«La meta y el camino»

«La meta y el camino»

Estoy casi seguro que tú, como yo, puedes imaginar la vida como una carrera. 

Así, a priori, puede parecer una comparación simple, pero encierra una profundidad que, ahora que voy a dedicar un ratito a observarla con atención, revela mucho sobre nosotros mismos y sobre el modo en el que transitamos con nuestras experiencias. Ya sabes aquello de que “Yo soy yo, y mis circunstancias”.

Entiendo que cada persona, al nacer, se encuentra en la línea de salida de su propia carrera. De esta manera, no hay dos puntos de partida iguales, ni un solo recorrido que pueda considerarse «correcto». No es una competencia. Es una travesía personal, íntima, donde el verdadero desafío no es llegar primero, sino encontrarle sentido a cada paso que damos.

En esta carrera, a la que llamamos vida, cada quien elige, o le tocan, diferentes caminos. Al igual que la compañía para recorrerla: una nos toca y a otra la elegimos.

Algunos de esos caminos se desarrollan en terrenos llanos, donde parece que todo fluye con facilidad. Otros, en cambio, se enfrentan a colinas empinadas, desvíos inesperados, caminos de tierra, lluvia o incluso oscuridad. 

En todo ese recorrido hay quienes corren con zapatos nuevos o deportivos y acompañamiento constante, mientras otros deben avanzar descalzos, aprendiendo a resistir y a adaptarse. ¿Qué es la vida sino adaptarse?

De esta manera, cada sendero forma el carácter, moldea el corazón y enseña lecciones únicas que solo pueden entender quienes los recorren. Las circunstancias que citaba antes.

Los objetivos también difieren. Para unos, la meta es el éxito profesional. Para otros, es construir una familia, sanar heridas, encontrar paz interior o simplemente mantenerse en pie día tras día. Algunos corren con la vista fija en el futuro, en lo que vendrá. Otros aprenden a saborear el presente, a detenerse cuando hace falta, a mirar atrás y ver cuánto han avanzado, incluso si aún queda camino por andar. La meta, entonces, no siempre está al final. A veces está en los pequeños logros, en los momentos de claridad, en las decisiones valientes, en la compañía que nos brinda su mano de manera incondicional cada vez que la necesitamos.

Lo increíble de todo esto, lo hermoso incluso, de esta reflexión es que, aunque cada final es distinto —porque no todos soñamos con lo mismo—, hay algo profundamente humano en coincidir en la necesidad de ser vistos, comprendidos y acompañados. Por eso, llegar a la meta y ver que alguien está ahí, esperándonos, puede transformar completamente esa llegada. No importa si la carrera fue larga o corta, si hubo tropiezos o dudas. Que alguien esté ahí, simplemente para recibirte con una sonrisa, un abrazo o unas palabras de aliento, es uno de los actos más generosos y significativos que puede ofrecernos la vida.

Porque al final del camino, cuando los pies están cansados y el alma cargada de historias, lo que más reconforta no es el trofeo, ni la comparación con otros, sino el reconocimiento amoroso de quien entiende lo que costó llegar hasta allí. A veces ese alguien es una pareja, un amigo, un hijo, un maestro… A veces, incluso, somos nosotros mismos, esperándonos con ternura y orgullo.

Así que sigue corriendo tu carrera, a tu paso, a tu ritmo, por tu camino. Respeta tus tiempos, valora tu esfuerzo, celebra tus logros. Y nunca olvides que, muchas veces, lo más valioso no es llegar, sino saber que al final, alguien estará ahí, simplemente para decirte: “Te estaba esperando.” Ojalá lo consigas, siempre lo celebraré contigo ya que sabes que estoy orgulloso de tí.

Gracias por leerme.

«El eco de tu ausencia»

«El eco de tu ausencia»

Es increíble que estés tan lejos. Cuando me lo dijiste no te conté toda la verdad, me callé, no te dije lo que sentía, que no quería que te fueras. 

Ahora que ya es tarde y regreso a casa medito sobre tu ausencia. Me emociona volver a leer tu mensaje de despedida. Eso me hace pensar y me da excusa para recuperar, aunque no estés,  esas mariposas en el estómago que sabes que provocas en mí cuando estás cerca.  

No sé en qué momento me di cuenta de lo importante que es ser echado de menos. Quizá fue hoy mismo, esta tarde cualquiera, cuando el teléfono vibró con un mensaje tuyo que decía: «Hoy he pensado mucho en ti». Así, sin más. Un recordatorio sencillo pero inmenso, como una brisa tibia en una mañana fría.  

No estabas cerca, y sin embargo, estabas. Siempre estás. 

Lo más increíble es que a veces creemos que la presencia es cuestión de distancia, que la cercanía se mide en pasos. Pero aprendí que no. Que hay alguien pensando en mí cuando el café humea en su taza, cuando escucha una canción y sonríe porque le recuerda a mí, cuando mira el cielo y se pregunta si también estaré viendo las mismas estrellas. 

Vivimos en un mundo donde el ruido nos consume, donde el «te quiero» se da por hecho, donde la prisa nos roba los instantes. Pero saber que alguien, en algún rincón del mundo, me extraña, me piensa y me guarda en su corazón, me devuelve el sentido de todo. Porque ser añorado es, en cierto modo, existir más allá de uno mismo. Es vivir en los recuerdos, en la cotidianidad de alguien más, en la pausa de una respiración entre suspiros, o un abrazo que termina, sin esperarlo, en el más sincero de los besos.  

Nos pasamos la vida buscando la validación en palabras, en promesas eternas, en gestos que desafíen lo efímero. Pero en realidad, lo más valioso es invisible y silencioso: un pensamiento furtivo en medio del día, un deseo de estar cerca sin necesidad de decirlo en voz alta. 

Esos pequeños destellos de nostalgia son la prueba de que hay alguien a quien, sin importar la distancia, le hago falta. Y eso basta para sentirme menos solo.  

Porque al final lo importante es saber que alguien te lleva consigo, incluso cuando el mundo sigue girando, incluso cuando no estás. 

No hay mayor privilegio que ser el pensamiento recurrente de alguien, el eco que resuena en su ausencia, el tiempo que te dedica. 

Gracias por leerme.

«La importancia de ser y estar»

Estas han sido fechas muy entrañables, personales y de mucho compartir. En estos días he tenido tiempo de muchas cosas, pero sobre todo, aunque no lo creas, he podido detenerme, tomar resuello y reflexionar sobre algo que muchas veces damos por sentado: tú. Sí, sabes que es para tí, hoy te hablo a tí.

Creo no equivocarme cuando digo que pasas por esta esquina, casi todos los jueves. Alguno te has saltado, es normal, no pasa nada. Lo haces de manera silenciosa, leyendo, confesando que lo has hecho o manteniéndote en silencio, sin hacer ningún comentario o darle al “like”

Sabes que nuestra amistad es elegida, que eres mi cómplice en los días buenos y mi refugio en los malos. Muchas veces te he dicho cuánto significas para mí, pero hoy lo haré, no solo para agradecerte, sino también para recordarnos lo valiosa que es nuestra amistad y lo importante que es seguir nutriéndola.  

A lo largo de los años, hemos construido algo único, algo que pocas personas tienen el privilegio de encontrar, que medio mundo busca desesperadamente: un espacio seguro donde podemos ser y estar, sin filtros ni máscaras. En ese espacio, en esa especie de burbuja que hemos creado, caben nuestras risas más escandalosas, nuestras lágrimas más amargas y nuestras confesiones más íntimas. Pero también caben las verdades, las palabras duras que necesitamos escuchar, las miradas que lo dicen todo sin necesidad de hablar y los silencios cómodos que solo se tienen con alguien que realmente te conoce y te aprecia.  

Sé que la vida no siempre ha sido fácil. Hemos enfrentado tormentas, caídas y momentos en los que parecía que el mundo entero estaba en nuestra contra. Pero ahí estuvimos, sosteniéndonos cuando parecía que todo se desmoronaba. A veces, ese sostén fue una llamada inesperada, un mensaje que llegó justo a tiempo, una taza de café, o una copa de vino compartida en silencio. Y aunque esos momentos puedan parecer pequeños desde fuera, lo significan todo.  

Sin embargo, también quiero reflexionar contigo sobre algo importante: las relaciones, incluso las más fuertes, necesitan cuidarse. Tú y yo sabemos que la vida a veces nos arrastra con su rutina, sus prisas, sus problemas. Nos hace olvidar que el tiempo que dedicamos a las personas que amamos no es un lujo, sino una necesidad. Por eso, hoy quiero que recordemos lo importante que es seguir estando juntos, no solo en los momentos difíciles, sino también en los días ordinarios, en los días tranquilos, en los días en los que todo parece estar bien. Porque ahí también se construyen los vínculos fuertes, en los pequeños gestos cotidianos que a veces pasamos por alto.  

Te lo digo porque, aunque siempre has estado para mí, no quiero que nunca sientas que nuestra relación es algo que doy por hecho. No quiero que esta amistad tan especial quede en el olvido por culpa del tiempo, la distancia o las responsabilidades que inevitablemente se acumulan. Quiero que sigamos creciendo, apoyándonos, recordándonos mutuamente lo que somos y lo lejos que podemos llegar.  

Sé que nuestra relación no siempre es perfecta. Hemos tenido malentendidos, diferencias y silencios que a veces han durado más de lo que deberían. Pero también sé que, a pesar de todo, siempre hemos encontrado la manera de volver a encontrarnos, de sanar esas grietas con amor, paciencia y honestidad; eso es lo que realmente importa. No la perfección, sino el compromiso de seguir caminando juntas, incluso cuando el camino se vuelve difícil.  

Por eso, quiero que te lleves esto contigo: gracias por ser mi ancla cuando sentí que me perdía, pero también por ser el viento que me impulsó a seguir adelante cuando yo mismo no tenía fuerzas. Gracias por creer en mí en los momentos en los que yo mismo no lo hacía, por celebrar mis logros como si fueran tuyos y por recordarme que no estoy solo, pase lo que pase.  

Y, a la vez, quiero decirte que yo también estoy aquí para ti. No solo para los días grises, sino también para los soleados. No solo para escuchar tus problemas, sino también para celebrar tus victorias, por pequeñas que te parezcan. Estoy aquí para crecer contigo, para aprender contigo, para ser mejor contigo. Porque nuestra amistad no es un refugio estático, es un jardín que quiero seguir cultivando contigo, un puente que quiero reforzar cada día.  

Así que aquí estamos, dos almas que han encontrado en su amistad algo más grande que ellas mismas. Sigamos construyendo, sigamos creciendo, sigamos estando. Porque lo que tenemos es demasiado valioso para dejarlo en manos del olvido.  

Y si algún día te asaltan las dudas, si alguna vez te preguntas si todo este esfuerzo vale la pena, quiero que recuerdes esto: tú has hecho mi vida mejor, más rica, más completa. No hay nada más valioso que eso. Si tienes dudas ya sabes lo que tienes que hacer. 

Gracias por leerme.

«Dejo un pedazo de mi»

«Dejo un pedazo de mi»

Es duro empezar a escribir una despedida frente a una hoja en blanco. No sé si seré capaz de resumir todo lo que significaste para mí, pero, como siempre digo, hay jueves con más suerte que otros. Este aún está por ver.

Sabes a ciencia cierta que eres un capítulo que llegó lleno de promesas, y aunque ahora parezca que solo me has dejado vacíos, sé que eso no es del todo cierto. Te marchas como una tormenta que se disipa, dejando a su paso los rastros de lo que fue. Y aquí estoy yo, contemplando lo que queda tras tu partida.  

Fuiste un sentimiento complicado, no lo voy a negar. Me enseñaste que la vida no siempre sigue el ritmo que uno quisiera. Por momentos avanzaste con una velocidad insoportable, llevándote contigo noches y días sin dormir, como si estos no importaran, como si fueran hojas secas en el viento. En otros momentos, me dejaste suspendido, obligándome a enfrentarme a un espejo del que no podía apartar la mirada. Aprendí a lidiar con el tiempo, aunque nunca logré domarlo.  

Sin embargo, no todo fueron sombras. Trajiste momentos de luz, de esos que todavía atesoro en los rincones más cálidos de mi memoria. Me regalaste risas compartidas, noches bajo un cielo estrellado y promesas murmuradas al oído. 

En tus días habitaron abrazos que parecían eternos y palabras que llenaron vacíos que yo ni siquiera sabía que existían. Pero también me diste pérdidas, algunas tan desgarradoras que dejaron huecos que aún no sé cómo llenar.  

Me duele despedirme de ti porque sé que contigo se van no solo los días, no solo emociones y aventuras, sino también versiones de mí: la que era fuerte cuando lo necesitaba, la que se derrumbaba en silencio, la que creyó que todo iba a estar bien. 

Contigo dejé de ser muchas cosas, pero también descubrí otras partes de mí que no sabía que existían. En tí aprendí a ser valiente, aunque no siempre tuviera fuerzas, y a dejar ir, aunque eso me rompiera por dentro.  

Ahora que el calendario avanza implacable hacia un nuevo comienzo, no puedo evitar sentir un nudo en el pecho. Decir adiós nunca es fácil, y contigo no es la excepción. Siento que al despedirme de ti, me despido de algo mucho más grande que un simple año.  

No es solo es a ti, 2024, a quien estoy dejando atrás, también dejo un pedazo de mi, de ti, de nosotros…  

Gracias por leerme.

«En las buenas y en las malas»

«En las buenas y en las malas»

Me crié escuchando constantemente una premisa: “La verdadera felicidad consiste en hacer felices a los demás”. Hoy en día esa enseñanza la pongo muy en duda. 

El paso del tiempo, los aciertos y los errores cometidos me llevan a pensar que en la vida, uno de los mayores aprendizajes es entender que las expectativas que ponemos en los demás suelen ser la raíz de muchos de nuestros desengaños. 

Como decía, desde pequeño me enseñaron a confiar en los demás, a esperar y dar gestos de generosidad, amor y apoyo en momentos difíciles. Sin embargo, a medida que he ido creciendo me he ido dando cuenta de que las personas que me rodean no siempre cumplen con esas expectativas. Cada uno de nosotros tiene sus propios límites, sus luchas internas y, sobre todo, su manera particular de vivir y relacionarse con los demás.

Esperar algo de los demás, aunque sea algo tan simple como la comprensión o una muestra de apoyo, nos coloca en una posición vulnerable. 

Tampoco se trata de ser egoístas, ni de vivir en aislamiento, ni de no esperar o no ayudar a nadia, creo que es alcanzar una madurez emocional que nos permita comprender que no todos los vínculos pueden satisfacer todas nuestras necesidades. 

Las relaciones, por más cercanas que sean, no siempre tienen el poder de darnos lo que deseamos en el momento en que lo necesitamos. Además, cada persona tiene sus propios conflictos, deseos y preocupaciones, que a veces los hacen incapaces de ofrecer lo que esperábamos e incluso lo que a ellas mismas les gustaría dar y recibir.

En este tiempo he aprendido que es fundamental ser autosuficiente emocionalmente, a no esperar que los demás sean los encargados de llenar los vacíos que, en realidad, solo yo puedo llenar. Esto no significa que debamos desconfiar de los demás o cerrarnos a la posibilidad de recibir apoyo, amor o comprensión. Puedo hacerlo solo, aunque en muchas, o en muchísimas ocasiones, lo mejor sea hacerlo apoyado por alguien. 

Dicho esto, hay algo muy hermoso en la vida que nos recuerda que, aunque no debemos esperar nada de los demás, siempre hay alguien que está dispuesto a estar a nuestro lado, sin importar las circunstancias, en las buenas y en las malas. 

Puede que no siempre sea de la forma que esperábamos, pero esa presencia, que se ajusta a nuestras necesidades más profundas, nunca falla. Es en esa certeza en la que podemos encontrar consuelo, sabiendo que, a pesar de todo, siempre estará dispuesta a darnos lo que realmente necesitamos: comprensión, amor incondicional, y sobre todo, la paz de saber que nunca estamos verdaderamente solos.

Gracias por leerme.

«La magia de los abrazos»

Se acercó con cautela. Sabía que algo le pasaba. se lo notó en la cara nada mas verlo. Con cariño, solo le dijo ven. Lo llevó a apartó de donde estaban todos los demás y, sin más lo abrazó. Su estado de ánimo cambió casi de manera inmediata, aquella era una magia que solo ella podía conseguir, era una especie de vitamina que no suelen recetar los médicos, aunque deberían. 

Dicen que un abrazo al día mantiene a raya la tristeza, y si eso es cierto, hay días en los que más de uno debería abrazar hasta a su propia sombra. Hoy es uno de esos días. Necesito no uno, diez. 

Por darte alguna idea quiero aprovechar para recordarte de que, hay un tipo de abrazo para cada situación: el apretado, que te resucita las costillas; el torpe de «no sé si nos llevamos tan bien para esto«»; el largo, que te dice sin palabras «tranquilo, aquí estoy»; el que libera, “ven, no digas nada”, y te quedas ahí pegado un buen rato. Todos son útiles, todos suman. 

Por si no lo sabías la ciencia los avalan, de ahí mi reflexión sobre un recetarío para entregarlos a diestro y siniestro,  liberan oxitocina, esa hormona que hace que tu cerebro diga: «Eyyy, ¡de puta madre!, esto está bonito, ¡sigamos viviendo!».

¿Te has fijado que en las películas románticas el abrazo es ese momento mágico en que todo encaja? Pero en la vida real, a veces los abrazos tienen menos glamour. Por ejemplo, está el clásico abrazo de reconciliación, que parece más una lucha de sumo emocional: tú queriendo demostrar afecto, mientras la otra persona todavía tiene los brazos cruzados porque no ha terminado de ganar la discusión. Spoiler: un buen apretón suele derretir hasta el enfado más tozudo.  

O ese abrazo en las primeras citas, donde uno no sabe si es un: abrazo de amistad, abrazo de me caes bien o abrazo de “vamos viendo cómo nos va». 

Eso sí, el mejor chiste sobre el amor y los abrazos es que, cuando estás enamorado, parece que nunca tienes suficientes. Como decía mi amigo Juan, que deseaba tanto tener pareja que abrazaba hasta la almohada porque decía: «practico para cuando llegue el momento estar entrenado». Spoiler: nunca llegó. Pero al menos él dormía feliz.  

Así que ya lo sabes: los abrazos son como el pan, el mundo sería mucho mejor si dejáramos de contar calorías y empezáramos a repartirlos más. Abraza hoy, mañana, y siempre… porque, aunque el amor no dure para siempre, un buen abrazo puede arreglar hasta los días más feos. ¡Y eso ya es una victoria! 

Abraza. Abraza con ganas, con propósito, sin miedo a parecer raro, porque lo raro no es dar abrazos, lo raro es vivir sin ellos. 

¡Ah! Y si alguien te dice que no le gustan los abrazos… probablemente necesite uno doble. Yo hoy, y siempre, quisiera que me dieras mil, que bastante jodida está la cosa, pero este, quizás no el último, sí tiene sabor a despedida.

Gracias por leerme.

«La reunión anual»

Como cada año, durante el mes de noviembre, aquel viejo grupo de la universidad se reunía para un almuerzo, en un restaurante de la ciudad que casi parecía estar esperando por ellos.

En aquel encuentro había algo sagrado, intentar no faltar a la cita era un ritual que cada uno intentaba cumplir.

Con los años, las ocupaciones, las familias, y las distancias, aquella reunión anual se había vuelto una especie de ancla, un recordatorio de un vínculo que iba más allá del tiempo y las circunstancias.

Al llegar, se reconocían de inmediato, como si el tiempo vivido se desvaneciera al cruzar la puerta. No importaban las nuevas arrugas o las viejas canas, el aumento de peso o la baja forma, ni el cansancio en la mirada, ni las preocupaciones y desdichas que cada uno cargaba sobre sus hombros; al encontrarse, todos volvían a ser aquellos jóvenes que solían pasar horas en los pasillos de la universidad, soñando con el futuro y compartiendo esperanzas. 

Al principio, el saludo era siempre un torbellino de abrazos, besos, palmadas en la espalda y risas que llenaban el lugar. No importaba cuán serio o reservado fuera alguno de ellos en su vida cotidiana; en aquel almuerzo, todas las barreras desaparecían. Volvían a ser los de siempre.

La mesa, larga y llena de platos compartidos, se convertía en el centro de su pequeño universo. Los mismos sabores de siempre, los mismos brindis, y las mismas bromas que jamás parecían envejecer. A veces, recordaban las anécdotas de la universidad, aquellos momentos de camaradería que los habían unido para siempre, y entre risas, se veían a sí mismos en esos recuerdos, como si estuvieran mirando una película de su propia vida.

Entre cada brindis y cada bocado, compartían las pequeñas historias de sus vidas actuales, sin evitar, incluso, los detalles más dolorosos, los silencios entre palabras decían lo que las frases no podían. En los ojos de cada uno había cariño y comprensión, una empatía que no necesitaba ser explicada. Sabían que en esa mesa no había juicios, solo un apoyo incondicional que se sostenía en un amor puro y desinteresado, ese que se construye en la amistad auténtica.

El mejor momento llegaba siempre al final, cuando se quedaban unos minutos en silencio, mirando alrededor de la mesa, conscientes de la suerte que tenían al poder seguir compartiendo ese instante año tras año. Nadie decía mucho en esos momentos; simplemente sonreían, y esa sonrisa era suficiente para expresar todo lo que las palabras nunca podrían abarcar. Sabían que, al irse cada uno por su camino, llevarían consigo esa sensación de pertenencia, ese pedacito de vida compartida.

Al emprender cada uno su camino, sintieron un calor inexplicable en el pecho, una gratitud inmensa por pertenecer a algo tan especial. Sabían que, aunque la vida los llevara a lugares diferentes, aunque enfrentaran cambios y desafíos, cada año regresarían a esta cita, a este reencuentro que ya no era solo una tradición, sino un hogar en el tiempo, una promesa que los mantendría juntos más allá del presente.

Y así, con una sonrisa en los labios y el corazón lleno, se alejaron en silencio, sabiendo que, aunque volvieran a sus vidas distintas, aquella amistad perduraría como un faro, como una certeza invencible que los haría regresar, una y otra vez, cada año, al mismo rincón de octubre.

Se les quiere.

Gracias por leerme.

«Una historia de apoyo y superación»

«Una historia de apoyo y superación»

Ya había oscurecido. No le importaba. Como era normal en ella, bajaba las escaleras con calma, disfrutando del momento vivido aquella tarde de otoño. 

La puerta de la calle se cerró, las luces de la escalera se apagaron, pintando sombras juguetonas en el suelo que la distrajeron. Sintió que su pie derecho no encontraba reposo. Tropezó y, antes de poder reaccionar, su cuerpo se desplomó sobre el frío suelo. El dolor fue tan agudo que se le escaparon varios gritos ahogados de auxilio que quedaron suspendidos como grandes lamentos en el aire.

No recordaba muy bien cómo había llegado la ambulancia, ni las palabras que le dijeron en el hospital, pero sí sentía en sus huesos la gravedad de lo que había ocurrido. Una fractura y múltiples contusiones fue el diagnóstico claro que dieron en urgencias. La recuperación sería larga.

Al principio, la noticia fue un golpe duro. Los días viviendo en aquel sofá del salón se le hacían eternos. 

Su marido estaba siempre allí, apoyando en lo que podía. Constantemente le recordaba que debía tomarse el tiempo que le hiciera falta, que iban a superarlo juntos, como siempre lo habían hecho. Ella asentía, pero en su mirada se leía la incertidumbre y el miedo.

Cada rincón de su casa ahora era una barrera: las escaleras, los muebles, hasta la loza que antes limpiaba con tanta dedicación.

La silla de ruedas llegó como una ayuda, pero también como un recordatorio de sus limitaciones. Al principio, su esposo debía ayudarla a moverse de una habitación a otra. El capitán había recuperado el mando en aquel pequeño barco de ruedas, marcando el rumbo con ternura por el salón, la cocina o la terraza. 

Ambos compartían miradas de complicidad y, a veces, él intentaba hacerla reír, proponiéndole carreras imaginarias o inventando juegos en los que ella debía tomar decisiones sobre la “ruta” que iban a seguir por la casa.

Con frecuencia les visitaron días de tristeza, en los que la desesperación la abrazaba como una niebla espesa y pesada que le impedía pensar con claridad. Luchaba con, contra, el dolor, la incomodidad y la frustración de necesitar ayuda para las cosas más básicas. Estaba atrapada en su propio cuerpo. Pero en esas noches oscuras, siempre estaba él, ofreciéndole una palabra de consuelo o simplemente el silencio de su compañía. Con una mano sobre su hombro, le recordaba que cada día era una pequeña victoria y que juntos seguirían adelante.

Ahí están, con semanas de ejercicios de rehabilitación pero ganando cada centímetro en esta batalla, al lado de su esposo, con una mezcla de orgullo y emoción. Con cada paso que dan avanzan en la recuperación.

Él está allí, animándola, sosteniéndola cuando se tambalea y compartiendo el esfuerzo en cada movimiento. Ella sigue luchando, como una campeona, recuperando día a día el humor, su energía, el paso y las ganas de continuar luchando.

¡¡¡SIGAN ADELANTE!!! Estamos muy orgullosos de los dos. Les queremos. 

Gracias por leerme.

«Regreso de igual manera, a la zorruna»

«Regreso de igual manera, a la zorruna»

Me marché a la francesa, sin previo aviso, sin despedirme. En el mes de julio cerré este blog sin despedirme pese que había escrito un pequeño texto en el que te contaba mis planes de verano. Ahora vuelvo de la misma manera, a la zorruna, esperando que te apetezca volver a pasarte por esta esquina y leer mi sarta de disparates. 

Entre las cosas que hice, creo que ya lo sabes, me fui de viaje. Me lié la cabeza y me embarqué en una aventura en casi solitario. 

Tengo claro que viajar solo es un acto que comienza con una decisión sencilla, o como en mi caso con un calentón, pero que termina siendo una travesía profunda de autodescubrimiento. 

Al principio todo parece intimidante, sobre todo los días previos: un billete de avión en mano, un libro de viaje, una libreta en la que apuntar cosas, una mochila al hombro y el horizonte abierto lleno de incógnitas, sobre todo calentado por un nivel de inglés chapurreado y del todo congelado detrás de alguna neurona que tengo que alentar para que se anima a dar todo de sí. Al viajar solo, te enfrentas cara a cara contigo mismo, sin distracciones ni comodidades de la rutina y con la certeza de que, el verdadero viaje que estaba haciendo, era hacia mi interior.

Al llegar, la soledad no tardó en presentarse. No hay un amigo con quien compartir la primera comida, ni una voz familiar que me ayude a orientarme en las calles desconocidas, voy sin internet, por lo que no puedo chatear con nadie de mi círculo. 

El silencio de la primera noche es abrumador, pero aprendes a escucharlo. Descubres que el mundo no se calla, ni mi interior tampoco, se vuelve más claro, más sincero. 

Al paso de los días mis pensamientos se alinean con el entorno y comienzo a notar detalles que en otra circunstancia habrían pasado desapercibidos: la sonrisa de un extraño, el sonido de las olas rompiendo en la distancia, el aroma del café, la paz de los arrozales, el olor de los mercados, la amabilidad de los que viajan acompañados…

Viajar solo me obliga a confiar en mí, a tomar decisiones sin consultarlas, a adaptarme a lo que venga. Aprendo que soy capaz de resolver problemas por mi cuenta, a confiar en mis instintos y abrazar mis miedos. 

Lo que al principio era una sensación de aislamiento pronto se transforma en una oportunidad para conectarte con mi mundo de una manera más profunda. Me comunico con extraños en una lengua que apenas domino, comparto historias y vivencias con los otros viajeros y, de repente, descubro que no estoy tan solo como creía. Hay una red invisible de almas errantes que, como tú, han salido en busca de algo más. Algunos buscan paisajes, otros respuestas, y algunos simplemente buscan conocerse a sí mismos.

Al final del viaje, he vuelto a casa con una maleta más ligera pero con un corazón más lleno. Salí con dudas y temores, ahora estoy seguro de que, en cualquier lugar del mundo, incluso en la más absoluta soledad, me tengo a mi mismo, y eso, eso, es lo más importante, por mucho que te haya echado de menos y tenga ganas de que me leas y de que siempre estés conmigo.

Gracias por leerme.

«FELIZ 18 CUMPLEAÑOS MI AMOR»

«FELIZ 18 CUMPLEAÑOS MI AMOR»

Hoy celebramos un día muy especial, tu mayoría de edad, el inicio de una nueva etapa en tu vida. 

Te miro y no puedo evitar sentirme inmensamente orgulloso de la persona en la que te has convertido. A lo largo de estos años, has demostrado ser una persona excepcional, una compañera fundamental y apoyo constante, una luz que ilumina mi día a día, llena de fuerza, determinación y con una pasión que hace mover todo aquello que te propones. 

Desde pequeña, siempre has mostrado una curiosidad insaciable y una valentía admirable. En estos años te has enfrentado a desafíos realmente importante. Siempre lo has hecho con una sonrisa en tu rostro, que, sin duda, te ha ayudado a superar los obstáculos con una tenacidad que me deja sin palabras. 

Cada logro tuyo, grande o pequeño, debes considerarlo como testimonio de tu capacidad, determinación y de ese espíritu indomable que posees. Ya sea en tus estudios, en tus aficiones, o en las relaciones que has cultivado, siempre has dejado una huella imborrable en todos los que te rodean.

Ahora, al cumplir 18 años, se abre ante ti un mundo lleno de posibilidades. Este es solo el comienzo de un viaje emocionante en el que tienes el poder de moldear tu destino. Recuerda siempre que tienes en tus manos la fuerza necesaria para hacer realidad cualquier sueño. No hay meta demasiado alta, ni reto demasiado grande para ti. Confía en tus habilidades, en tu inteligencia y en tu corazón. Ese que tienes tan grande. 

El camino que tienes por delante está lleno de aventuras, de aprendizajes y de oportunidades para crecer y evolucionar. No te voy a engañar, habrá momento difíciles, de dudas y de desafíos, pero también tendrás innumerables momentos de alegría, de satisfacción y de logros. No te detengas nunca, no te rindas, sigue adelante con la misma pasión y determinación que te han traído hasta este momento. Yo siempre estaré aquí, si me necesitas.

Eres capaz de cambiar tu mundo, de inspirar a otros y de alcanzar las estrellas. Nunca subestimes el poder que reside en ti. Tienes todo lo necesario para construir la vida que deseas. 

Feliz cumpleaños, mi valiente, mi amor, mi princesa. Te amo con todo mi corazón y siempre estare aquí para apoyarte en cada paso de tu camino. Adelante, hacia un futuro brillante y lleno de posibilidades.

Te quiero con locura. 

Gracias por leerme.