo rojo, mientras él, sin saber por qué, no podía dejar de mirarla. “¡Todo al rojo!” Pensó. 

A él le llamaba mucho la atención la forma en que Isabel tenía de inclinar la cabeza, como si estuviera intentando escuchar lo que el cuadro quería decirle. Gabriel, de pie a unos metros, sintió que algo en su pecho se tensaba, como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible que lo conectaba con ella, la famosa leyenda japonesa del Hilo rojo. Y cuando finalmente Isabel lo miró, el mundo se rompió a su alrededor. Mejor dicho se completó. 

Esa noche hablaron como si no existiera nadie más. Los cuadros, las copas de vino, las otras personas que reían y conversaban en la galería se desvanecieron, y todo lo que quedó fue el espacio entre ellos, un abismo que ninguno de los dos pudo resistir saltar.

Desde entonces, su conexión fue más que magnética, era gravitacional. Se atraían con tal fuerza que estar separados, aunque fuera por minutos, parecía descomponerlos en pedazos pequeños e incompletos. Si no compartían momentos, sus mentes y sus cuerpos se enzarzaban  en una batalla sin tregua constante, hasta volver a encontrarse, como si quisieran demostrar algo al universo.

En sus pensamientos se dio cuenta de que lo que los atrapaba no era solo el deseo. Era la forma en que sus pensamientos se entrelazaban, cómo se leían la mente y se complementaban. Había ocasiones en las que Gabriel podía terminar las frases de Isabel antes de que ella las comenzara. En otras, ella podía sentir cuando él tenía miedo antes de que él siquiera lo admitiera. Había algo extraño en su relación, casi sobrenatural, podían adivinarse, completarse, pacificarse, consumirse. No se entendían el uno sin el otro.

Gabriel la buscaba en cada rincón, en cada sombra de su día, incapaz de concentrarse si no sentía su olor cerca, si no podía rozar la curva de su espalda o escuchar su risa, esa que resonaba como un eco en su mente. Isabel tampoco era ajena a esto. Cuando Gabriel salía de casa, el vacío que quedaba en el aire era casi insoportable. Ella respiraba en su ausencia como si algo se le atorara en el pecho. 

Constantemente se echan de menos, están atrapados el uno en el otro, agradecidos con cada caricia, con cada beso, con cada mirada, con cada momento que pueden compartir. 

Gracias por leerme.

«La importancia de ser y estar»

Estas han sido fechas muy entrañables, personales y de mucho compartir. En estos días he tenido tiempo de muchas cosas, pero sobre todo, aunque no lo creas, he podido detenerme, tomar resuello y reflexionar sobre algo que muchas veces damos por sentado: tú. Sí, sabes que es para tí, hoy te hablo a tí.

Creo no equivocarme cuando digo que pasas por esta esquina, casi todos los jueves. Alguno te has saltado, es normal, no pasa nada. Lo haces de manera silenciosa, leyendo, confesando que lo has hecho o manteniéndote en silencio, sin hacer ningún comentario o darle al “like”

Sabes que nuestra amistad es elegida, que eres mi cómplice en los días buenos y mi refugio en los malos. Muchas veces te he dicho cuánto significas para mí, pero hoy lo haré, no solo para agradecerte, sino también para recordarnos lo valiosa que es nuestra amistad y lo importante que es seguir nutriéndola.  

A lo largo de los años, hemos construido algo único, algo que pocas personas tienen el privilegio de encontrar, que medio mundo busca desesperadamente: un espacio seguro donde podemos ser y estar, sin filtros ni máscaras. En ese espacio, en esa especie de burbuja que hemos creado, caben nuestras risas más escandalosas, nuestras lágrimas más amargas y nuestras confesiones más íntimas. Pero también caben las verdades, las palabras duras que necesitamos escuchar, las miradas que lo dicen todo sin necesidad de hablar y los silencios cómodos que solo se tienen con alguien que realmente te conoce y te aprecia.  

Sé que la vida no siempre ha sido fácil. Hemos enfrentado tormentas, caídas y momentos en los que parecía que el mundo entero estaba en nuestra contra. Pero ahí estuvimos, sosteniéndonos cuando parecía que todo se desmoronaba. A veces, ese sostén fue una llamada inesperada, un mensaje que llegó justo a tiempo, una taza de café, o una copa de vino compartida en silencio. Y aunque esos momentos puedan parecer pequeños desde fuera, lo significan todo.  

Sin embargo, también quiero reflexionar contigo sobre algo importante: las relaciones, incluso las más fuertes, necesitan cuidarse. Tú y yo sabemos que la vida a veces nos arrastra con su rutina, sus prisas, sus problemas. Nos hace olvidar que el tiempo que dedicamos a las personas que amamos no es un lujo, sino una necesidad. Por eso, hoy quiero que recordemos lo importante que es seguir estando juntos, no solo en los momentos difíciles, sino también en los días ordinarios, en los días tranquilos, en los días en los que todo parece estar bien. Porque ahí también se construyen los vínculos fuertes, en los pequeños gestos cotidianos que a veces pasamos por alto.  

Te lo digo porque, aunque siempre has estado para mí, no quiero que nunca sientas que nuestra relación es algo que doy por hecho. No quiero que esta amistad tan especial quede en el olvido por culpa del tiempo, la distancia o las responsabilidades que inevitablemente se acumulan. Quiero que sigamos creciendo, apoyándonos, recordándonos mutuamente lo que somos y lo lejos que podemos llegar.  

Sé que nuestra relación no siempre es perfecta. Hemos tenido malentendidos, diferencias y silencios que a veces han durado más de lo que deberían. Pero también sé que, a pesar de todo, siempre hemos encontrado la manera de volver a encontrarnos, de sanar esas grietas con amor, paciencia y honestidad; eso es lo que realmente importa. No la perfección, sino el compromiso de seguir caminando juntas, incluso cuando el camino se vuelve difícil.  

Por eso, quiero que te lleves esto contigo: gracias por ser mi ancla cuando sentí que me perdía, pero también por ser el viento que me impulsó a seguir adelante cuando yo mismo no tenía fuerzas. Gracias por creer en mí en los momentos en los que yo mismo no lo hacía, por celebrar mis logros como si fueran tuyos y por recordarme que no estoy solo, pase lo que pase.  

Y, a la vez, quiero decirte que yo también estoy aquí para ti. No solo para los días grises, sino también para los soleados. No solo para escuchar tus problemas, sino también para celebrar tus victorias, por pequeñas que te parezcan. Estoy aquí para crecer contigo, para aprender contigo, para ser mejor contigo. Porque nuestra amistad no es un refugio estático, es un jardín que quiero seguir cultivando contigo, un puente que quiero reforzar cada día.  

Así que aquí estamos, dos almas que han encontrado en su amistad algo más grande que ellas mismas. Sigamos construyendo, sigamos creciendo, sigamos estando. Porque lo que tenemos es demasiado valioso para dejarlo en manos del olvido.  

Y si algún día te asaltan las dudas, si alguna vez te preguntas si todo este esfuerzo vale la pena, quiero que recuerdes esto: tú has hecho mi vida mejor, más rica, más completa. No hay nada más valioso que eso. Si tienes dudas ya sabes lo que tienes que hacer. 

Gracias por leerme.

«Dejo un pedazo de mi»

«Dejo un pedazo de mi»

Es duro empezar a escribir una despedida frente a una hoja en blanco. No sé si seré capaz de resumir todo lo que significaste para mí, pero, como siempre digo, hay jueves con más suerte que otros. Este aún está por ver.

Sabes a ciencia cierta que eres un capítulo que llegó lleno de promesas, y aunque ahora parezca que solo me has dejado vacíos, sé que eso no es del todo cierto. Te marchas como una tormenta que se disipa, dejando a su paso los rastros de lo que fue. Y aquí estoy yo, contemplando lo que queda tras tu partida.  

Fuiste un sentimiento complicado, no lo voy a negar. Me enseñaste que la vida no siempre sigue el ritmo que uno quisiera. Por momentos avanzaste con una velocidad insoportable, llevándote contigo noches y días sin dormir, como si estos no importaran, como si fueran hojas secas en el viento. En otros momentos, me dejaste suspendido, obligándome a enfrentarme a un espejo del que no podía apartar la mirada. Aprendí a lidiar con el tiempo, aunque nunca logré domarlo.  

Sin embargo, no todo fueron sombras. Trajiste momentos de luz, de esos que todavía atesoro en los rincones más cálidos de mi memoria. Me regalaste risas compartidas, noches bajo un cielo estrellado y promesas murmuradas al oído. 

En tus días habitaron abrazos que parecían eternos y palabras que llenaron vacíos que yo ni siquiera sabía que existían. Pero también me diste pérdidas, algunas tan desgarradoras que dejaron huecos que aún no sé cómo llenar.  

Me duele despedirme de ti porque sé que contigo se van no solo los días, no solo emociones y aventuras, sino también versiones de mí: la que era fuerte cuando lo necesitaba, la que se derrumbaba en silencio, la que creyó que todo iba a estar bien. 

Contigo dejé de ser muchas cosas, pero también descubrí otras partes de mí que no sabía que existían. En tí aprendí a ser valiente, aunque no siempre tuviera fuerzas, y a dejar ir, aunque eso me rompiera por dentro.  

Ahora que el calendario avanza implacable hacia un nuevo comienzo, no puedo evitar sentir un nudo en el pecho. Decir adiós nunca es fácil, y contigo no es la excepción. Siento que al despedirme de ti, me despido de algo mucho más grande que un simple año.  

No es solo es a ti, 2024, a quien estoy dejando atrás, también dejo un pedazo de mi, de ti, de nosotros…  

Gracias por leerme.

«En las buenas y en las malas»

«En las buenas y en las malas»

Me crié escuchando constantemente una premisa: “La verdadera felicidad consiste en hacer felices a los demás”. Hoy en día esa enseñanza la pongo muy en duda. 

El paso del tiempo, los aciertos y los errores cometidos me llevan a pensar que en la vida, uno de los mayores aprendizajes es entender que las expectativas que ponemos en los demás suelen ser la raíz de muchos de nuestros desengaños. 

Como decía, desde pequeño me enseñaron a confiar en los demás, a esperar y dar gestos de generosidad, amor y apoyo en momentos difíciles. Sin embargo, a medida que he ido creciendo me he ido dando cuenta de que las personas que me rodean no siempre cumplen con esas expectativas. Cada uno de nosotros tiene sus propios límites, sus luchas internas y, sobre todo, su manera particular de vivir y relacionarse con los demás.

Esperar algo de los demás, aunque sea algo tan simple como la comprensión o una muestra de apoyo, nos coloca en una posición vulnerable. 

Tampoco se trata de ser egoístas, ni de vivir en aislamiento, ni de no esperar o no ayudar a nadia, creo que es alcanzar una madurez emocional que nos permita comprender que no todos los vínculos pueden satisfacer todas nuestras necesidades. 

Las relaciones, por más cercanas que sean, no siempre tienen el poder de darnos lo que deseamos en el momento en que lo necesitamos. Además, cada persona tiene sus propios conflictos, deseos y preocupaciones, que a veces los hacen incapaces de ofrecer lo que esperábamos e incluso lo que a ellas mismas les gustaría dar y recibir.

En este tiempo he aprendido que es fundamental ser autosuficiente emocionalmente, a no esperar que los demás sean los encargados de llenar los vacíos que, en realidad, solo yo puedo llenar. Esto no significa que debamos desconfiar de los demás o cerrarnos a la posibilidad de recibir apoyo, amor o comprensión. Puedo hacerlo solo, aunque en muchas, o en muchísimas ocasiones, lo mejor sea hacerlo apoyado por alguien. 

Dicho esto, hay algo muy hermoso en la vida que nos recuerda que, aunque no debemos esperar nada de los demás, siempre hay alguien que está dispuesto a estar a nuestro lado, sin importar las circunstancias, en las buenas y en las malas. 

Puede que no siempre sea de la forma que esperábamos, pero esa presencia, que se ajusta a nuestras necesidades más profundas, nunca falla. Es en esa certeza en la que podemos encontrar consuelo, sabiendo que, a pesar de todo, siempre estará dispuesta a darnos lo que realmente necesitamos: comprensión, amor incondicional, y sobre todo, la paz de saber que nunca estamos verdaderamente solos.

Gracias por leerme.

«El vuelo de la Encarni»

«El vuelo de la Encarni»
FOTO SACADA CON MI MÓVIL EN EL AEROPUERTO DE LOS RODEOS.

Ella, la Encarni, se consideraba una mujer sencilla. Eso decía ella aunque no era para tanto. Le gustaba decir que tenía “los pies bien puestos sobre la tierra”, aunque cualquiera que la conociera sabía que no era verdad. Si los pies de Encarni no estaban en unos tacones que parecían torres de Babel, estaban flotando en su nube de sueños imposibles: viajar a la luna, abrir un restaurante de sushi en Marte o casarse con un millonario que no roncara.  

Era un día ventoso, de esos que decreta la AEMET, ¡y aciertan!, el tipo de viento que arrastra bolsas de supermercado, sombreros desprevenidos y hasta gallinas despistadas. Pero Encarni, tozuda como siempre, decidió que eso no le impediría salir de casa con su vestido nuevo, ese que parecía una vela de barco. Total, ¿qué podía salir mal?  

Desde aquí la veo, caminando con sus zapatitos de charol y su andar de reina de pasarela, cuando, de repente, vino una ráfaga de viento tan fuerte que hasta los árboles parecieron susurrar “mejor nos agarramos”. En un abrir y cerrar de ojos, ¡zas!, el viento la levantó del suelo como si fuera un globo de cumpleaños.  

“¡Ay, Dios mío, que me lleva el aire!”, gritó Encarni mientras intentaba agarrarse de un poste de luz. Pero sus dedos, perfectamente manicurados, no eran rivales para la naturaleza. Ahí iba Encarni, volando como si fuera Mary Poppins, pero sin paraguas, dejando tras de sí un rastro de asombro y… sin sus zapatos. Sí, porque en algún momento de su ascenso, sus zapatos decidieron que ya habían tenido suficiente de esa aventura y se quedaron plantados en el suelo, perfectamente alineados, como diciendo: “Nosotros sí sabemos dónde estar”.  

Así pasó, surcando los cielos como una cometa descontrolada, mientras el viento la llevaba más y más lejos. En su desesperación, Encarni intentó razonar con el viento:  

—¡Viento, querido, te prometo que si me bajas, te hago un par de reels y una historia, de cinco estrellas, en IG. Pero el viento no respondía, claro, porque si algo tenía Encarni en común con la física cuántica, era que ninguna se entiende.  

Finalmente, el destino (y un árbol particularmente bajo) hicieron su trabajo. Encarni quedó colgada de una rama, despeinada, sin sus zapatos y con el vestido torcido. Un grupo de curiosos se reunió debajo, y entre risas y selfies, lograron bajarla.  

De vuelta al suelo, todavía algo aturdida, Encarni me miró. Yo llevaba sus zapatos en mis manos que la miraban sorprendidos como si de dos amigos leales se trataran. Entonces, mientras se los ponía, tuvo una epifanía, de esas que solo llegan después de volar sin querer:  

—Es verdad lo que dicen —dijo, acomodándose el vestido y atusándose la melena—, la vida puede llevarte por los aires, pero al final, lo importante es saber dónde están tus pies. Y, a ser posible, que estén en el suelo… y calzados.  

Desde ese día, Encarni aprendió a mantener los pies en la tierra. Bueno, al menos la mayoría de las veces, porque lo de soñar despierta… eso jamás se lo iba a quitar de la cabeza, y menos si era conmigo.  

Gracias por leerme.

«Volver a levantarse»

«Volver a levantarse»

Sentirse en una montaña rusa, es estar vivo. La vida está llena de altibajos que nos hacen ir de un lado para otro, a veces sin rumbo, y otras, con toda la intención hacia un lado u otro. Un día estás en la cima, y al siguiente te encuentras en el fondo, preguntándote cómo has llegado. 

No estoy seguro, pero intento aprender algo de cada caída, por dolorosa que sea, y así conseguir una oportunidad de renovarme. 

Hoy estoy sentado con mi amigo Juan, arreglando el mundo, debatiendo sobre la vida, la muerte y la reproducción de los berberechos. Nada serio, lo normal, haciendo algo que se me da bien, escuchar. Lo dejo hablar. Él me cuenta.

La primera vez que lo despidieron, pensó que era el fin del mundo. Pasó días en cama, reflexionando sobre lo que había hecho mal, martillándose con pensamientos autocríticos. Pero, después de un par de semanas, decidió levantarse. Fue un proceso lento, como si cada músculo de su cuerpo se resistiera a moverse. La fuerza interna que comenzó a descubrir lo impulsó a buscar algo nuevo. Consiguió un pequeño trabajo que le permitió, al menos, mantenerse a flote.

Sin embargo, un año después, una nueva caída le golpeó más fuerte. Su pareja, a quien había cuidado durante años, falleció tras una enfermedad. El dolor era inmenso, y las noches interminables se sentían vacías. Una vez más, se encontró en el suelo, desbordado por la tristeza y la culpa. «No pude hacer más por ella», pensaba una y otra vez. Pero, al igual que la vez anterior, algo en su interior le susurraba que el proceso de duelo también podía ser una oportunidad para reinventarse. Durante los días más oscuros, empezó a cuidar su cuerpo. Salió a caminar, a hacer ejercicio, y en esos momentos de conexión con su cuerpo, la mente comenzó a sanar lentamente.

El tiempo pasó y, con él, llegaron nuevos desafíos: un proyecto fallido, un par de viajes, un romance que no cuajó…, la sensación constante de que, a pesar de sus esfuerzos, la vida siempre le ponía obstáculos. 

Un día, después de una difícil jornada de trabajo y frustraciones personales, Juan se sentó frente al espejo y vio a un hombre distinto al que veía años atrás. Ya no era un joven ansioso por lograrlo todo, sino un hombre que comprendía que la vida no era un camino recto. Comprendió que el éxito no solo se medía en logros profesionales o relaciones perfectas, sino en la capacidad de cuidar de uno mismo, de amarse a pesar de las imperfecciones, de permitirse fallar y aprender en el proceso, de perdonarse. «Ya no voy a seguir destruyéndome por cada error», pensó. «Voy a seguir adelante, aprendiendo, pero también voy a cuidarme».

Fue en ese momento, mientras observaba su reflejo, que entendió la lección más importante de todas: el autocuidado no es solo una cuestión de cuerpo, sino de alma.

Así, con una sonrisa renovada, Juan se levantó una vez más. Esta vez, lo hizo con la certeza de que el verdadero secreto para avanzar no era evitar las caídas, sino aprender a levantarse con dignidad, siempre con la esperanza de que cada paso, por pequeño que fuera, lo acercaba más a una vida plena. 

Ahora espero a que él pague los vinos que nos hemos tomado. 

Gracias por leerme.