
«Una almohada llamada ausencia»



Somos animales de costumbre a los que, a veces, un pequeño acto nos puede producir cambios sustanciales en nuestra forma de ser y estar.
Ella despertaba todos los días con la misma rutina medida al milímetro: café, gimnasio, ducha, desayuno con avena, lectura de las noticias del día, arreglarse con calma… todo con calma, hasta que la alarma del móvil le volvía a sonar para entender de que debe salir corriendo al trabajo, pues ya se le hace tarde.
A simple vista, su vida parece tranquila, incluso admirable, pero por dentro, era una estrategia. Una orquestación meticulosa para mantener a raya aquello que había aprendido a temer: el vacío. No era tristeza, ni melancolía, es la ausencia de algo más profundo, una falta de sentido que sólo se manifestaba cuando los estímulos externos dejaban de sonar.
Para llenar ese espacio, cada vez que tenía un rato así, de vacío, le gustaba interesarse por un tema en concreto. Lo explotaba y estudiaba hasta sentirse conocedora del tema. Últimamente había estudiado todo sobre la serotonina.
Estaba realmente asombrada por esa molécula milagrosa que el cuerpo produce casi como una recompensa por vivir de manera correcta: ejercicio, alimentación, sueño, gratitud, contacto con la naturaleza…
Un día cualquiera —nublado, húmedo, sin mayor promesa que ser uno más— entró en aquella cafetería y lo vió. No era un hombre particularmente llamativo, ni joven, ni brillante. Estaba leyendo un libro sobre edificaciones antiguas, subrayando con un lápiz de manera minuciosa. Lo observó unos segundos y, sin pensarlo, se sentó en la mesa de enfrente. No intercambiaron palabras. Durante semanas, coincidían por azar a la misma hora. Al principio, bastaba con verlo. Luego, empezó a notar su risa baja, contenida.
Una mañana, él dejó una nota entre las páginas de un libro que sabía que ella leía: “¿Café después de esto?” Así comenzó todo.
La relación fue en una sensación creciente de bienestar. Las caminatas juntos reemplazaron sus paseos solitarios. Las comidas eran compartidas. El silencio entre ellos, cómodo. Ella notaba los cambios sutiles en su cuerpo: dormía mejor, tenía menos antojos, la ansiedad que solía presentarse como un puño en el pecho se había disipado. Incluso su piel parecía más luminosa.
Semanas después de conocerlo, ya se sentía mejor. Había un ascenso sostenido en su bienestar. Entonces recordó su último estudio, anotando en su cuaderno una única palabra en mayúsculas: SEROTONINA.
Volvió a leer los artículos científicos. Hablaban de la serotonina como modulador de ánimo, del intestino, del sueño, pero también mencionaban algo que había pasado por alto: el afecto humano. El contacto cálido. La intimidad emocional. El amor, incluso. No de forma romántica necesariamente, sino como vínculo, como espejo emocional. Ahí comprendió.
Toda su estrategia había servido para preparar el terreno. Para que su cuerpo pudiera recibir, aceptar y amplificar algo que no se puede fabricar con avena ni con yoga: la serotonina que brota cuando uno se siente visto, acogido, sostenido. El vínculo era el catalizador que ejercía como un amplificador químico.
Esa noche, mientras él dormía a su lado, ella lo observó con una ternura inédita. No como se mira a alguien necesario, sino como se contempla una coincidencia biológica y mágica a la vez.
Gracias por leerme.

Como cocinillas venido a menos, por esas cosas de la vida de que cocinar para uno solo no me da mucho aliciente, estoy seguro de que vivir se parece mucho a cocinar. Lo digo no por las recetas, sino por la necesidad de encontrar el punto justo entre lo simple y lo sabroso.
Hay días que las comidas saben sosas, como pan sin levadura, y otros que estallan como un guiso bien hecho: lento, profundo, con capas que se revelan con el tiempo.
El descubrimiento llegó una tarde cualquiera, sin anuncios previos, en un rincón polvoriento del mercado, entre sacos de especias y ristras de ajos, apareció el frasco. “Ras el Hanout”, decía la etiqueta. La mezcla tenía un olor antiguo, casi sagrado: canela, jengibre, cúrcuma, comino, algo dulce y algo punzante. Se lo llevó sin dudar, guiado más por la memoria que por el paladar. Como la vida misma, este era un bonito regalo que llevar.
Esa noche hubo cena. No por una ocasión especial, sino por necesidad de reunir lo que llevaba tiempo cocinándose como un guiso perfecto.
Quienes se sentaron en la mesa eran de esos que siempre están, aunque a veces no se diga. Personas cercanas, con las que se sabe que siempre se puede contar, a pesar de la costumbre, o de la prisa, o los impedimentos de las propias vidas.
El plato salió del horno con un aroma envolvente, casi como si la casa misma quisiera abrazar. Ese abrazo siempre deseado y esperado. Hubo una expresión de asombro general
Tras el primer bocado, una pausa. Una de esas paradas en las que el gusto obliga al alma a despertar. Los sentidos parecieron despertarse y los labios cedieron al disfrute, como lo hacen en un beso profundo lleno de pasión.
“¿Qué le pusiste?”, preguntó alguien. La respuesta llegó sin grandes gestos: “Ras el Hanout. Significa ‘la cabeza de la tienda’. Es decir, lo mejor que el comerciante tiene es su tienda. Cada mezcla es única, por lo que pensé que eso deberíamos hacer también con las personas que queremos: poner lo mejor que tenemos en nuestra relación, aunque sea en silencio.
La ilusión llenó el espacio. Las palabras no hicieron ruido, pero se quedaron. Porque a veces se olvida que las relaciones también se condimentan. Que no basta con estar. Hace falta compañía, dulzura sin pedirla, llamadas, mensajes, sorpresas pequeñas que mantengan el entusiasmo y la relación viva, un poco de picante que agite la rutina, y sobre todo, calidez. Esa que no se compra, pero se nota, la que se comparte en una mirada o un roce de las manos.
Esa noche no hubo discursos ni promesas. Solo miradas que se entendieron mejor, risas que no buscaban likes y gestos que hablaban de compañía. Porque cuando se sazona la presencia con cuidado, la vida sabe diferente, sabe a hogar, a ternura, a paz, a ese “estoy contigo para siempre” que no necesita palabras. Estar en silencio sin necesidad de forzar.
Desde entonces, quien cocinó ese plato guarda el Ras el Hanout cerca. No solo en la cocina, también en el alma. Y cada vez que hay oportunidad, lo recuerda, la saborea ya que el cariño no se sirve solo, se condimenta. Y siempre, ¡siempre! hay que cuidar a quienes se quedan.
Gracias por leerme.

Como cada vez que entraba en aquel café, se sentó al final, en la esquina más oscura. Allí se sentía segura Nadie notaba su presencia, aunque estaba ahí desde el principio de los tiempos, convirtiéndo su mesa en un lugar fantástico para otear todo lo que ocurría.
Desde su posición observaba las mesas llenas de risas, las conversaciones que se entrelazaban como hilos invisibles, las miradas cómplices entre los amantes, los reproches… Y, sin embargo, nadie le dirigía una palabra.
Llenando sus pulmones de aquel aire cargado, Soledad suspiró, aceptando su propio ser, validando sus sentimientos y hasta su propia existencia. Era curioso cómo todos la conocían, pero nadie quería admitirlo. La rechazaban, la temían, la cubrían con ruido, con pantallas, con falsas compañías. Pero tarde o temprano, todos terminaban en su regazo. No por venganza, sino porque era inevitable.
Ella sabía y aceptaba la idea de que no siempre era bienvenida. Había quienes la buscaban, sí, quienes la invitaban y la abrazaban con aceptación, pero también estaban aquellos que la sufrían, que la llevaban a cuestas como un peso que no pidieron. Era la soledad impuesta, la que llegaba con despedidas que no se desearon, con ausencias que dolían como heridas abiertas. Esa soledad no era musa ni inspiración; era sombra, vacío, un eco constante de lo que ya no estaba.
A veces, se encontraba en habitaciones frías, donde la ausencia pesaba más que el aire. En hospitales donde las visitas no llegaban, en hogares donde el desamor se había vuelto costumbre y el silencio se instalaba entre las paredes. Se colaba en las vidas de aquellos que habían sido olvidados, de quienes esperaban llamadas que nunca sonaban, de quienes veían pasar los días sin un alma que les preguntara cómo estaban. En la soledad de una cama a medianoche.
Soledad conocía el sabor amargo del abandono, la sensación de gritar en un desierto donde nadie escuchaba, o en lo más profundo del monte, donde siempre había alguien que escapaba para ocultarse de los otros. Sabía que en esos casos no era bienvenida, que la querían expulsar como si fuera un mal del que se podía huir. Pero no siempre era posible. No siempre había alguien dispuesto a tender una mano.
Recordaba con ternura a los poetas que la abrazaban sin miedo, a los artistas que la invitaban a sentarse junto a ellos mientras creaban mundos con tinta y pinceles. Con ellos no tenía que esconderse. Con ellos no era una intrusa, sino una musa. Pero el resto de la humanidad la veía como una sombra no deseada.
Pero hasta a ella misma las dudas de su propia existencia también le asaltaban. A veces, Soledad se preguntaba cómo sería ser otra cosa, algo más cálida, más bienvenida. ¿Cómo sería ser Esperanza? ¿O quizás Amor? Nunca tendría esa respuesta. Su naturaleza era distinta. No traía promesas, ni susurros dulces, solo silencio. Y el silencio era demasiado incómodo para aquellos que temían encontrarse consigo mismos.
Se levantó de su asiento con calma. Era hora de seguir caminando por la ciudad, buscando nuevos rincones donde existir sin ser notada. Tal vez, en alguna ventana iluminada, encontraría a alguien dispuesto a compartir un poco de su espacio con ella. Después de todo, no pedía mucho. Solo que, de vez en cuando, alguien la mirara a los ojos y le dijera: «Te veo. Y hoy, está bien que estés aquí». No siempre es así.
Gracias por leerme.

Es increíble que estés tan lejos. Cuando me lo dijiste no te conté toda la verdad, me callé, no te dije lo que sentía, que no quería que te fueras.
Ahora que ya es tarde y regreso a casa medito sobre tu ausencia. Me emociona volver a leer tu mensaje de despedida. Eso me hace pensar y me da excusa para recuperar, aunque no estés, esas mariposas en el estómago que sabes que provocas en mí cuando estás cerca.
No sé en qué momento me di cuenta de lo importante que es ser echado de menos. Quizá fue hoy mismo, esta tarde cualquiera, cuando el teléfono vibró con un mensaje tuyo que decía: «Hoy he pensado mucho en ti». Así, sin más. Un recordatorio sencillo pero inmenso, como una brisa tibia en una mañana fría.
No estabas cerca, y sin embargo, estabas. Siempre estás.
Lo más increíble es que a veces creemos que la presencia es cuestión de distancia, que la cercanía se mide en pasos. Pero aprendí que no. Que hay alguien pensando en mí cuando el café humea en su taza, cuando escucha una canción y sonríe porque le recuerda a mí, cuando mira el cielo y se pregunta si también estaré viendo las mismas estrellas.
Vivimos en un mundo donde el ruido nos consume, donde el «te quiero» se da por hecho, donde la prisa nos roba los instantes. Pero saber que alguien, en algún rincón del mundo, me extraña, me piensa y me guarda en su corazón, me devuelve el sentido de todo. Porque ser añorado es, en cierto modo, existir más allá de uno mismo. Es vivir en los recuerdos, en la cotidianidad de alguien más, en la pausa de una respiración entre suspiros, o un abrazo que termina, sin esperarlo, en el más sincero de los besos.
Nos pasamos la vida buscando la validación en palabras, en promesas eternas, en gestos que desafíen lo efímero. Pero en realidad, lo más valioso es invisible y silencioso: un pensamiento furtivo en medio del día, un deseo de estar cerca sin necesidad de decirlo en voz alta.
Esos pequeños destellos de nostalgia son la prueba de que hay alguien a quien, sin importar la distancia, le hago falta. Y eso basta para sentirme menos solo.
Porque al final lo importante es saber que alguien te lleva consigo, incluso cuando el mundo sigue girando, incluso cuando no estás.
No hay mayor privilegio que ser el pensamiento recurrente de alguien, el eco que resuena en su ausencia, el tiempo que te dedica.
Gracias por leerme.

El eco de sus propios pasos, resonando contra las paredes del viejo apartamento, le resultaban del todo armónicos y misteriosos. Le daban a su vida una banda sonora misteriosa, atractiva.
Nada más entrar Se dejó caer en el sofá con un suspiro. Hundió el rostro en las manos. Su mente era un torbellino de pensamientos oscuros, resentimientos y frustraciones que se acumulaban. Sentía que la vida le había cerrado todas las puertas y que cada intento de avanzar terminaba en una pared invisible que lo devolvía al mismo punto de partida.
Esa tarde, en una de sus caminatas sin rumbo, terminó en una librería de segunda mano. Sin saber por qué, tomó un libro de filosofía oriental y comenzó a hojearlo. Una frase le llamó la atención: «No puedes controlar el mar, pero sí aprender a navegar sus olas». Se quedó mirando las palabras, que bailaban ante sus ojos al mismo ritmo que en tantas ocasiones contemplar el movimiento de la marea lo llevaba a la calma, como si esas olas fueran un código que debía descifrar.
Durante las siguientes semanas, dedicó unos minutos cada día a respirar, a meditar, a observar sus pensamientos sin juzgarlos. Al principio le resultó absurdo; su mente seguía gritando, pero poco a poco, fue sintiendo una paz extraña, como si hubiera un espacio dentro de él que no estaba contaminado por el ruido de su propia angustia.
Con el mismo vaivén del mar, los cambios se empezaron a notar. Su manera de reaccionar ante las dificultades se transformó. Ya no explotaba por cualquier contratiempo, ya no se paralizaba ante el miedo. La rabia y la desesperación fueron cediendo espacio a la aceptación y la claridad. Con ello, las oportunidades comenzaron a aparecer. Estaba orgulloso de su trabajo interior.
Sus sentimientos seguían activos, más que nunca, con más fuerza y sinceridad que nunca. Pero siempre hay cosas que no cambian. que todo lo contrario, que mejoran con el tiempo y con la mejora interior.
Como cada vez que la veía, la garganta se le anudó. Al encontrarse no hablaron, no había necesidad. Se miraron, con el peso del cariño que se tenían reflejado en sus ojos, y se abrazaron con fuerza. Al fundirse en ese abrazo ambos sintieron como algo dentro se rompía y se reconstruía al mismo tiempo. Era la paz que se daban, y con ella, el camino para avanzar.
Gracias por leerme.

Quizás empiezo a envejecer, o quizás es que hoy es uno de esos días en los que valoro mucho el tiempo dedicado. Con el paso de ese tiempo uno se da cuenta de que la verdadera riqueza no está en lo material, sino en la compañía de alguien que, sin grandes gestos ni palabras rimbombantes, te demuestra cada día cuánto le importas.
Me refiero al tiempo que invierte esa persona que te espera con paciencia a que salgas del trabajo, aunque el tráfico sea un caos. La que, sin que se lo pidas, te lleva un café caliente a la cama en las mañanas frías, o una tableta de chocolate a media tarde para ser compartida. Hablo de esa persona que te manda un mensaje, aunque hace poco tiempo que ha estado contigo, la que te acompaña a una compra porque sabe que, aunque digas que no te importa ir solo o sola, uno siempre se siente mejor con buena compañía.
Valoro qué importante es tener a alguien que te escuche cuando has tenido un mal día, aunque el suyo haya sido igual de complicado. La que te recuerda que cenes, porque sabe que a veces te pierdes en la rutina y te olvidas de cuidarte, la que te sorprende con tu postre favorito solo porque sí, sin razón especial.
Está bien estar momentos solos y disfrutar de esa soledad, pero no deja de estar muy bien tener quien te acompañe los domingos, sin importar si es para ver una película en el sofá, caminar por el parque o simplemente estar juntos sin hablar. Es una gozada tener a quien te cubre con una manta cuando te quedas dormido en el sillón, quien te escribe solo para saber si llegaste bien, quien te abraza sin razón, solo porque sabe que a veces un abrazo lo arregla todo.
Hay que valorar a quien te escucha sin juzgar, quien celebra contigo tus pequeñas victorias y te recuerda lo valioso que eres cuando dudas de ti mismo. Quien se fija en lo que te gusta y en lo que te molesta, no para cambiarte, sino para hacerte sentir más cómodo. Quien, aunque esté cansado, se queda un rato más despierto solo para acompañarte y hablar contigo. Quien te motiva a seguir adelante cuando piensas en rendirte y, cuando necesitas llorar, te ofrece su hombro sin decirte que seas fuerte.
Tiene mucho valor esa persona que, sin importar cuántos años pasen, sigue mirándote con cariño, sigue buscándote con la mirada en una habitación llena de gente, sigue eligiéndote cada día, pese a tener más opciones, y muchas de ellas más fáciles.
Hay que cuidar a esa persona que no solo está en los momentos felices, sino también en los difíciles, en las enfermedades, en las preocupaciones, en los días en los que no tienes ganas de hablar con nadie, pero su presencia reconforta, o que un simple mensaje provoca tu sonrisa.
En un mundo que a menudo nos empuja a la independencia y la autosuficiencia extrema, tener a alguien que te cuide, que se preocupe, que esté ahí, es un regalo invaluable. No es dependencia, es amor. Es la certeza de que, pase lo que pase, no te va a dejar solo.
Y todo ello, aunque a veces lo demos por sentado, es un lujo que pocos tienen y que todos deberíamos aprender a valorar.
Gracias por leerme.

Marta es jóven. Está secretamente enamorada de un chico llamado Alejandro. Ambos comparten clases en la universidad y, aunque Marta siempre encontraba excusas para estar cerca de él, nunca se atrevía a expresar sus sentimientos. Sin embargo, un día, Marta se encontró en una situación que cambiaría su perspectiva.
La profesora asignó un proyecto en parejas, y Marta se dio cuenta de que necesitaba la ayuda de alguien para completarlo. La idea de trabajar con Alejandro le emocionaba, pero el miedo al rechazo y al posible juicio la paralizaba. Los días pasaban, y Marta veía cómo otros compañeros se asociaban para el proyecto, mientras ella seguía sin atreverse a dar el paso.
Una tarde, Marta se encontró con Alejandro en la biblioteca. Estaba absorto en sus libros, y Marta sentía que era el momento perfecto para pedirle ayuda. Sin embargo, el miedo se apoderó de ella, y en lugar de abordarlo directamente, comenzó a buscar libros en la misma sección, esperando que Alejandro notara su presencia y le ofreciera su ayuda.
Los minutos pasaron, y Marta, cada vez más nerviosa, no pudo resistir más. Finalmente, decidió hablarle, pero cuando abrió la boca, sus palabras salieron entrecortadas y nerviosas. «Alejandro, ¿te importaría ser mi pareja en el proyecto?», balbuceó Marta, sintiendo que el corazón le latía con fuerza.
Para su sorpresa, Alejandro sonrió amablemente y aceptó con gusto. Comenzaron a trabajar juntos, y Marta descubrió que no solo compartían ideas creativas, sino también risas y conversaciones profundas. A medida que el proyecto avanzaba, Marta se dio cuenta de que había dejado pasar oportunidades por miedo.
El día de la presentación llegó. Marta y Alejandro dieron lo mejor de sí mismos. Después, cuando estaban celebrando el éxito del proyecto, Marta decidió volver a ser valiente y confesar sus sentimientos.
Para su sorpresa, Alejandro correspondió, y ambos se dieron cuenta de que habían estado perdiendo tiempo por temor a arriesgarse. Eran un equipazo.
La moraleja de la historia es que no podemos dejar que el miedo nos paralice y nos impida buscar lo que realmente queremos. A veces, es necesario superar la timidez y luchar por nuestras oportunidades, por nuestros sueños, antes de que sea demasiado tarde. Marta aprendió que la vida está llena de posibilidades, pero solo podemos aprovecharlas si nos atrevemos a dar el primer paso.
Gracias por leerme.

Es duro empezar a escribir una despedida frente a una hoja en blanco. No sé si seré capaz de resumir todo lo que significaste para mí, pero, como siempre digo, hay jueves con más suerte que otros. Este aún está por ver.
Sabes a ciencia cierta que eres un capítulo que llegó lleno de promesas, y aunque ahora parezca que solo me has dejado vacíos, sé que eso no es del todo cierto. Te marchas como una tormenta que se disipa, dejando a su paso los rastros de lo que fue. Y aquí estoy yo, contemplando lo que queda tras tu partida.
Fuiste un sentimiento complicado, no lo voy a negar. Me enseñaste que la vida no siempre sigue el ritmo que uno quisiera. Por momentos avanzaste con una velocidad insoportable, llevándote contigo noches y días sin dormir, como si estos no importaran, como si fueran hojas secas en el viento. En otros momentos, me dejaste suspendido, obligándome a enfrentarme a un espejo del que no podía apartar la mirada. Aprendí a lidiar con el tiempo, aunque nunca logré domarlo.
Sin embargo, no todo fueron sombras. Trajiste momentos de luz, de esos que todavía atesoro en los rincones más cálidos de mi memoria. Me regalaste risas compartidas, noches bajo un cielo estrellado y promesas murmuradas al oído.
En tus días habitaron abrazos que parecían eternos y palabras que llenaron vacíos que yo ni siquiera sabía que existían. Pero también me diste pérdidas, algunas tan desgarradoras que dejaron huecos que aún no sé cómo llenar.
Me duele despedirme de ti porque sé que contigo se van no solo los días, no solo emociones y aventuras, sino también versiones de mí: la que era fuerte cuando lo necesitaba, la que se derrumbaba en silencio, la que creyó que todo iba a estar bien.
Contigo dejé de ser muchas cosas, pero también descubrí otras partes de mí que no sabía que existían. En tí aprendí a ser valiente, aunque no siempre tuviera fuerzas, y a dejar ir, aunque eso me rompiera por dentro.
Ahora que el calendario avanza implacable hacia un nuevo comienzo, no puedo evitar sentir un nudo en el pecho. Decir adiós nunca es fácil, y contigo no es la excepción. Siento que al despedirme de ti, me despido de algo mucho más grande que un simple año.
No es solo es a ti, 2024, a quien estoy dejando atrás, también dejo un pedazo de mi, de ti, de nosotros…
Gracias por leerme.
La vida no siempre es cómo se espera. Enrique había pasado toda su vida persiguiendo lo que la sociedad le había dicho que debía buscar: una carrera brillante, un matrimonio sólido, una casa en un vecindario seguro, y una cuenta bancaria que reflejara éxito. A sus cincuenta años, tenía todo eso, pero aún sentía un vacío, una especie de desasosiego que le impedía disfrutar de todo aquello que había construido.
Un día, mientras caminaba por la ciudad después de una larga jornada de trabajo, vio algo que lo desconcertó: una pequeña puerta de madera, escondida entre dos edificios, apenas visible entre las sombras del callejón. No había ninguna señal, ninguna indicación, sin embargo, algo en esa puerta lo llamaba, como si hubiera estado esperándolo toda su vida.
Enrique, guiado por una intuición inexplicable, se acercó y giró el oxidado pomo. La puerta se abrió sin esfuerzo, revelando una escalera empinada que descendía hacia la oscuridad. Dudó por un instante, pero algo más fuerte que el miedo lo empujó a bajar.
Al final de la escalera encontró un largo pasillo iluminado por luces cálidas que lo hicieron sentir como si hubiera entrado en otro mundo. Las paredes estaban cubiertas con espejos de diferentes formas y tamaños, pero lo extraño era que en cada uno de ellos, Enrique se veía diferente. En uno era más joven, con el rostro lleno de entusiasmo; en otro, llevaba la ropa que usaba en la universidad, con ese aire rebelde que había dejado atrás hacía mucho, en el siguiente se reflejaba un Enrique que no reconocía, quizás del futuro. Cada reflejo le mostraba una versión de sí mismo. Algunos mostraban momentos felices, otros escenas que había reprimido o negado.
Conforme avanzaba, una sensación de nostalgia y melancolía se mezclaba con una creciente curiosidad. Sentía que estaba desentrañando un misterio sobre sí mismo, algo que había ignorado durante años. Finalmente, el pasillo terminaba en otra puerta, mucho más antigua y desgastada que la primera. Enrique la abrió sin vacilar.
Enrique sintió un nudo en la garganta. Toda su vida había corrido detrás de metas, sin detenerse a pensar en lo que realmente le daba sentido. Y ahora, en este lugar oculto, sentía por primera vez en años una calma profunda.
Su propia voz interior le habló:
—La felicidad nunca estuvo en lo que creías —dijo ella suavemente—. Estaba en la puerta que no te atrevías a abrir, en los momentos que dejaste pasar, en las partes de ti que negaste. Ahora puedes decidir.
Enrique miró a los ojos de su propio reflejo. Había una paz innegable en su mirada. En ese instante comprendió que la puerta hacia la felicidad no estaba en el dinero, el éxito o la validación externa. Estaba en aceptar todas las partes de sí mismo, en abrazar tanto los momentos de alegría como los de dolor.
Gracias por acompañarme SIEMPRE en este viaje.
Gracias por leerme.