«Contra los fantasmas internos»

«Contra los fantasmas internos»

En el antiguo reino de Almudia, un caballero andante llamado Sir Rod vivía en un castillo solitario en lo alto de una colina. 

Este no era un castillo común; sus muros no eran de piedra, sino de soledad, y sus fosos no estaban llenos de agua, sino de tristeza. Sir Rod era conocido en todo el reino, no por sus hazañas en batalla, sino por la coraza invisible que llevaba, una coraza que lo protegía no de flechas y espadas, sino de los sentimientos que tanto temía: el abandono y la desilusión.

Años atrás, Rod había sido un joven alegre y lleno de esperanza. Sin embargo se había sumido en un abismo de dolor. Para protegerse de futuras heridas, Rod había forjado su coraza emocional, que lo mantenía aislado y apartado del resto del mundo.

Los días de Roderic transcurrían en una rutina inmutable. Viajaba por el reino, no en busca de aventuras, sino para escapar de sus propios fantasmas: la soledad, el abandono y la tristeza. Cada noche, al regresar a su castillo, los fantasmas lo acechaban, susurrándole al oído, recordándole su dolor.

Una noche, una de esas en las que se alejaba del mundo y se escondía en lo alto de la montaña, mientras contemplaba las estrellas, Rod sintió un cambio en su interior. Se dio cuenta de que no podía seguir huyendo de sus propios sentimientos. Decidió que debía enfrentar sus miedos de una vez por todas.

Así, al día siguiente, Rod se adentró en el bosque más oscuro y profundo que conocía, aquel del que se decía que no solo habitaban criaturas temibles, sino también los reflejos más profundos del alma. Allí, en el corazón de la espesura, encontró un claro donde un antiguo y sabio árbol, el pino de la Morra, se erguía majestuosamente. Bajo su sombra, Rod se sentó y dejó que sus pensamientos y sentimientos lo envolvieran.

Durante días, permaneció allí, enfrentándose a sus fantasmas uno por uno. Permitió que las lágrimas fluyeran, y con cada lágrima, la coraza que lo había protegido durante tanto tiempo comenzó a desmoronarse.

Rod meditó profundamente, abrazando su soledad y reconociendo que, aunque dolorosa, le había enseñado a ser más fuerte. Aceptó que la tristeza era una parte natural de la vida y que el abandono no definía su valor como persona. Día tras día, sus miedos se disolvieron, y en su lugar, nació una sensación de paz y autocompasión. Se estaba enfrentando a sus demonios y había salido victorioso, no con la ayuda de otros, sino con la fuerza que encontró dentro de sí mismo.

Regresó a su castillo, pero esta vez, no lo encontró oscuro ni solitario. Su hogar, al igual que su corazón, estaba lleno de luz y tranquilidad. Los fantasmas que antes lo atormentaban se habían desvanecido, y Rod, con una nueva perspectiva de la vida, decidió dedicarse a ayudar a aquellos que también luchaban con sus propios demonios, compartiendo su sabiduría y experiencia. Y así, el caballero que había luchado contra sus propios fantasmas, encontró la felicidad y la serenidad que tanto había anhelado, demostrando que a veces, la mayor aventura es la que emprendemos dentro de nosotros mismos.

Gracias por leerme.

«Un estrella con sabor a bolero»

«Un estrella con sabor a bolero»

Desde hace un par de días, entre los pliegues perdidos del universo, brilla una nueva estrella, una muy especial. Esta estrella no parpadea como las demás; su luz está acompasada al ritmo de bolero, moviéndose con gracia y melancolía por el vasto cielo nocturno. Es como un faro celestial que guía un alma hacia su próximo destino.

Se fue tal y como vivió. Nos dejó como ella quiso hacerlo, con calma, con sabiduría, con alegría y al son de la música que más le gustaba, la que solía contar. Ahora su alma asciende hacia el firmamento y se funde con la luz de esa estrella única, impregnándola del swing que su voz emitía al cantar. A partir de ahora esa estrella comenzará su danza, un baile etéreo que anuncia la llegada de un nuevo espíritu al reino de las estrellas.

Su partida dejó un vacío en el corazón de quienes la conocimos y queremos, pues su compañía no pasaba indiferente. Era maestra, de escuela y de vida, de canto y de sonrisa, de amistades y de familia. Al llegar a su nuevo destino, tal y como hizo entre nosotros, donde siempre la recordaremos, también desatará un murmullo de asombro en el cielo, lleno de alegría y música, con sabor a bolero. 

Siendo yo niño la recuerdo ayudándome con tareas, enseñándome a mover las piezas del ajedrez, cantando en uno de mis cumpleaños, a poner acordes en esa guitarra que tan grande me quedaba. Siendo maestro, me enseñó a enseñar a leer y escribir, me acompañó en mis primeros meses de profesión, en las presentaciones de mis libros…La estrella ya comenzó a brillar con mucha intensidad. Su luz titilante acaba de adquirir un matiz azulado al ritmo del bolero más nostálgico.

Y así, entre boleros y destellos, esta nueva estrella del cielo continúa su danza en el vasto lienzo del universo, recordándonos que, aunque los seres queridos se vayan, su luz nunca se apaga realmente, simplemente se transforma en parte del eterno baile cósmico.

Gracias por leerme.

«Una vela para amar y cuidarse»

«Una vela para amar y cuidarse»

Parece que las noches frías y oscuras de invierno están llegando a su fin. María se encontraba sola en su acogedor apartamento. El viento aullaba afuera, y la lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas. Se sentía abrumada por la soledad y la tristeza, anhelando la compañía de alguien especial que ya no estaba a su lado.

En un intento por reconfortarse, María encendió una vela, esa que él le había regalado, y se sentó frente a ella, para compartir, con sus propios fantasmas, una copa de vino. 

La centelleante luz llenó la habitación, disipando en parte la oscuridad que envolvía el corazón de María. Mientras observaba las llamas titilantes, sus pensamientos vagaron hacia los momentos felices que había compartido tiempo atrás.

Recordó las largas conversaciones en las noches de verano, las risas compartidas bajo el cálido sol y los abrazos reconfortantes en los momentos difíciles. La vela parecía iluminar esos recuerdos, haciéndolos brillar con una intensidad reconfortante.

Sin embargo, junto con los recuerdos felices, también vinieron los momentos de dolor y nostalgia. María recordaba la sensación de vacío que había experimentado. Echaba terriblemente de menos su abrazo y anhelaba sentir su presencia a su lado una vez más. La vela parecía capturar esos sentimientos de añoranza y transformarlos en una luz de esperanza.

A medida que las llamas bailaban, María se dio cuenta de que aunque ya no estuviera físicamente presente, el amor que compartían seguía ardiendo. Era un fuego que nunca se extinguiría, una llama eterna que iluminaba su camino incluso en los momentos más oscuros. 

Decidió que, en lugar de dejarse consumir por la tristeza y la soledad, honraría el amor que compartían buscando los buenos momentos y llevando consigo la luz viva en su corazón. 

Con esa determinación en mente, María apagó la vela, pero la luz de su amor seguía brillando en su interior. Sabía que aunque la noche fuera oscura, siempre habría una luz que la guiaría hacia adelante: la luz de aquel precioso amor verdadero.

Gracias por leerme.

«ADIOS MAESTRA CATI»

«ADIOS MAESTRA CATI»

Hoy me vas a permitir que esta esquina se vea de otro color. Hoy nos ha dejado mi querida amiga, compañera y MAESTRA CATI. 

Ya sabía que este momento iba a llegar. La valiente batalla que ella libraba contra la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), por el momento, solo tiene este desenlace. CATI lo sabía desde el principio, todos los que estábamos a su lado lo sabíamos, pero aún así, enfrentarme al ahora, a este adios, es duro.

Con CATI me unen muchas cosas. La quiero un montón. Le gustaba leer y comentar mis escritos, por lo que hoy no encuentro en mi corazón, en mi interior, más palabras que dedicar este breve momento a recordarla y rendirle un sencillo homenaje por ser una persona extraordinaria, un ser querido por todos, valiente y excepcional, que nos ha dejado un ejemplo y determinación que yo no hubiera tenido.  

CATI, con su coraje, dedicación y simpatía, decidió que la enfermedad la iba a conocer de cerca. La encaró desde el primer momento y nos organizó para fundar TeidELA. Su objetivo: que los afectados, presentes y futuros, no sufrieran la desazón y el desconcierto que tuvo ella cuando le diagnosticaron la enfermedad. Para mí ha sido todo un privilegio ver como ella y su familia, superaban cada piedra del camino, hasta ver cumplir su sueño. 

CATI es más que un ejemplo de fuerza, es una luz brillante que ilumina nuestras vidas con su amor, bondad y positividad inquebrantable. 

A pesar de los desafíos implacables que la ELA le presentó, CATI nunca perdió su sonrisa radiante, ni su deseo de vivir plenamente cada día. Su espíritu indomable y su capacidad para encontrar la alegría en las pequeñas cosas, nos enseñaron lecciones invaluables sobre la resiliencia y el poder de la gratitud. 

En los momentos difíciles, CATI nunca se rindió. Su valentía nos recordaba e inspiraba para valorar la importancia de apreciar cada momento, de abrazar la vida con gratitud y amor incondicional. Nos enseñó a mirar más allá de las limitaciones físicas y a valorar las conexiones humanas, demostrando que el verdadero significado de la vida reside en las relaciones y las huellas que dejamos en el corazón de los demás. Así lo hizo hace apenas unos días, acudiendo a nuestro llamamiento por el DÍA DE SAN ANDRÉS, en el que hicimos ruido con nuestros cacharros, para hacer sonar la voz de las personas que, como CATI, sufren el castigo de la ELA. 

Aunque me duele mucho y muy profundamente su partida, me quedo con el regalo de su legado, de su ejemplo, de su lucha diaria y de su amor incondicional por todo lo que hacía.

Te doy las gracias CATI por tu ejemplo, por ser MAESTRA, por ser inspiradora y por enseñarnos a enfrentar la adversidad con gracia y dignidad. Que tu memoria perdure en nuestras mentes y corazones, sirviendo como un faro de esperanza y fortaleza.

Gracias por leerme. DEP.

«Buenas noches»

«Buenas noches»

Me gusta dar las buenas noches. Pero de esas que se dan de manera apretada, con las yemas de los dedos acariciando la espalda, de arriba a abajo, o acariciando ese pequeño hueco que se forma al final de ella. 

Para conseguir esto hay que estar preparado y, sin duda, preparar el ambiente. Para ello, antes de ir a la cama, debes asegurarte de que la habitación está limpia, ordenada y cómoda. Añadir algunas luces suaves o velas para crear una atmósfera relajante, es un detalle importante que puedes dejar de lado. Perfumar la almohada, con ese espray aroma lavanda,  que te regalaron, contribuirá a que ambos se sientan más relajados y felices.

Elige sábanas suaves y cómodas y asegúrate de que la temperatura de la habitación sea agradable para ambos, para que no haya distracciones por frío o calor.

El siguiente paso puede ser elegir la posición adecuada, esa que puede marcar la diferencia. Sin duda, para mi gusto, lo mejor es aquella que permita a ambos abrazarse de manera natural. La posición de la cuchara suele ser popular para esto, pero también puedes buscar otras opciones.

Por lo que sé me consta que antes de dormir es costumbre visitar las redes sociales, dar “likes” y retuitear comentarios. Si me lo permites creo que es el momento de desconectar todos los dispositivos, disminuir la exposición a pantallas para así permitir concentrarse el uno en el otro. Si quieres léele algo en voz alta, ¿esta historia?

Es el momento de dedicar unos minutos el uno al otro, de relajarse juntos, de hablar de lo que les depara el día de mañana, de compartir pensamientos agradables o simplemente disfrutar del silencio. Eso sí, abrazados, con esas cosquillitas en la espalda que me consta que tanto les gusta a ambos. De esta manera verán que poco a poco llega el abrazo sincero, el que  libera oxitocina, la «hormona del amor», la que promueve la felicidad y reduce el estrés.

También sé que no hace falta, pero dale las gracias, por ser la persona que es, por estar siempre ahí, por no dejarte en ningún momento, por su apoyo, por su disconformidad. 

Parece que ya está cerrando los ojos. Deja que duerma. Bésale en la frente y acompaña sus sueños. Estoy seguro que mañana tendrán un lindo despertar.

Gracias por leerme.

«Con 150 monedas de oro»

«Con 150 monedas de oro»

Desde que Judas traicionó a Jesús, por treinta monedas de plata, la historia no ha cambiado mucho. El dinero, probablemente más que entonces, sigue emponzoñando los corazones de las personas, que, cuanto más tienen, más quieren. 

Alejandro vive a la sombra de una dama, de esas dueñas de vastas tierras y poseedora de una gran fortuna. Su mirada fría y su voz firme resuena en cada rincón del pueblo que administra, pues cada día ordena y solicita, a todos los que están a su alrededor y bajo su yugo, todo aquello que le apetece. 

Por el contrario, Alejandro, es un hombre tranquilo con ojos llenos de anhelos y espíritu inquebrantable, que sueña con ganar su espacio y mejorar su vida. 

Alejandro trabajaba incansablemente para la Señora. Un día logró escapar de aquel territorio, pero para poder conseguir sus propósitos necesitaba que le fuera concedida la libertad. 

A pesar de sus años de leal servicio, no lograba que lo dejaran ir. Él era como una posesión, un peón en su extenso tablero de ajedrez, que daba poder a la Señora. 

Un día, mientras caminaba por el mercado, Alejandro se encontró con un anciano que narraba la leyenda de unas monedas de la libertad. El muchacho paró y el viejo le contó la historia sobre aquellos dineros cuyo precio era alto: 150 monedas de oro, de las cuales él sólo tendría que poner la mitad, y su Señora, la otra parte. 

Alejandro, con ganas de romper las cadenas que lo ataban, decidió hablar con ella, y solicitar el otro cincuenta por ciento. La mitad le fue negada. 

Con determinación, Alejandro trabajó aún más duro, ahorrando cada moneda de oro que podía encontrar. Vendió sus pertenencias y ayudó a trabajos adicionales en el pueblo. Eventualmente, después de mucho esfuerzo, reunió las otras 75 monedas de oro que le faltaban y le entregó el total de las 150 monedas al anciano.

Alejandro regresó a la mansión de la Señora, le enseñó los documentos que le otorgaban la libertad. Con ese espíritu de ilusión que le caracterizaba, Alejandro le mantuvo la mirada y le dijo: “No se preocupe mi señora, por mi culpa usted no perderá ni una sola de sus riquezas, a esta ronda invito yo, pero ahí se queda.”

En ese momento, Alejandro sintió que las cadenas que lo habían atado durante tanto tiempo comenzaban a aflojarse.

A medida que caminaba hacia su ansiada libertad, sintió la dulce y preciosa brisa acariciar su rostro, como una mano suave que consuela y da calma y refugio en lo momentos que más se necesitan, agradecido por haber pagado el precio necesario para recuperar su vida, sin tener que suplicarla. Pero aún le quedaba camino por recorrer, y sabía que no lo haría solo, pues siempre estaría acompañado.

Gracias por leerme.

«Hacerle el amor al aire»

«Hacerle el amor al aire»

El tiempo está loco y hace mucho calor. El aire está caliente y apenas estar en la sombra me da un respiro; así que hoy he decidido salir a dar un paseo a media tarde. 

Llevo un rato sentado en esta terraza, solo, leyendo tranquilo, tomando una caña y unas aceitunas, para soportar la temperatura, viendo a la gente pasar. De repente, siento como el calor ha aumentado o eso al menos me parece a mí, cuando observó el final de la calle peatonal, desde lejos adivino tu caminar.

Desde ese momento me desconcentro, no puedo seguir leyendo. Mis ojos se dedican sólo a contemplar cada uno tus movimientos, el ritmo de las curvas de tu cuerpo hacen al acometer ese paso que llevas tan seguro. Es asombroso, todo baila a tu alrededor. A tu son. 

Desde aquí te veo y solo pienso en que yo también quiero bailar contigo, pues me quedo lelo al contemplar el movimiento de tus caderas, el ritmo de tus piernas y el acompañamiento sincopado de tus brazos. Haces que todo tiemble, que el mundo cambie, que mi corazón palpite al mismo ritmo que marcas.

Levantas los ojos, me miras. Te acercas y sé, con exactitud, que ya te has percatado de mi presencia. Has descubierto dónde estoy y te sonrojas al descubrir que mi mirada es solo para tí. Siento que temes que los demás lo descubran. Pero a mi nadie me mira, tú los atraes. 

Soy consciente de que te haces la despistada, girando la mirada, como sin querer, hacia el lado contrario, pero no lo soportas, tardas apenas unos segundos en volver a mirarme. Te gusta saber que te observo, eso te ayuda a recuperar el paso y la seguridad en tí. Creo en tí 

Cuando ya estás a apenas unos pocos metros de mi, me miras a los ojos. Nuestras miradas se entrecruzan, nos mantenemos la mirada y, con total descaro, te muerdes el labio inferior. Acabas de matarme, lo sabes. Me vuelve loco cuando haces ese gesto. 

Todo me tambalea. El calor ambiental aumenta. Miro a mi alrededor y contemplo cómo te miran. 

Es increíble, solo tu caminar, tu presencia, tu saber estar, tus gestos y tu sonrisa al pasar a mi lado es suficiente para que todo en mi vida se descoloque, o se ponga en el sitio que le corresponde. 

La temperatura sube, sí que hay calor, pero por tu paso, porque solo tú tienes la habilidad de hacerle el amor al aire, y eso le da calentura a cualquiera. 

Sigues de largo. Te sigo mirando. Imagino que sonríes. Quizás otro día te quedes a mi lado. 

Gracias por leerme.

«Una triste soledad»

«Una triste soledad»

Aunque muchos no lo creen, Juan es un hombre con el alma solitaria. Apenas lo demuestra, pues casi todo el día está embutido en una bulliciosa actividad, en la que se coloca una especie de máscara y disimula su existencia. 

Vive en un pequeño apartamento, rodeado de otros pequeños apartamentos habitados por personas que no conoce, con las que a veces se tropieza en el ascensor y con las que no habla nada más allá de un simple saludo o una triste despedida. 

Aunque la ciudad en la que vive está llena de vida y muchos consideran que Juan tiene una gran actividad, lo que yo sé de él, es que Juan se siente aislado y solo.

Ese sentimiento comenzó años atrás. Sin un motivo aparente, sino fruto del día a día, que le encaminó a tener, fuera del ámbito laboral, una existencia monótona y vacía.

Pasa sus días trabajando en la oficina, y cuando por las noches regresa a su casa lo hace en solitario. Se abraza a esa soledad y deja que su cabeza viaje por el mundo de los sueños y los deseos, que, de alguna manera, le aportan ilusión. 

Recostado en su sofá recuerda como hace tiempo la había mirado con ternura deseando conocerla, y eso logró hacerlo. Con el paso de los años llegaron a hacerse amigos, de esos que nunca se abandonan, de los que basta una mirada para saber que algo pasa y que el otro necesita ayuda; entonces se juntaban.

Llegaron a enamorarse, a enamorarse mucho, si eso es posible grduarlo. Pasaban horas acurrucados, hablando, riendo, noches en vela y en una conversación constante. Juan pensó que todo aquello era un sueño. 

Ahora que no puede llegar a ella, sigue soñando con hacerlo, pero acompañado de su soledad, esa que nadie conoce, esa que cada mañana disfraza y esconde, esperando recuperar la conexión que siempre han tenido, que se mantiene oculta a la vuelta de la esquina, esperando, y que ambos saben que puede traerles luz, paz y calor a esos corazones que ahora se sienten solos, en una triste soledad.

Gracias por leerme.

«El teatro de la vida»

«El teatro de la vida»

El telón acaba de abrirse. Sobre el escenario un hombre de pie, hierático, con sus brazos en jarras. En el fondo una luz azul ayuda a que su silueta se vea con intriga, en una mezcla a partes iguales, de ternura, misterio e intensidad,

No suena ningún aplauso. podría tratarse de un ensayo, la sala parece que está vacía.

El sujeto comienza a moverse por el escenario. Al acercarse a la esquina derecha de las tablas, la luz cambia y un fuerte resplandor ocupa todo el espacio y lo deslumbra. Se queja. Se protege, se agacha. Le cuesta, pero sale de allí ahuyentado por la intensidad de la luz y la molestia que esta le ocasiona.

Ahora se dirige a la zona izquierda. Parece que titubea. Mira con cierta inquietud. Protege sus ojos para no volverse a ver sorprendido por un haz de luz.

En esta ocasión, es atacado por un estridente ruido. Tiene que proteger sus oídos con ambas manos, pero la fuerza del volumen hace que caiga al suelo. Se arrastra. De nuevo logra huir. El escándalo cesa. Se reincorpora. Vuelve al centro de la escena. 

Mira hacia ambos lados. Observa a su alrededor. Hay resplandores molestos y ruidos rechinantes. Aquel escenario se ha vuelto en la representación de la misma vida.

Mira hacia atrás. Algo ha llamado su atención. Un grupo de escandalosos actores avanza hacia su lugar. Lo rodean. Unos le agradan, otros lo empujan, algunos lo atraen, o lo mueven, o lo descolocan…. Se mueven en círculo a su alrededor. Más ruido. Más incomodidad. 

De repente todo se apaga y silencia. El actor queda en el centro. Es iluminado por un tenue haz de luz. En el centro de la sala, en el centro del pasillo de la platea, un foco blanco ilumina a una persona que aparece allí. Está de pie. Es ella. Él se da cuenta. Es el sitio al que quiere ir, en el que quiere estar, en el que encuentra paz. ¿Llegará? Cae el telón. 

Gracias por leerme.

«Me gusta que te fijes en mí»

«Me gusta que te fijes en mí»

Me he dado cuenta, me miras de reojo. Sabes que yo también lo hago, pues, en no pocas ocasiones, nuestras miradas se han tropezado y ambos hemos intentado huir del emocionante brillo que sentimos, sí, ese destello que se pone en nuestras pupilas cuando nos acercamos. Ese sentimiento hace que sea casi imposible separarnos, pero en tan solo un par de segundos, nos sonreímos, con cierta picardía, y apartamos la vista. Luego seguro que volverá a ocurrir. 

Hoy has ido un poco más allá. Me has dejado descolocado, pero muy emocionado, me gusta que te fijes en mí. Me gusta que me lo hagas saber, como yo mismo suelo hacerlo contigo. 

Has levantado la vista y te has dado cuenta de que me corté el pelo. Te he gustado y eso se nota. Además, no te has avergonzado de lo que sientes y me has dicho lo guapo que estoy. Gracias. Tú también lo estás. 

Por si fuera poco, al cabo de un rato, tu mirada ha recorrido mi cuerpo y me has piropeado por cómo voy vestido. Sin duda esta forma de vestir, la que ahora le dicen casual, me favorece, y a tí te ha gustado. 

Me asombraste cuando te fijaste en mis nuevas gafas de color. No pensé que te darías cuenta del cambio que hice y, sin duda, estas que ahora llevo son las que más te gustan. 

Además de todo eso, y por si fuera poco, hoy me has felicitado por lo bien que lo he hecho en el trabajo, por lo fantástico que estoy siendo contigo, por lo agradable que ha sido nuestra conversación, por nuestra mensajería cómplice cargada de emoción y, a veces, de erotismo, por nuestras risas y la confianza que tenemos en nuestras confidencias. Me has agradecido el esfuerzo que estoy haciendo. Gracias a tí también. Te las mereces. 

Ahora entiendo el motivo por el que siempre estaremos juntos. Hoy estamos a la par, estamos en paz. Me encanta cuando me cuido, me trato bien y me digo cosas bonitas. 

Gracias por leerme.