«Consejos para un día de fiesta»

Parecerá broma pero a nuestra edad ya tenemos que empezar a vigilar las cosas que hacemos cuando salimos de marcha todo un día, después de mucho tiempo sin hacerlo. Hoy me ha dado por hacer un primer listado de cosas a tener en cuenta, de manera preventiva, después de lo que pudo haber ocurrido en mi última salida.

  1. Cuidado con quién sales: Lo sé, después de tanto tiempo tiempo sin salir y recogido en casa, aceptas hasta “pulpo como animal de compañía” y claro, te arrimas a cualquiera que te propone una noche desenfrenada. El problema está en que hay algunos que dicha promesa es verídica. Y la culpa es tuya, que lo sabes y formas parte de esa panda.

  2. No mezcles: Parece mentira pero a nuestra edad no todo nos sienta bien y, desde luego, no tenemos el ritmo al beber, ni el aguante que teníamos hace unos años. No es conveniente tomar cañas, vinos, gintonics y rones, mezclado todo ello con la medicación del resfriado. Sobre todo por el resacón del día siguiente y lo que se “lengua la traba” ese día. Nota: El agua de los floreros suele tener el mismo sabor que los gintonics —será por tanto aderezo de estos últimos—, pero sabe peor y no sienta nada bien.

  3. No te tatúes: Aunque en el momento pueda parecer divertido, ya que sin duda se hace en el momento álgido de la exaltación de la amistad, te puedo asegurar que tener todos el mismo tatuaje, en el mismo sitio, es hasta grotesco, y más si es el pequeño conejito de “Playboy”. Eso sí, seguro que el tatuador se lo ha pasado pipa, además de hacer la semana con ustedes.

  4. Lleva tu coche: Tienes una edad y sabes, más por viejo que por diablo, que una retirada a tiempo es una victoria. No puedes verte tirado en la calle, sin la cartera, olvidada en tu coche y sin coche, porque te dejaste convencer para ir con otro y así no ir solos, encontrar más aparcamientos…

  5. Ojo con los agentes de la ley: ¡A ver! ¿cómo te lo explico? Las mujeres policías, por muy buenas que estén, y por muy bien que le quede el uniforme, tienen muy mala leche. Así que deja de ponerte en plan gracioso con ellas, mantén las distancias, que después pasa lo que pasa.

  6. Mantén el secreto y niega todo lo ocurrido: Para ello es fundamental no hacer videos. Así que intenta controlar ese afán de protagonismo por salir en la tele y no dejen huella de lo ocurrido. Ni lo envíen por “guasap” aunque alguno quede muy bien y favorecido.

Evidentemente estos consejos son por si algún día se te ocurre hacer algo de esto. No es que a mi me haya pasado. Todo es fruto de mi calenturienta imaginación.

Gracias por leerme.

«Escribiendo con Virus»

Hoy creo que no soy buena compañía. Escribo este post sin muchas ideas, medio adormilado por la fiebre y con el cuerpo magullado por una paliza invisible que me ha dado un virus, cinturón negro primer dan de kárate, que tengo viviendo en mi cuerpo.

Parece increíble cómo este bichejo puede afectar tanto a cuerpo y mente. En un día normal, en una hora normal, de escritura puedo escribir unas quinientas palabras pero hoy, que ya llevo sentado frente a la pantalla más de treinta minutos, apenas ochenta y ocho —cuéntalas si quieres. Justo hasta el guión—. De la misma manera, en una hora normal de escritura, habría desechado muchas palabras. Hoy no me atrevo ni a eso. Lo que sí que he desechado es la pila de pañuelos que tengo sobre la mesa. ¡No hay por donde cogerlos!, como a mí.

Pero si hay algo que me preocupa es pasarte el virus. Sí, lo digo en serio. Sin querer he estornudado varías veces, al no contar con tiempo suficiente para taparme la boca con el antebrazo, que así es como nos enseñaron tras la primera alarma de la gripe A, cayendo todo sobre la pantalla. Así que, por si acaso este virus sea capaz de transmutarse y convertirse en virus informático, te recomiendo dejar un breve comentario y cerrar esta esquina hasta que lleguen tiempos e historias mejores. Espero que eso sea el próximo jueves. Mientras sigo con mi paracetamol, el antiestamínico, el jengibre…, solo me falta el sudorcito de pecho contra pecho (jejeje).

Gracias por leerme.

«Deseo cumplido»

Uno de mis deseos alza el vuelo

¿Te acuerdas cuando compartí contigo mi carta a los Reyes Magos y a ti —por si acaso no lo leíste, lo tienes en este post—? Seguro que te acuerdas, ya que es verdad que hace poco tiempo, no quiero que pienses que creo que estás perdiendo la memoria. En ella te adelantaba una lista de deseos. Pues bien, uno de ellos ya está a medio cumplir —solo falta mejorarlo—, listo para ser enseñado y esperando que aportes ese granito de arena que te pedía en ese post anteriormente citado.

Lo que hoy te traigo es la presentación oficial de mi nueva web «laesquinadeguille.com» que, como verás, guarda mucha similitud con el anterior blog —al menos la esencia—, en la que podrás releer todas las entradas anteriores y a mi me va a permitir algo más de juego en cuanto a la publicación de todas esas historias, aventuras, desventuras y resto de gilipolleces, que te cuento cada semana.

Reconozco que aún está por mejorar. Todavía estoy aprendiendo a usar esta plataforma, así que me queda mucho camino por recorrer. Es este el momento en el que puedes intervenir.

Como te decía al principio, espero que aportes tus sugerencias y recomendaciones en cuanto al formato, estilo o en el tema o temas que consideres sobre el que tengo que escribir. Te advierto que ya son muchas las personas que me piden algo más de erotismo, así que…

Para tu comodidad, y a fin de que no te pierdas nada, recuerda que puedes suscribirte, y así te llegará a tu buzón de correo electrónico, todas las entradas, para que no te pierdas nada, además de alguna sorpresa solo pensada por y para suscriptores.

Espero verte por esta mi nueva esquina. Que la misma sea de tu agrado y que cada vez que pases por ella, que es la tuya, dejes tu huella, a modo de comentario.

Gracias por leerme.

«Carta a los Reyes Magos y a tí»

 

Queridos Reyes Magos:
Este año como me he portado bien —me refiero que en mi línea, como siempre—, he decidido compartir mi lista de deseos con toda la panda de paseantes de esta esquina, por si alguno de ellos —pero sobre tú, que sé que me estás leyendo—, pudiera colaborar o aportar un granito de arena, en el cumplimiento de la misma:
1.- Lo que más deseo, y por eso lo pongo en primer lugar, es seguir riéndome y aprendiendo de la vida. Es algo que no me gusta hacer solo así que ya sabes, espero que me acompañes.
2.- Vivir nuevas experiencias. Hay muchas cosas que me quedan por probar y otras que me gustaría repetir. Han sido testigos de muchas de ellas, ¿se animan a acompañarme?
3.- Seguir encontrando tiempo para todo. ¡Puf! qué difícil es esto. Ir sin reloj en la muñeca me ayuda a organizarme y priorizo bien mis necesidades y la de los míos.
4.- Pasar más tiempo junto a ti. Siempre he sido «amigo de mis amigos» y me gusta cumplir y estar con todos ellos, en los momentos buenos, pero más en los difíciles. Espero que nos sigamos reuniendo por mucho tiempo.
5.- Terminar mi nueva novela y ver publicado mi cuento. La primera ya la llevo encaminada pero me hace falta algo más de energía y tranquilidad para centrarme en ella. El cuento está en camino, pronto recibirás la feliz noticia y podrás acompañarme en su presentación. ¿Ya has comprado/leído/regalado los libros anteriores? (Ahora hablo bajito para que nadie nos escuche: Si eres maestr@ te sorprenderemos con otro proyecto que en forma de revista ya está cogiendo cuerpo).
6.- Este blog necesita un lavado de cara. También estoy en ello. Espero que, en breve, puedas ver el cambio y darme tu opinión.
7.- Seguir haciendo kilómetros. ¿Correr? ¡Ni de coña! Me cansa y hacerlo solo es un rollo, que además machaca mis rodillas. Hablo de viajar. Programado el verano que viene,  ya tengo un par de ideas para después. ¿Te apuntas?
Esta noche me iré pronto a la cama, después de la cena con la familia y las copas con mis hermanas. Espero que mis deseos sean algo más que soñarte y podamos compartirlos.
Gracias por leerme.

 

«Pepinos day»

Hace unos días bromeaba con una amiga sobre trucos de belleza. Ella afirmaba que, además de hacer deporte y comer más o menos sano, pocas cosas hacía. Yo en cambio me la imaginaba en la típica estampa de rulos, mascarilla en la cara y rodajas de pepino en los ojos.
Pues de la broma hemos pasado a la realidad. Ayer no gasté ninguna inocentada digna de ser mencionada, así que, en compensación, te propongo que me acompañes en este estúpido juego y así reírnos de nosotros mismos, aunque, francamente, dudo que te atrevas.
Como bien sabes, el pepino, entre otras cualidades, al ser un gran revitalizador de la piel, ayuda a desvanecer las bolsas de los ojos que hacen su aparición por culpa de pasar malas noches, por la falta de descanso… Justo lo que ocurre en estos días.
La propuesta es tan sencilla como estúpida. Cuelga en Facebook una foto tuya con las rodajas de pepino, en los ojos, la cara o por donde creas que lo necesitas. Puedes usar el hashtag #pepinoday y veremos qué pasa.
Para darte algo más de tiempo, me adelanto y publico esta entrada antes de lo que es mi costumbre.
¿Te atreves? Yo soy el primero.

 

Gracias por leerme, y jugar conmigo.

«Visto uno, vistos todos»

Cumpliendo con la tradición hoy tocó asistir al Festival de Navidad que organiza el colegio de mis hijos. Si es verdad la aseveración que utilizo como título, lo que cuento ocurrirá igual en el colegio de los tuyos.

Primero tengo que resaltar el gran trabajo y esfuerzo que realizan los compañeros y compañeros que, con tanta ilusión alientan a sus chicos y chicas para que la cosa salga bien.
Lo que ya no es para tanto agradecimiento son las increíbles actitudes de los familiares que acudimos a verlos. Y hablo de manera general, que hay de todo, como en botica.
Por un lado están los papás, que se tiran toda la actuación hablando con otros papás, pasando de todo, excepto del «guasap» y de la merienda, a base de bocadillo de chorizo y refresco, que alguno de los asistentes sacó de su bolsa a mitad del espectáculo, como si de un partido de fútbol se tratara.
Muy divertidas son las mamás y abuelas, que alegremente se pasan las dos o tres horas que dura el evento hablando con la de delante, con la de al lado, fijándose en el escote de la de más allá, del maquillaje excesivo de la otra, y atenta, igualmente, al «guasap». O todo a la vez, excepto cuando le toca actuar a su niña o niño que se vuelve como posesa, absorta, mirando a su vástago por la pantalla de su móvil mientras lo graba, y mandando a callar a la de al lado, a la de delante, a la del escote…
Al final todo el mundo, con la lengua caliente de tanto usarla y el culo plano de la incómoda silla, se marcha corriendo para evitar el atasco, desconociendo el gran esfuerzo de organización y gestión que se ha realizado en el centro educativo, pero contentos por lo más o menos bien que ha salido todo y, sobre todo, orgullosos de lo bien que lo han hecho «los de su curso».
Nada más llegar a casa toca reenviar los vídeos por «guasap» para que todas puedan ver lo guapos que estaban y bla, bla, bla… vuelve a empezar el critiquen y ampliar la imagen para ver bien el escote.
Reconozco que estos espectáculos, siendo la mayoría un coñazo, me gustan y se, de primera mano, lo difíciles que son de organizar. Lástima que los adultos no sepamos comportarnos.
Gracias por leerme

«Pedir perdón»

«ESPERO QUE ME PERDONES» Fue lo primero que vio, al levantarse, nada más abrir las cortinas de su habitación.
Estaba seguro de que el día anterior aquella frase, escrita con una elaborada caligrafía, en espray negro, sobre la pared blanca del muro lindero del solar, no estaba.
Nada más leerla, sabía, a ciencia cierta, que la pintada en cuestión estaba dirigida a él. Además de por lo obvio, estaba enfrente de su casa, porque justo antes de irse a acostar, y en aquel preciso lugar, tras una discusión más que notable, había roto con su pareja.
Aún con las ventanas de su cuarto cerradas, escuchó a su padre vociferar indignado desde la calle:
—¡Sinvergüenzas! ¡Quién habrá hecho esta mariconada!
Su rostro se iluminó con una amplia sonrisa, acompañada de un comentario en voz baja, que cambió el malestar con el que se había levantado.
—¡Ay!, si tu supieras.
Gracias por leerme.

 

«Ahorrando una pasta en psicoterapia»

 

Lo bueno de los «viercóles» —especie de acrónimo formado a partir de la unión de miércoles con  sabor a viernes, ideal para ser usado tal día como ayer—, es que me permite tener una noche extra a la semana para reunirme con algún amigo, en torno a una cerveza —en este caso fueron más de cinco—, para darle al pico.
Carlo —nombre figurado para guardar su anonimato— solicitó mi apoyo —después de la tercera birra— en referencia al descoloque mental que tiene por culpa de una «preciosidad» que lo trae de cabeza desde hace algún tiempo. Él afirma que como escribo tonterías de todo tipo, y eso hace que me ahorre una pasta en psicoterapia, puedo serle de ayuda. Pues aquí estamos, en asistencia del pobre desvalido.
Según me cuenta, han estado juntos unas cuantas veces. Las chispas han saltado en todas ellas, y más aún cuando han hablado por teléfono. Por las circunstancias que ambos viven actualmente —que mejor no cito para no desenmascarar a nadie—, su relación deben mantenerla en el anonimato. A la vista de todos son amigos, pero cuando están a solas, la complicidad les hace perder el tino. Ahí precisamente es donde está el problema. Juntos se sienten tan bien, tan a gusto, pero están tan atados, que se sienten culpables de lo que les une y tienden a huir. La situación es difícil de mantener.
A Carlo lo que más le gustaría es que se vieran más, pero conocedor de que es complicado, se conforma con que ella le mande un mensaje, le hiciera un guiño, lo buscara de vez en cuando…, le ayudara a mantener la viveza del fuego que han despertado.
Y aquí estamos, ahorrándole una pasta en psicoterapia al socio.
Me consta que ambos leen este blog —¡ya les vale!, podrían pinchar un «me gusta» de vez en cuando—, así que a ver si nos ponemos las pilas y entre todos, ayudamos a estos dos a comunicarse. ¿Aconsejarías otra cosa? ¿Quién debe insistir? Si los conocieras, ¿qué consejo les darías?

 

Gracias por leerme.

«Una película de amor y sexo»

Hay citas que surgen porque sí y otras que están programadas en todos o en algunos de sus detalles. Hoy era una de esas últimas ocasiones.
     Habían acordado acompañar al grupo al cine, para ver la película de la que tanto tiempo llevaban tiempo hablando, para luego, inventando alguna excusa simple, marcharse cada uno por su lado. El objetivo final era volver a encontrarse, a solas, lejos de las incomodas miradas ajenas.
Tras la película el grupo se reunió en la cafetería. Él, de vez en cuando, le lanzaba pequeños órdagos, palabras clave, bromas y comentarios, que ellos solo entendían, para intentar ponerla nerviosa, seducirla y excitarla. Nada más terminar la primera de las cervezas que habían pedido, bastó una leve señal de ella, con esa mirada que tenía en la que a él tanto le gustaba perderse, para decidir que había llegado el momento. Tras las bromas, besos de despedida y la firme promesa de quedar otro día, cada uno cumplió con lo pactado y se marcharon en direcciones opuestas en busca de sus coches.

 

Diez minutos más tarde ella abría la puerta del coche de él, pidiéndole que apagara la luz interna del vehículo. No hubo tiempo para ninguna palabra más. En un santiamén sus lenguas se fundieron, en un cálido abrazo, logrando cumplir el mayor deseo de ambos, saciar el deseo del otro, viviendo apasionados, como actores principales, la historia más secreta que hasta ahora habían protagonizado.
Gracias por leerme.

«El hijo de la pescadera»

El café de las 7:30 de la mañana suele ser distendido y de muy buen rollo entre las risas de unos y otros. Hoy que me he adelantado un poco empiezo a saborear mi cortado algo perplejo. Como ya te he contado en alguna ocasión, este bar, o mejor dicho su terraza, suele ser un buen observatorio desde el que detecto algunas situaciones y muchas personas y personajes, cuando menos curiosos.
En esta soledad y reflexión en la que ando inmerso, acabo de darme cuenta de que, desde que empezó este curso escolar, no he visto al hijo de la pescadera.
Déjame que te cuente.
Durante el curso pasado en muchas ocasiones observé los andares de una señora, toda uniformada de blanco, con botas de agua y delantal plástico, la pescadera, que todas las mañanas, justo a la hora de este café, pasaba por detrás de nosotros, apenas sin hacer ruido, como un espíritu que solo puede ser visto por unos pocos.
Durante variados días la seguí, hasta dónde podía, con mirada inquisidora, ya que, su presencia me había llamado la atención, por su comportamiento rutinario y puntual. No descubrí su destino, pero sí me percataba, de que en todas las ocasiones volvía a pasar acompañada de un somnoliento chico.
Un día como hoy, en el que también llegué temprano al Café, pase por delante de un coche y, para mi asombro, descubrí durmiendo a aquel chico, con manta y todo, plácidamente en el asiento del copiloto. En ese momento até todos los cabos y mi curiosidad se vio satisfecha.
El chico era el hijo de la pescadera. Ella se incorporaba a su trabajo en el mercado de madrugada, traía al chico en el coche, que se quedaba dentro durmiendo y, a la hora pactada, iba a despertarlo, para que pudiera acudir a sus clases en el instituto.
Como decía hace mucho que no me los he vuelto a tropezar, así que, desde este mirador, y ya con el agradable sabor de este café en la boca, espero que el motivo de esa ausencia, sea que el joven haya conseguido titular y cumplir los sueños que tanto sufrió, y disfrutó, en ese asiento delantero del coche de su madre. Ambos se lo merecen.

 

Gracias por leerme