«Viaje en el tiempo»

Extraída, sin permiso, de San Google
A cada vuelta del tambor de la lavadora su boca abierta se secaba más. 
Estaba allí sentado, observando como se lavaba su disfraz de romano, siguiendo con su mirada cada uno de los giros. Su cabeza daba vueltas y vueltas, en el mismo sentido, como lo hace una peana de manera incansable, hasta que poco a poco detiene su movimiento. Pasado un rato se desmayó.
Le despertaron unos fuertes golpes en los cachetes. El dolor le devolvió a la realidad. Cuando pudo abrir los ojos se sorprendió, al ver a una señora mayor que le abofeteaba con fuerza mientras le gritaba palabras que no podía entender.
Se recuperó. Sentado en el suelo descubrió que estaba sobre la arena. La mujer lo avisaba. Iba a ser atacado.

Había descubierto la manera de viajar en el tiempo, pero aquella túnica le había encogido, por descuido no había escogido el programa para ropas delicadas. 

«La línea errónea»

Extraída, sin permiso, de San Google
Pintando aquellos extraños bisontes comenzó a sentir una extraña sensación en la garganta. sabia que algo no iba bien aunque siguió concentrado en su trabajo, al fin y al cabo le atraían mucho aquellos encargos, tan fuera de lo común.
Decidió terminar de perfilar todo el contorno del imponente animal, que ahora tenía entre manos, para luego toser. Era el primero de una larga serie de carraspeos.
Según pasaban los minutos, notaba como la fiebre comenzaba a subir mientras su cuerpo respondía con sudoración, sensación de frío… Tenía que parar. Volvió a toser ahora lo hacía de manera continuada.

Justo en el momento en el que estaba rematando la tan característica frente, un potente golpe de tos hizo que su firme mano se desviara del trazado marcado para cometer el peor error de su vida laboral. Aquella espalda, aquel tatuaje, ya nunca sería lo que pretendía ser. 

«El último combate»

Hecha con mi móvil. Puerto de la Cruz.
Tenía los
grandes guantes rojos enfundados y bien ceñidos a sus muñecas. Los calzones,
que a priori lucían una talla más de la que en verdad llevaba, le daban la
soltura y ligereza que necesitaba para poder moverse con agilidad sobre el
cuadrilátero. Su piel aparentaba sudorosa, húmeda, quizás por culpa de los
repetitivos saltos con la comba que le ayudaba a calentar. Su mirada estaba
perdida, vacía.
            A su alrededor el ruido era
ensordecedor. Pero no había gritos, ni ánimos, no identificaba voces humanas.

           Cuando sonó la campanada supo que el
combate había terminado. Por fin, su alma de boxeador, dejaría de luchar
encerrada dentro de aquel cuerpo de cera.

«Apostando fuerte»

Extraído, sin permiso, de San Google
Se dirige a la jaula de los leones para demostrarles cuánto se equivocan. Carlos, aunque está convencido de lo que va ha hacer, se acerca a la puerta con cierto resquemor. La fiera lo mira deseosa. Estira sus patas, emite un leve gemido y se relame con ímpetu ante la presencia cercana del chico.
Desde las gradas, los escandalosos babuinos, chillan y vitorean a Maxi. Está claro que han apostado por la fuerza de las fauces, cinco a uno, contra las caricias del muchacho.
Carlos abre la reja y entra. No pierde de vista los ojos del animal, cree poder controlarlo.

Maxi ruge, como tantas veces. Hace temblar al graderío. Los monos contienen sus alaridos a la espera del derramamiento de sangre. Maxi salta. Carlos grita. El león, panza arriba, disfruta las cosquillas como un minino cualquiera. De todos es sabido que los leones no pican entre horas.

«De vuelta al arte moderno»

De la página oficial de ARCO 2015
Hace ya algo algo más de tres años, en un post titulado «Lo llaman arte moderno», admitía mi desconocimiento de lo que es el arte moderno y de qué cosas deben tener el honor de considerarse como tales.
Este año, con el fin de intentar mejorar mis conocimientos sobre el tema, he decidido ir a «golisniar» —tal y como hacía en el citado post, aquí les dejo otro canarismo, para los que me leen del otro lado del charco. Este significa curiosear, husmear…—, por tal magno evento y dejarme embaucar por el impresionante derroche de creatividad que demuestran no solo los artistas que exponen sus obras, sino también los miembros del comité organizador, las personas de la prensa destacadas para cubrir el evento, o las coleccionistas.
Caminando entre los inmensos pasillos se pueden ver infinidad de figuras y objetos que llaman mi atención: carretillas con hierros y hojas de mármol; un montón de tubos de cobre, enlazados unos a otros con finos juncos; cuatro fotografías, de una señora muy fea, en papel baritado —esto no es un canarismo, así que lo buscas en el diccionario—; la concha de una ostra con una pequeña bola de acero en su interior, simulando una perla; una montaña de tiras de papel, probablemente sacadas de la trituradora de la oficina de algún partido político, por aquello de no dejar rastro; cinco tambores… y un montón de cosas más que no sé ni lo que son.

En fin, que yo lo he intentado, pero a mi todo este rollo no logro entenderlo y, para calmo, casi me «arrojo» todo —otro canarismo, por aquello de completar la clase de hoy, que significa expulsar por la boca el contenido del estómago— cuando intenté beberme medio vaso de agua, que alguien había dejado sobre una estantería, y me detuvo un comisario de la exposición para hacerme entender que aquello era arte y que se había vendido por 20.000 euros. ¡Y yo con la sed que tengo!, miedo me da pedir una cerveza.

«Para dar seguridad»

Extraída y retocada con mi móvil

Parece mentira, pero esto de estar vigilando a los amigos de lo ajeno es realmente una complicación. Tanto es así que hasta tenemos que colocar cadenas y candados a todo lo que nos rodea, con el fin de que los desaprensivos no se lleven nuestras queridas pertenencias.
Un buen ejemplo de ello lo tenemos en Luis —nombre imaginario por aquello de guardar la identidad— que, como todas las mañanas, llega a trabajar, montado en su bici azul.
Por un pequeño problema de espacio debe aparcarla fuera de la oficina, junto a la puerta, y encadenada a una vieja farola. Aprovecha que uno de los conserjes, cuando abre las dependencias, le presta la cadena para que la asegure, pese a que él pasa casi toda la mañana apoyado en la pared del zaguán.
Una tarde, por aquellas cosas del destino Luis salió para realizar una diligencia laboral y claro, se desplazó montado en ella. A su regreso, ya cercana la hora de cerrar se decidió por meterla en el interior del edificio, aprovechando que el «segurita» no estaba, pero oculta en el hueco debajo de la escalera, para evitar el más que seguro reproche del encargado del orden y la seguridad del recinto.
Fue el último en salir del edificio. Se acercó a donde había dejado la bici pero algo llamó su atención. Al girarse hacia la puerta vio que esta estaba formalmente cerrada, con cadena y candado, así que, ¿podrías llamar a un cerrajero, que no se dónde tengo el teléfono y no puedo salir? —¡ups! que vergüenza, acabo de desvelar la identidad de Luis— Gracias por leerme, y ayudarme.

«Tras la mirilla»

Extraída, sin permiso, de San Google
Caminaba por la calle. El paso con ritmo que ahora llevaba, había sustituido al que mantenía, más relajado, unos pocos metros atrás.
Hacía unos instantes, justo antes de reanudar la marcha, tras mirar el escaparte de una tienda de ropa, algo, una silueta, había llamado su atención. Él sentía que lo observaba.
Tras doblar la esquina, aprovechó la presencia de un reluciente espejo de una furgoneta, que estaba aparcada, para escrutar lo que se movía por su espalda. No paró, así que no vio nada claro, aunque la sensación, esa que tanto había visto en las películas, de sentirse observado y perseguido, se repitió.
Al llegar a su portal, entró y cerró la puerta tras de sí. Como siempre subió los escalones de dos en dos. Al llegar al rellano del primer piso escuchó, con toda claridad, como la puerta de la calle se había abierto, el ruido que hacían los engranajes era peculiar y de todos modos reconocible. Aceleró el ritmo hasta encontrarse en el interior de su casa. Dio las dos vueltas de llave que la cerradura le permitía, y colocó la cadena que colgaba tras la puerta, en un intento de aumentar su seguridad. 
Paró de respirar. No quería mirar por la mirilla, pero se quedó unos instantes con el oído pegado. Podía notar como alguien subía las escaleras. Su corazón comenzó a acelerarse, aún más, hasta que se dio cuenta de que era la vecina de la puerta de al lado. Resopló aliviado.
Tras negar con su cabeza y afirmar, en voz alta, su propia estupidez y paranoia, se dio la vuelta. La presencia le atacó sin aviso. Era su propia conciencia la que le perseguía.

«Un gaznápiro en el guasap»

Extraída, sin permiso, de San Google
Imagino que, como yo, usas «guasap» y formas parte de, al menos, algún grupo. Los hay de todos los gustos y temáticas: del trabajo, de los que juegan a pádel, de los del gimnasio, de los compañeros de la Universidad… Unos y otros tienen temas, mensajes en común y hasta las características de muchos de sus miembros, y miembras, son bastante parecidas.
En todos ellos suele sobrevivir —en algunos no— el gaznápiro, o gaznápira, cuya condición y labor fundamental en el grupo es molestar. Él, o ella, en su condición de persona tonta, no se ha dado cuenta de que está ahí sin que los demás quieran que esté. Pero se mantiene, embobado.
Su sentimiento de pertenencia al grupo está bastante trastocado. Se siente incómodo perteneciendo a ese selecto club, pero no tiene la madurez, ni la osadía suficiente como para abandonarlo por decisión propia, ya que su objetivo principal es hacerse notar, aunque para ello tenga que dinamitar todo aquello que se comenta, propone o planifica.
Este personaje se cree poseedor de la verdad e intenta mantener su estatus de antiguo líder o activo participante, aún a sabiendas, de que ya no lo es y de que, además, cuando no comenta nada o no asiste a las reuniones convocadas, el resto agradece su no presencia.
Con tal de conseguir su objetivo, molestar, es capaz de mantener intrincadas discusiones, sobre temáticas distintas, con varias personas a la vez y, con el fin de no saberse derrotado, todas las termina con alguna ocurrencia difícil de superar, para así callar al contrario y poder quedar por encima de los demás.
El gaznápiro, o gaznápira, es persistente y audaz, pero jamás reconocerá que este post está dedicado a su persona, ya que no se siente aludido ante tanta discreción. 

Y aquí lo dejo, que ya es tarde, y tengo que revisar mis chats, no vaya a ser que ese tonto sea yo mismo.

«¿Para qué sirven las aceras?»

Extraída, sin permiso, de San Google
Siempre he
entendido que las aceras son esos espacios colocados en los laterales de las calles que, al estar más elevados
que la calzada por la que circulan los coches, sirven de protección para el
paso de peatones.
       Si
vas en una dirección, o a la búsqueda de ella, caminas con mayor o menor
celeridad, sabedor de que estás seguro siguiendo el camino marcado.
Normalmente, cuando en la
acera opuesta ves a una persona conocida, cruzas, con cuidado y por el lugar
adecuado, para saludarla e intercambiar alguna que otra palabra o historia.
El cambio de acera también
se utiliza para indicar las tendencias sexuales de una persona que decide
cambiar su orientación hacia personas de su propio sexo.
Todo esto es muy conocido y
hablado, pero ¿qué me dices de las personas que yendo por su acera, la misma
que tú o la contraria, aprovechan la situación, aunque haya una corta distancia,
para apenas levantar la mano, aún pretendiéndose amigas tuyas, o cambiar de
lado, o intentar disimular como si no te hubieran visto, o entrar en un local
para no tener que hablarte, o hacer que están de charla por el móvil, o
aumentar el ritmo de los pasos, o ralentizarlos para no llegar a tú altura…?

      Como
vemos, por lo visto, las aceras también sirven para proteger a las personas, de
personas maleducadas, pero yo, como no lo soy, aún notando su indiferencia y su
no querer hablar conmigo, saludo con entusiasmo, para darles por los morros,
pero sigo por mi acera, con paso firme y orgullo bien alto, aprovechando la
seguridad que otorga.

«Con anhelo»

Extraída, sin permiso, de San Google
En realidad esto del amor no tenía ninguna lógica. O al menos eso pensó al oír aquel sermón. 
El cura hablaba, sin sabida experiencia, pero con seguridad pasmosa, de la entrega incondicional de dos personas, la una a la otra, que aquel acto significada; del sacrificio de las necesidades personales, a favor de las del otro cónyuge; de la fidelidad; y de un montón de sentimientos relacionados todos con el sacramento del matrimonio, entremezclados con un juramento de entrega total «…en la salud y la enfermedad, en la riqueza y la pobreza…».
Los contrayentes escuchaban aquella retahíla y se miraban de soslayo ensimismados. 
Los asistentes parecían felices, esperando expectantes la llegada del deseado sí, quiero. Todos menos una.

Ella estaba allí sin querer estar. Lo hacía porque su marido era amigo del novio. De vez en cuando sonreía y, mirando de reojo a su esposo, anhelaba el divorcio.