«Reflexiones sobre la paternidad»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google.
Nuestros mismos ojos, idéntico color y brillo. Parecida la forma de las orejas, quizás algo más puntiagudas. Mi mismo corte de cara, aunque con la nariz algo más chata. El pelo ensortijado, tirando a negro —esa característica no es de ninguno de los dos. Ambos lo tenemos castaño—. Dedos afilados y elegantes, como los de la madre.
La dejé hablar.
—No cabe duda, es nuestro —dijo mi esposa con una extraña sonrisa mientras me miraba para convencerme.
No podía creer lo que estaba intentando hacer. Mantuve la calma, me armé de valor y busqué la pregunta más adecuada.
—¿Qué me dices del color de piel?
—¿Qué? —dijo ella como si nada.
—¡Es verde! ¡El niño es verde!
—Tranquilo. ¡Al menos no es negro! Siempre podremos decir que es una extraña enfermedad, o la genética, los antepasados…
—Mari, no estoy seguro de que lo de la abducción fuera un extraño sueño.

«Cuatro posibilidades. Elige una»

Hace unas horas he podido comprobar que la famosa expresión, que afirma que en muchas ocasiones la realidad supera la ficción, es cierta. En este caso los hechos me sucedieron sin esperarlos, ni buscarlos, al menos, conscientemente.
Para no andarme con rodeos, te informo de que hoy me he roto los cuernos —la foto adjunta así lo demuestra—, bueno, la frente. 
En resumen: un par de puntos de aproximación —por aquello de que no se escapen las malas ideas, que alguna vi pasear de un lado a otro— una cicatriz para el recuerdo y una historia que contar.
Imagen real.
Seguro que te preguntas cómo ocurrió. Pues bien, aquí va lo original de la propuesta. Te doy cuatro opciones. Elige la que consideres correcta y ya veremos quién acierta y sí desvelo el enigma.
Opción 1:  Llegando a casa, en el callejón de encima, sorprendo a tres chicos asaltando a un señor. Al bajarme para socorrer al buen hombre, éste, confundiéndome con uno de sus atracadores, me propina un fuerte bastonazo, abriéndome la cabeza.
Opción 2:  No hay nada mejor para comprobar la atención y los reflejos de alguien, que anda despistado por casa, que dejar abierto una de las puertas superiores de la despensa. Si la ves, driblarás y la cabeza salvarás. Si no es así, te abres la frente.
Opción 3:  Como padre y marido abnegado que soy, por las tardes me dedico a cortar leña, con la que alimentar la chimenea y calentar la casa. Si no tienes mucho manejo del hacha uno de esos troncos puede saltar y, en un santiamén, abrirte una brecha en la frente.
Opción 4:  La tarde se complicó. Al salir del trabajo, me fui con unos amigos a tomar una caña, después siguió otra, y otra, un almuerzo, unos licores, unas copas… Llegué hace un rato a casa, bueno me trajeron, en pésimo estado. Mi mujer me esperaba, tras la puerta, y ¡zas!, sartenazo en la frente. Seguro que me lo merezco.

«Taller de decoración de cupcackes»

Una vez más me he metido en un sarao de esos, en los que siempre se aprende algo y se pasa un rato divertido. En esta ocasión acompañado de la pequeña de la casa. Bueno, lo cierto es que era yo el que la acompañaba a ella y a su ilusión por aprender a decorar magdalenas, «cupcackes» que es como se dice ahora.

Mientras media humanidad dormía el resacón del sábado de carnaval. Yo entraba por aquella pequeña puerta, mientras doce ojos femeninos, y marujones, se clavaban en mi persona preguntándose ¿quién será éste?

La carita de la enana de la casa era digna de contemplar. Concentrada, nerviosa y sonriente me miraba intentando buscar apoyo en mis ojos ante aquel auditorio que nos escrutaba de arriba abajo.

Tras las presentaciones iniciales y los graciocillos comentarios típicos: hay que niña tan mona, y con su padre, que linda pareja…, comenzó la clase.

En un santiamén nos vimos atacados por una amplia colección de vocablos (muchos de ellos imagino que en inglés, que es más chic, y que reproduzco entre comillado ya que desconozco como se escribe, pronuncia y significa) que enriqueció nuestro vocabulario: “fondan”, mangas, “dumies”, boquillas, “isomalt”, moldes, “mufins”, cortadores, “cake estand”, moldes…

Un aviso también intentó quedar claro desde el principio: «No chuparnos los dedos». No le hicimos caso. 

A partir de aquí la charla fue caminando y nuestros «cupcackes» cogiendo forma. Aprendimos a vaciar las magdalenas, rellenarlas —en este caso con chocolate—, recubrirlas con el «frosting» —de frambuesa— y comenzar a trabajar con el «fondant», de colores, para realizar las distintas decoraciones: una pata con su lacito, una maceta repleta de flores de colores, un conejo semienterrado en busca de una zanahoria y un sarantontón de paseo sobre una hoja.

Tras tres horas de trabajo y sobeteo del material decorativo, muy parecido a la textura de la plastilina, pero con mejor sabor, mi hija, orgullosa, me daba palmaditas en la espalda felicitándome por el trabajo realizado mientras ella se aferraba a su diploma de asistencia y a nuestras dos cajas con las sabrosas magdalenas a las que les quedaban poco tiempo de vida.

Como conclusión puedo decirles que nos quedaron genial, estaban buenísimas y que como curiosidad está fantástico, sobre todo por aquello de aprender cosas nuevas, pero como tenga que hacer mucha cantidad, ya sé dónde comprarlas.

«Con valor inmaterial»

Y allí sigue, en silencio, acumulando polvo, junto al proyector de

Imagen extraída, sin permiso, de San Google.

cine, el barco pirata y la nave espacial, ocupando un espacio privilegiado en nuestro cuarto trastero. 

Parece mentira que aquel objeto tan insignificante pueda cobrar tanta importancia como para continuar guardado durante todos estos años y ahora, al verlo, tener deseos de cogerlo y de seguir conservándolo.
En cuanto lo vi acudió a mi memoria simpáticos recuerdos. La recordé siempre sonriente, feliz, como una niña pequeña. Le divertía jugar con ella, sacarla —a pasear decía ella—, mientras todos chillábamos y reíamos espantados, porque sabíamos que aquello era parte de su juego.
Disfrutaba, lo veía en el brillo de sus ojos, cuando la lavaba, cuando la cepillaba para sacarle brillo, pero sobre todo le resultaba muy divertido darle los buenos días por la mañana y ponérsela.
La dentadura de la abuela es una de esas cosas que siempre tendrá valor. 

«Invitación de cumpleaños»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google.
La cara de felicidad de mi hija, a la salida del colegio, me dio las claves para intuir que algo bueno había ocurrido. Estaba en lo cierto. Una de sus compañeras la había invitado a la celebración de un cumpleaños bastante especial.
Al leer la tarjeta, mi primera impresión fue de estupor. El título era: «Invitación al Spa de Juanita». El desarrollo de las actividades a realizar fueron igual de sorprendentes: Cóctel de bienvenida, manicura, pedicura, masaje, mascarilla facial, peluquería y sesión fotográfica.
Mi hija tuvo que haber notado mi cara de asombro, o a lo mejor escuchar mi grito interior, ya que seguidamente se abrazó a la pierna para pedir permiso para asistir. Lo hizo una y otra y otra vez.
Ya en casa, superado el shock inicial y mis consideraciones acerca de la transmisión de los roles de género y los ideales de belleza, claudiqué y acepté su asistencia a tan magno evento. Admito que la ilusión que la niña estaba demostrado, así como la originalidad de la femenina propuesta de celebración, fueron factores decisivos que influyeron en la decisión. Estoy seguro de que será una tarde muy divertida para ellas.
Por otro lado, me consta de que las madres están supermegahiperilusionadas con la idea, envidiosas y deseosas de hacer lo mismo. Pero esa será otra entrada a este chat, que estoy seguro de que alguna de ellas me lee asiduamente y no quiero que cargué contra mi sin previamente haberme armado y acorazado de manera conveniente.
Mis felicidades a la ideóloga de la actividad. Espero que las niñas se diviertan mucho, ya que estoy seguro de que me reportará material para este blog.

«La armonía de do»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google.

Había brotado, en medio del huerto, un imponente piano de cola.

Una niña, de no más de doce años, coletas y traje blanco, se acercó lentamente, mientras el resto de personas se habían quedado patidifusas por aquella asombrosa aparición.

La jovencita lo acarició, como acaricia con sus dedos el mascarón de un barco un buen marino, de popa a proa. Al llegar a las teclas, con la misma suavidad, levantó la tapa y comprobó la afinación picando sobre unas pocas teclas.
Los espectadores, aún recelosos, se acercaron. Vieron que la niña sabía lo que hacía. La animaron. Ella se sentó y comenzó a interpretar su obra favorita. Sus dedos parecían viajar acompasadamente, sobre cada una de las notas. Sonaba una hermosa melodía.
El círculo se cerró a su alrededor, pero, cuando tocó la armonía de do, todo estalló por los aires. Y es que los piano bomba, son trampas mortales.

«Los zapatitos de la señorita Rita»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google.

Todos tenemos unos zapatos que nos gustan más que otros. Esto puede
ser porque con ellos nos sentimos cómodos, porque su color combina
con nuestra ropa favorita o porque lo hacen con el color de nuestros
ojos.

A la señorita Rita le gustaban aquellos viejos zapatos verdes
porque con ellos era capaz de pensar.

Cada
vez que tenía una duda, o simplemente estaba ociosa en casa, se dirigía
a la zapatera y, con mucho celo, los sacaba cariñosamente de su
caja. Antes de ponérselos les pasaba un paño, con el fin de
quitarles las pocas manchas o marcas que pudieran tener, pero con una
delicadeza difícil de imaginar.
Hoy
era uno de esos días. Cuando logró quedarse sola en casa, cumplió
con el ritual que ella misma se había marcado y se embutió en
ellos.
Durante
los primeros instantes siempre pasaba lo mismo, nada. Pero tras unos
pasos alrededor de la mesa de la cocina, o de la del comedor, o tras
recorrer el pasillo varias veces, arriba y abajo, las ideas empezaban
a fluir y con ellas las respuestas que necesitaba.

 ¿Puede
un objeto tener el poder de iluminarnos?

«La siniestra mujer blanca»

Todas las mañanas, ya avanzada la jornada, entra en el banco como
Extraída, sin permiso, de San Google.

una suave, misteriosa y silenciosa sombra. Su mirada esta perdida, pero eso no le impide dirigirse hasta mi puerta, plantarse bajo el quicio, hacer un extraño giro de su cuello e emitir un flojo y desvalido buenos días, seguido de una siniestra sonrisa.

Su rostro es pálido, blanco, como el de muerte. Sus ojos, abiertos sin parpadeos y grandes como platos, reflejan el brillo de las lámparas y la nada en sus pupilas.
Autómatamente, cuando recibe mi saludo como respuesta, hace un giro sobre sus tacones, casi militar, y se marcha decidida hacía la siguiente mesa. Allí repite la misma operación, sigue el mismo proceso, como una actuación bien ensayada.
Desde mi posición la observo, como lo haría un buen oteador. Sus primeros minutos de trabajo están dedicados a este ritual. El resto del día nadie lo sabe.

«Es hora de tomar decisiones»

Extraía, sin permiso, de San Google.
Y así, tontamente, acabe pegándome un tiro. Figurado, claro está. Soy un cobarde y no creo que valga la pena quitarse de en medio usando como excusa un par de imprevistos: mi mujer me abandonó, me despidieron del trabajo, se rompió la junta de la culata del coche, mi hijo abandona sus estudios, la niña se queda embarazada del gandul de su novio, la calefacción de casa se estropeó hace quince días…
Ahora, enroscado en el sofá y abrigado con la manta que me regalaron los de Cruz Roja, no me queda otra que tomar una decisión sobre qué hacer con mi puñetera vida. 
Tendré que luchar.

«La última carrera»

Hoy se ha levantado pletórico de energía, como lo hace una persona

(Imagen publicada por El Pais el 10/01/2014)

como él, un auténtico atleta que, además, presume de tener más de mil medallas en su haber.

Está entusiasmado, con el nerviosismo propio del joven que se enfrenta a su primer reto, pese a tener más de noventa años. Lo hace convencido de conseguir su nueva meta, su última carrera.
Sus familiares y amigos lo esperan para animarlo, para darle las agradecidas fuerzas que siempre vienen bien para superar el reto, su último escollo. Tras largos ratos de reflexión personal, de encontrarse consigo mismo, ha decidido que esta será la última competición a la que va a enfrentarse, pero, sin duda, la más importante.
Los asistentes lo saludan. Todos lo rodean. Saben que la decisión ha sido difícil, puede que alguno no la entienda, pero la respetan. Se saca fotos. Levanta la copa y brinda por su eutanasia.
PD: en honor a Emiel Pauwels, el atleta más longevo del mundo, que a sus noventa y cinco años, y con una enfermedad incurable, decidió aplicar su derecho y poner fin, dignamente, a su vida. 
Más info en: http://elpais.com/sociedad/2014/01/10/actualidad/1389379895_610557.html