En el cole llevamos ¡desde septiembre! realizando las gestiones para abrir el comedor escolar, por lo que ya toma la categoría de aventura en toda regla. Todo empezó con mucho ánimo, las predicciones eran buenas, lo mayor estaba terminado y solo faltaban atar algunos cabos.

Los meses han ido pasando y los pequeños detalles se han convertido en incómodos granos en las posaderas. A modo de ejemplo les contaré la historia de un grifo que tardó en ser instalado algo más de mes y medio.
Primero vino la aparejadora. Sacó fotos, midió y realizó un plano, con su proyecto, con el que pasar a la contratación del suministro correspondiente, a saber, un grifo industrial, tipo ducha, con pedal. Una vez hecho, se acercó el encargado, miró, midió y comprobó lo que había que hacer. Después vino el jefe de los fontaneros, miró y midió para ver lo que hacía falta. A la semana llegó el grifo.
─Un chico trajo esto ─me dice la auxiliar administrativa, extendiéndome una caja marrón, sin membrete ni nada─. Dijo que era para aquí y se marchó.
Procedo a llamar a los fontaneros para acelerar su llegada y que empiecen el montaje.
─¡Oiga!, que a esto le falta una pieza ─me dice el operario.
─Pues nada, ─le comento al hombre muy paciente─ tráigala y lo termina.
─Es que no sé que pieza es.
─Bueno, pues yo tampoco ─no soy fontanero, ni manitas─ llame a su jefe y que le digan.
El buen hombre hace la gestión. En el Ayuntamiento nadie sabe ni quién ni dónde se compró dicho grifo, ¡increible!, por lo que se marcha sin terminar el asunto. Manteniendo el buen humor llamo al concejal y le cuento el caso. Tras tirarse de los pelos se hace cargo de la situación y busca responsables.
Una semana y media después, llamando casi todos los días al concejal, la aparejadora, el arquitecto, el encargado, el fontanero… siendo pesado vamos, «la pieza faltona» y el grifo, comienzan su vida en común. Hemos dado un pasito más, pero el comedor todavía no se puede abrir, hay más flecos que recortar que ya les contaré.