«Telepatía mientras escribo»

Telepatía

Hace unos días, por pura casualidad o por una fuerza superior, en forma de tuit, descubrí un libro, del que jamás había oído hablar, «Mientras escribo», del gran maestro del suspense Stephen King. Lo devoré en un par de días. Solo comentarte de que, fuera de la temática de misterio o terror a la que nos tiene acostumbrado, éste es un relato biográfico en el que nos cuenta su proceso escritor. Aprendí muchísimo.

Una de las ideas que define con mucha claridad es la relación existente entre el escritor y el lector. Para él, ese vínculo, se basa en la telepatía, ya que, lo que escribo eres capaz de verlo en tu cabeza, mientras lo lees.

De esta manera, para que te hagas una idea aproximada de cuál es mi situación actual, bastará con contarte que, mientras el resto de la casa ya está en silencio, yo estoy encerrado en el cuarto en el que escribo. Todas las luces están encendidas, pero las que de verdad alumbran este momento están conectadas en mi cabeza ordenando rápidos movimientos a unos torpes dedos, que se equivocan con cierta frecuencia, en el traqueteo sobre los blancos botones de mi teclado. Ya con el pijama puesto y sentado frente a la pantalla de mi ordenador, transcribo este momento para que tú, que estás al otro lado, recibas este mensaje y dibujes en tu mente, gracias a esa telepatía que decía Stephen King, mi situación.

Pero creo que el gran autor, pese a tener toda la razón, en el momento en el que escribió el libro, desconocía la capacidad actual que tenemos los que escribimos —iba a decir escritores, pero se me hace grande— de estar en dos sitios a la vez.

Sí, además de la telepatía, tenemos el poder de la bilocación, que como sabes es la capacidad para estar en dos sitios a la vez. ¿Me imaginaste escribiendo este post? Pues si me conoces sabrás donde me encuentro estos días y te confieso que, gracias a la tecnología, puedo jugar contigo, con mis escritos y teletransportarme a otro lugar algo más frío y blanco que mi teclado. Lastima que no estés aquí.

Gracias por leerme

«Pepinos day»

Hace unos días bromeaba con una amiga sobre trucos de belleza. Ella afirmaba que, además de hacer deporte y comer más o menos sano, pocas cosas hacía. Yo en cambio me la imaginaba en la típica estampa de rulos, mascarilla en la cara y rodajas de pepino en los ojos.
Pues de la broma hemos pasado a la realidad. Ayer no gasté ninguna inocentada digna de ser mencionada, así que, en compensación, te propongo que me acompañes en este estúpido juego y así reírnos de nosotros mismos, aunque, francamente, dudo que te atrevas.
Como bien sabes, el pepino, entre otras cualidades, al ser un gran revitalizador de la piel, ayuda a desvanecer las bolsas de los ojos que hacen su aparición por culpa de pasar malas noches, por la falta de descanso… Justo lo que ocurre en estos días.
La propuesta es tan sencilla como estúpida. Cuelga en Facebook una foto tuya con las rodajas de pepino, en los ojos, la cara o por donde creas que lo necesitas. Puedes usar el hashtag #pepinoday y veremos qué pasa.
Para darte algo más de tiempo, me adelanto y publico esta entrada antes de lo que es mi costumbre.
¿Te atreves? Yo soy el primero.

 

Gracias por leerme, y jugar conmigo.

«Ahorrando una pasta en psicoterapia»

 

Lo bueno de los «viercóles» —especie de acrónimo formado a partir de la unión de miércoles con  sabor a viernes, ideal para ser usado tal día como ayer—, es que me permite tener una noche extra a la semana para reunirme con algún amigo, en torno a una cerveza —en este caso fueron más de cinco—, para darle al pico.
Carlo —nombre figurado para guardar su anonimato— solicitó mi apoyo —después de la tercera birra— en referencia al descoloque mental que tiene por culpa de una «preciosidad» que lo trae de cabeza desde hace algún tiempo. Él afirma que como escribo tonterías de todo tipo, y eso hace que me ahorre una pasta en psicoterapia, puedo serle de ayuda. Pues aquí estamos, en asistencia del pobre desvalido.
Según me cuenta, han estado juntos unas cuantas veces. Las chispas han saltado en todas ellas, y más aún cuando han hablado por teléfono. Por las circunstancias que ambos viven actualmente —que mejor no cito para no desenmascarar a nadie—, su relación deben mantenerla en el anonimato. A la vista de todos son amigos, pero cuando están a solas, la complicidad les hace perder el tino. Ahí precisamente es donde está el problema. Juntos se sienten tan bien, tan a gusto, pero están tan atados, que se sienten culpables de lo que les une y tienden a huir. La situación es difícil de mantener.
A Carlo lo que más le gustaría es que se vieran más, pero conocedor de que es complicado, se conforma con que ella le mande un mensaje, le hiciera un guiño, lo buscara de vez en cuando…, le ayudara a mantener la viveza del fuego que han despertado.
Y aquí estamos, ahorrándole una pasta en psicoterapia al socio.
Me consta que ambos leen este blog —¡ya les vale!, podrían pinchar un «me gusta» de vez en cuando—, así que a ver si nos ponemos las pilas y entre todos, ayudamos a estos dos a comunicarse. ¿Aconsejarías otra cosa? ¿Quién debe insistir? Si los conocieras, ¿qué consejo les darías?

 

Gracias por leerme.

«COMIENZO DE CURSO»

Hoy costó mucho despertar a Pablito. Los que saben de esto aconsejan recuperar las rutinas y horarios poco a poco, antes del comienzo del curso escolar, y así, con la suficiente antelación, cuando llega el día todo es mucho más fácil volver a coger el ritmo.
—Arriba cariño, despierta —le dijo la madre mientras le abría las cortinas para permitir que  la luz entrara de golpe inundándolo todo. Él, tapándose con la almohada, se revolvía en contra de la voluntad de su dedicada madre.
—Venga anda —volvió a indicarle con cariño— que se te hace tarde. 
Ella se sentó a los pies de la cama y acariciándole la pierna que se encontraba por fuera de la sábana continuó la conversación. 
—Te he preparado un bocata para media mañana, y en la mochila ya te he metido el Ipad, el estuche y ese gran cartapacio con tanto papelote que anoche dejaste tirados en la mesa del comedor.
—¡Pero mamá! —continuó el protestando—, que no, que…
—¡Que no! ni que niño muerto —dijo ahora cambiando el tono de voz a otro algo más duro e inquisitivo—, ¡levántate ya!, que se te enfría el café con leche y las tostadas y…
Pablito tuvo que incorporarse para así poder interrumpir la perorata de su madre
—¡Mamá!, soy profe de secundaria este curso tengo turno de tarde.
—¡Ay cariño! es verdad. Me lo habías dicho. Pero te miro y sigo viendo al menudo que había que levantar para ir al cole. Y ya que estás despierto porque no…

Gracias por leerme y FELIZ CURSO ESCOLAR.

«Un deseo por San Juan»

Siguiendo la tradición hoy, noche de San Juan, se debería lanzar a la hoguera todo lo malo para atraer todo lo bueno. Él, de nombre Juan, sabía que esto era así, conocía la tradición, y sabía que si quería superar el tiempo de desasosiego e incertidumbre personal en el que estaba viviendo, tarde o temprano tendría que alimentar esa hoguera.
Se reunió con su grupo de amigos en la playa, tal y como días atrás habían quedado. Todo estaba listo: el picoteo, las bebidas, el hueco en la arena, unas pequeñas maderas, las velas…, incluso alguna de las participantes había preparado unos pequeños papelitos, y cargado con lápices suficientes, para que  cada uno apuntara ese peso negativo del que quería desprenderse en la mágica noche.
Juan escribió su descarga. Lanzó el mensaje al fuego y siguió con su mirada como el rojo espíritu devoraba aquellos malos sentimientos, hasta hace un momento convertidos en letras, para izarlos al cielo transformados en humo y ceniza, que se levantaban por efecto de la leve brisa reinante.

Lamentó no notar el cambio en el peso que cargaba sobre sus hombros, pero la primera nota de la música que comenzó a sonar le hizo darse cuenta de que la echaba de menos y que, a este paso, nunca podría alcanzarla. El fuego hizo su efecto, el tiempo haría el resto.
Gracias por leerme.

«En misa y replicando»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Ya
he dicho en varias ocasiones que a mí esto de la tecnología y sus
juguetitos me encanta. En general me gusta por muchos motivos, pero
por destacar alguno de ellos citaré tres: Me asombra lo conectados
que estamos unos a otros desde por la mañana temprano,
acompañándonos hasta en el baño, (Por ejemplo: Ahí está el amigo
madrugador que, junto a los buenos días, nos retransmite el parte
del tiempo y las cosas importantes del día de hoy, cual libro
gordo). El conocimiento. Accedemos a todo el saber. Cuando no
conocemos un dato o algo sobre un tema, lo buscamos inmediatamente en
nuestro smartphone y ¡hala!, aprendemos. (Por ejemplo: Sabias que
tal día como hoy, pero en 1904, se promulga en España la ley que
establece el descanso dominical. ¡Vivan los domingos!). La
ubicuidad. Claro, seguro que ahora te resulta mucho más fácil
«estar en misa y replicando» o, como en mi caso, que he dejado este
post grabado y programado porque no quería dejarte sin tu pastilla
de los jueves. ¿Que dónde estoy? ¿Que no me crees? Pues anda
corre, pon la tele que seguro que salgo en la retransmisión de los
PREMIOS CADENA DIAL, ¡con lo que me gusta a mi un micro!

«Lavada de cara»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Cada
mañana me levanto y, tras encender el fuego de la cafetera, me lavo
la cara. Seguro que tu rutina se parece. 

Como verás he decidido que los esfuerzos que invierto semanalmente en este
blog, en esta ocasión, se vayan en cumplir con una de las tareas que me había
marcado, y que tenía pendiente, al empezar el año. Ha tocado
lavarle la cara a esta esquina y colocar no solo un nuevo diseño,
sino también separar y organizar, de manera distinta, la información
aquí alojada.

Espero que te hayas fijado en que he puesto una serie de pestañas en la parte superior, así
como una barra lateral, con la intención de que ambas herramientas agilicen el acceso a la
información.

Por
mi parte, al parecer ya lo tengo todo preparado para recibir mi nueva
novela. Así que venga, ¡prepárate!, lávate la cara que en menos
de un periquete te presentaré: 

«LA
LEGIÓN DE LOS BOSQUES»

«Retomando la normalidad»

Extraído, sin permiso, de San Google
Como lo prometido es deuda, ya estoy por aquí. Han sido unas vacaciones bastante relajadas, en lo que a la escritura se refiere. Decidí que iba a tomarme un descanso y así ha sido. En todas las vacaciones NO HE ESCRITO UNA SOLA LETRA. Por lo demás han sido, y son —ya que aún me quedan un par de días de vacaciones—, un sin parar. Bueno, qué te voy a contar. En mi tónica —por supuesto con ginebra incluida.
Han sido muchos días de comidas, de amigos, de fiestas, de lectura, de viaje, y de un montón de actividades que, si me lo permites, que poco a poco te iré contando.
Como novedades para este año, además de los consabidos buenos propósitos —deporte, adelgazar, escribir más, recuperar viejas amistades…— comentarte que tengo en mente dos nuevos proyectos editoriales. El primero ya se está calentando. ¿Te acuerdas de aquella entrada en el blog en la que hablaba de que iba a presentarme a un concurso literario? Pues como era de esperar no saqué nada, pero a una Editorial le ha gustado la historia y quiere publicar. Espero que a lo largo de la semana que viene pueda contarte algo más e ir compartiendo el paso a paso. 
La segunda historia consistirá en sacarme una espina que tengo clavada. De esta no puedo decir nada, aún, pero dentro de poco…
Por último susurrarte de que también retomo la escritura de la historia que me tengo entre manos y que ya va por el capitulo seis de no sé aún cuántos. Pero la trama empieza a tener forma.

Como ves empiezo el año con fuerza y es que no hay nada como volver a los horarios locos, a la realización de la multiactividad, para organizar mi mente, mis ánimos y las ganas de seguir disfrutando de la vida. Espero así luchar contra la creencia que tienen algunos de que la normalidad consiste en recobrar su antipática, seca y maleducada existencia. Menos mal que tú no eres de esas personas.

«Alpha, Bravo, Charli, Delta. O de cómo deletrear sin confusión»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
A veces en el trabajo tengo que deletrear direcciones de correos electrónicos, códigos alfanuméricos, palabras… Para que la persona que está al otro lado del teléfono me entienda y no haya confusión utilizo la técnica de reemplazar la letra por una palabra frecuente. En mi caso, normalmente utilizo lugares: A de Asturias, B de Barcelona, C de Canarias…,T de Tenerife… Lo cierto es que me sale de manera tan espontánea que, en ocasiones, la persona que está al otro lado no se da cuenta de que le estoy deletreando hasta bien avanzado el acto.
¿Porqué elijo esas palabras? Imagino que lo hago por algún tipo de aprendizaje que no logro entender. En otros casos, por ejemplo en las películas de guerra, se usa el que he mencionado en el título de esta entrada. 
        Por lo que he indagado en «San Google» los topónimos son los más usados en España para esta tarea. También se puede usar nombres de personas, apellidos…
Y aquí está la propuesta de hoy: ¿Me ayudas a componer un nuevo código para deletrear? 
Para poder organizar un poco debemos cumplir los siguientes requisitos:
  1. Puedes aportar tantas palabras como quieras.
  2. Deberán cumplir el esquema: L de Libertad.
  3. Han de ser fáciles de asociar a la letra que pretende definir. 
  4. Preferiblemente que empiece por ella, aunque hay algunas que, como resulta más que evidente, podrá contenerla. 
  5. Tendrán que estar relacionadas con la FELICIDAD.
  6. Puedes explicar porqué la eliges. Por ejemplo: Y de Yo. Porque yo tengo que ser feliz.
  7. No vale repetir letra.
  8. Puedes dejar tus palabras aquí o en el Facebook.
¿Te apetece jugar a deletrear conmigo?
Empiezo:

A de Alegría, B de Baile, C de Contento-a, D de Dicha…

«El juego de las seis cervezas»

Extraída, sin permiso, de San Google
Vamos a jugar. Te propongo un juego en el que quiero que pongas a prueba tu imaginación, como si fueras escribiente de un blog de poca monta como este, e incorpores un final o motivo original por el que el protagonista del caso que nos ocupa ha hecho lo que te cuento a continuación. 
Estás en el coche esperando que salga tu hija de su actividad extraescolar. Con la mirada perdida afinas las pupilas en lo que hace un señor, parado en mitad de la acera, y que apenas está a veinte metros de ti. Él no te mira, pero tu lo estudias con detenimiento.
De su hombro derecho cuelga un bolso marrón, parece que de cuero y de tamaño medio. En su mano lleva una bolsa verde de plástico, probablemente de un supermercado. Llegas a esa conclusión cuando ves que de ella saca un «pack» de seis latas de cervezas. Sin duda en el interior de la bolsa quedan mas cosas. Quiere liberar sus dos manos para poder asirlas correctamente así que, con cierto esmero, probablemente para no romper su contenido, pone la bolsa en el suelo.
Como puede, mientras mantiene entre sus manos el paquete con las seis cervezas, abre el bolso marrón. Intenta meterlas como están, agarradas y rodeadas de ese plástico blanco con forma de argolla, tan criticado por ser asesino de tortugas y otros animales marinos. Le cuesta trabajo pero al fin lo consigue. Cierra el bolso y vuelve a coger la bolsa para reanudar su marcha en mi dirección. Ya las tiene ocultas.
Al caminar por mi lado cruzamos las miradas. Me parece intuir cierto rubor en sus mejillas, como cuando pillas a un niño en una travesura. Él desvía la vista. De manera fugaz analizo la bolsa: no está llena, no está rota, no tiene desperfectos, no pesa.
¿Porqué lo ha hecho? 

(No vale lo fácil: quiere esconderlas porque su pareja no le deja beber)