«Martes 13»

En trece y martes, ni te cases ni te embarques. O al menos eso reza el famoso refrán que hace alusión a no tomar ninguna medida importante durante un día como el de hoy.
            Una vez escuché una historia ─me consta que hay más─ en referencia a por qué el número trece: Cuenta la mitología nórdica que Odín invitó a once dioses a su palacio, el Valhalla. En el transcurso de la cena se presentó, sin invitación, Loki, dios tramposo y amante del mal, con lo que el número de los presentes pasó a ser trece.
            Entre los juegos que se organizaron, empezaron a lanzarle cosas a Baldr, segundo hijo de Odín, que tenía el poder de la inmunidad. Loki, que sabía como vencer dicho poder, engañó a Hoor, hermano ciego de Baldr, ayudándolo a cargar y disparar una flecha construida con madera de muérdago. La saeta le atravesó el pecho y Baldr murió al instante. Desde ese momento trece personas en una cena es síntoma de que algo malo va a pasar.
            Entre otras cosas curiosas hay que reseñar que, al parecer,  un martes 13 se produjo la confusión de las lenguas en la Torre de Babel. También es habitual que los aviones no tengan fila 13.
Leyendo por ahí he descubierto que la fobia a este día se llama Trezidavomartiofobia ─nunca me acostaré sin haber aprendido algo nuevo─ y, antes de que me pase algo malo, será mejor terminar aquí e irnos a la cama, que mañana será otro día.

«La estrella de oriente»

Cuentan que hace muchos años, ya siglos, un astro guió a los Reyes Magos en su camino hasta Belén. Con su reluciente esplendor los monarcas fueron guiados con mucho tino y acierto hasta su destino.
            Hoy, pese a los avances de la tecnología y de la ciencia, hay caminos que se hacen más difíciles de recorrer: el cáncer, el hambre, la guerra…, la crisis.
Nuestros gobernantes miran al cielo en busca de una estrella de oriente que les guíe, pero esta, o no está o les habla alemán demasiado rápido y no la entienden. Nosotros, con los pies plantados en las trincheras de la lucha diaria con nuestros trabajos y familias, también buscamos nuestro propio cometa. A veces tiene forma de persona, de ídolo, de religión, de décimo de lotería… pero lo único cierto es que para seguir adelante, lo más importante es nuestro esfuerzo y creer en nosotros mismos. 

«¿Vamos a jugar?»

Por fin quietas. Tras horas pululando por la habitación, subiéndose a los sillones, tirándose los cojines y corretear por los pasillos, por fin están quietas. No hay nada mejor que convertirse en un niño para controlar a los niños. Estaba agotado. Tenía que haber inventado antes este juego y así poder ver con calma la tele.
No es que sean malas, ninguna niña lo es, son distintas. Lo malo es que mis sobrinas son muy distintas. La cosa ha sido fácil. Les he propuesto jugar a indios y vaqueros. Ahora las tengo atadas y amordazadas. Creo que he ganado el juego.

«La sombra perfecta»

Sin duda alguna, entre los lugares mágicos de nuestra tierra se encuentra nuestro Teide. Ascender paso a paso su ladera es uno de esos lujos que a todos recomiendo y que yo intento gozar, al menos, una vez al año.
            Aunque el frio del otoño estuvo presente desde el comienzo y la noche hizo pronto su aparición, llegamos con buen ritmo a ver el mástil que indica la cercanía del refugio. Tras unas pocas decenas de metros y la necesidad de parar para tomar aire, cada vez con más frecuencia, las luces del interior del refugio de Altavista parecen los resplandores de los faros que orientan a los marinos en sus peligrosas travesías. Las fuerzas salen, cuando llegas, lo haces sonriente, con la alegría de haber cumplido la mitad del recorrido y la esperanza de satisfacer el resto.
            Las cinco de la mañana es el tope. Las risas vuelven a inundar la habitación que acogió los sueños, ronquidos, desvelos, risas y comentarios de los catorce que formábamos el grupo. Tras un reponedor chocolate caliente nos atrevimos a enfrentarnos a los menos cinco grados centígrados del exterior y comenzar la andadura para hacer cumbre. El frio es un mal compañero de viejo, pero el apoyo y la buena compañía ayuda a superarlo con entusiasmo.
            Los últimos metros, duros escalones azotados por el viento, y el pestilente olor del azufre, que se escapa por las fumarolas, animan a llegar.
            Por el este los tímidos rayos del sol comienzan a inundar la cumbre y las caras sonrientes de los que allí estamos. Su reflejo en nuestras pupilas es el premio a nuestro  esfuerzo. Por el oeste la sombra perfecta de nuestro Teide se convierte, un año más, en espectro de admiración y devoción, contorno que nos dará la fuerza para repetir la experiencia.

«¿Quién tiene el mando?»

Hoy es el día de mi boda. En estos momentos estaríamos cortando la tarta nupcial o paseando por las mesas para hablar con los más de ciento cincuenta invitados, pero no me presenté. Llevo un par de horas sentada frente al televisor con la mirada perdida, contemplando la nada.
            Todo comenzó esta mañana cuando, tras pasar un par de horas con el peluquero, otra con la maquilladora, varios minutos tranquilizando los nervios de mi madre y escuchando las loas a mi hermosura de mis hermanas, me he encerrado en la habitación y no he salido.
            Al principio, del otro lado, me hablaban con cariño: que si eran nervios, que tranquila que pasa pronto, que no te preocupes… pero yo aquí sabía que nada de eso era verdad. Tras un cuarto de hora sin hacer comentarios, comenzaron a aporrear la puerta y los nervios hicieron acto de presencia. Al rato llegaron los gritos, las órdenes y las palabrotas, seguí impertérrita.
No se el tiempo que pasó pero, tras un tiempo de calma, escuché la voz de mi prometido que se dirigía a mi con suavidad. También se cansó, chilló, aporreó la puerta, me mandó a la mierda y se fue.
Imagino que ahí fuera nadie querrá hablar conmigo. Quizás por eso sigo aquí, sentada, mirando la tele. No importa. Ahora toca pensar: ¿Por qué lo he hecho? ¿Por qué no me he casado? ¿Por qué lo he dejado todo?…  No sé, pero está claro que no estoy preparada para compartir el mando de la tele.

«Con la almohada»

Y nada más existió hasta el próximo tren por lo que lo disfrutó todo lo que pudo. Se bebió, casi de un sorbo, su ansiada bebida, un vaso de leche caliente con Cola-cao. Asió su almohada, con la que viajaba a todas partes, y se recostó. Su tacto era suave y sedoso. Lo relajaba y más tras el incómodo ruido que había hecho aquel cercanías. Respiró a la par que cerraba los ojos. Por unos instantes creyó estar en otro lado. Pero el tiempo es efímero. Faltaba poco para el siguiente. Cerró sus puños y, desde que sintió el temblor bajo su cuerpo, supo que ya no había vuelta atrás. Murió arroyado.

«Allí sigue»

No pudo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento cuando esta se cerró de un porrazo. Con un largo suspiro tomó aire e intentó tranquilizar su corazón, para disponerse a disfrutar de las horas de tranquilidad que le quedaban antes de que regresara del trabajo.
Llevaban juntos casi toda la vida. Se habían conocido por casualidad y, sin quererlo, se habían ido a vivir juntos, casi el mismo día.
            Estaba harto. No aguantaba el olor de su perfume. No soportaba su voz de pito. Sus gritos. Sus canturreos. Sus amistades… No la quería. Pero allí estaba, sin poder hacer nada, prisionero en su jaula. Un par de veces al día le dejaba comida, le renovaba el agua, cambiaba el periódico que forraba el suelo de su cárcel.
            No la soportaba más pero no podía hacer otra cosa. La puerta siempre cerrada le impedía volar, escapar. ¡Pobre animal!

«Halloweekend»

Un año más llegamos a la batallita de las tradiciones: que si hay que celebrar San Andrés, que si eso es de los giris, que si yo no me uno, que si menuda chorrada…. Pues siento decirles que todo eso está muy bien pero, Hallowen ha llegado.
            Los niños y niñas compran disfraces. Las mamis se asquean con los artículos de caracterización. Los papis rezongan. Las abuelas se santiguan…, pero Halloween ha llegado.
            El año pasado cometí un pequeño error ─puedes leerlo aquí─ pero para el presente, todo está listo: He sacado mis peores galas, afilado mis dientes, retocado mis chorretes de sangre seca, acicalado mis heridas… Solo espero que esos mequetrefes se acerquen a casa. ¡Se van a cagar!
            La entrada está decorada con pequeñas calabacitas, en cuyo interior se esconde una tenue lucecilla. Las telas de araña cuelgan por doquier. Tras la puerta un altavoz, conectado al equipo de música y este al timbre, está preparado para sonar, a toda leche, una música fantasmagórica tras ser accionado. Hasta un murciélago que da vueltas tengo colgando en el porche de la casa.
            Tras un par de horas de trabajo solo me queda sentarme a esperar. Halloween ha llegado y, y yo… ¡Ups! Acabo de acordarme. Yo tengo fiesta en casa de un amigo.

«Una tarde movidita»

Hoy es una de esas tardes complicadas. Tras comer tengo que ir a una gran superficie para buscar un material que nos hace falta en el cole. Después, ya que estoy ahí, hacer un par de mandados, de esos que uno siempre deja pendiente. De cuatro a cinco tengo clase en el gimnasio, para después ducharme e ir a recoger a los niños a las cinco y media. Tengo que pasar por casa de mi suegra, lavar el coche y… ¡ARGH! ¡Acabo de recordar!, Tengo que ir al supermercado. ¿De dónde saco el tiempo? Son cuatro cosas pero urgentes: Agua, yogures, jabón para la lavadora, suavizante, fruta, leche, cereales para el desayuno, cápsulas para la cafetera. Yo creo que ya.
            Acaban de terminarme el coche. Justo a tiempo. Las cinco y media, a recoger a los churumbeles y para casa a colocar la compra que llega a las seis y cuarto.
Menos mal que uno tiene un teléfono de esos y mientras hago cola… aprovecho el tiempo.

«Un hobby nuevo»

Quedarse en casa una tarde de domingo es fantástico. Sobre todo después de un sábado movidito y una “amanecida” para ir a una excursión que resultó fallida.
Uno espera echarse en el sillón, poner una película, para no verla por culpa de una buena siesta… También está la opción entretener a los niños de uno, que para eso están.
─Pues ya que no vamos a hacer nada, podríamos terminar la maqueta.
─Vale, si quieres que te ayude.
En principio parece ser que a mi hijo le apetecía encontrar un hobby. De esas cosas que uno hace cuando le apetece estar tranquilo y pasar un rato agradable consigo mismo. Así que se ha dedicado a montar maquetas de soldaditos de la II Guerra Mundial.
Como suele ocurrir en estos casos encontró un entretenimiento para los dos. Así que adiós sillón, adiós peli y adiós… (lo de la siesta no se me escapa que faltita me hace), que vamos a hacer maquetas.
Es el primer diorama que hacemos. La verdad es que hemos pasado muy buenos ratos juntos, que al fin y al cabo es lo que uno quiere, y el resultado es bastante vistosillo.
Así que ya sabes, si no tienes plan para las tardes de los domingos, te puedes unir al nuevo club de maquetistas. Eso o llevarte a mis hijos de paseo.