«Mi pequeño lazo azul»

Desde la infancia conservo la costumbre de tener un pequeño corcho frente a mi lugar de trabajo. En él cuelgo pequeños tesoros y recuerdos que significan, o han significado, algo. Está la concha del Camino de Santiago, una foto de mi época de Fuerteventura, una vieja pañoleta scout…, y un pequeño lazo azul.
            Lleva años atravesado por una pequeña chincheta. Clavado en el mismo sitio. Mira que me he mudado veces de casa y que hay cosas que han desaparecido de ese pequeño altar pero, mi pequeño lazo azul,  siempre ha estado ahí, a la espera de ser paseado.
Creo recordar que apenas lo use en un par de ocasiones y ambas tristes. La primera, el diez de julio de 1997, ETA secuestraba a Miguel Ángel Blanco. Amenazaban con matarlo. Así lo hicieron.
La noche del secuestro salíamos de marcha. Toda mi pandilla, impactados por el anuncio, respondimos al llamamiento de «BASTA YA» y quisimos poner nuestro granito de arena utilizando aquel símbolo. Esa noches vimos muchos y nadie parecía indiferente.
Mi pequeño lazo azul hoy sigue colgado en el tablón. Parece ser que jamás volveré a usarlo. ¡Menos mal!

«Historia de cuento»

Son las doce horas, un minuto y quince segundos. Toda la magia que había conseguido durante la noche ha volado por los aires. Tal y como llegó, con un puf y un humo gris  envolvente que hizo desvanecer los sueños cumplidos.
Aunque llegué a la fiesta un poco más tarde que el resto de las invitadas, él supo, nada más verme bajar las escaleras, que yo era la persona que buscaba. Me acogió entre sus manos como una delicada figura de porcelana. Me deslizó por  el gran salón como subida en una alfombra mágica de cuento.
Hemos pasado la velada bailando. Hablamos de manera animada de todo lo imaginable. Bebimos y, hasta nos besamos. Creo que es lo que esperaba.
A las doce salí corriendo. Debía cumplir con mi horario, de turno de noche, barriendo calles. Ahora entiendo a Cenicienta. Menos mal que no perdí el zapato.

«Cosas de la vida»

La pastelería llevaba tiempo cerrada. Los dulces, vendidos tiempo atrás a diario, habían dejado las vitrinas vacías. La harina y las levaduras, guardadas en el cuarto de materiales, se habían caducado por la falta de uso.
La gente del barrio había achacado el cierre patronal a una grave situación personal de la panadera que le había impedido abrir, como era habitual, todos los días del año. La extrañaban. En muchas ocasiones los vecinos pasaban por la puerta de su casa y, asombrados, les parecía recibir el olor de antaño inundando el pedazo de acera que le correspondía.
Ella, asomada tras el visillo de su ventana, también les echaba de menos. No estaba enferma, como afirmaban algunos. No tenía depresión, como decían otros mientras señalaban las cortinas. Las escasas veces que se la tropezaban por el barrio alguien, los más atrevidos, le preguntaba cómo estaba, qué ocurría. Ella tranquila y relajada siempre contestaba lo mismo: «Estoy ocupada en otros menesteres. Pero no se preocupe, cuando pueda volveré a abrir». Y continuaba su camino tan campante.
La vida tiene estas cosas y, a veces, sólo hay que esperar el momento.

«Serias dudas»

─¿Tú y yo podremos pasear juntos bajo ese cielo estrellado? ─Le preguntó ella con serias dudas.

─Supongo que sí. No hay nada que lo prohíba.
─¿Cómo que no?, ¿y ellos? ─dijo elevando su dedo índice para señalarlos.
─Ellos no tienen porqué saberlo.
─Pero nos verán.
─Creo que no. No miran hacia este lado. Solo se preocupan de sus cosas. No te preocupes. ¡Vamos!
─No puedo, me da miedo lo que puedan hacernos.
─No seas tonta. Dame la mano y camina como si nada ocurriese.
─Pero y sí…
─¡Calla y camina!, no podrán verme.
─Pero yo lo hago.
─Claro, no te has tomado la pastilla.

«Los saludos de Guayota»

La tierra tiembla bajo los pies de los Bimbaches. Según cuentan las viejas historias el demonio llamado Guayota vive en el interior del Teide ya que Achaman le taponó la salida como castigo tras secuestrar a Magec.

            Esas leyendas dicen que a Guayota le gusta cambiar cada cierto tiempo de vivienda o, al menos, remodelarla por lo que, cuando anda en esos menesteres, se producen ciertos movimientos sísmicos que nos hablan de esas intenciones.
            Los científicos calculan que hay un quince por ciento de probabilidades de erupción volcánica y que esta no produciría ningún mal, más bien lo contrario: atraería turismo ─ya sabemos que hay gente para todo─, enriquecería los suelos, que la superficie se amplíe e incluso existe la posibilidad de que surja una nueva isla. ¡Te lo imaginas! Espero que nuestros inteligentes políticos no la llamen San Borondon ya que acabarían con otra gran leyenda o mágica realidad.

«Cuestión de pauta»

Siempre aparecía DOminante, no le importaba la situación, el lugar o el público que estuviera expectante. Para ella, lo más importante era mostrarse, dejarse ver, siempre de manera REsuelta y decidida, para que sus múltiples admiradores, o sus posibles enemigos, se acobardaran en su presencia.
            MI humilde personalidad no podía con ella. Me costaba entender su situación, sus combinaciones y cambios de actitud, su carácter…, aunque me resultaba muy FAscinante  escucharla y tenerla a mi alrededor, por lo que, casi cada día, me aplicaba y ponía todos mis conocimientos, y mi mejor actitud, en entenderla.
SOLo una vez, me atreví a corregirla situándola en el lugar adecuado. LA mirada que me dedicó fue penetrante, amenazadora. Para ella, SIn duda, yo había cometido un error, pero estaba tan seguro de lo que había hecho que jamás se atrevió a discutírmelo.
En aquella ocasión la había DOmado pero, en el fondo, los dos sabíamos que el pentagrama era suyo y que la nota la daba ella.

«¡Maldita!»

La noche es una estrella en tu cucharilla opaca, doblada y quemada. Siempre lo has dicho, siempre que la poesía te invadía, pero nunca has pasado de ahí. No podías.
Hoy el pequeño utensilio yace muerto en el suelo, más negro y más quemado que nunca, como su dueño.
El burbujeante brillo del líquido al calentarse no volverá a flipar tu mente, no volverá a invadir tus venas con su letal contenido. Hoy, la calidad era mala y la dosis mortal. ¡Maldita cucharilla!, ¡Maldita heroína! 

«¡Prueba superada!»

Todas las personas deberían poder cumplir sus sueños o, al menos, hacer todo lo que esté en sus manos para poder conseguirlo. Este fin de semana he logrado abrazar un viejo deseo, hacer un curso de escalada en roca (Nivel I).
            Como podrás imaginar, en esta pequeña aventura por el mundo, la adrenalina ha recorrido mi cuerpo desde el primer momento. Poner tu vida en manos de dos monitores (David «el Colgado» ─jajaja se pasó horas en lo alto de la pared para podernos ayudar─ y Luis, «el Paciente» ─hombre tranquilo, que transmite la seguridad como única idea para hacernos disfrutar─), de diez compañeros, de un equipo y, sobre todo, de un nudo, es lo que tiene.
             La sensación de superación lograda, cuando llegas a la reunión y miras hacia abajo es, en dos palabras, «es─pectacular», solo comparable con iniciar la escalada con los ojos vendados, confiando en tu compañero, el equipo y uno mismo. El tacto de la pared en los dedos logra que te agarras a sitios impensables que, a ojos descubiertos, jamás te plantearías.
Al llegar a casa la sonrisa sobresalía de mis orejas y los ojos de susto de la familia se salían de sus órbitas.
Estoy muy orgulloso, satisfecho y contento. Creo que todos terminamos así.
¡Hasta la próxima!, que espero sea el nivel II.

«Vuelta al cole»

Había llegado la hora. Tras mucho tiempo sin pisar lo que se podría considerar su segunda casa, por las horas que en ella pasaba, era el momento de reincorporarse.
         Un extraño hormiguero recorría su estómago. Por un instante quedó parado, con los ojos perdidos en la inmensidad, recordando a los compis del curso pasado. Luego, tras volver en sí, se impregnó con los nuevos desafíos e ilusiones que le aguardaban.
   Empleó un rato en preparar sus cosas: afiló el lápiz nuevo, quitó el plástico a la goma, sacó su bolígrafo favorito de la gaveta… Con todo ello preparó el estuche, un viejo incondicional que lo acompañaba desde hacía años.
            La maleta estaba donde la había dejado el pasado julio. Sacudió el polvo y revisó el interior. Tenía la libreta, metió el estuche y, con un suave suspiro, comprobó el resto: entusiasmo, ilusión, felicidad, alegría, compromiso… Estaba todo listo.
¡Feliz curso!

«El amigo Palenque» (Viaje a Miami y Cartagena de Indias. Y 4)

Estoy convencido de que en todos los lugares del mundo, por poco que busquemos, podemos encontrar algún personaje singular. La ciudad de Cartagena de Indias y, en concreto la Playa de Bocagrande, no va a ser menos.
            En una entrada anterior ya nombré, muy por encima, la primera persona que me «asaltó» al pisar la playa para ofrecerme sus toldos ─para protegernos de la insolación─ y tumbonas ─para descansar los cuerpos─. Era el amigo Palenque, de nombre Willy. Un hombre moreno, tirando a negro, por el azote del sol día tras día. De unos cuarenta años, complexión normal, barba de tres o cinco días, un ojo a la funerala y gran  presumidor de sus cinco hijas y dos mujeres.
            Servicial y siempre «a la orden», como se manifiesta por aquellas latitudes, tras ubicarnos en uno de sus chiringuitos intentó entablar conversación, cuando el resto de los vendedores nos lo permitían, sobre el fútbol de España, las ganas que tenía de visitarnos…y, sobre todo, de su voluntad para que nos encontráramos a gusto en sus dominios.
            ─Patrón, ¡a la orden! ¿Le apetece algo?
            No mentía, bastó un leve gesto de mi mano para que acudiera raudo a mi presencia.
            ─¿Qué le sirvo?, ¿algo fresquito?
            Tras escuchar la amplia oferta nos decidimos por una Piña Colada. Como levitando sobre la ardiente arena, allá que sale corriendo el Palenque. No pude quitarle el ojo de encima. Así estuvo todo el día, de aquí para allá, atendiendo nuestras necesidades y las de los vecinos de tingladillo.
            Tras abonar los servicios, incluidos los diez mil pesos ─dos coma cuatro euros─ que me prestó para pagar unos dulces, porque la vendedora no tenía cambio, nos despedimos con el compromiso de que volveríamos y que preguntaríamos por él.
            A los dos días volvimos y cumpliendo con mi palabra sólo permití su asistencia. Mientras intentaba escribir unas ideas, el amigo Palenque se sentó a mi lado para darme conversación. Sin duda es un elemento singular, parece honesto, honrado y trabajador que se busca la vida, como puede. Ya tengo su número de celular ─o sea, de móvil─ así que si algún día viajas a Cartagena puedo ofrecerte este buen contacto que gustoso atenderá tus necesidades.