«Breve tratado sobre la desilusión»

«Breve tratado sobre la desilusión»
Esperar es deseperar. Con ella llega la desilución

Es muy normal que el sentimiento de desilusión comience cuando alguien, te deja solo, te abandona, no te hace la llamada que tú esperabas, o no te manda el mensaje deseado. Están los que te desilusionan de manera inesperada, pero también hay quien tiene entrenamiento y lo hace poco a poco.

Como animales sociales que somos hay personas que sin esperarlo se nos vuelven necesarios; como la comida, el aire, el agua, el calor. Su compañía, sus palabras, su complicidad…, se nos ofrece desde el minuto uno que las conocemos, creando a su alrededor un mundo lleno de complicidad y dependencia. Lo peor llega cuando, a veces sin saber muy bien como, se van como si nada hubiese ocurrido, en silencio, alejándose con una excusa u otra y te dejan esperando, mirando el teléfono, o la esquina en la que solían quedar… Te dejan con los brazos extendidos. Es aquí donde la desilusión llega y con ella los malos momentos.

La vida no solo consiste en victorias también hay derrotas, quizás hay más de estas que de las primeras, que cada uno supera como puede. En esos casos es cuando debemos empoderarnos e intentar salir del desasosiego lo antes posible.

¿Qué produce la desilusión? Sin duda muchos factores pero es muy común sentirla por culpa de una amistad desleal, un amor que nos decepciona, un proyecto interrumpido, un familiar que nos falla…

hablando en general, es muy fácil que las cosas no salgan como queremos, pero es muy probable que siempre que sintamos esa desilusión de la que estamos hablando es porque previamente nosotros mismos nos habíamos creado ciertas expectativas alejadas de la realidad. De esta manera, una forma de evitar la desilusión —o la respuesta fácil que darían muchos— sería intentar no esperar nada. ¡Caray! No soy, para nada así, y se que tú tampoco. Nosotros preferimos vivir con esperanza, con ilusión, buscando la magia y la felicidad en cada esquina. Por desgracia en ocasiones con lo que tropezamos es con esa desilusión que siempre intenta neutralizarnos. 

El mayor problema que creo que puede tener la desilusión, es que es un sentimiento que podemos llamar de doble pena: nos desilusiona una situación o persona y, por otro lado, nuestra actitud la perpetúa, llevándonos a la depresión o la renuncia.

Esto nos lleva a reflexionar sobre la aceptación de la situación como vía de solución. Aceptar es reconocer lo que ya está ahí, acoger el mundo tal y como es, en vez de exhortarlo a que sea como debería ser. Por lo tanto también es importante aceptar la decepción, reconocer tranquilamente que esperábamos algo distinto y que nos equivocamos, es vivir en lo real y no en una sucesión de ilusiones y desilusiones. Aceptar no es resignarse, ni someterse, no es renunciar, ni esperar, ni no actuar. 

La desilusión se combate con la aceptación de que la vida siempre será una sucesión de alegrías y decepciones, sin crearnos falsas expectativas ni logros inalcanzables, y en esa lucha debemos mantenernos atentos, pero felices. Y en esa lucha estamos.

¿Qué te desilusiona? ¿Cómo la combates? ¿Has desilusionado ha

 alguien?

Gracias por leerme.

«Volver, volver… ¡volver!»

Recuerdo con claridad la letra de esta maravillosa canción, creo que ranchera, que inmortalizó de manera majestuosa Vicente Fernández (Aquí puedes escucharla). No se me ocurre versos mejores para retomar mis paseos por esta esquina:

«(…) Nos dejamos hace tiempo,

pero me llegó el momento,

de perder.

Tú tenías mucha razón,

le hago caso al corazón,

y me muero por volver (…)»

Con la vuelta al cole, con la retorno a la rutina, en muchos sentidos, empiezo a recuperar mi orden habitual, dejando atrás un verano cargado de emociones dispares que me han ayudado a seguir aprendiendo (tribunal de oposiciones —este fue el culpable de salir corriendo, sin previo aviso, a principios de junio—, curso de formación, playa, montaña, escapadas, cincuenta cumpleaños, fiestas, aventuras locas más allá del mar, conocer personas maravillosas…), todas ellas dignas de tener un rinconcito dedicado en esta esquina, que poco a poco iré completando.

Pero ¿volver?, ¿volver a qué?, ¿por qué hacerlo?

Siempre he escuchado la idea de que la vida es como el mar que, una vez tras otra, nos devuelve a su orilla, en donde la confusión es patente. Basta con separarnos de donde rompen las olas para empezar a descubrir la calma, o el devenir del mar, o la calidez de la arena…, eso depende de dónde quiera situarse cada uno. Otros los compararían con un juego de mesa y retornarían a la casilla de salida. Pero nada de esto es cien por cien cierto. No creo que haya un comienzo y un final. Hay una evolución, unas etapas que vamos cumpliendo con las que nos vamos formando como personas, parejas, amistades…

Ya hace unos días que comencé una de estas nuevas etapas, algunos, incluso yo mismo, he usado el término «volver», pero para nada lo interpreto como una segunda parte, como si retomara algo ya pasado, sino como esa continuidad que el mar produce al llegar a la arena.

¿Sabes lo mejor? Que entre las personas que están en la playa se que estás tu. Así que por eso canto:

“(…) Y volver volver, volver

a tus brazos otra vez,

llegare hasta donde estés

Yo se perder, yo se perder,

quiero volver, volver, volver.”

Pero sobre todo quiero que recuerdes que, un poco en el sentido que dice la canción, ¡me muero de ganas por volver a verte! Espero que quieras seguir acompañándome.

Gracias por leerme.

«Consejos para la declaración de la renta»

La declaración de la renta, ¡qué gran momento!

La declaración de la renta, junto con la muerte, es de esas cosas de las que los mortales no podemos escapar. Para más inri, hacer la declaración de la renta, siempre está en la lista de tareas que no nos apetece hacer, justo por encima de madrugar un domingo, para limpiar la casa después de una juerga el sábado por la noche y por debajo de atender a los niños que a las tres de la madrugada cuando se despiertan con vómitos y diarreas.

Otro año más la campaña de la declaración de la renta llegó cargada de noticias, chistes e infinidad de consejos y tutoriales que intentan facilitar la labor de todos aquellos que, por suerte, no tenemos que hacerla en Panamá, ni en Andorra, ni en…

Como somos pocos los que tenemos un amigo asesor fiscal que te haga la declaración de la renta como tiene que ser, muchos vamos buscando recibir buenos consejos. Por el momento, lo mejor que he escuchado es aquel que afirma «No hagas caso de los consejos de barbacoa, barra de bar y máquina de café…». En todos esos lugares se oye aquello de «…no hombre, que no pasa nada», «Para qué incluyes eso», «Pero si ni la miran», «Acepta el borrador y ya está»…

Mientras eso ocurre, y como entiendo que cabe la posibilidad de que pretendas ir a que te hagan la declaración de la renta a una asesoría, a la propia hacienda, al banco…, es importante pensar de qué manera tienes que ir vestido. 

Un contable, te recomendaría ir desaliñado, para que piensen que estás en la ruina. Si haces la consulta a tu abogado te dirá lo contrario. Creo que te diría algo así como: «No dejes que te intimiden, usa tu mejor traje y la corbata más elegante que tengas, de esta manera darás buena presencia y darás credibilidad». 

Si me lo preguntas a mi, te recordaría la historia de la recién casada que hablaba con su esposo tras veinte años de matrimonio: 

«Cuando estaba a punto de casarme contigo, le pregunté a mi madre qué ponerme en la noche de bodas. Ella me dijo: 

—Ponte una bata gruesa, de franela, que te llegue hasta los tobillos, eso hará que te respete.

Pero cuando le pregunté a mí mejor amiga, me dio el consejo opuesto:

—Ponte la ropa interior más pequeña, transparente y sensual que tengas, hará que te desee.»

Puede que aún no hayas entendido la moraleja de esta historia, pero si lo piensas detenidamente verás que, en una noche de bodas, como en la declaración de la renta, no importa cómo te vistas o los consejos que te den por ahí, sin duda te van a fundir —por decirlo finamente y no usar otro verbo que empieza con «f»— de igual manera. 

Gracias por leerme.

PD. Yo ya presenté la mía y me salió a devolver (2,47 euros). Estoy que lo flipo.

«UNA RONDA DE CINCUENTA AÑOS»

Foto de mi capa.
La ronda empieza. Todo preparado.

El silencio de la noche queda roto al sonar los tres golpes de pandereta. La música empieza a sonar. La ronda se inicia. Al ritmo de las bandurrias, laudes y guitarras las dos lineas de los jóvenes estudiantes, se mecen a su son. 

Despierta, niña, despierta,

despierta si estás dormida

y escucha las dulces notas,

que pasa la estudiantina. (…)

Frente a ellos, las luces de las ventanas del edificio están todas apagadas. Poco a poco se encienden. Todas menos las de tercero B.

El vecindario empieza a tomar vida, pese a lo avanzada de la noche. A nadie parece molestarle. Al terminar suenan vítores y aplausos. De todos lados menos de las chicas del tercero B. Sus luces siguen apagadas. Menos mal que una buena señora descuelga, en la cesta que usa para izar el pan, un par de botellas de vino para ayudarnos a afinar las gargantas. Vítores y piropos para ella.

Ya la ronda llega aquí, firulirulí. 

A cantarte amores va, firulirulá. 

Sal a tu ventana, que mi canto es para tí

sal napolitana, firulí, firulí, firulí, firulírulá. (…)

El novato, siempre atento y servicial —más le vale—, nada más empezar el segundo tema, corre a tocar el portero. No despegará su dedo, por orden y gracia de su padrino, hasta que las chicas del tercero B, despierten y se asomen al balcón.

Parece que lo ha logrado. Las luces del piso se encienden. La tuna sonriente avanza un par de pasos. El que organiza —de cuyo nombre mejor no acordarme— hincha su pecho. Quiere seducir a una de las tres chicas que viven en aquel piso de estudiantes. Las cortinas parecen moverse. El balcón se abre. Todos cantan afinados, sonrientes, con la cabeza alta, esperando verlas aparecer. ¿Son tan guapas como dice? El público los anima y mira con envidia hacia el lugar al que está dedicada la ronda.

Una rociada de agua cae sobre sus cabezas y, tras ella, un gran alarido rompe el encanto.

Un hombre alto, gordo y con un profuso bigote los insulta. Ahora el publico ríe y ellos corren despavoridos calle abajo antes de que el susodicha cumpla su promesa de llamar a la policía municipal. Al día siguiente nos enteramos que el padre había venido de visita. Es lo que tiene dar una sorpresa. Da igual, la intención, el victimismo y un poco de desfachatez del que hacen gala los tunos —todo publicidad— entran en juego y la seducción se produce.

(…) Pero quiero volver a vivir aquellos tiempos 

Imágenes de ayer que están en mi pensamiento 

Y quiero revivir aquellas noches de luna 

Que cantando con la tuna me sentía yo feliz (…)  

Así suena el estribillo de aquella canción que siempre me ha puesto los pelos de punta. Quizás a ti, que hoy pasas por esta esquina, te sorprenda verla decorada con las cintas y los escudos de mi capa. Puede que te parezca extraño, pero es que hoy empiezan los fastos de la celebración del CINCUENTA ANIVERSARIO de la fundación de mi muy querida TUNA DE MEDICINA, de los cuales soy testigo de la mitad de ellos.

Durante todo este tiempo, muchas son las anécdotas, muchas las historias. Algunas ya narrada en otra ocasión —«Parranderos de parranda» o «¡¿QUIÉN DOMINA?!»— o simpáticas, como la que antecede y algunas pocas inconfesables, que siempre nos quedaran en el recuerdo.

Puedo asegurarte que, después de todo este tiempo, lo mejor de todo es saber que esta feliz etapa de mi vida sigue ahí, esperando. La hermandad es para siempre y las experiencias vividas y el compañerismo existente también es para siempre. Prueba de ello estos cincuenta años y los que vienen. 

VI Certamen de Tunas Ciudad de Santa Cruz - 50 Aniversario Tuna de Medicina
Cartel oficial del VI Certamen de Tunas Ciudad de Santa Cruz – 50 Aniversario Tuna de Medicina

¡AUPA TUNA!

Gracias por leerme.

«La niña guerrera del prado verde»

El prado verde puede que oculte algo no tan agradable.

El prado verde que la rodeaba era inmenso. Cerró los ojos y se imaginó al otro lado de aquel imponente horizonte. El traqueteo comenzó. Ella permanecía acostada, tal y como le habían ordenado. Así que decidió seguir soñando.

Imaginaba encontrarse libre de aquella pertinaz situación, que parecía repetirse. Los hombres que ahora la llevaban, también vestidos de verde y con sus caras tapadas, ya habían lacerado su cuerpo en otra ocasión. Al parecer sin mucho éxito. Tal y como le habían dicho, esperaban que esta fuera la última vez. Para bien o para mal. Solo quería que el dolor y el sufrimiento terminara para siempre.

El transporte paró. Las drogas que utilizaron para inmovilizar su cuerpo ya hacían efecto y apenas podía despegar los párpados. Una potente luz le cegó los ojos. Fue lo último que vio. En su mente siguió vagando por el prado verde que se había imaginado en busca de aquel santo grial que la librara del sufrimiento. Nada era lo que parecía. ¿Cómo había llegado hasta allí?

En lo alto de una de las lomas aparecieron varios jinetes vestidos de negro. Desde la lejanía la increpaban y amenazan con sus armas. Querían matarla. Ella corrió en dirección opuesta.

El martilleo en su cabeza era constante. El galope de los potentes caballos de guerra parecía cada vez más cercano. Sonaban fuertes, potentes, rítmicos, como los tambores que marcan la boga  de los remeros en las galeras. La tierra se estremecía cada vez que una de aquellas pezuñas machacaba el suelo. Eran los esbirros de la misma muerte.

La niña guerrera continuó su huida hacia delante. El bosque estaba cercano y sabía que si lo alcanzaba tendría una oportunidad de salvar su vida. Eso era lo que le había dicho Beatriz. Esa era la esperanza a la que estaba aferrada, la que empujaba sus piernas para seguir corriendo.

Apenas quedaban cincuenta pasos para llegar a la masa forestal. A su espalda sentía que las cabalgaduras estaban a punto de alcanzarla. Trastabilló. En ese instante, una cortina de haces de colores recorrieron el cielo hasta alcanzar la posición de los cuatro jinetes. Estos pararon en seco. La niña, rápida como era, se levantó de un salto y continuó su carrera. En el borde de la espesura le pareció volver a escuchar que Beatriz la llamaba por su nombre. Volvió a caer, esta vez sintió un fuerte dolor en la cabeza.

Le costó despertar. Un breve murmullo, como el de olas del mar en calma que rompen suaves contra la arena, empezó a acariciar sus oídos. No lograba diferenciar las palabras, aunque en su fuero interno reconocía la lengua en la que se decían. La llamaban por su nombre. Diferenció la voz de su madre y la de su salvadora.

—La operación ha sido un éxito —dijo la doctora Beatriz—. Hemos extirpado todo el tumor de su cabeza. En unos días volverá a ser la misma niña guerrera de siempre. Ya la trasladan a su habitación y empezaremos a dejar atrás este verde quirófano, para siempre.

La niña, por dentro, sonrió. Pronto lo haría por fuera.

NOTA ACLARATORIA: Este relato participa en el concurso «Cuentos de aventuras» organizado por Zenda e Iberdrola (mas info aquí), por lo que difundirlo en las redes sociales (Facebook o Twitter) mediante el hashtag #ZendaAventuras igual ayuda a darlo a conocer.

Gracias por leerme.

«¡Dieciocho tacos ya! Carta abierta a la madurez»

Puerto de la Cruz, a 26 de abril de 2019

«¡Dieciocho tacos ya! Carta abierta a la madurez»
¿Dieciocho cumpleaños? ¿Ya? Parece mentira.

Cuando leas esta carta ya habrás estrenado tus dieciocho años. ¡Parece mentira! Lo que voy a decir puede sonar a tópico, lo se, pero es que tengo la sensación de que hace apenas unos días que te tenía durmiendo sobre mi pecho. ¡Y han pasado dieciocho años!

Sin duda, la mayor parte de este tiempo ha sido de los mejores de mi vida. De nuestras vidas. Tenerte a ti, y a tu hermana, es lo más hermoso que nos ha podido pasar, no solo a mamá y a mi, sino a toda la familia.

Lo hemos hecho lo mejor que hemos podido, con nuestros defectos, con nuestros fallos, con nuestras peleas, con nuestros llantos… Pero tranquilo, no te creas que te vas a librar de nosotros, no hemos terminado. Siempre he escuchado que lo peor son los treinta y cinco primeros años, que después suaviza. Así que, aún nos quedan unos cuantos.

Cumplir dieciocho años es importante, aunque no supone que ya has madurado, que ya eres un hombre. Es una edad que debes convertir en una reflexión personal para que, poco a poco, vayas alcanzando esa tan ansiada madurez. Los primeros pasos estás a punto de darlos: enfrentarte a la EBAU, sacarte el carnet de conducir, decidir qué carrera quieres estudiar, encargarte de resolver tus cuestiones, viajar…

Deberás tener en cuenta que tus responsabilidades aumentan. Ya no vale decir eso, tan frecuente de la adolescencia, que espero que empecemos a dejar atrás —aunque haya días que no se note—: «No me di cuenta», «Yo no lo sabía», «No pretendía»… Se acabó. Eres responsable de tus actos.

Celebrar los dieciocho no significa dejar de cumplir con los que te queremos, con los que siempre estaremos a tu lado. Es justo lo contrario. Crecer significa la apertura a un mundo infinito, lleno de posibilidades, que se abre ante ti; un mundo maravilloso que te está esperando a que te lances con confianza y valentía, con el respeto que siempre te hemos enseñado y con la certeza, como ya te he comentado, de que las personas que te quieren, siempre vamos a estar aquí para apoyarte y cuidarte como hasta ahora lo hemos hecho. Cuenta con nosotros.

A partir de ahora podrás vivir muchas historias, amores, situaciones extrañas, kafkianas incluso, que te harán reír y llorar, eso es madurar, pero te aseguro, que si buscas, tal y como te hemos indicado durante todos estos años, también encontrarás personas, eventos y recuerdos maravillosos que te acompañaran y guiaran todo el camino. Aquí estaremos para compartirlas.

La vida te está esperando. DISFRÚTALA. Te queremos.

FELIZ 18 CUMPLEAÑOS.

«El «seguro» hogar de Iván»

Un hogar seguro es lo mejor que se puede tener.

El hogar de una persona, y más si es un niño, debe ser un sitio en el que nos sentamos seguros.

Iván tiene nueve años recién cumplidos. Como muchos de los niños de su clase ahora, tras un complicado divorcio de sus padres, tiene dos casas.

—La casa de mi madre es más pequeña —intervino—. En ella vivo con mi hermana, mi madre y, a veces, un amigo de ella que viene a pasar el rato.

En clase estaban trabajando los distintos conceptos y formatos de familia. El grupo iba alzando sus manos y exponiendo libremente con quién vivían, intentando identificar el tipo de hogar y de núcleo familiar que tenían (monoparental o monomarental, nuclear, extendida…).

—En cambió, en casa de mi padre, —continuó diciendo— vivimos mucha más gente.

—¿Cuántas personas?

—Depende del día. Cuando yo y mi hermana vamos, además de mi padre y su novia, está mi abuelo, mi tía, la que sufre de alucinaciones, y todas las personas que viven con él.

—¿Cómo que las personas que viven con él?

—Sí, mi padre, tiene una casa muy grande y deja que unos amigos suyos se queden allí a dormir.

—¿Caben todos? ¿Cada uno tiene una habitación?

—No. Muchas veces compartimos. El problema es que, como mi padre es chatarrero, las habitaciones están llenas de cosas que él vende y entonces tenemos que ir haciendo sitio. Anoche no podíamos utilizar mi cuarto. Se lo quedó un grupo que iban a «pasarlo bien».

—¿Dónde dormiste?

—Con mi hermana en el sofá del salón.

(…)

El hogar de Iván, como el de todos nosotros, debe ser un santuario. Un refugio seguro al que todos tenemos derecho, pero del que no todos disfrutamos. Puede que te parezca mentira, puede que mi imaginación esté haciendo de las suyas, pero también puede, que Iván exista y que su hogar no sea lo suficientemente seguro para él y su hermana. Mientras nosotros nos preocupamos de… Completa tú la frase.

Gracias por leerme.

«Otro día loco por culpa de mis calcetines»

(21 de marzo, Día Mundial del Síndrome de Down)

Mis calcetines desparejados de hoy.

Tus ojos son distintos a los míos. Me gustan más los tuyos. Mi cara es distinta a la tuya; tu dices que a la gente le gusta más la mía. Tu bondad es mejor que la mía.

Hoy me han mirado con cara rara, tú dices que te pasa constantemente, cuando me senté en el taburete de la barra de aquel bar, en el banco de la plaza y en la terraza de la cafetería a la que suelo ir a almorzar. No me pasó, como dices que a ti te ocurre, por mis ojos, o por la forma de mi cara, ocurrió porque algunas personas se rieron de mis calcetines desparejados.

Algunos de mis compañeros de trabajo, no se dieron cuenta de que los llevaba así, me ignoran, tal y como dices que a ti te pasa habitualmente; otros señalaron mis calcetines en la oficina. hubo alguien que me preguntó si me encontraba bien, si había pasado una mala noche, mientras hacía un gesto con los ojos señalando hacia mis pies. Todo por llevar dos calcetines distintos 

Al parecer ninguno de ellos sabía que hoy es el día de llevar los calcetines desparejados. Como gesto —al final no es más que eso— que sirve para visualizar nuestras diferencias y así concienciar sobre la importancia de la inclusión en el Día Mundial del Síndrome de Down

Es la iniciativa a la que un año más se han sumado asociaciones, instituciones y sobre todo ciudadanos para llenar las redes sociales de calcetines de todos los colores, tamaños y formas.

Esta campaña tiene su origen en Reino Unido, donde Chloe Lennon, una niña británica de 5 años publicó en 2018 un vídeo en redes sociales pidiendo que, para celebrar este día, que cada persona llevara un calcetín distinto en cada pie. No veas la que se lió. 

Llegados a este punto tienes tres opciones:

1.- Pasar de todo. Estás en tu derecho. De todas formas te lo podrías plantear.

2.- ¿Has participado? Comparte tu foto. 

3.- No lo has hecho, no pasa nada, aún estás a tiempo. Manda tu foto. 

Recuerda colocar la etiqueta #CalcetinesDesparejados. Busca este hashtag y verás…

Gracias por leerme y participar.

PD. Esta una buena manera de aprovechar aquellos calcetines desparejados que ya te conté hace tiempo y que puedes recordar pinchando aquí.

«¿Un exorcismo? ¿Lo está diciendo en serio?»

Todo exorcismo necesita su propia luz.

Hay varios motivos por los que no creo en la religión. Pero que no cunda el pánico. Hoy no voy a realizar un tratado sobre mi apostasía, pero sí me gustaría contar mi última experiencia eclesiástica y así intentar hacerme entender. Fui a un bautizo y resultó tratarse de un exorcismo. Me explico.

Es alucinante como, en pleno SXXI, todavía hayan curas que esgriman el miedo al diablo, al exorcismo por una posesión infernal, al purgatorio, a la condenación del alma…, al más puro estilo de la Edad Media, como arma arrojadiza, contra todo su auditorio, sean o no habituales en su parroquia. Imagino que lo hace para que los habituales no se descarríen y que los foráneos, perpetuos pecadores, bajemos las orejas, viéndole los dientes al lobo, y corramos como corderos asustados para abrazar su verdad. Nada más lejos de la realidad.

Aquel día escuché como, entre sus propios feligreses, se criticaban sus palabras, su actitud prepotente, abyecta y arcaica; compartí, con los que pasábamos por allí, por complicidad social y afecto personal a las personas que nos habían convidado a compartir con ellas aquel momento especial, las risas, comentarios y el estupor al escuchar las palabras del hombre de la sotana. Sobre toda aquella cadena de lindezas, que manaban de su boca, cabe destacar las que insistían, una y otra vez, en el bautismo como exorcismo, presentándolo como en la más terrorífica de las películas del género.

Es cierto que el bautismo incluye un exorcismo. Pero también es cierto que este se entiende como una acogida a la fe cristiana y una limpieza del supuesto «pecado original», no, como quiso vender ese cura, con la intervención del demonio en una criatura de apenas unos días. 

Si eres creyente, y mis palabras te han molestado, créeme que lo siento. No es mi intención herir tus sentimientos, ni tus creencias… Las respeto, pero no las comparto. Podría entender una Iglesia abierta, con hombres y mujeres haciendo la función de sacerdotes, libres, compartiendo el día a día con sus parroquianos, sus problemas conyugales, los de sus hijos e hijas, viviendo su sexualidad… Podría comprender una Iglesia que, de verdad, se preocupe por el bienestar de las personas, y no de sus fincas, campos y tierras de cultivo, que mantienen a su nombre… Podría aceptar una Iglesia que condene el machismo, a los maltratadores, a los pedófilos… Pero para nada puedo entender que hayan curas como el que comento, parroquianos que los amparen e iglesia que los sostenga.

Igual es que soy raro, distinto, evangelista, o luterano, o judío, o musulmán, o rastafari, o…; pero no, tampoco soy nada de eso. Soy yo, y creo en las personas, no en estas historias, pero te dije al principio que no pretendía hacer un tratado de mi escasez de religiosidad, así que, aquí lo dejo. «Gracias a Dios» cada uno es libre de sacar sus propias conclusiones.

Gracias por leerme.

P.D. Este mismo cura ya me acusó de estar poseído, hace algo más de veinte años. Igual necesito un exorcismo, pero te aseguro que no será en sus manos.

Otra P.D. Hace tiempo traté de otra posesión, de otro exorcismo. Fue simpático, así que vale la pena recordarlo, si pinchas aquí.