«Instrucciones para usar una cabina telefónica»

Los niños y niñas de hoy en día, rara vez habrán visto usar

Extraída, sin permiso, de San Google

una de esas casitas que están en la calle con lo que parece un teléfono antiguo, sin «guasap», sin internet, sin juegos… Si Julio Cortazar levantara la cabeza podría, salvando las evidentes diferencias, o darle un ataque por mi atrevimiento o decir algo así:

Ese artilugio azul, en este caso, es un teléfono. Sí, y está en la calle para que todas las personas puedan usarlo.
Para empezar, deberas levantar el palo estirado con dos bolas a ambos extremos, que se encuentran unido por un cordel al cajetín principal. Con cuidado, no vaya a ser que el anterior usuario haya dejado restos de babas u otras inmundicias. Acércalo a tu oído, al que mejor oigas. Ahora tendrás que escuchar atentamente, como has visto que hacen en las películas con las caracolas. ¿Oyes el pitido? Si es constante y monótono puedes pasar al siguiente paso. En caso contrario, baja la palanca, sobre el que dicho auricular se encontraba situado, y vuelve a repetir el proceso.
Si te fijas atentamente, en la parte superior derecha hay una ranura. Por ella deberás introducir monedas, sí monedas. Si no tienes, cosa normal ya que solo usas la tarjeta de crédito o sueles pagar con «Pay-Pal», debes colocarlo todo como estaba e ir en busca de ellas antes de continuar, a lo mejor, si pides, alguien te da.
Si has superado los actos anteriores es el momento de que marques el número. ¡Ups!, lo siento, si estás en una cabina es porque el móvil se te ha quedado sin batería y, claro, no tienes acceso a la agenda de teléfono. Tendrás que tirar de memoria. ¿Te acuerdas como se usaba? Antes, hace unos años, nos acordábamos de todos los números de teléfono, ahora…, bueno, ahora no.
Imaginemos que lo recuerdas. Marca con cuidado cada número, despacio, de uno en uno, asegurando que a la vez que pulsas sobre cada uno de ellos, en el auricular suena un pitidito con cada presión realizada. Tranquilo, es normal.
Cuando hayas marcado los nueve dígitos, debes esperar. Esto es igual que con tu móvil, la señal suena hasta que la persona con la que quieres hablar descuelga y saluda, si es educada claro.
Una vez concluida la comunicación no debes esperar a que la máquina te devuelva dinero. No lo hace. Es vieja. Si queda saldo, cosa que podrás comprobar en la pequeña pantalla que tienes delante, lo perderás para siempre, a no ser que hagas otra llamada, para utilizarlo o que seas buen samaritano y, sin colgar el auricular, para que no se borre, se lo ofrezcas para que la persona que está detrás esperando pueda aprovecharlo. Bueno, en tu caso no habrá nadie, estos aparatos ya no suelen usarse. Es más, por si no te has dado cuenta, la gente te mira raro por utilizar una cabina telefónica. 

Si me permites el consejo, será mejor que cuelgues y, con disimulo, abandones el lugar.

«Una sorpresa con cruasán»

Extraída, sin permiso, de San Google
Tras el parón
navideño, la vuelta al trabajo supuso el retorno a la normalidad, las
costumbres, los horarios…, e intentar cumplir con los propósitos del nuevo año.
Era el momento de cumplir con uno de
esos deseos. Sin pensarlo mucho, cogió el teléfono y la llamó.
―Buenos días.
Ella, del otro lado de la red, parecía
sorprendida.
―Hola, ¡qué sorpresa!
―Pues sí, me apetecía hablar contigo. ¿Qué haces?
―Nada. Ya sabes, lo típico. Tomando un café antes de comenzar.
―¿Pero estás trabajando? Yo pensaba que…
―No, no, que va ―le interrumpió ella― sigo de vacaciones.
―Ya me parecía a mí. Tenía ese recuerdo, pero no estaba seguro. ¿Estás en
el apartamento o en tu casa? ―Preguntó él.
Ella aprovechó la pregunta para salir al balcón, con su taza de café con
leche en la otra mano, y contemplar la fabulosa vista de la playa que solo
puede dar un edificio en primera línea del mar. Por un momento dudó la
respuesta.
―En casa ―mintió mientras daba un sorbo, como para disimular la falsedad
de sus palabras. A la vez que esperaba la réplica, se acercó a la barandilla
para que el aire del mar le llenara los sentidos.
Él calló unos segundos. Sopesó las posibles repuestas. Escogió la que
consideró mejor y atacó con todo lo que tenía.
―Una lástima. Quería darte una sorpresa y traía unos cruasanes para
desayunar juntos. Ahora la sorpresa me la he llevado yo ―levantó la vista―. Te
queda bien ese pijama azul ―dicho lo cual se marchó.

«El hombre calvo del banco del parque»

Extraído, sin permiso, de San Google
El hombre calvo que siempre está sentado en la
misma esquina del banco de la entrada del parque, siempre llega antes que yo. Todas
las mañanas le doy los buenos días, nada más cruzar el portón de la entrada, y
él responde de la misma manera.
En muchas ocasiones, cuando mis pensamientos me
abandonan, me dedico a mirarlo de lejos, disimulando, para que no crea que lo espío.
Me sorprende verlo allí sentado, casi toda la mañana, sin hacer nada.
A eso de las once, como un reloj, saca su bocata y,
en un par de mordiscos, lo devora, ayudado de los sorbos prolongados que
arremete a la cañita del pequeño envase de zumo, con el que lo acompaña.
Pasa las horas perdido, aburrido, mirando a la
nada. A veces, se levanta, como el que no quiere la cosa, y empieza a pasear,
siempre por los alrededores de su banco, no se aleja más de diez o doce metros,
como el que esta esperando a que alguien llegue, para así poder atenderlo. Mientras
eso ocurre veo como la vida se le escapa. Para poder entretenerse se pasea la mano
derecha por su calva, como si estuviera pensando en algo fundamental. Quizás esté trabajando, quizás, por eso no tiene pelos.

«Un regalo singular»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Imagino que a ti, como a todos, el anuncio de este año de la Lotería de Navidad te ha emocionado. A mi sí, y mucho, así que, motivado por ese espíritu de entrega, amistad, y generosidad que lograron transmitir, e ido a cada uno de los bares que frecuento —si ya sé que piensas que son muchos, pero créeme que todos necesarios—, para hacerles un regalo.
Algunos de sus propietarios, o sus camareros mas afines, me han mirado raro, otros me han llamado caradura, a unos pocos no les ha gustado mi idea, pero la gran mayoría se han destornillado de la risa ante mi gentil presente.
A todos ellos les he regalado un sobre rojo, con mi nombre ya escrito, para ahorrarles el trabajo de hacerlo en el supuesto caso de que el número que han intentado venderme, sin éxito, toque. 
Gracias a todos, de verdad. Les quiero mogollón.

«Un cortado inacabado»

Imagen extraída, sin permiso, de San google

Cada tarde salía de su casa a la misma hora, para ir al mismo sitio, para seguir la misma rutina. Cada tarde, antes de cumplir con su ritual, revisaba sus correos electrónicos, sus «sms» y sus «guasaps». Deseaba encontrar uno en el que la citara para tomar ese cortado que hacía tiempo se adeudaban, y así poder terminar, o quizás empezar, la conversación que tenían pendiente desde hacía ya mucho tiempo. 
Muchas eran las preguntas, los comentarios y las consultas que se habían hecho, muchos los intentos fallidos de reunirse, en los que siempre surgía un problema, una dificultad, que así lo impedía.
Para ser fiel a su falsa cita, Estrella, cumplió con su ceremonial. Sin ninguna esperanza de encontrarlo acudió al bar, donde se habían reunido la última vez, y dejó pasar el rato.
Para su sorpresa el móvil timbró. El mensaje era corto: «¿Porqué no me saludas?». Miró a su alrededor y, justo en la mesa que estaba detrás, descubrió aquellos ojos, agarrados a una gran sonrisa y clavados en su ensortijado pelo. Había pasado por su lado sin verlo, sin saludarlo. Los colores enrojecieron su rostro. Los nervios se apoderaron de su pierna.
Ambos se levantaron, para darse un par de besos cordiales que bien pudieron ser el inicio de una bonita tarde, pero a ella le sonó el teléfono para avisarla de que tenía que marcharse. Prometieron quedar, avisarse otro día, concretar una cita…
A día de hoy, lo único que Estrella tiene claro es que hay historias que, girando en torno a un cortado, tardan tiempo en resolverse.

«Las funciones de unos y otros»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Hace un mes
salió publicado en el Boletín Oficial de Canarias (si estás interesado/a puedes
verlo aquí)
el anuncio por el que se convoca la apertura del procedimiento para el
suministro de uniformes para el personal que realiza las funciones de: Conductor,
Subalterno, Ordenanza, Vigilante, Telefonista, Portero y Conserje.
A priori, desde mi ignorante punto
de vista, casi todas esas funciones parecen ser similares, así que me he puesto
a investigar un poco.
La categoría de conductor parece
clara y distinta, pero ¿hay tantas diferencias entre las otras? Según el
Diccionario de la Real
Academia de la lengua Española:
Subalterno, En los centros oficiales, empleado de categoría
inferior afecto a servicios que no requieren aptitudes técnicas.
Ordenanza, Empleado que en ciertas oficinas desempeña
funciones subalternas.
Vigilante, Persona encargada de velar por algo.
Telefonista, Persona que se ocupa en el servicio de los
aparatos telefónicos.
Portero Funcionario subalterno encargado de la
vigilancia, limpieza, servicios auxiliares, etc., en oficinas públicas.
Conserje. Persona que tiene a su cuidado la custodia,
limpieza y llaves de un edificio o establecimiento público.
Ahora
entiendo porqué, a la entrada de las Consejerías, Ministerios, Direcciones
Generales, Cabildos, Ayuntamientos…, hay tanta gente. Cada uno tiene su
función. Por cierto, la limpieza y la seguridad la hace una empresa externa.

«La voz interior»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Descansaba un poco en el sofá, como lo hacía todas las tardes tras el almuerzo. En el preciso momento en que cerré los ojos, aquella chirriante voz me puso en pie de golpe: «Deberías airearte un poco, deberías airearte un poco, deberías airearte…». La impertinente voz interior me repetía, de manera incesante, aquella frase, una y otra vez, como un gorgoteo constante, todo el rato con la misma cadencia.
Me llevé las manos a la cabeza. Apretar las sienes no parecía llevar a ningún sitio. Ella seguía con su cantinela.
La repetición era sobre la misma superficie, encima del mismo punto de mi cerebro, sin moverse ni un milímetro. El efecto que hacía a mi salud mental era erosivo, corrosivo.
Quería terminar de escucharla, así que, no pude más, le hice caso y me lance por la ventana. Entonces escuché el resto: «…aunque no eres inmortal, idiota».

«Una de Hitchcock»

Camino por una calle fría y ruidosa de la sorprendente Nueva York. El juego de luces, los edificios y las esquinas conocidas me transportan a revivir la escena de una película ya vista.
La calle está desierta. El ruido de mis pasos inundan, por el efecto del sempiterno eco, cada uno de mis pasos. Las luces de las farolas balancean a las sombras como queriendo jugar con ellas, imitando a las lejanas olas. A pocos metros un hombre alto y muy robusto, vestido todo de negro, sale de un zaguán haciendo mucho ruido. Sobre su hombro derecho lleva una pesada carga. Pese a su duro aspecto, se ve sorprendido por mi presencia. Sin duda no me esperaba. 
Se queda parado, a medio paso entre la puerta de la que ha salido y de un conjunto de cubos de basura, metálicos, que parecían ser su destino.
Al verlo me detengo. La media luz que alumbra la escena me permite ver con aparente claridad su torcida nariz, sin duda rota en alguna pelea callejera, y la cicatriz que le atraviesa la comisura de los labios. 
Él recoloca sobre su hombro la pesada carga alargada, protegida por una gran bolsa negra de basura, y emite lo que pretende ser, sin lograrlo, una sonrisa. Sin dejar de mirarme avanza el par de pasos y la deja caer sobre el suelo. El estruendo es seco y potente. Se sacude las palmas de las manos y, cuando observa que estoy mirando el estirado bulto que acaba de soltar, se lleva el dedo gordo a la garganta y, atravesándome con su mirada se lo pasa de un lado a otro realizando el conocido gesto amenazador. Tras lo cual se marcha.
Acobardado, antes de continuar mi camino, vuelvo a mirar el bulto del suelo. O mi imaginación me ha jugado una mala pasada o aquí huele a muerto. Y es que en esta ciudad se graban muchas películas.
Imagen de mi móvil, saca el pasado octubre cerca de Central Park.

«La mordida de Adán»

Foto de mi móvil, desde el piso 86 del Empire State Building

Según se
narra en las Sagradas Escrituras, cuando Adán y Eva
mordieron la manzana la cosa se desmadró.

Hoy yo también me
siento un poco desmadrado, no por asociación al
pecado que asumieron los supuestos primeros representantes de la humanidad, al
morder la fruta, sino porque, tal y como afirmé en
mi anterior entrada en esta esquina, he alcanzado uno de mis sueños. Acabo
de regresar de un fabuloso viaje, de ocho días, a la
ciudad que nunca duerme, a la capital del consumismo, a la Gran Manzana. Como
he dicho desde el  principio, he mordido
la fruta del pecado.

Sin duda, este viaje, los lugares que
visité,
las experiencias vividas, los sentimientos generados, las cosas
aprendidas…darán
lugar a más
de un «post».

A modo de resumen, y para ponerte los
dientes largos, tanto si ya has estado, como si no, puedo afirmarte que las
cosas que se dicen, así como los adjetivos que califican a esta ciudad, tales
como: fastuosa, alucinante, apabullante…, son ciertos. La sensación de
conocerla, de ya haberla visto, sin duda por la gran cantidad de películas,
series y noticias que nos han enseñado
sus calles, parques, edificios, paisajes…, es constante a cada paso, en cada
esquina. Impresionante es Central Park, el Puente de Brooklyn, Times Square, el
Empire State building, el edificio Chrisler…

Así que sí, me siento como Adán tras
dar su mordisco, con ganas de más, de seguir pecando. 

«En una noche de estrellas»

Extraída, sin permiso, de San Google
Existen muchas personas que, como yo, aprovechan las noches despejadas para admirar las estrellas. Lo hago desde siempre, desde mis primeras acampadas, en las que imaginaba pequeños cuentos y grandes fantasías. 
A veces las admiro acostado sobre el frío suelo, o cómodamente sentado. Otras disfruto acodado sobre la barandilla del balcón, pero todas con mi imaginación volando a lo qué hay más allá.
Las estrellas pueden ser muchas cosas, a parte de lo puramente material o gaseoso. Para muchos son recuerdos de amigos, o de  familiares que ya no están entre nosotros, pero que, desde allá arriba, nos apoyan e iluminan. Hay otras estrellas que son recuerdos de noches mágicas y sin fin, de aventuras vividas tras un concierto o de un baño nocturno en una playa… Las hay que, al mirarlas, evocan amores pasados, terminados trágicamente o con el más sincero de los besos, que nunca debieron o no se han concluido del todo.
A parte de todo ello, para mí, las estrellas también son sueños. Unos ya cumplidos y otras grandes pensamientos oníricos que nunca llegaran a presentarse.
Cuando leas estas líneas estaré lejos, tocando una de esas estrellas porque, al menos en esta ocasión, parece que uno de mis sueños puede hacerse realidad.
Deséame suerte, que en mí queda la voluntad y ganas de disfrutarlo.
A mi vuelta te lo cuento.