«La lluvia deseada parece no venir»

«La lluvia deseada parece no venir»
La lluvia y su repiqueteo es inspirador.

Los días pasan esperando la lluvia. El cielo parece nublarse, taparse con su capa gris amenazadora para, minutos más tarde, volver a desvestirse y mostrar, de nuevo, el bello traje de cielo azul que rematado con un sol picón y pegajoso, es claro síntoma de lluvia.

Desde mi ventana los veo. Caminando. Lejos, pero acercándose a buen paso. Hacen aspavientos y elevan el tono de su voz. Desde aquí casi los oigo. Los dos hombres caminan al unísono con ritmo firme y constante. Ambos van vestidos igual, con traje negro y, como si de un uniforme laboral se tratara, llevan la misma gabardina, que por la fuerza del calor ahora cargan en el brazo izquierdo, mientras que, con el derecho, acompasan sus andares con un largo paraguas, también oscuro, que hacen bailar entre sus manos marcando el ritmo de sus pasos. Se ve que ellos también esperaban a la lluvia. 

Casi han llegado a la altura de mi casa. Con un extraño gesto se han parado y, la atravesada conversación que traían, desde el final de la calle, ha cesado. Se convierte en una malintencionada mirada. Yo, de pie tras mi ventana, aferrado a la taza del café que suelo tomarme a estas horas, mientras busco ideas sobre las que escribir, siento sus ojos clavarse en mi figura. Tengo la sensación de que me están estudiando. Ojalá lloviera de repente.

Pese a la distancia, a la seguridad que dan mis muros, al cobijo que da mi techo, siento cómo esos extraños personajes me estudian. Me da vergüenza mirarlos, y, por un momento, doblego mi mirada. Sabedor que no estoy haciendo nada malo retomo la posición de mi cabeza y aquellos dos ya no están ahí. 

Un ligero golpeteo, parecido al tamborileo que ejercitan las yemas de los dedos sobre la madera para indicar un redoble, se escucha tras la ventana. No puede ser que me estén tocando. Miro. El repiqueteo continúa. Remiro. El ruido va en aumento. No los veo. Los hombres no están. Dudo, ¿eran nubes o malos pensamientos?, lo cierto es que la lluvia ya no me deja verlos. Bendita lluvia.

Gracias por leerme.

«El tío gilipollas vuelve al ataque»

«El tío gilipollas vuelve al ataque»
SOy gilipollas y este un tonto a mi lado.

Hace dos años y unos pocos días que publiqué una entrada en esta esquina titulada «Modo tío sufridor, activado» (Si eres de las pocas personas que no te reíste de mi, por aquel entonces, ahora tienes una nueva oportunidad para hacerlo). 

Debo ser gilipollas. Corrijo, ¡soy gilipollas! Pese a que por aquel entonces aseguré de que tenía una orden judicial, que me eximía de quedarme con mis sobrinos, al menos, durante diez años y un día, mañana volveré a picar ya que me he comprometido ha quedarme con ellos todo el fin de semana. Sí, ¡todo el fin de semana! Después lo que sufrí. Entiendes ahora porqué digo que soy gilipollas. Eso o que en el fondo quiero a los enanos. Bueno, o ambas cosas, que no tienen porque estar separadas. 

Al parecer el plan y las condiciones del préstamo, son menos exigentes que la vez pasada. La celiaquía del pequeño (tres años) está «controlada» —esto significa que ya sabemos qué puede comer y qué no, y, por lo tanto, no vomita como si fuera la niña del exorcista, que fue lo que ocurrió la otra vez, cada vez que le enchufaba el biberón con gofio, o un pedazo de pan…—. Por otro lado, la mayor (cinco años) es consciente de lo que va a ocurrir y la figura de apego a su madre, en teoría, está más superada. «Los niños no lloran» dice la madre… ¡ya veremos! Yo recuerdo verlos, como dice el padre, con la boca tipo buzón y los ojos achinados del esfuerzo por tanto llanto.

De todas formas, no me fío un pelo. Si has leído el escrito anterior —tienes el link más arriba—, la otra vez comencé, según empezó el fin de semana, a escuchar unas risitas en mi cabeza, probablemente fruto de una locura transitoria, que espero ya tener superada, por lo que, esta vez, pienso estar bien atento a todo lo que suceda y, bajo ningún concepto, dejarme liar —(jejeje), ¡ehhhh!,  ¡no empecemos!—. El plan es el siguiente:

Viernes tarde: Recojo a los niños en el cole. Para ello tengo un carnet que me autoriza, pijos que son en ese cole. Vamos a casa. Paseo para cansarlos. Ducha, cena —(jejeje) ¡Sí, lo sé!, que el niño es celiaco!; tortillita francesa y a la cama. —Por cierto no le digan nada a mi hermana pero tengo un bote de jarabe antihistamínico, recomendado por una farmacéutica amiga, que los hace dormir como benditos (jejeje), ¡ups!, pero solo será suministrado en caso de extrema necesidad y por si…, bueno, según indica el prospecto, no para otro fin. 

Sábado: Madrugar. En esto ya estoy sobre aviso, por ser tío gilipollas que lo he admitido. ¡Todos para la playa! Nada mejor que coman un fisco de arena —¿Le hace daño a los celiacos?, (jejeje) espero que no—. Ducha, almuerzo, siesta, parque, ducha relajante, jarabe —¡ups! error del teclado, quise decir ‘a dormir’.

Domingo: Madrugar —¿ves por lo que digo lo de gilipollas? ¡dos días seguidos!—. Se repetirá el plan del sábado. Menos por la pequeña salvedad de que, como la madre de las criaturas llega a las 15:10 es muy probable que desde las 12:00 la esté esperando, cual tío gilipollas,  con los brazos abiertos, en el aeropuerto. Imagino que tendré la suerte de que la compañía aérea adelante la llegada de todos sus vuelos, para así compensar el daño que nos ha causado estos años atrás (jejeje). En caso contrario, (jejeje) es muy probable, que el bote de jarabe me lo haya tomado yo y verás a este tío gilipollas, totalmente dormido en uno de los incómodos bancos de la sala de espera del aeropuerto, mientras mis sobrinos saltan sobre mi. Si llegara el caso, te ruego que les des de comer, pero recuerda que el enano, es celiaco, y yo el tío más gilipollas que has visto nunca.

¡Ya les contaré!

Gracias por leerme. 

«El arte prerrenacentista. Boberías y otras ocurrencias en su nombre»

El arte prerenacentista
«El Cristo burlado», de Cimabue. FUENTE ABC

Hoy casi no acudo a esta cita semanal. No te preocupes, no he tenido ningún percance. Estoy llegando de revisar el alborotado trastero, en el que tengo guardadas todas las cosas de mi abuela. ¿El motivo? Sabes que yo, en esto del arte ando más bien algo cortito —no creo que te haga falta que te recuerde esta entrada—, pero ayer me enteré que una señora francesa acaba de vender un cuadro, atribuido a un tal Cimabue, al parecer uno de los pintores prerrenacentistas más importantes del S. XIII —famoso en su casa a la hora del almuerzo—, por seis millones de euros, ¡que barbaridad! 

Según leí en la prensa —si tienes curiosidad aquí tienes más información—, la señora en cuestión lleva años con el cuadro, pintado sobre madera —vaya cosa fea—, en su casa, decorando la cocina, o el pasillo situado entre el salón y la cocina, según otras informaciones. Al parecer ni ella misma sabe cómo llegó a ella, ni el valor que el mismo tenía, aunque sí que me extraña que lo haya llevado a tasar a una casa de subasta.

Así que, pensando que a lo mejor había suerte, empecé a abrir cajas para ver qué contenían, e intentar batir todos los récords habidos sobre la subasta de artículos ingeniosos de época prerrenacentista, o casi.

1.- La escupidera del abuelo. Es de metal, bastante oxidado. ¿Igual también es prerrenacentista? Por lo que recuerdo el viejo ya era viejo…

2.- La chancla del pie derecho de mi abuela. Solo estaba esa. La del pie izquierdo recuerdo que, siendo yo niño, salió por la ventana, en una ataque de ira. Era con la que me sacudía cuando hacía alguna diablura. ¿Esta otra tendrá algún valor? ¿Pasa por una del S. XIII? Aquí sí que tengo mis dudas.

3.- Una copa menstrual. A priori no sé qué hace esto aquí, pero si la Pedroche las ha puesto de moda será por algo, así que esta, que por lo menos tiene sus cincuenta años…, me la quedé. Lo sé no tiene mucha pinta de prerrenacentista pero oye, ¡vaya usted a saber!, que la madera está bastante oscurilla.

4.- ¡Un cuadro! Esta sí que es la joya de la corona y `pá mi´ que sí da el pego de prerrenacentista. ¡Pintado sobre madera! esto sí es la bomba… Espero que no importe que sea de la Virgen de Candelaria, no sé, igual el tal Cimabue, también estuvo por aquí y… ¿Crees que colará?

5.- Un juego de pañales de tela. Tienen mis iniciales, algo borradas. Con un poco de suerte los hago pasar por los que usó Guillermo Cabrera Infante, que no es prerrenacentista, pero sí famoso. Están algo amarillentos, imagino que del tiempo y no de la pesada carga que tuvieron que aguantar.

Bueno, he encontrado más cosas que seguro tienen valor. No voy a comentarlas todas. Mañana mismo les saco foto y las mando a la casa de subastas Sotheby’s o a la Christie’s de Londres, que, como son la competencia, les saco un pellizco. Ya te contaré. 

Gracias por leerme

«Breve tratado sobre la desilusión»

«Breve tratado sobre la desilusión»
Esperar es deseperar. Con ella llega la desilución

Es muy normal que el sentimiento de desilusión comience cuando alguien, te deja solo, te abandona, no te hace la llamada que tú esperabas, o no te manda el mensaje deseado. Están los que te desilusionan de manera inesperada, pero también hay quien tiene entrenamiento y lo hace poco a poco.

Como animales sociales que somos hay personas que sin esperarlo se nos vuelven necesarios; como la comida, el aire, el agua, el calor. Su compañía, sus palabras, su complicidad…, se nos ofrece desde el minuto uno que las conocemos, creando a su alrededor un mundo lleno de complicidad y dependencia. Lo peor llega cuando, a veces sin saber muy bien como, se van como si nada hubiese ocurrido, en silencio, alejándose con una excusa u otra y te dejan esperando, mirando el teléfono, o la esquina en la que solían quedar… Te dejan con los brazos extendidos. Es aquí donde la desilusión llega y con ella los malos momentos.

La vida no solo consiste en victorias también hay derrotas, quizás hay más de estas que de las primeras, que cada uno supera como puede. En esos casos es cuando debemos empoderarnos e intentar salir del desasosiego lo antes posible.

¿Qué produce la desilusión? Sin duda muchos factores pero es muy común sentirla por culpa de una amistad desleal, un amor que nos decepciona, un proyecto interrumpido, un familiar que nos falla…

hablando en general, es muy fácil que las cosas no salgan como queremos, pero es muy probable que siempre que sintamos esa desilusión de la que estamos hablando es porque previamente nosotros mismos nos habíamos creado ciertas expectativas alejadas de la realidad. De esta manera, una forma de evitar la desilusión —o la respuesta fácil que darían muchos— sería intentar no esperar nada. ¡Caray! No soy, para nada así, y se que tú tampoco. Nosotros preferimos vivir con esperanza, con ilusión, buscando la magia y la felicidad en cada esquina. Por desgracia en ocasiones con lo que tropezamos es con esa desilusión que siempre intenta neutralizarnos. 

El mayor problema que creo que puede tener la desilusión, es que es un sentimiento que podemos llamar de doble pena: nos desilusiona una situación o persona y, por otro lado, nuestra actitud la perpetúa, llevándonos a la depresión o la renuncia.

Esto nos lleva a reflexionar sobre la aceptación de la situación como vía de solución. Aceptar es reconocer lo que ya está ahí, acoger el mundo tal y como es, en vez de exhortarlo a que sea como debería ser. Por lo tanto también es importante aceptar la decepción, reconocer tranquilamente que esperábamos algo distinto y que nos equivocamos, es vivir en lo real y no en una sucesión de ilusiones y desilusiones. Aceptar no es resignarse, ni someterse, no es renunciar, ni esperar, ni no actuar. 

La desilusión se combate con la aceptación de que la vida siempre será una sucesión de alegrías y decepciones, sin crearnos falsas expectativas ni logros inalcanzables, y en esa lucha debemos mantenernos atentos, pero felices. Y en esa lucha estamos.

¿Qué te desilusiona? ¿Cómo la combates? ¿Has desilusionado ha

 alguien?

Gracias por leerme.

«Volver, volver… ¡volver!»

Recuerdo con claridad la letra de esta maravillosa canción, creo que ranchera, que inmortalizó de manera majestuosa Vicente Fernández (Aquí puedes escucharla). No se me ocurre versos mejores para retomar mis paseos por esta esquina:

«(…) Nos dejamos hace tiempo,

pero me llegó el momento,

de perder.

Tú tenías mucha razón,

le hago caso al corazón,

y me muero por volver (…)»

Con la vuelta al cole, con la retorno a la rutina, en muchos sentidos, empiezo a recuperar mi orden habitual, dejando atrás un verano cargado de emociones dispares que me han ayudado a seguir aprendiendo (tribunal de oposiciones —este fue el culpable de salir corriendo, sin previo aviso, a principios de junio—, curso de formación, playa, montaña, escapadas, cincuenta cumpleaños, fiestas, aventuras locas más allá del mar, conocer personas maravillosas…), todas ellas dignas de tener un rinconcito dedicado en esta esquina, que poco a poco iré completando.

Pero ¿volver?, ¿volver a qué?, ¿por qué hacerlo?

Siempre he escuchado la idea de que la vida es como el mar que, una vez tras otra, nos devuelve a su orilla, en donde la confusión es patente. Basta con separarnos de donde rompen las olas para empezar a descubrir la calma, o el devenir del mar, o la calidez de la arena…, eso depende de dónde quiera situarse cada uno. Otros los compararían con un juego de mesa y retornarían a la casilla de salida. Pero nada de esto es cien por cien cierto. No creo que haya un comienzo y un final. Hay una evolución, unas etapas que vamos cumpliendo con las que nos vamos formando como personas, parejas, amistades…

Ya hace unos días que comencé una de estas nuevas etapas, algunos, incluso yo mismo, he usado el término «volver», pero para nada lo interpreto como una segunda parte, como si retomara algo ya pasado, sino como esa continuidad que el mar produce al llegar a la arena.

¿Sabes lo mejor? Que entre las personas que están en la playa se que estás tu. Así que por eso canto:

“(…) Y volver volver, volver

a tus brazos otra vez,

llegare hasta donde estés

Yo se perder, yo se perder,

quiero volver, volver, volver.”

Pero sobre todo quiero que recuerdes que, un poco en el sentido que dice la canción, ¡me muero de ganas por volver a verte! Espero que quieras seguir acompañándome.

Gracias por leerme.

«Consejos para la declaración de la renta»

La declaración de la renta, ¡qué gran momento!

La declaración de la renta, junto con la muerte, es de esas cosas de las que los mortales no podemos escapar. Para más inri, hacer la declaración de la renta, siempre está en la lista de tareas que no nos apetece hacer, justo por encima de madrugar un domingo, para limpiar la casa después de una juerga el sábado por la noche y por debajo de atender a los niños que a las tres de la madrugada cuando se despiertan con vómitos y diarreas.

Otro año más la campaña de la declaración de la renta llegó cargada de noticias, chistes e infinidad de consejos y tutoriales que intentan facilitar la labor de todos aquellos que, por suerte, no tenemos que hacerla en Panamá, ni en Andorra, ni en…

Como somos pocos los que tenemos un amigo asesor fiscal que te haga la declaración de la renta como tiene que ser, muchos vamos buscando recibir buenos consejos. Por el momento, lo mejor que he escuchado es aquel que afirma «No hagas caso de los consejos de barbacoa, barra de bar y máquina de café…». En todos esos lugares se oye aquello de «…no hombre, que no pasa nada», «Para qué incluyes eso», «Pero si ni la miran», «Acepta el borrador y ya está»…

Mientras eso ocurre, y como entiendo que cabe la posibilidad de que pretendas ir a que te hagan la declaración de la renta a una asesoría, a la propia hacienda, al banco…, es importante pensar de qué manera tienes que ir vestido. 

Un contable, te recomendaría ir desaliñado, para que piensen que estás en la ruina. Si haces la consulta a tu abogado te dirá lo contrario. Creo que te diría algo así como: «No dejes que te intimiden, usa tu mejor traje y la corbata más elegante que tengas, de esta manera darás buena presencia y darás credibilidad». 

Si me lo preguntas a mi, te recordaría la historia de la recién casada que hablaba con su esposo tras veinte años de matrimonio: 

«Cuando estaba a punto de casarme contigo, le pregunté a mi madre qué ponerme en la noche de bodas. Ella me dijo: 

—Ponte una bata gruesa, de franela, que te llegue hasta los tobillos, eso hará que te respete.

Pero cuando le pregunté a mí mejor amiga, me dio el consejo opuesto:

—Ponte la ropa interior más pequeña, transparente y sensual que tengas, hará que te desee.»

Puede que aún no hayas entendido la moraleja de esta historia, pero si lo piensas detenidamente verás que, en una noche de bodas, como en la declaración de la renta, no importa cómo te vistas o los consejos que te den por ahí, sin duda te van a fundir —por decirlo finamente y no usar otro verbo que empieza con «f»— de igual manera. 

Gracias por leerme.

PD. Yo ya presenté la mía y me salió a devolver (2,47 euros). Estoy que lo flipo.

«UNA RONDA DE CINCUENTA AÑOS»

Foto de mi capa.
La ronda empieza. Todo preparado.

El silencio de la noche queda roto al sonar los tres golpes de pandereta. La música empieza a sonar. La ronda se inicia. Al ritmo de las bandurrias, laudes y guitarras las dos lineas de los jóvenes estudiantes, se mecen a su son. 

Despierta, niña, despierta,

despierta si estás dormida

y escucha las dulces notas,

que pasa la estudiantina. (…)

Frente a ellos, las luces de las ventanas del edificio están todas apagadas. Poco a poco se encienden. Todas menos las de tercero B.

El vecindario empieza a tomar vida, pese a lo avanzada de la noche. A nadie parece molestarle. Al terminar suenan vítores y aplausos. De todos lados menos de las chicas del tercero B. Sus luces siguen apagadas. Menos mal que una buena señora descuelga, en la cesta que usa para izar el pan, un par de botellas de vino para ayudarnos a afinar las gargantas. Vítores y piropos para ella.

Ya la ronda llega aquí, firulirulí. 

A cantarte amores va, firulirulá. 

Sal a tu ventana, que mi canto es para tí

sal napolitana, firulí, firulí, firulí, firulírulá. (…)

El novato, siempre atento y servicial —más le vale—, nada más empezar el segundo tema, corre a tocar el portero. No despegará su dedo, por orden y gracia de su padrino, hasta que las chicas del tercero B, despierten y se asomen al balcón.

Parece que lo ha logrado. Las luces del piso se encienden. La tuna sonriente avanza un par de pasos. El que organiza —de cuyo nombre mejor no acordarme— hincha su pecho. Quiere seducir a una de las tres chicas que viven en aquel piso de estudiantes. Las cortinas parecen moverse. El balcón se abre. Todos cantan afinados, sonrientes, con la cabeza alta, esperando verlas aparecer. ¿Son tan guapas como dice? El público los anima y mira con envidia hacia el lugar al que está dedicada la ronda.

Una rociada de agua cae sobre sus cabezas y, tras ella, un gran alarido rompe el encanto.

Un hombre alto, gordo y con un profuso bigote los insulta. Ahora el publico ríe y ellos corren despavoridos calle abajo antes de que el susodicha cumpla su promesa de llamar a la policía municipal. Al día siguiente nos enteramos que el padre había venido de visita. Es lo que tiene dar una sorpresa. Da igual, la intención, el victimismo y un poco de desfachatez del que hacen gala los tunos —todo publicidad— entran en juego y la seducción se produce.

(…) Pero quiero volver a vivir aquellos tiempos 

Imágenes de ayer que están en mi pensamiento 

Y quiero revivir aquellas noches de luna 

Que cantando con la tuna me sentía yo feliz (…)  

Así suena el estribillo de aquella canción que siempre me ha puesto los pelos de punta. Quizás a ti, que hoy pasas por esta esquina, te sorprenda verla decorada con las cintas y los escudos de mi capa. Puede que te parezca extraño, pero es que hoy empiezan los fastos de la celebración del CINCUENTA ANIVERSARIO de la fundación de mi muy querida TUNA DE MEDICINA, de los cuales soy testigo de la mitad de ellos.

Durante todo este tiempo, muchas son las anécdotas, muchas las historias. Algunas ya narrada en otra ocasión —«Parranderos de parranda» o «¡¿QUIÉN DOMINA?!»— o simpáticas, como la que antecede y algunas pocas inconfesables, que siempre nos quedaran en el recuerdo.

Puedo asegurarte que, después de todo este tiempo, lo mejor de todo es saber que esta feliz etapa de mi vida sigue ahí, esperando. La hermandad es para siempre y las experiencias vividas y el compañerismo existente también es para siempre. Prueba de ello estos cincuenta años y los que vienen. 

VI Certamen de Tunas Ciudad de Santa Cruz - 50 Aniversario Tuna de Medicina
Cartel oficial del VI Certamen de Tunas Ciudad de Santa Cruz – 50 Aniversario Tuna de Medicina

¡AUPA TUNA!

Gracias por leerme.

«La niña guerrera del prado verde»

El prado verde puede que oculte algo no tan agradable.

El prado verde que la rodeaba era inmenso. Cerró los ojos y se imaginó al otro lado de aquel imponente horizonte. El traqueteo comenzó. Ella permanecía acostada, tal y como le habían ordenado. Así que decidió seguir soñando.

Imaginaba encontrarse libre de aquella pertinaz situación, que parecía repetirse. Los hombres que ahora la llevaban, también vestidos de verde y con sus caras tapadas, ya habían lacerado su cuerpo en otra ocasión. Al parecer sin mucho éxito. Tal y como le habían dicho, esperaban que esta fuera la última vez. Para bien o para mal. Solo quería que el dolor y el sufrimiento terminara para siempre.

El transporte paró. Las drogas que utilizaron para inmovilizar su cuerpo ya hacían efecto y apenas podía despegar los párpados. Una potente luz le cegó los ojos. Fue lo último que vio. En su mente siguió vagando por el prado verde que se había imaginado en busca de aquel santo grial que la librara del sufrimiento. Nada era lo que parecía. ¿Cómo había llegado hasta allí?

En lo alto de una de las lomas aparecieron varios jinetes vestidos de negro. Desde la lejanía la increpaban y amenazan con sus armas. Querían matarla. Ella corrió en dirección opuesta.

El martilleo en su cabeza era constante. El galope de los potentes caballos de guerra parecía cada vez más cercano. Sonaban fuertes, potentes, rítmicos, como los tambores que marcan la boga  de los remeros en las galeras. La tierra se estremecía cada vez que una de aquellas pezuñas machacaba el suelo. Eran los esbirros de la misma muerte.

La niña guerrera continuó su huida hacia delante. El bosque estaba cercano y sabía que si lo alcanzaba tendría una oportunidad de salvar su vida. Eso era lo que le había dicho Beatriz. Esa era la esperanza a la que estaba aferrada, la que empujaba sus piernas para seguir corriendo.

Apenas quedaban cincuenta pasos para llegar a la masa forestal. A su espalda sentía que las cabalgaduras estaban a punto de alcanzarla. Trastabilló. En ese instante, una cortina de haces de colores recorrieron el cielo hasta alcanzar la posición de los cuatro jinetes. Estos pararon en seco. La niña, rápida como era, se levantó de un salto y continuó su carrera. En el borde de la espesura le pareció volver a escuchar que Beatriz la llamaba por su nombre. Volvió a caer, esta vez sintió un fuerte dolor en la cabeza.

Le costó despertar. Un breve murmullo, como el de olas del mar en calma que rompen suaves contra la arena, empezó a acariciar sus oídos. No lograba diferenciar las palabras, aunque en su fuero interno reconocía la lengua en la que se decían. La llamaban por su nombre. Diferenció la voz de su madre y la de su salvadora.

—La operación ha sido un éxito —dijo la doctora Beatriz—. Hemos extirpado todo el tumor de su cabeza. En unos días volverá a ser la misma niña guerrera de siempre. Ya la trasladan a su habitación y empezaremos a dejar atrás este verde quirófano, para siempre.

La niña, por dentro, sonrió. Pronto lo haría por fuera.

NOTA ACLARATORIA: Este relato participa en el concurso «Cuentos de aventuras» organizado por Zenda e Iberdrola (mas info aquí), por lo que difundirlo en las redes sociales (Facebook o Twitter) mediante el hashtag #ZendaAventuras igual ayuda a darlo a conocer.

Gracias por leerme.

«¡Dieciocho tacos ya! Carta abierta a la madurez»

Puerto de la Cruz, a 26 de abril de 2019

«¡Dieciocho tacos ya! Carta abierta a la madurez»
¿Dieciocho cumpleaños? ¿Ya? Parece mentira.

Cuando leas esta carta ya habrás estrenado tus dieciocho años. ¡Parece mentira! Lo que voy a decir puede sonar a tópico, lo se, pero es que tengo la sensación de que hace apenas unos días que te tenía durmiendo sobre mi pecho. ¡Y han pasado dieciocho años!

Sin duda, la mayor parte de este tiempo ha sido de los mejores de mi vida. De nuestras vidas. Tenerte a ti, y a tu hermana, es lo más hermoso que nos ha podido pasar, no solo a mamá y a mi, sino a toda la familia.

Lo hemos hecho lo mejor que hemos podido, con nuestros defectos, con nuestros fallos, con nuestras peleas, con nuestros llantos… Pero tranquilo, no te creas que te vas a librar de nosotros, no hemos terminado. Siempre he escuchado que lo peor son los treinta y cinco primeros años, que después suaviza. Así que, aún nos quedan unos cuantos.

Cumplir dieciocho años es importante, aunque no supone que ya has madurado, que ya eres un hombre. Es una edad que debes convertir en una reflexión personal para que, poco a poco, vayas alcanzando esa tan ansiada madurez. Los primeros pasos estás a punto de darlos: enfrentarte a la EBAU, sacarte el carnet de conducir, decidir qué carrera quieres estudiar, encargarte de resolver tus cuestiones, viajar…

Deberás tener en cuenta que tus responsabilidades aumentan. Ya no vale decir eso, tan frecuente de la adolescencia, que espero que empecemos a dejar atrás —aunque haya días que no se note—: «No me di cuenta», «Yo no lo sabía», «No pretendía»… Se acabó. Eres responsable de tus actos.

Celebrar los dieciocho no significa dejar de cumplir con los que te queremos, con los que siempre estaremos a tu lado. Es justo lo contrario. Crecer significa la apertura a un mundo infinito, lleno de posibilidades, que se abre ante ti; un mundo maravilloso que te está esperando a que te lances con confianza y valentía, con el respeto que siempre te hemos enseñado y con la certeza, como ya te he comentado, de que las personas que te quieren, siempre vamos a estar aquí para apoyarte y cuidarte como hasta ahora lo hemos hecho. Cuenta con nosotros.

A partir de ahora podrás vivir muchas historias, amores, situaciones extrañas, kafkianas incluso, que te harán reír y llorar, eso es madurar, pero te aseguro, que si buscas, tal y como te hemos indicado durante todos estos años, también encontrarás personas, eventos y recuerdos maravillosos que te acompañaran y guiaran todo el camino. Aquí estaremos para compartirlas.

La vida te está esperando. DISFRÚTALA. Te queremos.

FELIZ 18 CUMPLEAÑOS.