«La gran serpiente roja»

Todas las mañanas sale de caza. Su cuerpo se arrastra despacio, zigzagueante, devorando lo que llega a sus fauces. Cuando te pilla no tienes escapatoria, da igual lo rápido o audaz que seas. Ella, desde su privilegiada posición te observa, te estudia y, en cuanto siente tu presencia a su lado, te engulle.
Una vez que te encuentras dentro de su tracto digestivo, notas como sus paredes te aprietan, se mueven a tu alrededor, con gestos nada armónicos, trasladándote a veces hacia el lado derecho y otras contra el izquierdo. Comienza el proceso digestivo y, por ende, la destrucción de tu ser. En ese preciso instante lo peor es sentir como la energía matutina de tu ser se va degradando. Aceptas que es muy difícil escapar, aún así lo intentas. Sabes que el tiempo que tienes es limitado y que según lo inviertas podrás actuar a la hora de la salida.

 

Hay ocasiones, las menos, en las que por la tarde también sale de caza y es que la serpiente de luces rojas, en las que se ha convertido nuestra autopista, es una verdadera depredadora de tiempos y energía.
Gracias por leerme,—lástima que el Cabildo no lo haga.

«El calentón del caballero»

El puñetero ojo de la cerradura estaba bloqueado y no permitía abrir el cierre. El caballero había probado a forzarla con todo lo que tenía al alcance de sus manos: introduciendo la punta de un palo, haciendo palanca con un viejo y oxidado hierro… Rompió su mejor daga, e incluso había intentado meter la punta de su verga por el pequeño agujero. Todo ello mientras ella, su amada esposa, gritaba desesperada.
Pero nada, no había suerte. Era una verdadera lastima que la llave, que siempre llevaba colgada al cuello, desde el mismo día que saliera a las cruzadas, la perdiera en un inmundo burdel, de más allá de las fronteras del reino.
Tendría que llamar al herrero, para que forzara aquel cinturón de castidad y con él, el honor de su joven y virgen esposa.
Al enterarse, el técnico acudió raudo. Tras el cruce de miradas y disimuladas sonrisas, comprendió que debía esconder la copia que él utilizaba, para hacer imposible el encargo. Cosas de la historia.

 

Gracias por leerme.

«Cien besos en el recuerdo»

 

Descubrir aquella foto supuso para él un viaje inesperado al pasado. De repente sintió
como su cuerpo era absorbido, por el gran sumidero del tiempo, hasta ser depositado en su casa, cuarenta años atrás.
     Desde este lado del tiempo podía ver cómo aquel niño, de apenas cinco o seis años de edad, caminaba hacia el abuelo, atendiendo a su reclamo.
El viejo estaba sentado en una de las sillas del salón. Reía y hacía grandes aspavientos, todos dedicados a llamar la atención del chico. Se notaba
que había bebido.
         Al llegar a su lado, el hombre le preguntó:
         ―¿Cuánto me quieres?
       ―Mucho abuelo ―respondió el niño sin saber qué esperar a cambio.
         ­―Del uno al cien, ¿cuánto? ―volvió a insistir el hombre.
         ―Cien.
        ―Pues dame cien besos, cincuenta aquí y los otros aquí ―dijo el hombre indicando con su dedo índice, amarillo por el tabaco, ambos cachetes.
         Como escupido por una fuerza centrífuga, contraria a la que lo atrajo hacía aquella reminiscencia de su pasado infantil, dejó al niño en el besuqueo y él volvió a recuperar su cuerpo, edad y cordura actual. El recuerdo de los cien besos al abuelo, siempre quedará como uno de los momentos más felices de mi infancia.
Gracias por leerme.

«Con una caricia»

Poco antes de que los domingos fueran tan grises y amargos, poco antes de que su último aliento de vida tuviera deseos de escapar por la comisura de los labios, Juan era feliz.
Entre sus mejores características cabía destacar que era buen estudiante, amable con las personas mayores, educado con sus amistades, cariñoso con sus familiares, agradecido con quienes lo cuidaban… Quizás por eso pedía y se le concedía. Tenía todo lo que un niño podía querer y necesitar, salvo la enfermedad, esa había llegado sin permiso. Era de las peores, de las que te debilita poco a poco. Quizás por eso pedía y se le concedía.

Como todos los domingos, su madre lo visitó en la zona de aislamiento del hospital, donde estaba ingresado. Él volvió a pedir: «Quiero ser una estrella». Ella, con todo su amor, en una caricia le cerró los ojos. El amargo deseo se concedió.
Gracias por leerme.

«El monedero asiático»

Todas las mañanas tomamos café en el mismo bar y a la misma hora. Últimamente observo la llegada de un señor asiático, también más o menos a la misma hora, que, con la misma ropa, los mismos calcetines blancos enfundados en unos ajados zapatos marrones, a juego con la riñonera, entra en el bar sin levantar la cabeza.
No sé si mis compañeros de café se han percatado de su presencia, pero todos los días tiene la misma rutina: entra, se sienta en el taburete que está situado delante de la máquina tragaperras, saca una bolsa de plástico trasparente de su bolso, coge un puñado de monedas y empieza a meterlas, sin compasión, en la ranura correspondiente. 
En ocasiones, el tintineo y la música le acompañan la vomitada de dinero que emana por la gran boca inferior, pero en la mayoría de los casos, cuando vuelvo a mirar, ya no está en su sitio y descubro que ha abandonado sigilosamente el lugar. 
Según escuché al camarero se pasa la mañana así, de bar en bar, de máquina en máquina, recorriendo su «Vía Crucis» particular, y es que habemos personas con gustos para todos los colores. ¡A saber qué historia podría contarnos el buen hombre!
Hoy he decidido inaugurar esta nueva etiqueta. Ya son algunos los relatos de «Personajes y otros animales de compañía» que les he traído a esta esquina, así que creo que se merecen su propio espacio y, quién sabe, a lo mejor alguna de estás pequeñas historias te recuerdan a alguien, o a ti.

Gracias por leerme

«¿Te hago pensar?»

Un buen día se encontraron. Así, sin más, tímidamente se dieron la mano y comenzaron un camino juntos. Ninguno de los dos sabía dónde iba, pero parecía que querían recorrerlo juntos, conscientes de las dificultades que les aguardaban tras los distintos recodos y esperando tropezar con las piedras que siempre dificultan el paso. Pero también conocedores de la ilusión y la esperanza que les llegaba por estar juntos. 
Tras varios kilómetros recorridos llegaron al temido precipicio. Todo fueron idas y venidas, dudas y aciertos, preguntas sin respuestas, brújulas que señalaban a todos lados salvo al norte, pero les había llegado el momento. 
Juntos, tal y como habían llegado hasta allí, acordaron saltar. Contaron hasta tres. Él saltó estirando la mano para ayudarla a cumplir la palabra dada. Ella, en el preciso y fatídico instante en el que ya no hay marcha atrás, decidió dar un paso atrás y quedarse mirando. Él comenzó a dar vueltas en el aire. No sabía el porqué de aquella ruptura. Sin duda las respuestas tardaría en encontrarlas, pero ella nunca se haría las preguntas adecuadas. 

Gracias por leerme.

«Y me bajé los pantalones»

La bella morena de piel exótica y pelo ensortijado me esperaba. Me percaté de que una música suave adornaba el aire, mientras una cálida esencia acariciaba el olfato. Tras los dos besos de rigor y alguna aclaración por mi parte, justificando mi presencia en su aposento, sin mediar ni una sola palabra más, me ordenó que me bajara los pantalones, mientras ella, del otro lado me miraba.  Una alarma sonó, pero no en mi cabeza, sino en el recinto. Las risas por la situación y mi comentario ávido y gracioso, de que aún no había pasado nada, ayudó a que el encuentro comenzara a resultar algo más relajante.
Me tumbé en la cama dispuesta al efecto y ella comenzó a maniobrar. Gemí, grité, aullé, puede que algún momento la insultara —a alguna le pone eso—…, pero sobre todo me dejé hacer, y eso que sus manos estaban pringadas de aceite.
El rato se pasó entre sufrimiento y placeres. Cuando tocó darme la vuelta sentí que sus manos bajaban hace mi culo. En ese momento, creo que acompañado de una risita sarcástica, su voz  cambió el tono «¡Es hora de conquistar la luna!», dijo sin más preámbulos mientras me clavaba un par de banderillas. Ahora el dolor sí se hizo fuerte, y eso que tengo un buen culo —también usando sus propias palabras—. Nunca me lo habían sobado y tratado de aquella manera, pero esa mujer tenía todo el permiso y sabía lo que tenía entre manos.
La noche la pasé en vela. La mayor parte pensando en ella —y en su familia, claro— guiado por los dolores y sufrimientos tras tanto vapuleo. 
Hoy, una semana después, y tras una segunda visita, mi cuerpo vuelve a ser mío. Puedo caminar, correr, saltar y…, todo gracias a sus manos, sus agujas y la alarma de su móvil que, al bajarme los pantalones, me avisó de que allí iba a ver final feliz, pero de otro tipo. Mi fisioterapeuta es una crac.

Gracias por leerme.

«Pelayo»

¿Los héroes nacen o se hacen? Es la típica pregunta, como tantas otras que llevan, en todo lugar en el que se lance, que lleva a singular debate. Sabemos que toda región, país o lugar que se precie tiene el suyo propio: Inglaterra al Rey Ricardo, Corazón de León, Francia a Napoleón, la antigua Roma a… España tiene muchos, pero hoy me quedo con Don Pelayo. Para aquellas almas cuyos recuerdos de la Historia estudiada en la E.G.B. o la Secundaria, recordar brevemente que este personaje derrotó a las huestes musulmanas, allá por el año 737 d.c., en la famosa Batalla de Covadonga, reconociéndose este acontecimiento, como el inicio de la llamada «reconquista» —termino que ya si eso, otro día, podemos discutir.
¿A qué viene todo este royo? Pues contarte que el pasado lunes, nació —y ya nos encargaremos nosotros de convertirlo en héroe— nuestro particular Pelayo. Hermosa criatura de casi 3.900 gr., hijo de mi hermana, la pequeña, y de mi «cuñaoooooo», el gochu asturiano —de ahí el nombre, que sabemos que no es muy normal por estos pagos.
Como no podía ser de otra manera solo quería desearle lo mejor de la vida, porque antes de tenerlo ya lo estábamos queriendo. ¡¡Así que imagínate ahora!!

Gracias por leerme.

«On/Off»

«El masajista no tardó en reconocer aquel lunar bajo la nuca. Tenía la misma forma y color que los otros de su especie. Por seguridad calló. Prefirió no decir nada, continuar con su trabajo y esperar hasta que el paciente estuviera más relajado. Así lo cogería desprevenido. 
Tras treinta minutos de manoseo, y una vez comprobada que la respiración del susodicho se había ralentizado, fruto de su labor, decidió actuar. Pasó sus hábiles dedos sobre la mancha hasta descubrir la rugosidad característica. La apretó con seguridad y sin dilación se apartó. Tras un leve gemido el ser se apagó y las pequeñas compuertas que escondía en la espalda se abrieron, dejando el interior al descubierto»
Imagina que la estúpida historia anterior es cierta. ¿Qué nos encontraríamos? Premiaré la originalidad o la mayor estupidez.
Gracias por leerme.

«El fin de la egocéntrica»

Imagino que lo hace sin querer, sin darse cuenta, pero desde luego lleva tiempo haciéndolo y ahora, con la edad, parece que esa tendencia suya, de intentar convertirse en el centro del mundo, se está intensificando.
Cada vez que nos reunimos intenta, por todos los medios, convertirse en la protagonista de todo aquello que acontece. Si alguien cuenta un viaje, el de ella es mejor, si alguno tiene una azaña divertida que compartir, la de ella lo es más… Y así con todo.
Los demás empiezan a darse cuenta. Yo llevo tiempo observándolo pero, para no reforzar su ego y para mantener la fiesta en paz, prefiero no comentar nada. 
Quiere ser el centro de todo: en una boda la novia, en un bautizo el bebé y en un entierro la difunda. Pero lo siento, no hay tiempo para más. A llegado la hora de cambiar de actores, escenarios, historia…

Gracias por leerme.