«¡¡¡Fuego, fuego!!!»

Extraída, sin permiso,  de San Google
Menos
mal que aquello era solo un simulacro, sino, algo hubiera pasado,
¡seguro! Dias atrás nos habían avisado.
En
un principio aquella reunión, organizada por planta y para todo el
personal que la ocupa, consistía, o al menos eso imaginé yo, en una
actividad preparatoria, al estilo de las azafatas de los aviones, en
la que se nos indicarían las distintas salidas de emergencia, cuál
es la que nos toca, según la ubicación de nuestro puesto de
trabajo… No fue así.
Treinta
minutos sentados para repetir, hasta la saciedad, lo importante que
es mantener la calma, que no ocurre nada, que hay tiempo suficiente
para abandonar el edificio y que no cojamos los ascensores. No nos
ensañaron ningún plano o plan de evacuación, solo que bajáramos
pegados a la pared y abandonáramos el edificio para concentrarnos en
la plaza. Además, como nota aclaratoria y conclusión del evento fue
que tal día, a tal hora, sonaría la alarma.
Así
que, una vez llegado el día D, bromeábamos con lo que ocurriría a
la hora H.
Llegado
el momento, la alarma sonó como con falta de pilas, tímida y
temerosa, apenas audible. Los encargados de la evacuación de cada
planta tuvieron que subir sus propios chalecos reflectantes de su
vehículo particular. La gente comenzó a bajar, a tropel, las
escaleras, sin respetar ni el lado de la pared ni al prójimo que iba
delante. Alguna se quedó encerrada en el ascensor. Las que nunca
usan las escaleras, aún trabajando en la primera planta, protestaban
sobre la incomodidad que aquello les ocasionaba… Los más listos se
reunieron en el bar, que ya puestos a pasar el trance, por lo menos
hacerlo con el estómago lleno. Y es que los funcionarios, son
funcionarios hasta para salvar la vida.

Así
que, el día que la evacuación sea de verdad, o sin avisar, no
quiero ni imaginar lo que ocurrirá. Pero no te preocupes, te lo
contaré, que seguro que tendrá miga, pero desde el bar, que es más divertido.

«La sorprendente historia de mi Tortuga Ninja»

Imagen tomada prestada, sin permiso, de San Google

Hay personajes de ciencia ficción, cómic o dibujos animados que son conocidos por todos. Las Tortugas Ninjas son un buen ejemplo de ello.

Como estoy seguro que recordarás, se trata de cuatro adolescentes tortugas que han sufrido una importante mutación gracias a la cual poseen inteligencia, posibilidad de habla así como poderosos poderes, conseguidos con esfuerzo y entrenamiento, que utilizan para luchar contra en mal.
Sus nombres fueron escogidos en honor a cuatro de los grandes pintores del renacimiento italiano:  Leonardo, Raphael, Donatello y Michelangelo.
Para no andarme por las ramas, te comentaré que en casa tenemos una de esas.  No se cuál.
Hace ya unos años que criamos, como lo hacen muchas familias con niños o niñas pequeños, dos pequeñas tortugas. Aún comiendo lo mismo, viviendo en el mismo espacio y cogiendo la misma cantidad de sol, una de ellas ha evolucionado de manera notable.
No sólo es más grande, sino que además resulta más inteligente. Tiene la costumbre de subirse a la espalda de su compañera. En un primer momento pensábamos que era para mejorar sus relaciones íntimas. Pero no, ella estira que se estira su cuerpo hasta que ¡pluf!, logra salirse del tortugario. Si esto lo hace una vez, e intenta poner pies en polvorosa, nada más poner una pata en el suelo, piensas que es una simpática casualidad. Sí ves como «la tía» busca la manera de subirse sobre la otra para lograr su objetivo de fuga, ya hablamos de algo sorprendente. Cuando la recoges una tercera vez y esta vez está escondida tras una mata, ya te mosqueas y empiezas a sospechar. Pero cuando en menos de dos semanas se repite la operación por cuarta vez, y logra su objetivo de huida, ya no cabe la menor duda: ¡hemos criado a una de esas poderosas criaturas!
Así que esta claro, en este reparto de personajes, me toca ser la vieja rata maestro de ninjitsu. A partir de ahora llámame Splinter.
Por cierto, ¿cómo se dice en lenguaje tortuguil: Porfa, vuelve a casa?

«Con los títulos de Ana María Matute»

Tomada prestada, sin permiso, de San Google.
«En esta tierra», regentada por un «Olvidado rey Gudú», «La pequeña vida» de «Los niños tontos» pasa desapercibida, de la misma manera que lo hacen las «Luciérnagas» cuando sobrevuelan las orillas de «El río».
A lo lejos, se distingue «La torre vigía», único puesto que les separa de «El país de la pizarra», donde todos los años se celebra la «Fiesta al Noroeste» con la que sus habitantes quieren recordar la «Historia de la Artámila».
A este lado de la frontera, en la que «Los soldados lloran de noche», se les mira con envidia. Sienten vivir presos en un «Paraíso inhabitado» donde  «La trampa» de «El árbol de oro» hace que «El saltamontes y El aprendiz» entren en la «Casa de juegos prohibidos» a la búsqueda de «El verdadero final de la Bella Durmiente».
Con «El tiempo», «El saltamontes verde», descubre,  «A la mitad del camino» «De ninguna parte» a «El polizón del «Ulises»» quien le descubrirá «El libro de juegos para los niños de otros». Con su lectura, todos los habitantes, descubrirán el lugar donde se esconde «La puerta de la luna» que les dará paso a una feliz «Vida nueva».
Tras jugar con los títulos de algunas de sus novelas y cuentos, in memoriam, te invito a que escojas uno y lo leas. 
Ese es el mejor homenaje.

«Carta abierta a una luchadora»

(Extraída, sin permiso, de San Google)
Siempre
veía la luz al final del túnel. Ella, en si misma, con su ilusión,
su simpatía, su carisma y sus ganas de querer, era el potente faro
que alumbraba el camino de sus amigos. 
Pero la vida, la de cada uno,
y las circunstancias que nos rodean, la han llevado a saborear la
amargura, la tristeza y el desamor.
Desde
la distancia solo podemos ofrecerte nuestro cariño, nuestro más
sincero recuerdo, nuestro apoyo, nuestra más duradera y permanente
amistad para que, en estos momentos tan difíciles, te sientas un
poco más acompañada.
Ojalá
yo también pudiera estar a tu lado, abrazarte, pero como ves, la
caballería llega y, aunque solo sea por unos pocos días, sentirás
las manos amigas de tu “hermanita” acariciar tu pelo, consolar tu
alma y soportar las lágrimas que durante tanto tiempo has derramado
en la soledad de tu casa.
Estamos
lejos, pero somos muchos los que nos acordamos de ti, los que te
apoyamos, los que deseamos que tu lucha termine pronto. Te estamos
esperando, así que no desfallezcas. Durante estos días llénate de
energía, levanta la cabeza y mira. ¿Lo ves? ¿Nos ves? Somos
muchos, somos los que estamos contigo, los que ahora te gritamos
¡arriba!, los que encendemos luces donde apoyarte y guiarte, porque
tú siempre has representado la esa misma luz.

¡Ya
queda menos! Te esperamos.

«La dura realidad»

«La dura realidad»
(Historia de dos. Cap. VIII)
(Si no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)
Extraído, sin permiso, de San Google
Tal y como había ocurrido en mis primers intentos para acercarme a ella, acudí al bar en varias ocasiones, para intentar verla. La diferencia, en esta ocasión, era que tanto los habituales, como los empleados, sabian quién era yo y qué estaba haciendo allí.
—¿Qué —preguntó el tercer día de mi asistencia continua a la barra— esperando a la Patricia?
La vergüenza casi me come. Claro que estaba esperándola, y él lo sabía. En realidad todos los asistentes lo sabían. De hecho, estaba convencido de que yo era el hazme reir y la comidilla de aquellos que ahora miraban de soslayo.
—Sí, bueno, a ver si se deja ver —intenté argumentar demostrando un poco de indiferencia.
—Pues por lo que he escuchado de los chicos —afirmó a la vez que meneaba la cabeza, para señalar, con su mentón, al trío que se encontraba cómodamente al otro lado de la barra, y de los que me sonaban sus caras por verlos por allí— en el facebook ha colgado unas fotos muy chulas. Está de viaje.
El alma se me calló al suelo. No sabía donde meterme. Sin duda estaba haciendo el ridículo, intentando volver a verla.
—Por lo que veo no sabías nada —continuó el camarero—. Bueno, tranquilo. Ya sabrás que es una chica bastante especial y que es ella la que marca el ritmo —dicho lo cual se dio la vuelta y se marchó directo al trío. Seguro que a contárselos todo.
Sin duda soy un imbécil. Aquí clavado. Enamorado hasta las trancas de… la chica más fantástica que jamás he conocido y ella se ha marchado de viaje y no me había dicho nada.

«Cuestión de venganza»

Extraída, sin permiso, de San Google.

Le deseé que tuviera un buen turno, como lo hacía cada noche al
darle el cambio.

Bajé la escalera. Llevaba la sonrisa guardada en mi interior. «Este cabrón se va a enterar». 
Salí del edificio. Mis pensamientos seguían clavados en el impresentable de mi compañero.  «Te dan asco cuando nos llegan partidos. ¡Te vas a cagar!». Caminé calle arriba.
A lo lejos vi a una chica en bicicleta. No lo pensé. Ella sería la víctima. Corrí hasta casi alcanzarla, mis pensamientos seguían su propio viaje: «la descuartizaré y lo salpicaré todo para que a este tio… ».
―Se ve que iba corriendo y no vio el tranvía ―dijo el inspector al forense de guardia mientras este vomitaba.

«Jugando con García Márquez»

Extraída de San google

Aunque «La hojarasca» tapaba toda la senda él sabía, sin duda, el camino. Era «La mala hora», la del momento de «Los funerales de la Mamá Grande», pero nada enturbiaría sus deseos de llegar.
En sus andares recordó las historias de varios personajes, como aquella de «El coronel no tiene quien le escriba«, o el «Relato de un náufrago», que le trasladaban a los momentos en los que vivía como «El negro que hizo esperar a los ángeles», «Cuando era feliz e indocumentado».
Siguió su camino, por el sendero de la «Crónica de una muerte anunciada», como el animal que sigue «El rastro de tu sangre en la nieve» en busca «Del amor y otros demonios» por la «Memoria de mis putas tristes«.
Al fin llegó, como lo hace «El amor en los tiempos del cólera», porque no hay «Cien años de soledad» que valgan, para olvidar a «Isabel viendo llover en Macondo».
P.D. En su recuerdo he intentado crear una pequeña historia con los títulos de algunos de sus grandes relatos. Como homenaje lo mejor es leer su obra.

«¿Y si te como a besos?»

Imagen del blog elunicosentimiento.
El sol calentaba nuestro camino mientras la luminosidad de tu sonrisa abarrotaba mi corazón. 
Con mucha emoción sentía tu presencia a mi lado, no era normal tenerte tan cerca. El roce de tu mano contra la mía aceleraba mi respiración, las risas compenetradas decoraban la conversación y la profundidad de tus ojos penetrando en los míos inundaban mi alma.
De fondo, la decoración áspera y muchas veces horripilante de los grafitis, los desagradables, los hechos con desprecio y maldad, rompían el halo en el que nos veíamos envueltos.
Por un momento deseé que aquel marco cambiara, buscaba algo especial, un escenario que significará algo, un lugar para recordar por siempre, que me permitiera tener la excusa para poder acercarme a ti y coger tu mano. Sorprendido, aquella simple ilusión se hizo realidad.
El dibujo de la pared cambió. Las feas letras y firmas sin sentido se convirtieron en un mensaje que, negro sobre blanco, aclaraban y resumían la declaración de intenciones que en mi mente se apelotonaban. Paré en seco. Te miré y fuiste tú la que comprendiste el mensaje.

«And the winner is…»

Teatro Campos, Bizkaia

Luego cruzó el pasillo, bajo al sótano y mató al prisionero. Tras aquello cayó el telón. 

El público quedó impávido, estaba impactado. La obra estaba ideada para hacer pensar a los asistentes que el protagonista se salvaba, nada más lejos de la realidad, por lo que aquel final sorprendió a todos.
De manera tímida, empezaron los aplausos. Uno a uno, los espectadores comenzaron a levantarse de sus asientos, a la vez que iban aumentando el nivel y constancia de las palmadas, de un leve chismorreo inicial, con apenas unas pocas personas aplaudiendo, pasaron a una importante ovación, que producía un sonido semejante al que produce la lluvia durante la tormenta.
Los actores salieron. Se dieron la mano y reverenciaron sus cabezas. Todos menos uno, que yacía en un charco de sangre.
Sortearon el premio. El teatro a oscuras. Los asistentes expectantes. El foco  principal comenzó a moverse rápidamente, y sin sentido, por toda la sala. De repente paró sobre un apuesto cuarentón. El resto del público estallo, de nuevo, en ovación. El hombre orgulloso saludaba sonriente. Nadie informó al ganador de que haría el papel de víctima.

«Cuando el pasado llama a la puerta»

Sin duda ha llovido desde entonces.

Un número desconocido. Una voz que pregunta por mí. ¿Otra vez publicidad? No lo parece.

―¿Guillermo?

―Sí, soy yo. ¿Quién es?

―Hola, verás, no sé si te acordarás de mí. Llamé a casa de tus padres y ellos me dieron tu teléfono. Soy Tere ―Silencio―. Del colegio ―Silencio―. Del Hispano ―Silencio―.  Hicimos juntos la E.G.B.

¡La ostia! En mi memoria comenzaron a apelotonarse, un motón de imágenes difusas, unas en blanco y negro, otras en sepia, pero todas con caras de niños y niñas que hacía años que no recordaba. La encontré.

―¡Claro que me acuerdo de ti! ¿Cómo estás?

Mis ojos, mi voz, mis manos… todo reflejaba asombro. Al otro lado del auricular suenan risas nerviosas.

―Pues muy bien, mira, aquí liada ―su voz también parecía nerviosa como la de la niña que recuerdo, hace algo más de treinta años, y que acababa de recibir un regalo que no esperaba―. Es que encontré un viejo listín telefónico y me he dedicado a llamar a todos los que tenía apuntados, para ver si querían estar en un grupo de «guasap», para así poder organizar un encuentro con la gente de las dos clases y… ―ella sigue hablando. Yo, dentro de mi asombro, la escucho. La misma voz vivaracha, la misma alegría y un gran entusiasmo capaz de mover montañas, tal y como la recuerdo.

Acepté la invitación. ¿Cómo iba a negarme? Según me incluyeron en el grupo el teléfono no ha parado de sonar. Hay mensajes de bienvenida, de asombro, con buenos deseos…, pero todos sorprendentes y deseosos por recordar historias, fotos amistades y gentes que ya nos habíamos olvidado. Sobre la mesa un proyecto de reunión, imagino que al más puro estilo americano: con tarjetas identificarías, fotos antiguas, caras de asombros, comentarios de todo tipo…

Con gran pesar he de confesar que no los recuerdo a todos. No pasa nada. Nos pasa a muchos y así lo expresamos, no en vano han pasado treinta años desde que nos separamos. En un intento por que recuperemos la memoria, la organizadora del «club» ha enviado una foto con la que intentamos que nos identifiquemos. 

Yo soy el de la… Bueno, ese es el juego que hoy te propongo. Creo que no es difícil, ¡tampoco he cambiado tanto! ¿Quién soy? 
(Con todo cariño a mis compis de la EGB.
En especial a Elisa, por ideóloga, y
a Tere, por encontrarme)