«Cosas en común»

Extraída, sin permiso, de San Google
Abeke es una
niña de seis años que vive en un pueblo del interior de la República de Sierra
Leona. Su casa es una mezcla de ladrillos de adobe, tablas de madera y planchas
de metal oxidado. Las calles, por las que corretea alegremente con sus amigos,
son una especie de fangal lleno de agujeros, que hay que ir sorteando, a veces
con grandes zancadas, mientras elude las dentelladas de los perros que andan
sueltos y que se asustan con el griterío de tanto niño.
Luisa es una niña de seis años que vive en un pueblo en el interior de
España. Su casa es un adosado de doble pared de ladrillos con capa aislante y
techo de teja, en el que lucen dos placas solares y una antena de televisión.
Las calles están perfectamente delimitadas por las aceras, los pasos de
peatones, el alumbrado público, las papeleras… lo que facilita que pueda correr
sin ningún peligro salvo por las restricciones que le da su madre a la hora de
llegar a una esquina.
         Abeke
está contenta porque hoy comerá una mazorca de maíz y algo de pescado. Luisa
está contenta  porque hoy comerá un Menú
Infantil en un “restaurante” de comida rápida.
A ambas niñas les une, entre otras cosas, su desconocimiento de que hoy,
16 de octubre, se celebra el Día Mundial de la Alimentación.

«Los tronos empiezan a temblar»

Foto desde el móvil, a las puertas de edificio oficial.
Luisa llevaba
tiempo sentada cómodamente en su sillón. Sin duda alguna era la reina del lugar
ya que, desde su poltrona, podía gobernar todo y a todos los que la rodeaban.
Pero las cosas no siempre son así. O al menos últimamente parece que, con tanto
movimiento social, solicitudes de independencia…, algo está cambiando.
Un buen día, sintió un temblor bajo sus pies. Parecía que el firme
sustento que la aguantaba se desquebrajaba y todo su mundo empezaba a
tambalearse.
       Para su sorpresa, poco a poco las
cosas comenzaron a cambiar de sitio, primero de manera tímida, luego más
drásticamente, como le corresponde a un terremoto. Hasta las posiciones de las
personas empezaron a modificarse. Todos se reposicionaban. Ella no quería ser
menos así que, para intentar disimular, y quedar bien con los que ahora iban a
tomar las riendas, comenzó a deshacerse de pequeñas suciedades, que escondió
bajo la alfombra, y de los grandes trastos, que dejó en cualquier sitio,
mientras afirmaba, despreocupada, que no eran de ella. Sus conocidos lo
señalaban y decían: “…se parece con tu…”. “Se parece pero no”.

Menos mal que hablo de un abandonado sofá y no de política.

«Un vago recuerdo»

Extraída, sin permiso, de San Google
Lo apodaban “San
Pedro”. El motivo resultaba evidente: siempre llevaba consigo un manojo de
llaves.
Era costumbre verlo pasear, y hasta jugar, con aquel ramillete metálico, tintineando
entre sus manos a la hora de elegir una de ellas.
Las había de todos los colores, tamaños y formas posibles, por lo que, a
veces, le costaba encontrar la que buscaba. Hoy era un día de esos.
Andaba un poco despistado así que, parado frente a la puerta de su casa,
se puso a rebuscar la llave que necesitaba.
Una llamó poderosamente su atención. Sabía qué abría cada una, pero
aquella, pequeña y casi rumbrienta, no recordaba haberla visto. Sin duda alguna
era la más débil, por lo que pasaba desapercibida entre sus compañeras más
grandes, lustrosas y dentadas.

Tras un rato contemplándola llegó a su memoria un vago recuerdo. Era la
que abría su corazón, ¿cuánto hacía que no la usaba?

«Entre giros anda la cosa»

La vida da
vueltas y giros, a veces de manera inesperada. 

En el anterior post, le daba molinete
a la organización familiar, en relación con las actividades extraescolares de
los niños. En ese tira y afloja, de horas y actividades, una de las que hubo
que sacrificar, en post de las de los churumbeles, fue mi hora de gimnasio.
Vale que no se me nota mucho, pero te aseguro que iba, y además muy
disciplinado.

            
Como no me podía quedar así, parado,
ya conoces de mi hiperactividad, he decidido buscar una alternativa que pueda
cuadrar con los milimetrados horarios. ¿Te acuerdas cuando fui a probar el «spinning»? Pues ahí que vuelvo, además
de cornudo apaleado, con mis pantaloncitos prietos con pañal incorporado por aquello del roce entre las partes nobles y las
durezas del sillín―, molesto con la música estridente que coloca el monitor ―al
que, por cierto, tampoco se le nota mucho que va al gimnasio― y con la falta de
costumbre de ir a un sitio tan cerrado y con tanta gente, pero animado. 
Así que,
ahora toca seguir girando, como las ruedas de mi bici.

«Encaje de bolillos»

Extraída, sin permiso, de San Google
Cuando escuchamos la expresión que hoy utilizo de título, pocas personas saben que  el  encaje de bolillos es un proceso textil que, tal y como dice la Wikipedia: «…consiste en entretejer hilos que inicialmente están enrollados en bobinas, llamadas bolillos, para manejarlos mejor. A medida que progresa el trabajo, el tejido se sujeta mediante alfileres clavados en una almohadilla, que…».
Como expresión se utiliza para afirmar que algo, una acción, es muy complicada y necesita de mucho trabajo.
Con la llegada del mes de septiembre llega la buena noticia, al menos para los padres, del comienzo de las clases y, por ende la, ya no tan alegre, organización de los horarios de las actividades extraescolares.
El asunto se complica cuando toda la familia es lo suficientemente novelera como para querer tener dos o tres actividades por barba. ¿A quién habremos salido?, y lo que es peor: con esta multiactividad, ya sé a quienes salieron estos niños. No nos pribamos de casi nada: tenis, padel, gimnasio, pilates, natación, kárate, piano, flauta, sin dejar de lado, el cine, la lectura, pasear, el senderismo, las bicis, las fiestas… Y un largo etcétera que ya iremos cuadrando como podamos.
En nuestro caso, hemos necesitado de la creación de una tabla de doble entrada y, un año más, el equilibrio entre las actividades de unos y otros, han cuadrado, como lo hacen los distintos puntos y alfileres de la famosa técnica textil. Ya veremos si logramos que no se deshilache.

«La encantadora de serpientes»

Extraída, sin permiso, de San Google
Quizás es por el
tópico, pero me la imaginaba algo distinta. No llevaba turbante, ni camisola
estrafalaria, ni pantalones bombachos. En sus pies tampoco lucía zapatillas
puntiagudas, ni cargaba en sus manos una aparente pesada cesta de mimbre. Por
el contrario y, como digo, lejos de la parafernalia típica de los de su
realengo, vestía con ropa de marca y de manera conjuntada. Accesorios
incluidos.
Cuando caminaba, todos los que estaban
a su alrededor, aunque estuvieran alejados varios metros a la redonda, se
quedaban atrapados entre el movimiento de su pelo y el contoneo de sus caderas.
El aroma, suave y delicado, que dejaba a su paso, era fruto de una
estudiada dosificación de su perfume, que su cuerpo permitía bombear al
ambiente, formando un halo a su alrededor.
Por último, cuando dirigía su mirada a algún transeúnte, daba igual el
sexo o condición, este se quedaba pasmado, absorto entre la fuerza de su mirada
y la dulzura de su tono de voz. Y es que hay personas que solo se fijan en el
exterior, sin profundizar, dejándose engatusar por los ojos, la música, el
físico… Pobres ofidios humanos.

«Cuando llegó la hora»

Extraída, sin permiso, de San Google
La
pared de piedra, gastada y húmeda, aparecía llena de rayas. Era el calendario con el que contaba los días que llevaba encerrado entre
aquellas miserables cuatro paredes.
Le
habían dicho que hoy acabaría el sufrimiento. Por fin dejaría de
estar rodeado de insectos, ratas y de su propia pestilencia.
Desnutrido, sucio y magullado, había perdido todo el sentido y las
ganas de vivir que tiempo atrás había demostrado. Ahora se sentía
ilusionado.
El
ruido de los goznes de la puerta chillaron cuando esta fue abierta.
Gran cantidad de luz entró, cegándole por completo.
Lo
sacaron al patio. Había vítores y una gran algarabía. Permitió
que el sol se hundiera en su cuerpo recobrando la vida. Aún con los
ojos cerrados creía saborear la felicidad, el gusto de la libertad,
pero no tuvo en cuenta que corría el año 1792 y que, tal día como
hoy, se estrenaba la guillotina.

«Un moderno aparcacoches»

Extraída, sin permiso, de San Google
En estas vacaciones, entre otras cosas, hemos podido disfrutar del avance de la tecnología para aparcar coches. ¿Cuántas veces hemos intentado aparcar nuestro vehículo entre esas dos columnas que, las muy jodidas, cuando crees que ya las tienes cuadradas y das marcha atrás, se mueven, como si tuvieran vida propia, y te aboyan el lateral. ¿Cuántas veces intentas salir del interior de tu coche y ¡zas!, zurriagazo con la puerta al que está a tu lado? ¿Cuántas veces llegas cargado con la compra y descubres una nueva marca, rayón o bollo, que cuando lo dejaste no tenías? No se tu, pero mi coche esta redondo.
La buena noticia es que, por lo menos en el parking del Puerto de Vigo, este sufrimiento se acabo. O eso dicen. 
Los muy modernos han instalado un aparcamiento inteligente, por lo que no tienes que preocuparte de encontrar sitio, ni de las ralladuras, ni de los golpes… sólo de seguir las instrucciones, que por cierto parecen estar ideadas por los mismos que editan las de la empresa sueca de muebles.
El principio es como cualquier parking: entras, coges tu ticket y…, —llega la primera sorpresa, al menos para mi, que no sabía a lo que me enfrentaba— ¡no hay ni un solo coche! Por mucha vuelta que di, nada, sólo unas puertas de cristal, como de ascensor pero con grandes números. Mosqueado sin saber qué hacer, me detuve para intentar comprender, por ósmosis, cómo debía proceder. Por suerte, un agente de seguridad, al ver mi cara —seguro no era el primero en ponerla— se personó para ayudarme:
—Buenos días, ¿es la primera vez? —no esperó mi respuesta, estaba claro—. Sitúese frente a una de las puertas y siga las instrucciones.
Elegí la siete, por ser la más próxima. Coloqué el coche entre las marcas y aquello empezó a hablar:
—introduzca el ticket.
Al hacerlo la puerta de cristal que tenía enfrente se abrió.
—Avance unos metros y sitúe el vehículo según las indicaciones.
En la pared interior del habitáculo, en que me proponían meter el coche, había una pantalla con una flecha verde que indicaba que avanzara.
Al comenzar la flecha se volvió un poco a la derecha, y para allí que fui. Después a la izquierda, y entonces giré el volante. Ahora hacia atrás, me había pasado de la raya así que a corregir. Para detrás, para delante, para la izquierda para la… ¡Ya! —quieto parado— Apareció un OK.
—Ponga el freno de mano, recoja sus pertenencias, cierre el vehículo y abandone el cajón —¡uf!, estas son muchas órdenes seguidas. Creo que no las escuché todas.
Al salir la puerta se cerró. Como un pasmarote me quede mirando. Pero algo pasa ya que la máquina me llamo la atención.
—Vehículo mal colocado —lo dijo con retintín. solo le faltó añadir: ¡totufo!— por favor asegurarse de tener los espejos retrovisores cerrados.
¡Mecachis! Eso no me lo había dicho, ¿o si?
Tras diez minutos de operación para aparcar, y una vez corregido el pequeño error, la puerta se cierra y en un abracadabra, el coche desaparece.
—¡Jo, genial! Giro para marcharme y tras dos pasos reflexiono. ¿Cuándo vuelva como recojo el coche?
De nuevo, el amable agente de seguridad, sonrisa en ristre, sabedor de que los novatos en aquellas lides necesitamos un poco más de ayuda, me extiende su mano con el ticket —que ya el cacharro aquel había regurgitado sin yo haberme enterado—, y con ese acentillo tan característico de los gallegos, comienza sus explicaciones:
—Guárdelo en lugar seguro. A la vuelta va a aquella oficina. Paga y le dirán en que puerta debe recogerlo.
Y así fue. Horas más tarde regrese con mi tarjeta en la mano. Tras abonar el importe me dirigí a las puertas 13-15, por una de ellas saldría mi coche, pese a que yo lo dejé en la siete —pero qué lista la máquina oiga—. En las pantallas exteriores se podía leer la matrícula y la palabra «preparando». Pasados unos minutos allí estaba mi coche. Tranquilo, sonriendo, como lo hace un niño pequeño cuando lo recoges en la guardería, deseoso de estar entre tus brazos, tras el abandono temporal al que ha sido objeto.
La idea es fantástica. Seguro que se gana en espacio, porque en tiempo, como les toqué muchos como yo, lo dudo. Sólo espero que la próxima vez la ciencia avance un poco más, para que ya me lo entreguen limpio, aspirado y los roces reparados.

«Un canto a Galicia»

Otro
año más cumplimos con la tradición, no escrita, de ir descubriendo
las tierras de norte. Suman ya muchas las ocasiones que hemos estado
por aquellas lindes, pero siempre solos, con amigos, haciendo el
camino, de juerga o por trabajo. En esta ocasión tocaba explorar
Galicia acompañados por los niños.
Siempre
mágica, con sus nieblas y su lluvia, con un sol radiante que, cuando
luce, enaltece los verdes del bosque al mezclarse con las blancas
arenas que dan entrada al azul imponente del océano, las tierras que
los romanos consideraban como del Fin del Mundo, es un viaje que se
vuelve inolvidable cuando organizas cosas para el gusto de todos.
Son
muchas las excursiones que hicimos, pero por citar alguna de ellas,
las que quizás hicieron especial mella, cabe destacar: la visita A
Coruña, la ascensión a la Torre de Hércules, el descubrimiento del
castro celta de Baroña, el baño en las piscinas naturales del río
Pedrás, en Puebla del Caramiñal, la visión imponente de la cascada
y el mirador de Ézaro, la navegación, el baño y la caminata por la
playa, sendas y el bosque de las islas Cíes, la muralla de Lugo, la
visita a la Toja, la imponente Santiago de Compostela, la Playa de
las Catedrales… y Finisterre, el último lugar del mundo.

Como
ves, cumpliendo con la tradición fueron muchos los kilómetros que
hicimos y muchas las instantáneas de lugares maravillosos que
guardamos en el fondo de la retina. Del mismo modo, guardamos un
hermoso recuerdo, y nuestra eterna gratitud, a los amigos que
reencontramos, que nos abrieron sus puertas y que nos guiaron y
acompañaron en este viaje, que de buen seguro no será el último,
porque, aunque sabemos que “haberlas haigas”, meigas no vimos
ninguna, y alguna escusa, como si nos hiciera falta, tendremos que
buscar para volver a ir. Quizás en la próxima visita.

«Parranderos de parranda»

Hacía tiempo que
no nos reuníamos, pero ayer tocó. Tocó y tocamos, que para eso nos habíamos
convocado en tan singular ronda. 
     El éxito de la aventura estaba asegurado, lo
agradable y divertida aún más, solo con ver la lista de convocados. Aunque
faltó alguno, de esos de los de siempre, de los del grupillo de amigos de toda
la vida. 
     La excusa no podía ser mejor: sorprender a la futura esposa y a sus
familiares, llegados allende los mares, con lo que siempre nos ha gustado
hacer, con mayor o menos éxito, parrandear.
       Elemento destacado es la común
sensación de que el tiempo no pasa por nosotros. Al menos no lo hace por lo que
sentimos, por como nos comportamos, por las bromas que gastamos, las mismas de
siempre, que ya tenemos una edad que nos hace imposible cambiar ciertas acciones.
Otra cosa bien distinta, y en la que los años sí ha hecho mella, son: las canas, la falta de agilidad, la escasez de
memoria en cuanto a las letras de las canciones o con los acordes de las
guitarras, bandurrias y laúdes… y la talla del traje. A todos nos quedaba un
poco  apretado, sin duda alguna por algún
defecto misterioso que tiene la tela de la que está hecho que hace que, al
estar tanto tiempo en el armario, sin usarse, se encoja y no nos quede tan bien
calzado como antaño.
   Al final un éxito, no solo por la
actuación, que es de las memorables, sino por la calidad, la cercanía y el
reencuentro con partes importantes de nuestro pasado, que no ha dejado de estar
presente y vivo en nuestra amistad, y es que, como dice la canción: «Cuando nos conocimos te dije, que yo era
parrandero…»
, y lo seguiremos siendo. Juntos. Hasta la próxima, que no
falta mucho.