Como si de piezas de un juego de ajedrez se trataran, siempre aparecen erguidos, orgullos de su ser. Están colocados justo al lado de la realeza y claro, esto les hace entender que tienen una distinción de las que no gozan el resto de los miembros de la corte.
Cada vez que tienen una oportunidad se miran en el espejo e intentan distinguirse de los demás con su altiva personalidad. Pero ambos, tanto él como ella, tienen las mismas circunstancias y el mismo problema.
Hace ya mucho tiempo que el Rey, cansado de esas actitudes, de los chismes, cuchicheos y cuentos de la corte, que ambos iban derramando por todas las esquinas, les separó sus vidas eternamente. A su Majestad le importó poco que fueran almas gemelas, que tuvieran movimientos parecidos, que estuvieran enamorados.
Ella sería la dueña del Blanco, mientras él se convertiría el señor del Negro. La condena sería eterna, inapelable.
En cumplimiento de esa sentencia mientras una se mueve, el otro tiene que esperar. No pueden verse, no pueden rozarse, da igual si sus movimientos son rápidos o lentos, distantes o cercanos, sus vidas jamás volverían a cruzarse. Aunque me consta que de reojo, siempre se observan.
Así es la vida de los alfiles, jamás se tocan, pues sus vidas son diagonalmente distintas, en diferentes colores. Como nuestra propia vida hay personas que, sabiendo que están ahí, jamás volvemos a tropezarnos con ellas. Esto es, tanto para la bueno, como para lo malo.
No se si es por culpa de esta situación, o es algo que se repite en todos los grupos de amistades, pero, en mi caso, ya viene siendo habitual que cuando la peña se reúne, en torno a una mesa, un par de botellas de vino y las copas para hacer la digestión, solemos terminar, con cierta facilidad, organizando un montón de eventos.
En esa conversación de sobremesa del pasado fin de semana la historia se nos fue un poco de las manos y terminamos haciendo una lista para todo el año entrante. Por lo menos que la ilusión no nos la quiten.
Así quedó la cosa:
Enero: Excursión en barco. Playa de Antequera.
Febrero: Ruta en bici.
Marzo: Viaje de esqui. Aprovechando la Semana Santa. ¿Austria, Suiza…?
Abril: Fin de semana en La Gomera. Toca ir de pateo.
Mayo: Fin de semana en hotel, todo incluido.
Junio: Volvemos a montar en Kayak.
Julio: Subida al Teide.
Agosto: Viaje a Navarra. Multiaventura y ruta gastronómica.
Septiembre: La graciosa, que muchos no hemos estado y hay ganas de sol.
Octubre: Ruta del vino Ribera del Duero. Solo adultos.
Noviembre: Curso de cata de vino, como ya hemos probado lo bueno…
Diciembre: Madrid, por aquello de ver la iluminación navideña, las compras…
¡Menudo planazo! Seguro que te da envidia. Ya te digo que no hay nada como sentarse en torno a una mesa, con un buen grupo de gente soñadora y con ganas de disfrutar de la vida. Ya veremos qué logramos hacer, pero por soñar…
Venga es tu turno. Ya sabes que interactuar en las redes sociales ayuda a que esto se mueva un poco. ¿Eres de esas personas que cada vez que se reúnen proponen grandes aventuras? ¿Dónde te irías de viaje? ¿A dónde vendrías conmigo? ¿Te atreves a lanzarme una propuesta? Igual la acepto.
Cada una de ellas salió de su casa con una excusa distinta. El destino quería que aquella noche el encuentro fuera sin esperarlo, por casualidad. A veces es así como mejor salen estas cosas.
Caminaron juntas por la calle. La noche cerrada hizo bajar la temperatura por lo que las dos se aferraron al brazo cálido de la otra.
Los coches estaban en direcciones contrarias, pero sus pies caminaron juntos. El pacto era sencillo: «Me acompañas al mío y yo te alcanzo al tuyo».
La cháchara comenzó con risas, las mismas que se traían por el camino que ya habían recorrido; y no me refiero al de la calle que acababan de caminar, sino al de los años que llevaban juntas.
Sentadas en el interior del coche las dos amigas estuvieron un rato largo hablando de sus cosas. El trabajo ocupó un pequeño espacio de tiempo, los hijos otro, pero las parejas la gran parte de la conversa; y no porque quisieran ponerlos verdes. Cada uno de ellas era distinto a la otra, pero la costumbre hacía que siempre terminaran hablando de lo mismo. La una alababa la pareja de la otra, pero al final ninguna estaba segura de querer cambiarla.
Ella, no importa cual de las dos, comenzó a llorar. Ella, la otra, la atrae con dulzura hasta sus brazos. La aferra. La acurruca, protegida con cariño entre sus brazos. La deja que llore. Sabe perfectamente, pues le ha pasado en alguna ocasión, que hay palabras y sentimientos que no salen, que son como fuegos internos que queman, pero que taponan las vías, y que ahogan, y que duelen, y que no se sabe cuándo o cómo van a salir. Ahora necesita llorar. No le apetece contarlo.
Ella, la otra, no pregunta. Sabe que aún no es el momento de ser contado. Recuerda lo que, según dicen, una vez dijo Gabriel García Marquez. Decide cumplirlo. «Y si un día no tienes ganas de hablar con nadie, llámame, estaremos en silencio.»
No es la primera vez que recurro a una canción para anunciar mi regreso a esta esquina (aquí puedes encontrar otra de ellas). Espero volver a contar con tu compañía y, sobre todo, tus comentarios aquí o en las redes sociales que habitualmente utilizo para hacerte llegar mis escritos.
Para acompasar este regreso he elegido el que me parece el tango más bonito que he escuchado nunca y, por supuesto, de la voz del mas grande en esos cantares, Carlos Gardel (te dejo el enlace por si te apetece hacer como yo y ponerlo de fondo).
«Yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno.
Son las mismas que alumbraron
con sus pálidos reflejos
hondas horas de dolor»
Este regreso viene marcado por, como no, la desinfección de esta esquina. Limpiar cosas de mi cabeza y preparar otras para intentar cumplir con mi compromiso, para conmigo mismo, de publicar unas lineas cada jueves. Y en esas estamos.
«Volver con la frente marchita
las nieves del tiempo platearon mi sien
sentir que es un soplo la vida
que veinte años no es nada.
Que febril la mirada, errante en las sombras
te busca y te nombra
vivir con el alma aferrada.
A un dulce recuerdo
Que lloro otra vez»
Los días de descanso ya quedaron atrás y ahora toca recuperar la rutina, en la medida que podamos. Hacerlo a ritmo de melancólico tango me parece una buena opción y esperar, como dice la canción:
«Pero el viajero que huye
tarde o temprano detiene su andar.
Y aunque el olvido, que todo destruye
haya matado mi vieja ilusión
guardo escondida una esperanza humilde
que es toda la fortuna de mi corazón»
Esperar a contar contigo, a que me leas, a que me digas ven, a sacar del corazón esa esperanza guardada de recuperarte tras leer estas lineas.
Unas pequeñas gotas caían sobre su rostro. Contempló su cara en el espejo y puedo comprobar que ya no era «El príncipe de la niebla» que en otros tiempos había sido.
Hacía algún tiempo que se había mudado del que llamaba «El palacio de la medianoche», aquel que había sido su hogar durante tanto tiempo. Su reflejo le devolvió el misterio que las pesadas sombras le atacaban por las noches, pero también, como un pequeño reflejo en la memoria le indicó «Las luces de septiembre», las que siempre le devolvían a los brazos de su «Marina».
Cuando el vestigio de la humedad de la ducha empezó a desaparecer, ausente, comenzó a dibujar con su dedo, sobre la superficie del espejo, el «El laberinto de los espíritus», donde, con el ritual de la «Rosa de fuego», sin duda, podría encontrar a «El Príncipe de Parnaso», que le devolvería el poder necesario para volver a ser quién era.
Una vez terminada la ducha y desaparecidas las alucinaciones, «La mujer de vapor», como le gustaba llamarse, dejó atrás aquellas ensoñaciones, respiró profundamente y se enfundó en su traje de madre, esposa y…, para volar a ser la que se esperaba que fuera.
Gracias por leerme.
PD. Tal y como hice cuando falleció Delibes, o Eduardo Punset, o Juan Goytisolo, hoy he jugado con los títulos de las obras de CARLOS RUIZ ZAFÓN, con el que tantas horas pasé leyendo. Ahora te toca a ti leer su obra. Espero que la disfrutes como yo lo he hecho. DEP.
CIDEMAT. Un día cualquiera. Foto hecha con mi móvil.
Hay días en los que parece que mi manera de pensar va a contracorriente, proa al viento, y, por lo tanto frenado, expectante, abarloado, con mis velas flameando y sin posibilidad de trazar un nuevo rumbo.
Me quedo parado, sentado en mi borda, observando los catavientos y dando toques de arribada a mi timón, para ampliar el ángulo de la proa y lograr salir de esta situación. Pero hay maniobras que el viento no te deja hacer y si ese viento lo manejan otros…, peor.
Después de muchos años sin vivir la sensación alucinante que es sacar mi cuerpo por la borda, para compensar la escora del barco, por efecto del viento contra mis velas cazadas, hace algo menos de un año, volví a esa vieja afición que mamé de pequeño, quizás por tener un padre marino, y que continúe fresca en la Universidad, de salir a navegar en barco de vela ligera —si no lo recuerdas, en este enlace, te contaba uno de esos días—. Ahora parece que, de repente, y resguardados tras los despachos, se aprovecha el momento para decretar el cierre de la instalación.
No me cabe la menor duda de que los momentos son difíciles, pero también tengo la completa seguridad de que vivimos en una isla que vive de espaldas al mar. ¿Cómo es esto posible?
Tras 30 años el CIDEMAT (Centro de Insular de Deportes Marinos de Tenerife). cierra sus puertas según dicen por deterioro de sus instalaciones. Una vez más como ocurre con las carreteras, los montes, las piscinas o las playas de nuestra isla nuestro Cabildo nos muestra su incapacidad para gestionar, mantener y aprovechar los recursos.
Es cierto que las instalaciones están mal conservadas, pero lo están por falta de planificación. Los que asistimos vemos como, día a día, las barandillas se oxidan —efecto lógico al estar en contacto con el mar—, o que la rampa que da acceso al mar se estropea con su uso. También será muy cierto que las bases del edificio están muy deterioradas por el efecto de las olas contra ellas…. Pero para eso está la planificación. Estos fallos no es ayer para hoy. Lleva tiempo así. Son treinta años de edificación.
La instalación cuenta con casi 500m cuadrados, donde lo más importante es la rampa que posibilita el descenso de los barcos al mar, la grúa y la solana que permite envergar los barcos, así como su posterior lavado…
¿De verdad que esto hay que hacerlo así? Otra vez falta de previsión. Hablan de un nuevo proyecto, pero ya me imagino que será como el de la Piscina Municipal de Puerto de la Cruz, ¿se acuerdan? Pues sigue igual de abandonada.
Abogo por racionalizar el cierre, por reunirse con todos los clubes y usuarios que ahora dejan en la estacada, sin otra opción. Abogo por permitir el uso de una parte, mientras se soluciona la otra o se ofrecen alternativas. Abogo por que los responsables asuman sus responsabilidades y ofrezca an soluciones, ya que esto es por culpa de ustedes, Equipo de Gobierno del Cabildo, que son los que llevan el encargo de gestionar los recursos de la isla.
En mi modo de pensar no cabe una isla que vive de espaldas al mar. Debería de existir un CIDEMAT en cada municipio, o, al menos, la posibilidad de usarlos; deberíamos vivir en una idea dónde los deportes náuticos, y de contacto con la naturaleza, estuvieran mimados, potenciados, pues son ellos los que dan valor a nuestra isla, a nuestro paisaje, a nuestra naturaleza ofertando no solo puestos de trabajo y posibilidades de negocio sino salud y bienestar a nuestros ciudadanos.
Pero quizás esta es solo mi forma de pensar, señal de que la sal y el viento están haciendo mella en mi cabeza. Conseguir una buena ceñida, trazar un rumbo que pueda mantener y dejar atrás las malas aguas es lo que persigue todo marino, aunque sea uno de agua dulce como yo.
Gracias por leerme.
PD. En www.change.org tienes una propuesta que puedes firmar en contra de este cierre. Compartir esta publicación, si estás de acuerdo, quizás también ayude.
En mi opinión es una obra magnífica, que seguro habrás visto. Si no es así es el momento. A modo de resumen, muy resumido te comento que nos narra la historia de un fotógrafo profesional que está sentado en una silla de ruedas y con una pierna enyesada. Desde este privilegiado mirador espía a los vecinos convirtiéndose en testigo de un asesinato. Para darle un poco de intriga, que al fin y al cabo es lo que más le gustaba al director, solo te adelanto de que es descubierto.
Puedo confesar que hoy me siento un poco así, sentado tras mi ventana, protegido por mis persianas que impiden que ver de fuera para adentro, y observando al vecindario.
Esta ventana es desde la que escribo, desde la que observo sin ser visto, a los vecinos que hacen gimnasia en su salón, a la que toca el acordeón, a la que toma el sol en su balcón en toples, al que canta en la ducha, a todos los que salen a aplaudir, a la que cotillea lo que hacen los que viven en el bajo… O a aquellos hombres de gris, que hace tiempo pasearon mi calle, y que al final no eran lo que parecían ser. Ninguno de ellos, salvo los citados caballeros, o al menos eso creo yo, pueden imaginarse cómo sus vidas están siendo observadas.
En la película, como en la vida misma, la ventana es un interesante símil sobre aquello que queremos ver, aquello que nos gustaría alcanzar…, que se encuentra más allá de nuestro cristal, que a la vez de ser impedimento es protección, y que al final no podemos alcanzar, a no ser que hagamos algo para conseguirlo.
Debes ver la película. Sin duda es una de las mejores en la que ahora me siento bastante identificado, sobre todo con una de las frases: «Nos hemos convertido en un raza de mirones». Debes observar por la ventana. Desde aquí veo al vecindario. Todos se observan, aunque no lo sepan. Unos se señalan y otros, como yo, callan protegidos por sus persianas. Espero no ver algo que no deba.
Como en los cuentos, hay casas que parecen estar hechas de chocolate, galletas y fruta escarchada. Así era la suya, la que había construido con tanto esfuerzo y dedicación, soñando con aquel sillón, aquella mesa o esa estantería.
Por fin había juntado todas las piezas e Isabel ya dormía en ella. Pero no todo el camino que había recorrido hasta allí era sabroso y apetitoso. El tiempo que le había llevado conseguir su objetivo, estaba cargado de grandes lotes de salazón, acidez y sin sabores.
Aquella noche, cuando por fin pudo cerrar la puerta y sentirse a resguardo en su nuevo hogar, las estrellas dieron un nuevo brillo. Al pasar la llave respiró hondo. No contó su historia a nadie, pero el suspiro de satisfacción que emitió llegó hasta más allá de su propia galaxia, llenando el cielo de una nueva ilusión.
La puerta que cerraba era, en realidad, una nueva apertura, un nuevo comienzo del que esperaba toda la felicidad que una persona puede desear. Su nueva casa era un símbolo, un nuevo campo en el que comenzar a luchar cada una de las nuevas batallas que la vida le deparaba,
Ya segura, y acostada en su cama, otro suspiro, antes de cerrar los ojos, llenó cada una de las estancias de su nueva casa. Pero esta vez el hálito no era de ella.
Las estrellas le habían devuelto la ilusión que ella misma había manifestado y, del otro lado de aquellas paredes de golosina, otro espíritu luchador, que había intuido la tranquilidad que ella sentía ahora mismo, le enviaba, en forma de deseo de buenas noches, un halo de energía para poder ayudarla a recargar su potente fuerza.
Como en los cuentos, hay casas que parecen estar hechas de chocolate, galletas y fruta escarchada, porque hay personas que merecen que la vida las trate con dulzura; que los abrazos, besos y arrumacos que reciban, aunque sean desde la distancia, sepan a canela, azúcar, regaliz…, con los que llenar paredes, puertas y ventanas de su casa, de cariño, paz y felicidad.
No es la primera vez que Virus viene de visita —En esta ocasión me cogió desprevenido y, en esta otra, un poco más relajado—. Siempre lo hace de golpe, sin avisar, entrando por debajo de la puerta como si esta fuera su casa. ¡Menuda desfachatez!
Lo peor de todo no es que no hay más remedio que convivir con él. ¡No!. Lo peor, sin duda alguna, es que una vez dentro, aposentado, se empeña en querer salir.
Cuando esto ocurre, su intento de escapar, ya no es por una rendija de una ventana, o por el ligero vano que queda entre la puerta de casa y su marco. ¡No! El quiere fugarse por los orificios corporales, a toda costa, sin pedir permiso, a lo bestia.
Virus es así. Impredecible. Los que ya empezamos a peinar canas no olvidamos, con cierto resquemor y asco, a la niña del Exorcista. Recordamos como aquella jovenzuela —si no tienes tanta memoria, pinchando aquí podrás encontrar un buen resumen— lograba dar vueltas a su cabeza, soltar una tira de improperios, mientras subía por las paredes, a la vez que de su cuerpo salía un líquido verde que… —¡Vale, vale!, mejor no sigo, por este camino. Ya sé que sabes de lo que estoy hablando—.
Pues Virus se parece mucho, por lo menos en ese tono aceitunado de hacerse visible, a ese ser que habitaba en el interior de Regan, y que tanto nos asqueó y tan bien recordamos a todos los que hemos visto la película.
Así que nada. En esas he estado. Ocupado en atender a este «inquilino inesperado» que tantos mal sabores deja.