«ARÁNGATUR»

Con este extraño título, mi nuevo libro está a punto de llegar a las librerías. Ahora dependerá de ti. Yo solo espero que te guste y que pases un rato ameno y entretenido.
En estas breves líneas te propongo que, a partir de la portada, intentes descifrar su trama. Te dejo que uses los comentarios para explicar, de manera breve, y responder a las siguientes preguntas: ¿de qué trata?, ¿qué significa esa palabra?, ¿cómo se llama su protagonista?, ¿esconde algún misterio?…
            Como en «El tesoro del abuelo» las ilustraciones son de Jesús Bravo, pero no voy a revelarte nada más hasta que llegue el momento. Será pronto, muy pronto.
¡Vete preparándote!

«Abrir el comedor: La historia del grifo» (Parte I)

En el cole llevamos ¡desde septiembre! realizando las gestiones para abrir el comedor escolar, por lo que ya toma la categoría de aventura en toda regla. Todo empezó con mucho ánimo, las predicciones eran buenas, lo mayor estaba terminado y solo faltaban atar algunos cabos.
            Los meses han ido pasando y los pequeños detalles se han convertido en incómodos granos en las posaderas. A modo de ejemplo les contaré la historia de un grifo que tardó en ser instalado algo más de mes y medio.
Primero vino la aparejadora. Sacó fotos, midió y realizó un plano, con su proyecto, con el que pasar a la contratación del suministro correspondiente, a saber, un grifo industrial, tipo ducha, con pedal. Una vez hecho, se acercó el encargado, miró, midió y comprobó lo que había que hacer. Después vino el jefe de los fontaneros, miró y midió para ver lo que hacía falta. A la semana llegó el grifo.
            ─Un chico trajo esto ─me dice la auxiliar administrativa, extendiéndome una caja marrón, sin membrete ni nada─. Dijo que era para aquí y se marchó.
            Procedo a llamar a los fontaneros para acelerar su llegada y que empiecen el montaje.
─¡Oiga!, que a esto le falta una pieza ─me dice el operario.
─Pues nada, ─le comento al hombre muy paciente─ tráigala y lo termina.
─Es que no sé que pieza es.
─Bueno, pues yo tampoco ─no soy fontanero, ni manitas─ llame a su jefe y que le digan.
El buen hombre hace la gestión. En el Ayuntamiento nadie sabe ni quién ni dónde se compró dicho grifo, ¡increible!, por lo que se marcha sin terminar el asunto. Manteniendo el buen humor llamo al concejal y le cuento el caso. Tras tirarse de los pelos se hace cargo de la situación y busca responsables.
Una semana y media después, llamando casi todos los días al concejal, la aparejadora, el arquitecto, el encargado, el fontanero… siendo pesado vamos, «la pieza faltona» y el grifo, comienzan su vida en común. Hemos dado un pasito más, pero el comedor todavía no se puede abrir, hay más flecos que recortar que ya les contaré.

«Cosas que avergüenzan»

Desde que tengo turno de noche apenas coincidimos en casa. Hay veces que nos vemos de casualidad, entrando uno, y saliendo el otro, del garaje. Otras intuyo que estoy dónde, no hace mucho, te perfumaste, por el olor que queda en el ambiente…
 Hoy, por esas extrañas cosas de la vida, coincidimos parados en un semáforo. Me miró, sé que me vio, pero se hizo el loco, ignorando mis silbidos y los aspavientos de mis brazos. Noté que estaba enfadado, muy enfadado por lo que la nota que encontré escrita, en la pizarra de la nevera, no llegó a extrañarme del todo:
«Querida mía: Esta situación se me hace del todo insoportable. Puedo entender que te guste trabajar de madame de noche en ese burdel barato pero, por favor, dile a las chicas que no me llamen “Papaíto” cuando me vean por la calle, me da vergüenza.»

«Tres en raya»

Trabajo para una constructora y el rollo de la burbuja inmobiliaria y la crisis me tiene loco. Hasta no hace mucho, edificábamos de todo lo habido y por haber: Edificios, pabellones, gimnasios, auditorios…, éramos los mejores en obra pública.
Como ya todos conocemos, hace un par de años llegó el crac que nadie supo predecir. Con el tiempo nos hemos ido quedando sin trabajo y sin sueldo. También hemos descubierto que sólo unos pocos se han hecho de oro y, por su culpa, ahora estamos en esta situación.
Pasamos el tiempo como podemos. Esperamos otra oportunidad. No sé, quizás uno de esos políticos cantamañanas de tu barrio lee este texto y se le ocurre alguna estupidez, carísima y carente de sentido, que podríamos  construir y así él ganarse unos milloncitos extras y nosotros el pan para nuestros hijos.
(De nuevo, la foto es de Erik Johansson. Te recomiendo que lo busques en internet y descubrirás imágenes realmente im-presionantes).

«La reclamación»

Tras un rato en aquella larga cola, y sin saber muy bien qué hacía allí, llegó su turno. Sin mediar palabra estiró su brazo por debajo de la pequeña rendija y entregó el documento que llevaba en la mano. El oficinista la examinó con desdén y con una voz desconcertante lo miró y dijo:
─Le cobran en aquella fila de la izquierda, si no le importa ─dijo el funcionario sin apenas levantar la vista de la hoja de admisión.
─ No verá ─intentó intervenir el sorprendido individuo─ Esto es un error, yo no debería de estar aquí.
─¡Ya!, todos dicen lo mismo al llegar. ¡Siguiente!
─No, por favor, espere, ¿dónde puedo presentar una reclamación?
Por fin, aquellas palabras parecieron surtir algún efecto. El empleado levantó su mirada y, por encima de las gafas dijo:
─Está usted muerto y en el infierno, ¿de verdad cree que alguien le hará caso? ¡Siguiente!

«Instrucciones para beber a morro»

Hay quien afirma que es de mala educación, pero, ¡que sabroso resulta!
Una vez abierta la botella ─quizás en otra ocasión desmenuzaré esta acción─ observamos el primer gesto de salivación que hace nuestro cuerpo. Una fina capa de saliva se desprende de las glándulas para invadir el cielo de nuestra boca y los confines de nuestros deseos. Con la delicada punta de nuestra lengua, recorremos la comisura de los labios, con el único fin de humedecerlos y prepararlos para la acción.
La operación, de coordinación óculo-manual, para acercar el morro de la botella a los morros de nuestra cara, se ve facilitada si lo hacemos con tranquilidad y con la certeza de conseguir el objetivo propuesto.
Los labios abrazarán la cavidad de salida del líquido elemento. Con un suave impulso del codo elevamos el brazo hasta conseguir que el grado de inclinación de la botella sea el adecuado para verter su contenido en nuestra boca, pero ¡cuidado!, existe una alta probabilidad de que el ímpetu y la sed la eleven más de lo deseado y, por lo tanto, que el brebaje se nos vaya por “el camino viejo” o se nos salga y chorree la cara y la ropa.
Para terminar, y tras separar el recipiente, nada mejor que un apretón de labios antes de emitir un sonoro suspiro de alivio y placer por haber cumplido nuestro objetivo.
¡Que te aproveche! 

¿Quién sorprende a quién?

La bala, en la sien, y los calzoncillos de corazones bajados eran una imagen grotesca para un oscuro callejón.
El cuerpo yacía, boca arriba. El agente se acercó con sumo cuidado, no quería estropear ninguna huella, mientras su compañero tomaba posición para cubrirle.
―¿Está muerto? ―preguntó el camarada, manteniendo su mano en el arma reglamentaria.
Como una exhalación el cuerpo se levantó rápido y audaz gritando ¡SORPRESA!
El que estaba detrás no le dio tiempo de escuchar. Por instinto disparó.
―Ahora sí ―dijo el primero mirando a su sorprendido compañero―. Saluda a la cámara, era una broma.

«Salvar Tindaya»

La también conocida como «Montaña de las brujas» es una de las bellas esculturas naturales que nos brinda nuestra tierra.
      Visible desde casi toda la isla de Fuerteventura, cuando llegas a su falda quedas atrapado por su imponente cuerpo, que se alza sobre las llanuras que la rodean.
Los majos la consideraban un lugar mágico, no en vano, dejaron más de trescientos grabados ─llamados podomorfos, por representar pies descalzos─ en sus piedras. Además, hay secuelas de varios asentamientos prehispánicos en su falda, pendientes de excavación.
En cuanto a flora, es el hábitat de la Cuernúa, pequeña planta incluida en el Catálogo de Especies Amenazadas de Canarias.
Una ocasión tuve la oportunidad de ver, de lejos, una pareja de Hubaras, especie que también está protegida y que anida en la zona, entre otras aves.
Entonces ¿Porqué hacerle un agujero a la montaña destruyendo todo su entorno en vez de investigar, cuidar, potenciar y ensalzar los valores que por sí sola ya tiene? ¿Qué utilidad tiene esa cámara de 50x50x50m, que quedará vacía, con dos tragaluces y un túnel de entrada de doscientos metros?
Si alguien es capaz de explicármelo… lo agracederé.

«30 de enero: Día escolar de la paz y la no violencia»

«El gran aplauso»
Nadie, en varios kilómetros a la redonda, sabría decir su nombre. Ella caminaba entre el campo de batalla. Iba toda vestida de blanco, despistada y extrañada. No sabía dónde estaba ni cómo había llegado, era como si hubiera sido colocada allí por una fuerza superior.
Los soldados, sorprendidos y aturdidos, cesaban sus disparos a su paso. Se levantaban de sus posiciones atrincheradas, levantaban sus cascos y se limpiaban el sudor o se rascaban la cabeza. Todos  la miraban. Los Generales, ofendidos, ordenaban que la abatiesen. Ninguno les hizo caso.
Un joven valiente se acercó a ella y le preguntó su nombre. ¡Paz! ─gritó. Todos aplaudieron. 

«Visita a la oftalmóloga»

─Buenas tardes ─me saluda muy amable la doctora─. Quítese las gafas y siéntese.
─Me quito la camisa ─le digo con sonrisa picarona.
─No hace falta «bonito» que esto es una consulta de oftalmología y además tu mujer está delante.
─Ups! Pequeño detalle ─la miro y me atraviesa los ojos mientras carraspea y me hace señas de que me dará unas palmaditas.
           Menos mal que todo queda en casa, la doctora es amiga y el ambiente distendido y amigable entre los saludos, el típico ¿qué tal te va?, ¿cómo están los niños?, las bromas…, que si no…
Llevo toda la vida usando gafas y es la primera vez que me dilatan los ojos (incomodísimo eso de verlo todo borroso y encandilante durante horas), me hacen una topografía de la cornea (el aparato parece un radar o uno de esos artilugios para broncearte con rayos UVA), me toman la presión del ojo (─Usted tranquilo ─me dice la  auxiliar u óptica o enfermera o lo que fuera─ sentirá un soplidito en el ojo pero no se asuste. ¡Que no me asuste!, ¡imposible! Menudo escupitajo me lanzó) y me ponen delante tanto aparatejo con lucecitas verdes, rojas, casitas al fondo, en plan «Casa de la Pradera» (me quedé un rato trastornado esperando a que pasara una vaca o un caballo)…
            ¿Dónde quedaron aquellas enormes, pesadas e incómodas, pero fascinantes, gafas negras sobre las que iban cambiando y combinando lentes? Sin duda toda una experiencia tecnológica esto de ir a la oftalmóloga, y más  siendo tan guapa, simpática y  (¡¡Pum!! Cogotazo por la espalda). No importa, el año que viene repito.