La Nada llegó para destruir Fantasía. Michael Ende lo sabía y por eso escribió La historia interminable, en un intento valiente y certero de animar a los lectores a lanzarse a por sus objetivos. La historia logró convertirse en un clásico de la literatura mundial. Además de un libro dentro de un libro es, en mi opinión, una fabulosa crítica hacia la falta de entusiasmo y sueños de los adultos.
Hoy empezamos el cole. Maestras y maestros, convertidos en una especie de Atreyu, cabalgamos por este mundo en busca de, como el protagonista de la obra, un remedio que haga recuperar los sueños rotos y las ilusiones perdidas. Por suerte, nuestros Bastían particulares, nuestro alumnado, está dispuesto a soñar con nosotros, a entusiasmarse con el camino que hay que recorrer, a gritar con fuerza cuando esto haga falta y a reir, sobre todo hay que reir y hacerlos reir. La risa es nuestra mejor arma, nuestra más potente herramienta para que esos niños y niñas respondan de igual manera.
Como en el libro, con este comienzo de curso, iniciamos una historia en el que las maestras y maestros debemos proteger, mimar y cuidar nuestra vocación, siempre con ilusión, creando un mundo en el que, superando todas las dificultades que se nos pongan por delante, demos vida y fuerza a nuestro dragón blanco (Fújur). Gracias a él podremos montar y desarrollar todos esos proyectos que nos caracterizan, los que hacen que nuestros coles y nuestras aulas sean un lugar de felicidad y entusiasmo para nosotros mismos y para nuestro alumnado.
Si no crees en Fantasía, si piensas que esta historia interminable tiene fin y no es como la pinto, lo siento pero te has equivocado de libro. A los demás, ¡feliz vuelta al cole! Que Fantasía se haga realidad.
En el interior del laberinto del fauno poco ruido se escucha. Como es evidente y ya te imaginarás, eso ocurre hasta que él mismo, amo y señor lugar, así lo decide. Los que se envalentonan y se adentran en su interior buscan, de manera casi inmediata, la salida más próxima. Todos lo hacen sin suerte, pues la bestia interviene. Nosotros llevamos ventaja.
Un colegio vacío tiene mucho que ver con esa sensación. Las aulas desiertas se convierten en espacios lúgubres. Los pasillos, como los del Laberinto, parecen cambiar de forma y proyectan sombras anónimas y misteriosas que poco o nada tienen que ver con las normales, con las de un día normal. Las escaleras reproducen ecos de pasos inexistentes y voces que ahora ya no habitan entre aquellas paredes. Solo falta que aparezca la bestia.
¿Todos creen que ella no existe? Pero está. Vive y se muestra.
El animal, como si de una especie de alma en pena se tratara, hace su aparición de manera ingeniosa. Lo podemos sentir, a veces oler y otras escuchar, si prestamos atención en esas aulas y pasillos carentes de los seres vivos que normalmente las habitan.
Pero no desesperes. En estas percepciones, en este laberinto triste en el que ahora se convierten los centros escolares, todas las sensaciones son buenas, pues en poco tiempo, sus puertas volverán a abrirse y a llenarse de nuevas y buenas vibraciones, de fragancias agradables, de momentos de calma y otros de estrés, sin maldad ninguno de ellos, que hacen que nos podamos sentir plenamente contentos, vivos e ilusionados por lo que hacemos.
Así que en esas estamos, cerrando capítulos, cerrando el colegio y, también, cerrando este blog, hasta el próximo septiembre, para poder escapar del laberinto y disfrutar, si el fauno nos deja de un merecido descanso.
No puedo dejar de pensar en ella. Las aulas, ahora que ya comienzan a estar abandonadas hasta septiembre, guardan un extraño silencio que mantiene retazos de su voz. Palabras que no volverán a salir de su boca, pues su musculatura orbicular ya no le responde.
La recuerdo como una hormiguita. Siempre iba de aquí para allá, cargando cajas: de regletas, pictogramas, calculadoras…, o con tapas de plástico, que usaba para sus clases.
El alumnado se chiflaba cada vez que ella llegaba y les presentaba un problema distinto y, cuando al plantear posibles respuestas sin reflexión o al tum-tum, les repetía el mantra “no estoy de acuerdo contigo”. No les quería quitar la razón, solo pretendía que volvieran a pensarlo, que razonaran, que dieran otra respuesta más plausible, más acorde a la pregunta planteada.
Los maestros que la acompañábamos en sus clases, la mirábamos con ojos enloquecidos. La cabeza parecía que nos fuera a explotar con tanta explicación, con tanto uso del razonamiento y con el conocimiento de la materia que, desde hace unos años, había empezado a dominar y a compartir por otros muchos centros. Esa era su lucha.
Pero el tiempo ha pasado. El confinamiento la llevó a librar otra batalla de la que es imposible escapar. La que se libra contra una enfermedad, la ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica) con la que, nada más empezar, sabes que vas a perder, pues es una trilera y el tiempo juega a su favor, las normas las dicta ella y el campo de lucha es tu cuerpo.
Pero ahí está. Elevando su voz con la mirada, con la expresión de su cara y con el apoyo de toda su familia y amigos que, reunidos en torno al símbolo de nuestro volcán, hemos creado una asociación TeidELA, que busca ayudar y colaborar con todos los enfermos que, como ella, pierden su voz. Entre todos lograremos alzarnos y demostrar que juntos somos más fuertes y más visibles. Seguimos pensando que podemos, porque ella nos da la energía y la luz verde con la que, el pasado 21 de junio (DÍA MUNDIAL DE LA LUCHA CONTRA LA ELA), se iluminaron muchos edificios de color verde, como muestra de que su voz, tu voz, nuestra voz, no se apagará y está llena de esperanza. Sigue luchando, sigue siendo nuestro ejemplo, sigue siendo nuestra luz. Estamos contigo querida Cati.
La fiesta se había retrasado demasiado. No había invitados, no se esperaban invitaciones. Todos sabían quienes eran y todos sabían dónde era. Así que solo quedaba escoger la máscara deseada, la que mejor sentaba para un momento como aquel, vestirse a juego de ella, de la ocasión, y salir.
Cuando llegó, vio su propio reflejo entre todos los asistentes. En un principio nada le hacía imaginar que hubieran otras máscaras como las que llevaba. Pero no era así. Más pronto que tarde se dio cuenta de que no todos los presentes eran lo que se esperaba de ellos. Muchos aparentaban lo que no eran, incluso, algunos, querían simular lo que nunca llegarían a ser. Se dio cuenta de que había comenzado el juego de las máscaras.
Sin pensarlo cambió la mentalidad con la que había ido y se comportó como los demás.
Si hablaba con uno, se colocaba la máscara de víctima, pues le interesaba que se apiadara de su persona. Si bailaba con la otra, decidía utilizar la que le hacía aparentar la persona más sexi y divertida. Cuando se entretuvo en una conversación, se colocó la careta de inteligente. Al sentarse en la mesa para comer algo con unos amigos, utilizó la que le daba un toque de relajación, que enseguida se quitó, en cuanto vio acercarse a aquella persona que, desde hace poco, empezaba a odiar. Los presentes también se dieron cuenta y decidieron cambiar las suyas por otras que pudieran denotar más indiferencia, distancia, abulia o desinterés.
Por lo que parece, en la vida, las personas nos movemos como si de un carnaval se tratara, nos vamos colocando e intercambiando máscaras según con quién estamos o según qué queremos aparentar. Lástima que nos cueste ser nosotros mismos; ¿o es que somos así de falsos?
Por suerte llega el carnaval y nadie tendrá en cuenta la máscara que uses.
Parece que el dicho “El que espera, desespera”, se está cumpliendo.
Mi amiga Ana lleva días con un par de entradas compradas para el teatro, esperando hasta encontrar un buen momento para invitar a Marcos a que la acompañe.
En realidad hace más de una semana que no habla con él y no sabe qué hacer. Ella desearía que él le mandase un mensaje, para así poder encontrar la excusa de hablarle e invitarlo.
“¿Por qué no me ha escrito, si la última vez que hablamos, quedamos en que lo haría?”, me pregunta con desazón esperando a que yo le dé una respuesta que evidentemente no tengo.
Yo le insisto en que se lance y que dé el primer paso, aunque estoy convencido de que no se atreverá. Ella es de las que cree que debe ser él quien la ronde, “¡¿Qué va a pensar?!”, me comenta sorprendida cuando le traslado mi propuesta. Aún así noto que lo piensa.
Por lo que percibo creo que lo que le gustaría es que la invitación a acompañarla fuera algo disimulado, que surgiera de una conversación normal, sin aparente objetivo, como sin querer, para así poder aparentar lo que en realidad no es: que se muere de ganas de estar con él, que está desesperada por tener algo más que una simple conversación o una simple cita para ir al teatro, que quiere algo más que un rollete.
Pues aquí está, con las entradas del teatro en las manos, impaciente, golpeando con ellas sobre la mesa, esperando con impaciencia esa llamada que parece que no llega y con unas ganas locas de demostrar que son una excusa para poder tener una noche distinta. Una noche en el teatro o…
Hay llaveros que parecen pesados ramilletes metálicos difíciles de manejar. Otros, por el contrario, son portadores de pequeñas almas en pena que carecen de importancia, salvo por la importancia de las posesiones que protegen.
Las llaves, y las cerraduras que guardan, eran el gran placer de Jose. Siempre cargaba su manojo a todas partes. Cada vez que lo usa, se queda ensimismado con el tintineo que hacen las llaves al pasear con ellas colgando de la mano. Para él, el pequeño roce que produce el frío metal con en sus dedos, cuando las hace girar, es un placer solo superado por el de sus dedos sobre un pecho de mujer.
Así va por el mundo, disfrutando del tintineo, y cargando el peso de cada vez más llaves.
Jose vive en un piso sencillo, por lo que, muy probablemente, con portar tres o cuatro llaves le bastaría para satisfacer sus necesidades de guarecer sus propiedades. No es así, para él nunca son suficientes.
Los del barrio le preguntan para qué quiere tantas. Lo miran y se ríen. Él calla. Otros se acercan y le regalan aquellas que ya no usan. Jose las acepta y las incorpora a su, cada vez, mayor anilla.
El día que conocí a Jose lo descubrí sentado en el suelo del portal de su casa. Había sacado todas las llaves del gran llavero y parecía que les hablaba mientras las reordenaba por tamaño, forma, número de dientes…
Para mi, aquello no tenía ningún sentido pero, tras saludarme, y ver que le estaba mostrando cierto interés por lo que hacía, me miró y argumentó su vicio: «Hay llaves que abren vidas, ¿me dejas pasar?»
Un roque, un camino (Foto realizada con mi teléfono móvil)
Durante una de esas caminatas, en las que pretende abandonar el ruido y el devenir del día a día, de lo más profundo del bosque emergió una especie de rugido que, en un primer momento, le heló las entrañas. Duró apenas un instante, pero fue lo suficientemente intenso como para ser sentido, hacer parar la marcha y desviar la mirada hacia la dirección de la que provenía.
Tal y como lo percibió, aquel sonido desapareció. Con algo de dudas, pues no era normal escuchar algo así, decidió continuar la marcha.
Apenas unos cientos de metros más adelante, un nuevo lamento, surgió de la arboleda. La mirada ágil en aquella dirección le permitió descubrir el movimiento de alguno de los pinos, tras los que, sin duda, algo se escondía. La única solución, acelerar el paso.
El destino era el Roque de basalto que ya se podía ver al fondo del camino. Todo parecía complicarse. Una ligera bruma empezó a ascender la ladera, ocupando el cauce seco del barranco y amenazando con taparlo todo para dificultar la visibilidad. Para más infortunio, el camino se estrechaba, como lo hacen todos en algún momento de la vida, dificultando el paso. Por suerte, unas barandillas de madera, recién instaladas, brindaban algo de seguridad al caminante, protegiéndolo de una más que probable caída.
Un nuevo estruendo, seguido de un llanto, de una pena y de un quejido de dolor, hicieron que el paso fuera seguro y cada vez más potente.
El ritmo conseguido y la firmeza del transeúnte hicieron que poco a poco, a cada zancada que daba, aquella situación quedara atrás y es que, a veces, el ruido y el devenir de los días nos absorben tanto que intentan rodearnos y llenarnos de miedos. Basta buscar algo de soledad, algo de libertad, un Roque hacia el que caminar, o un sendero que recorrer, para descubrir que podemos superar todas esas disonancias que nos rodean.
Por suerte soy de esos que, como terapia, tienen la montaña y, con eso, me ahorro una pasta en psicoanálisis.
En el cole hemos decidido publicar un libro de cuentos, así que Sofía ha tenido que sentarse a pensar la historia que quería escribir.
Estaba muy contenta, ya que podía inventarse el cuento que ella quisiera. Le apetecía mucho escribir de piratas, pero no sobre uno de esos que tiene un barco de vela y un loro posado en el hombro. Ella quería narrar la vida de otro tipo de pirata: quizás de una que fuera chica, y que en vez de navío se desplazara en moto de agua. No quería que tuviera una pata de palo, ni grandes aros en las orejas, aunque sí un piercing en la nariz…
Todas esas ideas le generaban muchas dudas. No estaba muy segura, aquellas ideas parecían muy alocadas, muy dispares para su historia. Parecía que su relato iba a quedar un poco raro. Y es que, pensar en un cuento es una cosa, y ponerse a escribirlo es otra. Las ideas no fluían con la velocidad que ella necesitaba.
Cuando escuchó las primeras propuestas de sus compañeros, también se quedó sorprendida. ¡Cada uno de ellos tenía un proyecto distinto!
Escuchó que Antonio, el niño de pelo largo, iba a escribir sobre un astronauta que no quería ir al espacio; se quedó muy sorprendida cuando escuchó la historia de Ana, la niña que viene de un país extranjero, pues a mitad de la narración paró para pedir ayuda porque sus palabras se mezclaban con las de su idioma materno, y así no podía explicarse bien. Atendió al cuento que proponía Rafa, todos lo llamaban así, porque en realidad su nombre oriental resultaba muy difícil de repetir, pues no existía traducción al castellano… De esta manera vió que todos los niños y niñas de clase tenían cuentos que trataban temas e historias muy diversas entre sí. Eso la reconfortó.
Poco a poco comenzó a componer a su personaje, una fabulosa pirata que era capaz de salvar a los príncipes que se metían en apuros o asaltar barcos enemigos armada tan solo de una pequeña espada que más bien parecía un palillo de esos que se usan para ensartar aceitunas.
Tras muchas líneas escritas, tras muchas palabras enlazadas unas con otras, la joven pirata fue tomando forma. Su tripulación estaba compuesta por una gran variedad de atrevidos y dispares camaradas de viaje. Para ello, sin que nadie lo supiera, Sofía había usado a las personas de su alrededor y así idear al resto de los compañeros de su pirata. De esta forma tenía un pirata gordo, otro flaco, una con el pelo rosa y otro que lo llevaba de color azul; los había bajos, altos, de piel blanca, oscura y más oscura, con pendientes, sin ellos, con zarcillos o tatuajes, con patas de palo y hasta uno que iba en silla de ruedas, a las que le había atado unos flotadores por si se caía al agua. Todos los tripulantes de su pequeño navío, que tenía forma de bañera, erán distintos. Eso la hacía feliz ganándose el sobrenombre de Capitana Diversa.
Cuando le tocó el turno a Sofía de leer su relato, sus compañeras y compañeros, se emocionaron mucho, aquella tripulación diversa se parecía mucho a su clase. Sofía había logrado crear una historia en la que todos los niños y niñas, sin importar sus diferencias tenían cabida, pues habían sabido solventar los problemas trabajando en equipo y ayudándose unos a otros. Gracias a la Capitana Diversa, se habían convertido en una tripulación de lo más diferente, como las personas que nos rodean, y con las que convivimos, todos los días.
Gracias por leerme.
PD: La presente historia está publicada en la ANTOLOGÍA ESCOLAR que cada curso escolar publicamos en mi cole dentro del PROYECTO: «TE FIRMO UN EJEMPLAR», del que María Jesús Bergaz López es la propulsora y coordinadora. El diseño de la portada es de otro de los pilares del centro, Jesús Rodríguez Bravo. Aprovecho para agradecer a todo el Claustro el esfuerzo, la dedicación y el trabajo realizado con esta actividad. Sin duda, una de las más potentes que realizamos.
Estar en un avión con un plan de vuelo de largo recorrido, es un buen miradero en el que sorprenderse del extraño motivo por el que aún no nos hemos extinguido como raza.
Sin duda hay personas que claramente viajan juntas. Están unidas en los asientos, entrelazan las manos o intercambian conversación en buena parte del trayecto. Hay otras, en cambio, que tienes que observarlas para descubrir con quién van y qué es eso que les une.
Ese es el caso de esas dos mujeres que viajan en los asientos situados justo delante de mi. Puedo observarlas bien, pues una de ellas, la que parece mayor, está en el asiento 30F y la otra, la que parece más estropeada, ocupa el 31F, ambas junto al pasillo. Yo me siento en el 32C. Lugar opuesto y perfecto para, otra vez, dedicarme a observar a las personas, y otros animales de compañía, que me rodean.
Como dije hasta hace poco no sabía qué les unía. Quizás me dio la pista sus corpulentos cuerpos, o que ambas llevan el mismo moño alzado, con el que intentan recoger y esconder el mismo grasiento pelo. Pero te daré alguna pista más.
Son las siete de la mañana. Todo el pasaje está a bordo y, mientras unos escuchan con atención las indicaciones del personal de cabina, otros se persignan, en un intento de asegurar el vuelo y ellas…, ellas comparten un buen trago de una botella de güisqui, seguramente comprado en el Duty free, tras pasar el control de seguridad. Imagino que eso las tranquiliza.
El vuelo marcha con normalidad. Tras mi desayuno, un pequeño bocadillo y un capuchino, doy una cabezada. Al despertarme vuelvo a observarlas. Sin mediar palabra es ahora la de detrás la que alcanza, por encima de la cabeza, la ya más que retorcida botella de alcohol. Por lo que imagino se han pasado las casi cuatro horas que llevamos dándole al vidrio.
Continúo mi lectura cuando un alarido, procedente de la fila 31 hace que levante mi cabeza y me vuelva a fijar en las dos viajeras del güisqui. La de detrás se enfada con la de delante, aparentemente por haber consumido el último tiro que daba aquella botella. Pero calma –keep calm–, le dice la más vieja, todo tiene arreglo. Tocan el timbre y la azafata les vende dos pequeños botellines y una Coca-Cola. Eso les une, ese es su nexo común. Ese y el chico con claros rasgos de padecer alguna necesidad especial, que entre cabezadas, pequeños movimientos corporales y una especie de gruñido repetitivo les pide ir al baño. Se levanta razonablemente entera, yo ni en mis mejores tiempos hubiera podido hacerlo después de tanto trago.
Tras llegar al destino, a lo que seguro es su destino favorito de fiesta, alcohol y sol, las pierdo de vista. Sorprendentemente han aterrizado enteras y atendiendo a su dependiente. Sin duda pequeños detalles que unen a las personas y que, tarde o temprano, nos llevarán a la destrucción, aunque aún no entiendo porqué no lo hemos hecho ya.
Las nuevas redes sociales llevan su tiempo de aprendizaje. Carlos lo intenta a ratos, como buenamente puede y siempre gracias al ensayo error –no es que se le dan muy bien estas cosas–, publicando algunas fotos de sus actividades, brindando likes a sus contactos y añadiendo algún que otro comentario a las mismas.
Aquel día se sorprendió al recibir una solicitud de amistad, de una tal Ana82. Era algo a lo que no estaba nada acostumbrado, pues conocía personalmente a todas sus amistades en la red y, además, intentaba mantener un contacto estrecho con cada una de ellas. Nunca aceptaba a gente que él definía como “de paso”.
En aquella ocasión, sin saber muy bien el motivo, la solicitud le llamó la atención y se atrevió a romper con su costumbre e intentar descubrir el motivo por el que aquella preciosa mujer –suponiendo que la foto fuera real–, quería contactar con él.
Entre las averiguaciones que pudo hacer vio que tenía una amistad en común, Ratona19, así que, decidió contactar con ella para ver quién era la solicitante.
Todas las referencias eran fabulosas. La historia es que Ratona19 y Ana82 se conocían desde hace tiempo y hacía unos pocos días habían estado cenando y de copas juntas. La conversación entre las dos chicas hizo que Ratona19 le contara cosas de su amigo Carlos. Ana82 sintió curiosidad y, sin motivo aparente, y envalentonada por el exceso de gintonics, los vítores y los lances de su amiga, allí mismo le pidió amistad, pues según su amiga, son muchas las cosas que tienen en común.
Al ver el mensaje de Carlos, Ratona19 hizo de buena vendedora, o quizás de casamentera, pero lo cierto es que el chico aceptó la amistad. Es más, se la solicitó a ella también.
Hoy, precisamente hoy, es el día en el que se verán físicamente por primera vez.
Han quedado para tomar un café, aunque a Carlos no le gusta nada, es más de cerveza, pero no quería dar sensación de borracho.
Para reconocerse, por la cercanía del pasado día del libro, y para así poder hablar de algo, en caso de no tener tema de conversación, han decidido llevar bajo el brazo un libro, que tendrán que presentar y prestar al otro.
En caso de gustarse esta será una buena excusa para volverse a ver. Carlos no sabe qué libro llevar.
Es tu turno: ¿Cuál le recomendarías?, ¿puedes explicar el motivo? Que sepas que no valen los míos, ambos se los han leído. Es una de las cosas que tienen en común y espero verlos a ambos, y a tí, este fin de semana en la FERIA DEL LIBRO del PARQUE GARCÍA SANABRIA.