«No todo se cuenta en Instagram»

Hoy es día de almuerzo, de amigos, de risas y de cháchara. Antonio se reúne con un grupo de amigos y conocidos en una acogedora cafetería del centro. Las conversaciones van y vienen, y como es habitual, alguien mencionó Instagram. Todos comenzaron a sacar sus teléfonos, mostrando las fotos más recientes de sus salidas, comidas, y eventos.

–Antonio es el que sube un montón de cosas a su Instagram, nos lo va contando todo paso a paso –comentó Alicia.

Antonio sonrió y dejó su café sobre la mesa. “No te creas, no subo todo lo que hago” “La verdad es que prefiero guardar algunas cosas solo para mí”, respondió con calma.

–No te creo, ¡lo cuentas todo!, de hecho me extraña que no hayas colgado algo ya de esta reunión de hoy. 

Antonio se acodó en su silla y tomó un sorbo de café antes de responder. 

–¿Lo ves? Tú misma has puesto un buen ejemplo. De este encuentro de hoy publicaré algo, no hay nada que ocultar, pero aún no lo he hecho. 

–Entonces me estás dando la razón -sentenció su amiga.

–Sí y no. Ya te digo que no cuento todo lo que hago. Mira no tengo nada en contra de compartir momentos en redes sociales, me gusta hacerlo. Es una forma maravillosa de conectar y mantenernos al día. Pero, por otro lado, hay experiencias que, para mí, son tan especiales que no necesitan ser contadas, de las que no quiero la validación de los ‘likes’ o comentarios. Son recuerdos, de momentos, o los vividos con ciertas personas, que prefiero guardar siempre en mi memoria, lejos de la mirada de los demás.

El grupo quedó en silencio por un momento, intrigado por lo que estaba contando.

–Pero si no lo compartes, nadie sabrá lo que viviste –comentó Javier, otro de los presentes.

–Y eso está bien –replicó Antonio–. No todo lo que hacemos tiene que ser público. Hay momentos que son tan profundos y personales que compartirlos los diluiría. Además, vivimos en una era donde parece que si no lo compartes, no pasó, como dice de forma parecida la canción. Pero no es así. Algunas de mis mejores experiencias son aquellas que guardo para mí, que atesoro en mi corazón y que no necesitan ser mostradas para ser valiosas. Que ninguno de los presentes conoce. Algunas historias son solo mías, y está bien que así sea. Al final, la vida se trata de esos momentos especiales, buenos o malos, que siempre nos hacen sentir vivos, que nos llenan de paz, de felicidad, de miradas, de complicidad…

–¿Entonces nos ocultas cosas? –consultó Alicia.

–Puede ser. Eso tampoco te lo confesaré –manifestó Antonio mirándola con una sonrisa pícara en su rostro, a la vez que levantaba su copa para brindar–, pero yo que tú no apostaba en contra, aunque, a lo mejor, eres parte de ese secreto.

El grupo respondió al brindis, pero, aunque con risas, dejó en silencio ese tema, asimilando las palabras de Antonio. Tal vez, después de todo, había algo de verdad en eso de guardarse los mejores momentos solo para uno mismo. Yo lo hago. Pero eso tampoco te lo contaré.

Gracias por leerme.

«Una sorpresa increíble»

«Una sorpresa increíble»

La tarde está tranquila. Por fin ha terminado sus quehaceres diarios y se dirige a su coche para poner rumbo a casa. Necesita descansar.  El día, como otros muchos, ha sido intenso y su cabeza está embotada. 

Desde lejos, al vislumbrar su coche, estacionado en el aparcamiento del centro comercial nota algo peculiar: una bolsa de papel marrón, cuidadosamente colocada se encuentra junto a su automóvil. «¡Alguien la ha olvidado!» Eso es lo primero que piensa.

Como es normal, la intriga le puede. Se acerca y sin tocarla mira en su interior.  «¡No puede ser!» exclama mirando para un lado y para otro. Se sonroja. Los nervios se apropian de su persona. No sabe qué hacer. Mira a un lado y a otro. No hay nadie en las inmediaciones. 

Por fin se decide. La coge. En su interior descubre una gran sorpresa que, más allá del valor material que tiene, simboliza una serie de pequeños frascos de colores brillantes, cada uno etiquetado con una emoción diferente: alegría, gratitud, esperanza, amor, paz… Como si estuvieran todos juntos, dentro de un gran recipiente de color blanco. 

De repente, una voz suena a su espalda: «¿Qué nervios verdad?». Sonríe al escuchar aquel timbre de voz que tantos buenos momentos disfrutan juntos. «Es lo que deseabas y, ¡caray! ¿por qué no?». Se gira. Se miran. Sonríen. Se abruma por la generosidad y el amor que acaba de recibir. Siempre es capaz de generar esas sorpresas. Es una maravilla. Un regalo más allá de sus expectativas, un gesto asombroso que denota lo que significa para esa otra persona. 

Los nervios de la emoción le llenan los ojos. Es incapaz de reaccionar. sigue sin salir de su asombro. «¡Eres increible!».

Gracias por leerme.

«Noche de mimos»

«Noche de mimos»

Cande acaba de salir de trabajar. Está francamente agotada, con la mente llena de informes, correos electrónicos y reuniones interminables, que la han exprimido. El reloj marca las seis de la tarde cuando finalmente pudo abandonar la oficina. Mientras camina hacia su casa, saca el teléfono y le manda un mensaje a Jorge, su pareja, avisándole de que está de camino.

Cuando llega a casa, nada más abrir la puerta, la cara le cambia. El ambiente es completamente diferente al habitual. 

En lugar de encontrar el típico silencio que suele reinar en su hogar, es recibida por una suave melodía que resuena por toda la sala. 

Una luz tenue ilumina el espacio, proveniente de las velas que están distribuidas estratégicamente por el salón.

Cande no podía creer lo que ve. Dejó su bolso en el suelo y avanzó lentamente hacia el salón, donde descubrió a Jorge de pie, con una sonrisa radiante en el rostro.

«¡Bienvenida a casa, mi amor!», dijo él con entusiasmo, extendiendo los brazos para recibirla. Cande se quedó sin palabras, con los ojos llenos de emoción. Así era él, siempre dispuesto a preparar algo para sorprenderla. Se acercó a él y se fundieron en un cálido abrazo.

–¿Qué es todo esto?–preguntó Cande, asombrada. 

Jorge le guiñó un ojo y le tomó la mano, conduciéndola hacia la mesa del comedor, que estaba decorada con flores frescas y una cena exquisita preparada con esmero.

–Quería hacer algo especial para ti hoy –explicó Jorge–, he pasado toda la tarde organizándolo.

Cande se dejó llevar por la magia del momento. Se sentaron juntos a la mesa y compartieron risas, conversaciones y miradas cómplices mientras disfrutaban de la deliciosa cena y un buen vino. 

Después de la cena, Jorge puso música suave de fondo y juntos bailaron en medio de la sala, abrazados y felices.

En ese momento, Cande se dio cuenta de lo afortunada que era por tener a alguien como Jorge a su lado, alguien que siempre encontraba maneras de sorprenderla y hacerla sentir amada.

La noche pasó entre risas, caricias y complicidad, sellando un recuerdo inolvidable en sus corazones que justos se llenaban de paz.

Gracias por leerme.

«Una vela para amar y cuidarse»

«Una vela para amar y cuidarse»

Parece que las noches frías y oscuras de invierno están llegando a su fin. María se encontraba sola en su acogedor apartamento. El viento aullaba afuera, y la lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas. Se sentía abrumada por la soledad y la tristeza, anhelando la compañía de alguien especial que ya no estaba a su lado.

En un intento por reconfortarse, María encendió una vela, esa que él le había regalado, y se sentó frente a ella, para compartir, con sus propios fantasmas, una copa de vino. 

La centelleante luz llenó la habitación, disipando en parte la oscuridad que envolvía el corazón de María. Mientras observaba las llamas titilantes, sus pensamientos vagaron hacia los momentos felices que había compartido tiempo atrás.

Recordó las largas conversaciones en las noches de verano, las risas compartidas bajo el cálido sol y los abrazos reconfortantes en los momentos difíciles. La vela parecía iluminar esos recuerdos, haciéndolos brillar con una intensidad reconfortante.

Sin embargo, junto con los recuerdos felices, también vinieron los momentos de dolor y nostalgia. María recordaba la sensación de vacío que había experimentado. Echaba terriblemente de menos su abrazo y anhelaba sentir su presencia a su lado una vez más. La vela parecía capturar esos sentimientos de añoranza y transformarlos en una luz de esperanza.

A medida que las llamas bailaban, María se dio cuenta de que aunque ya no estuviera físicamente presente, el amor que compartían seguía ardiendo. Era un fuego que nunca se extinguiría, una llama eterna que iluminaba su camino incluso en los momentos más oscuros. 

Decidió que, en lugar de dejarse consumir por la tristeza y la soledad, honraría el amor que compartían buscando los buenos momentos y llevando consigo la luz viva en su corazón. 

Con esa determinación en mente, María apagó la vela, pero la luz de su amor seguía brillando en su interior. Sabía que aunque la noche fuera oscura, siempre habría una luz que la guiaría hacia adelante: la luz de aquel precioso amor verdadero.

Gracias por leerme.

«Una tarde de compras»

«Una tarde de compras»

Hoy es una tarde fría de invierno donde el aire se llena del susurro del viento, el petricor domina el ambiente y el crujir de las hojas secas caídas bajo los pies hace un curioso efecto musical. 

En el bullicioso supermercado, entre pasillos llenos de productos y carritos de compra, dos almas destinadas a encontrarse están a punto de tener un encuentro fortuito. 

Lucas, un joven de cabello oscuro y ojos avellana, está en busca de algo para cenar esta noche. Camina por los pasillos, observando las estanterías con atención, cuando sus ojos se posan en los congelados. Mientras se acerca, nota que una chica de cabello rizado y una sonrisa encantadora estaba examinando las opciones de pizzas congeladas.

Sin saber por qué, Lucas se encontró caminando hacia ella. Cuando estaba a punto de alcanzarla, tal y como ocurre en alguna película, ambos extendieron la mano para tomar una de las mismas pizzas, rozando sus dedos en el proceso. Un ligero escalofrío recorrió sus cuerpos, y sus miradas se encontraron en un instante de conexión fugaz pero palpable.

—¡Vaya! Parece que tenemos los mismos gustos —dijo Lucas con una sonrisa nerviosa.

La chica rió suavemente y asintió. —Parece que sí. Supongo que eso significa que tenemos buen gusto.

Se presentaron. A partir de ese momento, la conversación fluyó con naturalidad,a compañándose en la compra, mientras comparaban los alimentos que escogían, intercambiando recomendaciones y anécdotas de sus vidas. Descubrieron que tenían mucho en común, desde sus gustos culinarios hasta sus pasatiempos.

El tiempo se detuvo mientras compartían risas y confidencias en medio del pasillo de congelados. No importaba el frío que los rodeaba, porque entre ellos había una calidez reconfortante que los envolvía. Se sentían cómodos el uno con el otro, como si se conocieran desde hace mucho tiempo.

Cuando finalmente se dirigieron juntos hacia la caja registradora, continuando su conversación animada. Intercambiaron números de teléfono con la promesa de volver a encontrarse pronto y acompañarse cada vez que les fuera posible.

Mientras salían del supermercado, Lucas y Sofía se despidieron con una sonrisa. Ninguno de los dos quería marcharse, ninguno de los dos quería que el otro se marchara. Aunque habían entrado en el supermercado como extraños, salían de él con la certeza de que habían encontrado algo especial el uno en el otro. 

Y así, entre los pasillos congelados de un supermercado, comenzó una historia de amor que prometía llenar sus vidas de calidez y felicidad.

Gracias por leerme.

«Ella es especial»

Me has contado, y así lo narro, que en este rincón del universo, existe una chica cuya singularidad se destaca en cada faceta de su ser. Sabes quién es. Ella se ha dado cuenta de que tú la haces sentir así. La haces sentir especial. 

Su sonrisa, aunque pueda parecerte cursi admitirlo, es como el sol al amanecer, ilumina los días oscuros y transforma lo ordinario en extraordinario. 

Su mirada es un reflejo de estrellas, portadora de misterios y sueños compartidos.

Esta chica es especial porque su corazón late al compás de la pasión por todo lo que hace, tejiendo puentes que conectan almas. La tuya y la de ella. 

En sus abrazos encuentras paz. Cuando los estrechas, así, apretaditos, como a ambos les gusta, te sitúas en un hogar donde cada preocupación se disuelve, y es reemplazada por la calidez de su amor incondicional.

Sus palabras son como poesía, resonando en el aire con la dulzura de una melodía única. 

Cada conversación que mantienes con ella es un viaje donde descubres capítulos nuevos de su encanto. 

En su presencia, el tiempo se detiene, creando momentos atesorados que se graban en la memoria como joyas preciosas, que no quieres perder y que cada día sueñas con repetir. 

La chica especial es ella, pues ve la belleza en lo simple, encuentra alegría en los pequeños detalles y transforma lo cotidiano en algo extraordinario. 

Su pasión es un fuego que arde con intensidad, inspirando a quienes la rodean a perseguir sus propios sueños. Los tuyos son ella.

Ella es especial porque es auténtica, radiando autenticidad en cada paso que da. 

Su valentía es un faro que guía a otros a enfrentar el mundo con determinación. En su presencia, florecen la confianza y la autoaceptación.

En resumen, esta chica especial es un caleidoscopio de cualidades únicas que hacen que la vida se vea en una cascada de colores y emociones, convirtiéndola en una experiencia vibrante y significativa para tí. 

Su presencia es un regalo, y cada día a su lado es una celebración de la maravilla que es tenerla en el mundo.

Ella es especial porque ilumina cada rincón de tu vida con una luz única, su risa es la melodía que alegra el día  y su presencia es el refugio que reconforta su corazón. 

Cada detalle de ella es un recordatorio de lo afortunado que eres al tenerla en tu vida. Cuídala, cuídala para SIEMPRE.

Gracias por leerme.

«Una armadura para Alex»

«Una armadura para Alex»

Nada más levantarse de la cama, desayunar y asearse, Alex se coloca su armadura invisible para poder enfrentar el día que le espera por delante. 

Cuando se mira al espejo, suspira profundamente y desea que hoy este acero, oculto a los ojos de los demás, cumpla con su función y le proteja.

Con el paso del tiempo, y los devenires de su vida, el chico había aprendido a construir esa gran coraza invisible a los ojos de los demás, para protegerse de las heridas que el día a día y las personas podían infligirle. Aún así, se mueve por el mundo con cautela, siempre manteniendo una distancia segura de los demás, evitando que alguien pudiera ver a través de su fachada de seguridad. 

Un día, en una cafetería del centro de la ciudad, sus ojos se posaron en una chica llamada Laura. Ella era radiante, preciosa, delicada y fuerte como una mariposa, con una sorprendente sonrisa que iluminaba y abarcaba todo el local. Aunque Alex intentaba mantener su distancia, no pudo evitar sentir una conexión instantánea con ella. 

A pesar de sus intentos por mantenerse protegido, el destino tenía otros planes. Alex y Laura comenzaron a encontrarse con frecuencia en diferentes lugares y, cada vez que ella hablaba, sus palabras resonaban en el corazón de Alex de una manera que la armadura no podía contener. 

Laura, con su naturaleza amable y su personalidad vibrante, comenzó a desarmar poco a poco las defensas invisibles que Alex había erigido durante tantos años y tanto cuidado.

A medida que pasaba el tiempo, la conexión entre Alex y Laura se intensificaba. Sus conversaciones profundizaban, y sus miradas decían más que mil palabras.

Alex no podía evitar enamorarse de ella. La complicada danza entre la armadura y las palabras de Laura, que la desarmaban, se volvía más evidente con cada encuentro. 

En su lucha interna, Alex se encontraba dividido entre la necesidad de protegerse y el deseo de abrir su corazón a la posibilidad del amor.

Al regresar a casa después de cada encuentro con Laura, se enfrentaba a la tarea de reconstruir la armadura que ella había desmantelado con su presencia. Cada pieza caída era recogida con cuidado, cada grieta era reparada con esmero, en un esfuerzo desesperado por mantener a raya la vulnerabilidad. Hasta el mismo yunque en el que trabajaba se mostraba lleno de marcas, cicatrices, antiguas heridas y golpes.

Alex no podía evitar la esperanza de que ella pudiera ver a través de su armadura y apreciar la persona que se ocultaba detrás. 

El proceso de desarme y reconstrucción se volvió una rutina constante en su vida, una lucha entre la autenticidad y la autoprotección.

En este juego de emociones, Alex se dio cuenta de que el amor no siempre sigue el guión que uno espera. A veces, las barreras que construimos para protegernos pueden ser las mismas que nos impiden encontrar la felicidad. Y así, mientras seguía luchando con su armadura invisible, Alex continuaba su viaje, preguntándose si algún día encontraría la valentía necesaria para dejarla completamente atrás y permitir que el amor floreciera en su vida.

Gracias por leerme.

«El secreto de la concha»

«El secreto de la concha»

Los ojos de Marcos reflejan el azul profundo del mar. Muchas tardes, al salir del trabajo, o cuando la casa se le hace pequeña, se acerca a la costa, donde la brisa salada y el murmullo de las olas generan la banda sonora de su vida. 

Marcos encuentra consuelo y reflexión junto a la orilla del mar, caminando, observando el devenir de las olas y lanzando piedras al agua, para embobarse y  contabilizar el rebote que éstas realizan contra las olas.

En su cabeza, en cada piedra que lanza al mar, Marcos hace que lleve consigo un peso invisible, simbolizando las dificultades y preocupaciones que carga en su corazón. Con cada uno de esos lanzamientos, siente cómo esas piedras rebotan en la superficie del agua, llevándose consigo un poco del peso que le agobia. Esa es su manera de liberar tensiones, de dejar que el mar haga navegar, y hundir en la distancia, sus problemas. Quizás sea su manera de purificarse.

Una tarde, mientras el sol se sumerge en el horizonte y las olas juguetean en la orilla, Marcos sintió que era el momento de lanzar una última piedra antes de marcharse a casa. Sin embargo, al mirarla detenidamente, notó que era diferente. En lugar de ser un simple guijarro, se encontró con una pequeña concha entre la arena.

Como si de una atracción se tratara, la contempló con detenimiento y cariño. Esta concha representaba algo mucho más precioso para Marcos, podría ser Elena. Su preciosa y bella Elena. 

Ella había llegado a su vida, como lo acababa de hacer aquel pequeño caparazón,  sin querer, como una suave brisa, trayendo consigo la calma y la alegría. 

Juntos también se habían enfrentado a tempestades, y algunas de esas tormentas habían dejado cicatrices en sus corazones. Todo ello les había servido para crecer y mejorar su relación. 

Marcos miró la concha. Indeciso, sobre si debía lanzarla o no al mar como las demás piedras. Pensativo, se descubrió acariciándola, tal y como acaricia el rostro de Elena. 

Temía perderla, pero al mismo tiempo, sabía que dejarla ir podría significar liberarse de las cargas del pasado. Marcos cerró los ojos, sintiendo la brisa marina acariciar su rostro, y tomó una decisión.

En lugar de lanzar la concha al mar, la guardó cuidadosamente en su bolsillo. Sabía que no podía deshacerse de la única cosa que le daba esperanza y motivación para seguir adelante. 

La concha se convirtió en su recordatorio de que, a pesar de las dificultades, él estaba dispuesto a luchar por el amor que compartía con Elena.

Los días pasaron. Marcos continuó lanzando piedras al mar para liberar sus tensiones, pero siempre guardaba la concha como un símbolo de perseverancia y amor. A medida que enfrentaban nuevas olas de desafíos juntos, la concha se convirtió en un faro que lo guiaba a través de las tormentas.

El mar, testigo silencioso de la historia de Marcos, seguía susurrando secretos de esperanza en las olas que acariciaban la orilla. Y así, con la concha guardada en su bolsillo y en su corazón, Marcos continuó enfrentando la vida con valentía, sabiendo que el amor verdadero era un tesoro que merecía ser protegido y preservado.

Gracias por leerme.

«Secretos de ventana»

«Secretos de ventana»

Hay noches, cielos y ventanas que están pensadas para anhelar. Al menos a esa conclusión llegó Laura, una mujer apasionada y llena de vida, al pasar más de una hora con la mirada perdida tras el vidrio de la ventana de su dormitorio, contemplando el brillo de esta babosa luna de diciembre. 

Laura tiene un corazón enorme, precioso, de esos que enamoran nada más acercarse a ella, que late con fuerza cada vez que piensa en Carlos, que le sonríe cuando lo ve de lejos, y que balbucea sus latidos de emoción cuando él la roza con sus manos. Carlos es su amante secreto. 

Hoy es una de esas noches en las que Laura sufre en silencio. La veo con la cara pegada al cristal de su ventana, triste, ausente, intentando justificar y encontrar una razón de porqué se siente así, de porqué mantiene esos sentimientos hacia Carlos. Lamenta no haber quedado hoy con él. No pudo hacerlo. Sabe que él la esperaba, que también la echa de menos y en falta, que la busca para cuidarla y darle todo aquello que ella, sin saberlo, pues nunca lo ha tenido, necesita.

Los días pasan lentos cuando él no está cerca. Hoy es uno de esos. Por eso lo sueña tras la ventana, deseando que cada momento compartido, ahora convertido en un tesoro, guardado con celo en el cofre de sus recuerdos, vuelvan a ella, a erizarle la piel como en el momento en el que lo vivieron en primera persona.

Carlos es un tipo encantador, con mirada profunda que revela un alma apasionada, loco por ella. Juntos comparten risas y susurros bajo la luna, pero sus vidas se mantienen separadas, aunque el uno en el otro, encuentran un oasis de amor, paz y complicidad. 

A pesar de la intensidad de sus sentimientos, Laura no se atreve a expresar lo que su corazón anhela. Tiene miedo de que las palabras y sentimientos rompan el delicado equilibrio en el que vive. 

Le gusta cuando él le escribe. Aunque no lo reconoce, o no lo hace como le gustaría hacerlo, como tampoco admite la desazón que le asalta cuando coge el móvil para descubrir que él no le ha escrito. Eso le pone nerviosa, “¿Qué está haciendo?”. No quiere perderlo. Sonríe por dentro cuando descubre sus mensajes.

Las noches así son difíciles para Laura. Se encuentra sola en su habitación, mirando fijamente la luna desde su ventana. Susurros de deseo escapaban de sus labios, pero las palabras nunca llegan a un mensaje que Carlos desea recibir. 

Él anda igual, tras su propio cristal. Dolido por no verla, por no saber nada de ella, por querer abrazarla, acariciarla y no poder hacerlo. Un suspiro se escapa de sus labios mientras, entre sus manos, sostiene aquel reloj que ella le regaló y que rara vez se quita. Siente la textura rugosa del metal, como la que ahora mismo forma los tejidos de su corazón. Se pregunta si Laura está pensando en él. La idea de que no sea así lo abate. 

Es una noche fría y estrellada. Laura se mantiene en su ventana mirando el cielo. La luna, testigo silencioso de su dolor, le recuerda a Carlos. Cierra los ojos con fuerza, deseando que las palabras, esas que no puede decir, encuentren su camino hacia él. Una lágrima cae por su rostro. 

Así, en el silencio de la noche, en el secreto que guarda tras su ventana, Laura continúa su espera, llevando consigo el peso de sus palabras no dichas y la esperanza de que el destino les permita encontrarse de nuevo.

Gracias por leerme.

«Con 150 monedas de oro»

«Con 150 monedas de oro»

Desde que Judas traicionó a Jesús, por treinta monedas de plata, la historia no ha cambiado mucho. El dinero, probablemente más que entonces, sigue emponzoñando los corazones de las personas, que, cuanto más tienen, más quieren. 

Alejandro vive a la sombra de una dama, de esas dueñas de vastas tierras y poseedora de una gran fortuna. Su mirada fría y su voz firme resuena en cada rincón del pueblo que administra, pues cada día ordena y solicita, a todos los que están a su alrededor y bajo su yugo, todo aquello que le apetece. 

Por el contrario, Alejandro, es un hombre tranquilo con ojos llenos de anhelos y espíritu inquebrantable, que sueña con ganar su espacio y mejorar su vida. 

Alejandro trabajaba incansablemente para la Señora. Un día logró escapar de aquel territorio, pero para poder conseguir sus propósitos necesitaba que le fuera concedida la libertad. 

A pesar de sus años de leal servicio, no lograba que lo dejaran ir. Él era como una posesión, un peón en su extenso tablero de ajedrez, que daba poder a la Señora. 

Un día, mientras caminaba por el mercado, Alejandro se encontró con un anciano que narraba la leyenda de unas monedas de la libertad. El muchacho paró y el viejo le contó la historia sobre aquellos dineros cuyo precio era alto: 150 monedas de oro, de las cuales él sólo tendría que poner la mitad, y su Señora, la otra parte. 

Alejandro, con ganas de romper las cadenas que lo ataban, decidió hablar con ella, y solicitar el otro cincuenta por ciento. La mitad le fue negada. 

Con determinación, Alejandro trabajó aún más duro, ahorrando cada moneda de oro que podía encontrar. Vendió sus pertenencias y ayudó a trabajos adicionales en el pueblo. Eventualmente, después de mucho esfuerzo, reunió las otras 75 monedas de oro que le faltaban y le entregó el total de las 150 monedas al anciano.

Alejandro regresó a la mansión de la Señora, le enseñó los documentos que le otorgaban la libertad. Con ese espíritu de ilusión que le caracterizaba, Alejandro le mantuvo la mirada y le dijo: “No se preocupe mi señora, por mi culpa usted no perderá ni una sola de sus riquezas, a esta ronda invito yo, pero ahí se queda.”

En ese momento, Alejandro sintió que las cadenas que lo habían atado durante tanto tiempo comenzaban a aflojarse.

A medida que caminaba hacia su ansiada libertad, sintió la dulce y preciosa brisa acariciar su rostro, como una mano suave que consuela y da calma y refugio en lo momentos que más se necesitan, agradecido por haber pagado el precio necesario para recuperar su vida, sin tener que suplicarla. Pero aún le quedaba camino por recorrer, y sabía que no lo haría solo, pues siempre estaría acompañado.

Gracias por leerme.