«Fin de año. Siete propuestas para intentar sobrellevarlo con salud»

«Fin de año. Siete propuestas para intentar sobrellevarlo con salud.»
MUCHAS FELICIDADES

Parece que esto de las fiestas navideñas no tiene fin. Si hoy estás de paseo por esta esquina, a la espera de la entrada del nuevo año, o la celebración del Fin de año, es, sin duda, porque has sobrevivido a la primera parte de estas «entrañables fiestas» (cena de empresa, brindis con amigos, coctel con la comunidad de vecinos, cena de Noche Buena, copas con los de siempre y almuerzo de Navidad), o porque estás dando bandazos, con la barriga a reventar, el ácido úrico por los aires, el colesterol disparatado y las flatulencias impulsándote sin rumbo fijo.

Hay que aprovechar, ahora que tenemos un par de días de tregua oficial, para intentar recibir al año en las mejores condiciones posibles. Y digo bien, en las mejores condiciones posibles, que todos sabemos lo que, hasta ahora, hemos comido, bebido… 

Por ello te traigo estos pequeños consejos. Tu verás. Yo con avisar tengo.

  1. Aumenta la toma de líquidos. No me refiero a los rones, gintonics…, en los que estás pensando. Hablaba de agua y zumos, aunque, si estás de paso por aquí, igual eres como yo «cervetariano», por lo que la cerveza está permitida.
  2. El omeprazol es tu amigo. Sí, se que es duro, pero en estas fechas, a nuestra edad, y con todo lo que ya llevamos encima, nada mejor que reponer la pequeña farmacia y no dejar de tomar nuestras pastillas diarias.
  3. Lista de buenos propósitos para el año nuevo. ¿A quién pretendes engañar? Solo tienes que mirar lo que has prometido en los fin de año que ya has vivido.
  4. Prepara un caldo. Me da igual si es de sobre, en este caso compra varios, pero lo mejor es que vayas pensando en hacerlo, así el día primero y siguientes, podrás expiar tu culpa comiendo solo eso. Y algún té, manzanilla… Puedes aprovechar y flagelarte un poco. Creo que ayuda.
  5. Sacude el sofá, tu manta y cojín favorito. Da igual si tienes o no Netflix. La programación de la 2 es un valor seguro y sabes, a ciencia cierta, que después de este fin de año, el día uno e igual también el dos, lo pasarás incubando.
  6. Ropa interior roja. Mi madre es fanática de ella en fin de año. Según dice da buena suerte. Yo tengo. Así que… Igual te mando foto. 
  7. Durante el 2020 no dejes de pasarte por esta esquina. Yo haré lo posible por mantener este rinconcito activo y así seguir ahorrándome una pasta en sicoterapia.

Como ya no nos veremos hasta el año que viene te deseo lo mejor. Ya sabes donde me tienes.

Gracias por leerme.

PD: ¿Qué consejo les darías a esta panda? ¿Qué te parece lo de la ropa interior roja? ¿Qué costumbre tienes para fin de año?

«La caja de bombones. Un solitario cuento de Navidad»

«La caja de bombones. Un solitario cuento de Navidad»
¿Te apetece un bombón? llámame jejeje

Son muchas las veces que María abrió aquella caja de bombones sin tocar ninguno de ellos. Cada vez que lo hacía recordaba a Forest Gump repitiendo la célebre frase: «La vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar». 

Pero era Navidad. Estaba deprimida. Necesitaba algo que la estimulara para olvidar su soledad y aquella triste estancia en el salón, del pequeño apartamento ocupado, en la planta baja de la casa de sus padres. Se decidió. Al fin y al cabo los bombones eran de ella y siempre dicen que el chocolate le sube el ánimo a cualquiera.

El primer bombón que se llevó a la boca le sorprendió. Le supo a beso. A esos labios cálidos que andaba buscando y que, hasta el momento, no se había atrevido a descubrir. No se conformó.

Cogió otro de aquellos bombones. Lo disfrutó sobremanera ya que, al estar relleno de crema de cacahuete, le rememoró un potente abrazo. Ese que llevaba tiempo deseando y que, por su indecisión, no había recibido. Quería más.

Tras media caja devorada, descubrió que el siguiente de aquellos bombones le sabía a lujuria. El siguiente bombón que tomó, le supo a deseo. Otro a desenfreno. El otro a… Cerró los ojos y disfrutó de aquello lo que, en persona, no se había atrevido a solicitar. Al fin y al cabo, era Navidad.

Volvió en sí tras encenderse las luces del árbol, gracias al interruptor programable que tenía colocado.

Tras terminar toda la caja, saciada de bombones, con el estómago lleno, descubrió que el protagonista de la película tenía razón, los chocolates estaban llenos de sorpresas. Pero ella seguía sin encontrar la fuerza que necesitaba para coger el teléfono y llamar al bombón que le faltaba para empezar a sonreír y pasar una verdadera Navidad. Aquel año seguiría sola, aunque entre sus deseos de año nuevo

Gracias por leerme. 

«Una cuestión de bolas»

«Una cuestión de bolas»
¿Bolas?

Pues al parecer la cosa hoy va de bolas; que por cierto viene bien en esta época del año.

Sin duda alguna escuchar que alguien te diga que te va a «coger por las bolas» es muy desagradable, aunque no pegue mucho con los supuestos buenos propósitos que empiezan a inundar el ambiente festivo que empezamos a tener a nuestro alrededor.

Una buena respuesta a ese comentario tan soez, que no pasará desapercibida y que probablemente genere un efecto belicoso por la otra parte, sería «no me toques las bolas». No es la idea de este relato esquinero de hoy.

Parece que hoy me estoy enredando las bolas. Puede incluso que pienses que «no doy pie con bola», ya que al parecer me está costando desenredar este ovillo, por no volver a decir bola, de lana en la que se esta convirtiendo este texto. Puede incluso que hasta me digas que eres tú quien está «hasta las bolas».

Para serte del todo sincero decirte que de las bolas que quiero hablar, no on de esas que se citan o insinúan en esas expresiones. Hoy te quiero nombrar las bolas de mi madre. 

Si la conoces, crees que sabes a lo que me refiero, pero tampoco me refiero a esa bolas, sino lo que en verdad quiero resaltar es una de sus manualidades que, como decía al principio, tienen mucho que ver con estas fiestas.

El árbol de Navidad de mi casa está decorado con las bolas que hizo mi madre. cOn las que lleva haciendo ya unos cuantos años y de las que siempre nos regala alguna para ir aumentando la colección. 

Hechas a mano, una a una, con cariño y precisión extrema, cada una de ellas es distinta a las otras; decorada con piedras, lazos, nudos o cualquier pequeño detalle que ha caído en sus manos durante todo este año. ¿No me digas que no es para «darle bola» y presumir de ello? 

Pues ya plantado el árbol, con tanta bola y tanta coba, como verás sí que tenía que ver con esta época. ¿Como has decorado tu árbol? ¿Tienes alguna pequeña tradición al hacerlo? ¿Te apetece ver mis bolas?

«Una cuestión de bolas»
¡¡¡Por la bolas de mi madre!!!

Gracias por leerme.

«En plan latiguillo castigador»

«En plan latiguillo castigador»
En plan esperando a que pase el tiempo

Hoy estoy en plan criticón. Es decir que tengo ganas de no sé, ponerme en plan pesado o solo en plan…, ya sabes…, juguetón con las palabras.

Esta muletilla, «en plan», que parece ser la más usada actualmente, en plan para todo, me tiene muy cansado. Se escucha por todos lados, no solo a los adolescentes que la usan en plan genérico, sino también a los adultos que se les empieza a pegar, en plan gracioso, y que repiten en plan sin darse cuenta, hasta la saciedad.

Mis hijos la usan. Mi alumnado la usa. Ayer fui a una charla y una parte del público participante también la usaba en plan comodín, en cada frase, daba igual si era al comienzo como al final, en plan, no sé que decir y necesito ganar tiempo para pensar, pero en plan, no tengo nada que decir y digo en plan.

Lo mejor de todo es que, estudiada un poco más a fondo, en plan intentando entender la expresión, vemos que “en plan” puede significar “o sea” en un vago intento de explicar lo que el interlocutor está diciendo, en plan aclaratorio, como si utilizara unas comillas. De la misma forma, «en plan», también puede utilizarse para poner énfasis o relieve, en plan destacar algo que se quiere decir…

De cualquier manera, debo afirmarte, por si aún no te habías dado cuenta, de que esta muletilla me pone un poco de los nervios, en plan sacarme de mis casillas del todo, por lo que te ruego que si alguna vez escuchas que la utilizo, en plan un par de veces seguidas, cojas el latiguillo, y me refiero al otro, no al sinónimo de muletilla, y me azotes en plan duro con él. Sabes que me gusta, pero en plan castigo verdadero hasta ahora no lo han hecho. Mientras seguiremos viendo pasar el tiempo a ver sí ocurre algo, en plan emocionante.

Gracias por leerme.

«El tatuaje que me gustaría tener colgado en el salón»

«El tatuaje que me gusta en el salón»
¡Esa espalda!

«Amor de madre», así rezaría el tatuaje de mi antebrazo derecho si yo hubiera sido legionario. En el izquierdo seguro que me hubiera plasmado el escudo del tercio en el que presté servicio. Nada de eso es real, aunque quizás —y lo dejo a la imaginación de quién hoy pasa por esta esquina— algún día comentaremos el tatoo de la nalga izquierda. Vamos que como siga así me hago toda una colección de tatuajes.

Lo sorprendente de esto, no es la gente que le apasiona y le gusta decorar su cuerpo con los tatuajes, lo que me tiene loco, desde hace un par de semanas que lo escuché por la radio, es la gente que se dedica a coleccionar la piel tatuada de personas ya fallecidas. 

¿Cómo se te quedó el cuerpo? A mi se me tatuó un signo de interrogación en todo el rostro que me ha llevado a investigar un poco más sobre el tema. ¿Te imaginas tener en tu salón, o en la cabecera de la cama, un cuadro con la piel tatuada de la espalda de un Yacuza? ¡Sería flipante! seguro que tu ligue le prestaría más atención que a ti.

Pues resulta que, esto que a mi me resulta tan estrambótico, ya lo hacía el japonés Fukushi Masaichi (1878-1956). Este buen señor, médico de profesión, era el propietario de la mayor colección mundial de tatuajes arrancados de cadáveres —en este enlace te dejo más información, que sé que eres…—. ¿Te imaginas cenar en la casa del buen doctor y cuando no hay nada de qué hablar él inicie la conversación diciendo: «Y dime querido, ¿llevas algún tatuaje?».

Por lo que parece, la extirpación de tatuajes a fallecidos era una práctica más habitual de lo que yo pudiera pensar. Hay más colecciones en museos e instituciones de varios países europeos.

También parece que en el ámbito de la marina mercante, muchos tripulantes de épocas ya pasadas, completamente analfabetos, que embarcaban de barco en barco, sin que sus propios compañeros conocieran su nombre de pila o su mote, era práctica habitual, cuando uno de ellos fallecía, que su cuerpo fuera lanzado al mar, pero no sin que antes el cocinero o el médico del barco cortase algún tatuaje o marca para poder llevarla a puerto, con el objeto de mostrarla y confirmar la identidad del fallecido.

Por todo ello, no se de qué me asombro. Esta visto que poseer una colección de tatuajes es algo normal.

Acabo de tomar la decisión de preparar una pared en mi casa, a fin de decorarla con los tatuajes que tengas a bien donarme. Tu ya sabes cual me gusta.

Gracias por leerme.

P.D: Te advierto que el tatuaje que me dejes en herencia, pienso envasarlo al vacío. Por aquello del tufillo.

«El barbero no es nada sin navajas»

«El barbero no es nada sin navajas»

La historia de Julio es la típica historia familiar. Su bisabuelo fue barbero, allá en Cuba, donde tuvo que emigrar. Su abuelo, fue barbero, y sirvió a las órdenes de los nacionales, salvándose de las trincheras y de las balas por este motivo. Su padre, barbero por convicción, heredó la barbería, que con tanto esfuerzo habían logrado fundar en su pequeña ciudad.

Él, no tuvo más remedió, pues decían que era un zoquete en los estudios, para los de verdad, y se hizo barbero. Pero no como sus familiares, él pudo estudiar el oficio; primero aquí, en su pueblo, en lo que llamaban un FP2 de peluquería, aunque él decía que era barbero. Después fue a Londres, adonde tuvo que emigrar en busca de otro idioma que le hiciera más competitivo. Allí sí que aprendió. La city es otra cosa y los pelos de los hombres, y los de las mujeres, se tratan de otra manera. 

El juego de navajas, ahora enmarcadas, eran parte de la herencia. Eso y la enfermedad mental que, según su esposa, padecía y que le hacía escuchar risas extrañas.

Aquel otoño, junto con la llegada de las primeras lluvias, empezaron a ocurrir los asesinatos.  Todos tenían el mismo modus operandi. La víctima una mujer; la causa de la muerte, un profundo tajo en el cuello, de lado a lado, como una gran sonrisa.

Julio, el barbero, se convirtió rápidamente en sospechoso, pues siempre andaba presumiendo de lo afiladas que estaban sus navajas y de lo hábil que era rasurando y…, bueno, presumía de todo eso que hace un buen barbero, incluso de las mujeres que se ligaba tras su trabajo.

La policía apareció una tarde en la barbería. Aunque ya estaba cerrada, a través de la puerta se veía con claridad que alguien estaba sentado en el sillín. Parecía dormido. Parecía Julio. Con una toalla que le tapaba la cara, como las que se ponen tras un buen afeitado. Todos esperaban lo peor. 

La mujer de julio gritaba desesperada desde la calle. Hicieron falta tres agentes para poder agarrarla. Quería derribar la puerta y comprobar si aquel cuerpo era su marido. Oía risas. Era imposible, pero era. Ella asegurada que él era el asesino. Que lo sabía por cómo había cambiado su mirada, por como reía, por cómo afilaba las viejas navajas que antes lucían como parte de un cuadro. En el revuelo la mujer metió la mano en el bolsillo y un chorro de líquido viscoso manó tras cortarse. Gritó desesperada al ver que, ahora todos, sabían la verdad y podían ver sus cuernos.  Por eso lo mató, aunque nadie supiera entender su respuesta.

Gracias por leerme. 

«Popeye el marino soy»

«Popeye el marino soy»
«Popeye el marino soy»

Soy de esa generación que creció viendo cómo, entre otras cosas, el experto marino, de nombre Popeye, de un puñetazo abría y se zampaba, con la pipa colgando a un lado de la boca, toda una lata de espinacas.

Uno de mis recuerdos y experiencias más importantes de la infancia es un curso de vela que hice en el antiguo, y hoy en día abandonado, Balneario. Allí también probé por primera vez las espinacas. Recuerdo que el cocinero nos gritaba ¡Vamos marineros!, ¡espinacas!, ¡como Popeye!, mientras nos sacudía un buen cucharón del potingue verde al que hacía referencia.  

Creo que aquel curso de vela fue de una semana de duración con pernoctación incluida. Toda una experiencia en la que me quedé prendado de aquel barquito, una pequeña bañera con vela —un Optimist—, que me hacía sentir como Popeye, o como un auténtico pirata surcando los mares.

Mi experiencia marinera no terminó ahí. Con el tiempo realicé otros cursos. Incluso ya empezada la Universidad, hice alguno en la Escuela Náutica de la propia Universidad de La Laguna.

En una ocasión invité a mi amigo Edu —nombre figurado, que él es muy tímido, y el más `normal´ del grupo— a navegar. El otro día lo rememorábamos. Recuerdo como lo dejé agarrando el barco —en aquella ocasión creo que era un Vaurien—, mientras yo devolvía la cuna a su sitio y cuando regresé, te aseguró que no habían pasado más de dos minutos, el ya había volcado tres veces y eso que estaba con un dos palmos de agua. ¡Bien nos reímos! El afirmaba que aquello era mucho para él, que no tenía que ver nada con Popeye. Intentó dejarme allí, varado, menos mal que me subí, cacé escotas y empezamos a navegar rumbo a la nada, para asombro de Edu, que cumplía las órdenes más por miedo que por confianza. Lo mejor es que tuvimos que regresar a puerto remando con el timón, y con las manos por la borda, porque nos quedamos sin viento, y sin barco de apoyo.

Con el paso del tiempo, las fiestas, el trabajo, los niños…, salir a navegar se fue quedando atrás. Aunque en casa siempre me lo recordaban y yo miraba con desconsuelo a los pequeños barcos abandonar la seguridad de sus muelles.

Las cosas del destino hacen que mi hijo ahora entrene, al menos un día a la semana, en el CIDEMAT. Así que…, ¡¿novelero yo?!, si es que solo hace falta que me enseñes un mechero para prenderme fuego, o como le ocurría a Popeye, lata de espinacas y todo para dentro. 

La vida son estas pequeñas cosas. He vuelto a navegar —para serte sincero estoy empezando de cero—, con la sensación de que es como montar en bici. El As de Guía me salió en un momento, cazar el foque es un juego de niños y orzar es parte de mi propia naturaleza. 

¿Sabes quién soy? FOTO DE @marhidalgow_ (Mar Hidalgo Willis)

Y, por si fuera poco, siguiendo los buenos consejos del amigo Popeye, he aumentado mi ingesta de espinacas, que con esto de la crisis de los cincuenta, empiezo a necesitar suplementos. Si no te lo crees este sábado y domingo pongo proa al horizonte ¿te atreves?

Gracias por leerme.

«China está a miles de kilómetros»

«China está a miles de kilómetros»
China está lejos, pero tú…

China está lejos. Muy lejos. Para Raul, China es inalcanzable. O al menos eso dice él, que hasta el momento, y que yo sepa, nunca ha programado visitar esos lares.

Por el contrario Ana es distinta. Ella sí ha visitado China, recorrido sus calles y descubierto la Gran muralla. En su momento le prometió una foto desde allí, ya que sabía, con total certeza, que cuando su sombra pisara sus primeros adoquines y su mirada levantara la vista, para perderse en su serpenteante figura, sus preciosos ojos verdes, esos que hacen que Raul pierda el tino, la llevarían a recordarlo, aún estando tan lejos, pero tan unidos a la vez.

Ana y Raul se conocieron por culpa del caprichoso destino, pero conectaron por eso hilo no visible que les hacía hacerse cómplices con una sola mirada que, de inmediato, acompañaban con un guiño, una broma, una risa. Entonces, algo cambió, aunque ambos siguieran enlazados, ella anunció su viaje, su viaje a China.

Fue él el que entonces la sorprendió, regalándole el primer sabor a fruta fresca de aquellas latitudes. Desde entonces Raul ve en la carne de los lichis, los jugosos labios de Ana prestándose a probar aquel manjar del sur de China. Ella recuerda el momento, se ruboriza y sonríe, echándolo de menos y, quizás, deseando que fueran los labios de él.

Ya hace unos meses que esto ocurrió. Él lo intentó le dijo que no fuera, que no lo dejara, que ya, si eso, él la llevaría… Como era de esperar Ana no hizo caso y se marchó, dejándolo atrás, mirándolo por el espejo retrovisor, pero con la promesa de que lo volvería a ver. China era solo un lugar, solo un viaje. El tiempo demostró que era un abandono.

Lo peor no son los kilómetros que le separan de China. Ella regresó y Raul intentó tirar del hilo que los unía para volver a reír junto a ella. Pero el hilo es largo, se enrolla, se anuda…, los aleja. La distancia realmente dolorosa, no es la que les separa de aquel país, sino la que le dificulta llegar a Ana y no porque ella esté lejos, sino porque, como ocurre con China, ella también levantó, en su momento, una muralla tras la que esconderse y que Raul ahora no puede traspasar. Para ello le hubiera hecho falta aquella foto que ella nunca le mandó.

Gracias por leerme.

«Un concurso a cuenta de FAYNA»

FAYNA

Hace un tiempo, en este post, te daba las gracias por «petar» Facebook con tu ayuda para que mi editorial DIEGO PUN EDICIONES, aceptara publicar la novela que les había enviado.

Hoy, que estoy terminando la ultima de mis revisiones, ya que me han solicitado unos ajustes, he decidido volver a probar suerte con tu inestimable ayuda.

Como podrás imaginar todo depende de las ventas y para ello hay que fomentarlas. Ya sabes que no hace mucho presentamos FAYNA, con la inestimable y fantástica organización de la librería «El barco de papel». ¡Ha llegado el momento de hacer una promoción brutal! ya que Ancor llegó a ser el segundo libro más vendido en Canarias durante el 2018, y FAYNA no puede ser menos. Así que tenemos el listón muy alto.

La propuesta que hoy te hago, con este pequeño concurso, es simple. Paso a detallarte:

1.- Te invito a que compartas, en tus redes sociales, una foto de la portada de Fayna. Tu puedes salir en ella o no.

2.- Debe ser lo más original posible: en la playa, en el monte, en un avión, en la nieve… , dentro de la nevera. ¡Imaginación al poder! Esto influye para ganar.

3.- No olvides etiquetarnos a Nareme, a Diego Pun Ediciones y a mi.

4.- Tienes de plazo hasta el 31 de octubre.

5.- El fallo del jurado no podrá declararse desierto. Deberá haber una persona ganadora.

El jurado, compuesto por Nareme, un representante de la editorial y yo mismo, proclamará la foto ganadora a finales del mes de noviembre, y, con él, el título de la novela.

A cambio de este pequeño juego, la persona que cuelgue la foto más original, increíble, graciosa…, y por lo tanto sea declarada la única ganadora del concurso, recibirá como premio, cuando salga publicada, el primer ejemplar de mi novela, debidamente dedicado, con la que inicié este post y del cual, hasta que no esté cerrado del todo, no puedo decir su título.

¿Qué? ¿Te animas? Como verás no es difícil. Espero tus fotos. 

Gracias por leerme. 

PD. Sería de agradecer que además compartieras esto entre todos tus contactos.

«La lluvia deseada parece no venir»

«La lluvia deseada parece no venir»
La lluvia y su repiqueteo es inspirador.

Los días pasan esperando la lluvia. El cielo parece nublarse, taparse con su capa gris amenazadora para, minutos más tarde, volver a desvestirse y mostrar, de nuevo, el bello traje de cielo azul que rematado con un sol picón y pegajoso, es claro síntoma de lluvia.

Desde mi ventana los veo. Caminando. Lejos, pero acercándose a buen paso. Hacen aspavientos y elevan el tono de su voz. Desde aquí casi los oigo. Los dos hombres caminan al unísono con ritmo firme y constante. Ambos van vestidos igual, con traje negro y, como si de un uniforme laboral se tratara, llevan la misma gabardina, que por la fuerza del calor ahora cargan en el brazo izquierdo, mientras que, con el derecho, acompasan sus andares con un largo paraguas, también oscuro, que hacen bailar entre sus manos marcando el ritmo de sus pasos. Se ve que ellos también esperaban a la lluvia. 

Casi han llegado a la altura de mi casa. Con un extraño gesto se han parado y, la atravesada conversación que traían, desde el final de la calle, ha cesado. Se convierte en una malintencionada mirada. Yo, de pie tras mi ventana, aferrado a la taza del café que suelo tomarme a estas horas, mientras busco ideas sobre las que escribir, siento sus ojos clavarse en mi figura. Tengo la sensación de que me están estudiando. Ojalá lloviera de repente.

Pese a la distancia, a la seguridad que dan mis muros, al cobijo que da mi techo, siento cómo esos extraños personajes me estudian. Me da vergüenza mirarlos, y, por un momento, doblego mi mirada. Sabedor que no estoy haciendo nada malo retomo la posición de mi cabeza y aquellos dos ya no están ahí. 

Un ligero golpeteo, parecido al tamborileo que ejercitan las yemas de los dedos sobre la madera para indicar un redoble, se escucha tras la ventana. No puede ser que me estén tocando. Miro. El repiqueteo continúa. Remiro. El ruido va en aumento. No los veo. Los hombres no están. Dudo, ¿eran nubes o malos pensamientos?, lo cierto es que la lluvia ya no me deja verlos. Bendita lluvia.

Gracias por leerme.