«Presentación de ARÁNGATUR»

Fue una tarde muy especial. Gracias a todos los que asistieron y a los que lo hicieron en espíritu pero que distintos avatares se lo impidieron físicamente.
            La cosa comenzó con los nervios propios de todo acto importante. Muchos de ustedes me habían llamado para disculparse, lo entiendo y lo agradezco, otros ni eso, ¡mal rayo les parta! ─a no ser que espíen su culpa, ya que comenzamos la semana santa, con la compra de cien ejemplares, unas flagelaciones… jajaja─. Nada más llegar una batucada en la puerta de la Casa Elder me da la bienvenida. ¡Jo la editorial se ha pasado! ¡Ah no!, que una tienda de aparatejos con forma de fruta quiere hacerme la competencia. Bueno, ellos sabrán.
            Según fueron entrando la bella azafata contratada al efecto (Mercedes) entrega un sobre, en cuya portada podía leerse ARÁNGATUR, y una consigna, no abrir hasta el momento indicado.
            Comenzó Elena Morales representante, Honoris Causa, de Ediciones Idea con una pequeña introducción sobre mí  mismo, vida, obra y milagros. Ana Joyanes lució maestría, templanza y buen hacer ofreciendo un discurso formidable y muy bien desarrollado.
            Tras un buche de agua llegó mi turno. Un cuento ayudó a romper el hielo —sobre todo el de mi lengua— y a enlazar agradecimientos a «todo quisqui». Tras comenzar a desgranar el relato les hago caer en cuenta que el libro empieza con la recepción de un telegrama y ¡ups!, que casualidad, ustedes tienen un sobre en las manos. Es momento de abrirlo. Se descubre una pequeña dinámica de grupo en la que los asistentes tienen que agruparse por el color de la papeleta guardada en el interior, para hacer una pequeña tarea, rellenar una palabra.
            Intenté acabar aquí, pero un espontaneo, Jesús Bravo, saltó al ruedo para decir unas palabritas que según él, no tenía preparadas, ¡menos mal! Estuvo brillante.
Ahora sí, llega el momento de despedir, para ello cada grupo levantaba su mural y a la par que gritaba la palabra escrita. Quedando la frase final: «Gracias a todos por venir», lo que hace que los más emotivos rompan sus manos en aplausos.
            Para acabar nada mejor que unas picaditas y un par de copas de vino, que por cierto no probé, mientras firme unas pocas dedicatorias.  

«Locos de atar»

Los dos compañeros estaban sentados en el comedor. Llevaban un rato con la mirada perdida sobre las viandas del plato, cuando uno de ellos decidió romper el hielo.

─La carne rebozada fría no vale nada ─dijo tras comprobar la temperatura de su plato.
─Lo sé pequeño saltamontes, pero tienes que hacerte un hombre y hoy toca comer frío.
─No entiendo tu postura, ¿qué tiene que ver mi sexualidad con la comida?
─Mucho. Si no eres capaz de comer este plato, ¿cómo pretendes enfrentarte a las dificultades de la vida?
─Sigo sin entenderte ─intervino levantando la vista─. Espero que comprendas que mi situación económica, social y militar, me permite no tener que enfrentarme a ciertas cosas. Tengo a gente que lo hace por mí.
─Napoleón ─susurró el otro─, ahora empiezo a comprender a nuestro psiquiatra. Será mejor que tomemos la medicación y dejemos los desvaríos para otro momento.

«Duro lunes»

Por fin he llegado a casa. Los lunes son horrorosos y sólo pienso en que llegue la hora de regresar al hogar para tumbarme en mi sillón, con el mando de la tele entre las manos y tomar el merecido descanso tras un día infernal.
            El trabajo se hace duro. Siempre hay miles de cosas que hacer, gestiones que realizar, clientes a los que atender y, al parecer, todo el mundo estima que lo suyo es más importante que lo de los demás, por lo que continuamente ando liado de aquí para allá, con el teléfono, la fotocopiadora, los emails…
            Nada más entrar por la puerta de mi hogar su sonrisa, su suave voz, su tierna mirada y sus tersas manos borran mis problemas de la mente y las arrugas de expresión de mi cara. Es una auténtica delicia compartir mi vida con ella. Por suerte sus días, trabajando en una lonja de pescado, no son tan duros como los míos o, al menos, eso me dice. ¡Qué suerte tiene!

«Teno, asombroso Teno»

Es cierto el dicho publicitario ese de que «es bueno es vivir aquí». De nuevo, mis compañeros del grupo de montañeros de Tamaide me han sorprendido.
La caminata de hoy nos llevó por la zona de Teno Alto. Salimos de Buenavista para ascender, por un auténtico camino de cabras ─de las de verdad, y no de las que  cagan en la puerta de mi casa una vez en semana─, por la subida del Risco, también conocido como la bajada de los muertos ─detalle este que aclararé un “fisco” más adelante─, sito en el Barranco Bujame. Tras una hora de auténtica subida, paso a paso, escalón a escalón, llegamos a la primera sorpresa del día. Al traspasar la roca del viento ─lugar este en el que al parecer alguien se dejó una puerta abierta y sientes como se te lleva Eolo─ descansamos en lo que unos afirman que antes de ser una era, era un Tagoror.
Ataúdes de Teno Alto.
Continuamos sendero para desviarnos hasta una pequeña cueva que, si bien en alguna ocasión había escuchado una historia, nunca la había sentido tan de cerca. En tan impresionante lugar se ocultan dos ataúdes, ¡sí!, uno para niño/a y otro para adulto ─aquí tienes la prueba─. Pues bien, al parecer, hasta los años setenta y desde antaño, servían para bajar a los difuntos ─de ahí el nombre de la bajada de los muertos─ a hombros, hasta Buenavista del Norte, ya que en Teno Alto no había cementerio. No pude por más que imaginarme la escena de la niebla, el frío… y la gente, entre rezos y sollozos, acudir al sitio para recoger el féretro con el que trasportar el cuerpo. Tétrico, triste, misterioso, lo sé, pero no deja de tener su aquello.
Sorprendidos por el descubrimiento, la marcha continuó de manera normal. Pasamos Teno Alto donde algunos probaron unas viandas del lugar, continuamos camino hasta El Palmar, pasando por el frondoso bosque de Brezos en flor y regresamos, hasta Buenavista. Ya te imaginarás que la impresionante subida, se convirtió, tres barrancos más allá, en una interminable bajada.
La excursión mereció la pena y, como dije al principio, con tan bello paisaje, cinco horas de pateo y tan estremecedora historia se hizo realidad el pensamiento de lo bueno que es vivir aquí.

«Un calentón»

A mi mujer no le guste que le fastidie sus estrategias por lo que, cuando los oí llegar, desaparecí. Me oculté tras la cortina, impávido.
─No te preocupes ─decía ella─ no sabe nada.
─¿Estás segura?, no quiero que nos pille.
─Claro que estoy segura, ¿Piensas que voy a tirar por la borda mi acomodada posición?
─No, claro ─dudaba el otro.
El silencio que continuó me enervó, los imagina enrollándose. Como no pude más salí gritando. Allí estaban, ella de rodillas frente a él, mientras este le agarraba la cabeza con su mano derecha. El sacerdote y ella oraban en silencio.

«¿Somos inteligentes?»

Si fuéramos inteligentes, si de verdad fuéramos Homus Sapiens Sapiens u Homus Tecnologicus ─o lo que quiera que seamos ahora─, haríamos algo para remediar y poner fin a este desastre. Se nos inunda la tierra y al día siguiente, o unos kilómetros más allá, hay quién se muere de sed; revienta un pozo petrolífero en el Golfo de México; se prenden fuego nuestros bosques; nieva, como no lo hacía hace años, en las islas; el pueblo árabe se subleva y pide democracia; Japón se destruye con un terremoto y lo remata un tsunami; la radioactividad lo invade todo y abarata el precio de las espinacas; entramos en una guerra que nadie se atreve a dirigir ni a pronosticar; España se hace cargo del once coma «nosécuantos» por ciento para asegurar la economía europea… suma y sigue, solo falta que me digas que el Pepé ganará las elecciones. ¡Ups!, si de verdad fuéramos inteligentes, venderíamos este planeta y nos iríamos, a contaminar y destruir otro astro.

¡ARÁNGATUR a la venta!

A llegado la hora: «Luis es un joven geógrafo que, por culpa de la crisis, pierde su trabajo. Apesadumbrado y triste, recibe una extraña nota en la que se le pide que vuelva a su pueblo natal donde le empiezan a ocurrir cosas extrañas. Animado por su mejor amiga, decide emprender una nueva vida y cumplir su sueño. La historia se irá complicando con la aparición de un extraño abogado, palabras misteriosas escritas en la pared, personajes increíbles… que le indican el camino para encontrar el gran secreto que guarda la montaña, Arángatur».
Con esta breve sinopsis espero que te entre el gusanillo y te animes ha comprar, regalar y difundir mi tercera historia publicada de Literatura Infantil y Juvenil (LIJ). Te prometo que encontrarás una historia amena y entretenida, que te llevará a descubrir valores como el coraje, la amistad… 
Las ilustraciones, una vez más, son de Jesús bravo. Podrás conocer algo más de su persona y de su obra en http://www.jesusbravo.es/.
Como está recién sacada del horno es probable que en tu librería no la encuentres pero no te preocupes, ¡encárgala! aunque si prefieres ir sobre seguro, te recomiendo pedirlo en La isla (S/C), Baobab (La Laguna), La Educación (La Orotava) o Jazmin (Los Realejos). ¡¡Ah!!, se me olvidaba, también lo puedes adquirir en formato digital.
Gracias por leerme.


«Todo continúa»

Carla y Ángel llevaban tiempo manteniendo una relación. Cada uno tenía su propia vida, su trabajo, su casa, sus aficiones. Tenían un idilio secreto, acordado entre ambos y que no perjudicaba a nadie. Como dos amigos, de vez en cuando, se veían, hablaban… y, en casi todas esas ocasiones la amistad iba más allá y se amaban. Eran felices así.
            Un buen día Ángel, que llevaba días soñando e intentando mantener uno de esos encuentros con Carla, se tropezó, casi sin querer con ella y, como siempre, a escondidas, le propuso reunirse. Ella lo miró y sin previo aviso le dijo que no podía, que todo había cambiado, que necesitaba avanzar en su vida.
            Sin duda ambos sabían que aquello era algo que, tarde o temprano, pasaría, pero lo dejó sorprendido, triste, abandonado. Era lo que habían pactado, así que, con un suave hasta luego, continuaron con sus respectivos matrimonios.

«Escapada a la nieve»

Esquiar es uno de mis sueños hechos realidad. La semana pasada, mientras media humanidad bailaba al son de los ritmos calientes del Caribe yo me escapé, junto a mi hijo, a las frías tierras del norte de España, a los Pirineos.
            En un principio parece que dos horas y media de avión y seis de guagua te quitan las ganas de vivir tal experiencia pero, nada más lejos de la realidad. Si compartes el viaje con nuestro chofer «el bronqueador» ─así le bautizó Samuel─ la diversión está servida. Es un hombre que se enfada por todo, que grita para conversar, que chilla para hablar por el manos libres y que, además, manda al paredón a media España, mientras que a la otra media la pasaría por la quilla en un mar lleno de tiburones.
            Llegar a Formigal fue, sobre todo, un descanso. Ya no sentíamos las posaderas, las piernas no sabían como ponerse y los dedos de los pies aullaban exigiendo libertad. Hasta los oídos se habían cansado del «bronqueador»
            La semana pasó rápida, pero tal y como esperábamos: madrugar, esquiar hasta las cuatro y media de la tarde, paseo por el pueblo, jugar con la nieve, spa, cena, lectura y cama.
Es increíble lo que me gusta la sensación que despierta este deporte. Estás «perdido» en mitad de una montaña que no conoces, con aquellas cosas ─botas─ incomodísimas en los pies y unas enormes tablas bajo ellas. En un momento de decisión, te dejas deslizar para empezar a dibujar dos líneas paralelas ladera abajo. El frio aire te da en la cara, el sol irradiaba su calor y mi alma vuela libre con el único deseo de llegar abajo para volver a subir. Lástima hacerlo una vez al año.