«Superando mis miedos»

(Historia
de dos. Cap. IV)
(Si
no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)
El frío líquido bajo por mi
garganta refrescando y aminorando mi sonrojez. Ella seguía con sus
ojos clavados en mí.
―Esta buenísima.
―¿Quién yo? ―dijo mientras
exhibía una risita pícara―. Gracias.
― Bueno, eso también ―admití
mientras los colores volvieron a invadir mi rostro―, pero hablaba
de la cerveza.
Yo mismo me sorprendí de lo
audaz y rápida de mi respuesta. Ella rió abiertamente siguiendo el
juego que habíamos planteado.
Volvimos a chocar nuestras copas
y continuamos hablando un buen rato. Recuerdo que lo hicimos de todo
un poco: de nuestros trabajos, de las amistades comunes, de
aficiones… Estábamos a gusto enseñando al otro todo nuestro
perfil.
El camarero entrometido hacía
acto de aparición de vez en cuando, unas veces para intercambiar con
ella alguna palabra o broma y otra para sustituir las cañas vacías
por otras recién tiradas.
La tarde se pasó en un
santiamén. Llegado el final de la tercera cerveza decidí que era
hora de marcharme.
―Tengo que irme. Tengo un
hambre que no veo y mañana me levanto temprano…
―¿Vamos a cenar?
―interrumpió― Conozco un sitio aquí al lado muy barato y que
está… como yo.
Ambos reímos. Yo me quedé
mirándola. Era una chica sorprendente, más de lo que mi imaginación
podía pensar. Me gustaba todo de ella: Su larga y ondulada cabellera
negra, su amplia sonrisa enmarcando dientes perfectos, sus simpáticas
pecas que jalonaban sus colorados cachetes… No sabía qué hacer.
Esta maldita timidez no me dejaba reaccionar, o quizás era su
deliciosa mirada.
Volví en mí cuando su mano
asió la mía.
―Esta bien listillo ―dijo
tirando de mi― Nos vamos. Me muero de hambre.
Ambos nos levantamos. El
camarero había dejado la cuenta encima de la barra así que me
apresuré a cogerla.
―Yo invito ―dije mientras
ella le plantaba dos besos al entrometido y éste le correspondía
con algún comentario, seguramente sobre mí, que la hizo reír.
Apenas caminamos cinco minutos.
Ella llevaba su bolso y su pesado maletín del trabajo. Paramos en el
portal de un edificio. Colocó la maleta, con mucho cuidado en el
escalón de la entrada y sacó unas llaves de su bolso.
―¿Dónde vamos? ―pregunté.
―A mi casa. ¿No pretenderás
que cargue con este muerto ―dijo señalando su pesada maleta?
Volví a sonrojarme.
―Pero no íbamos a cenar.
―Sí, en mi casa ―afirmó
mientras abría el portal y me indicaba el camino―, ¿o te da
miedo?

«El encuentro» (Historia de dos. Cap. III)

(Si
no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)


Mantuve su mirada como pude. No
fue tarea fácil. Sus grandes ojos negros me penetraban inquisidores.
Las palabras se atropellaban en mi mente, pero chocaban contra mis
cerrados labios. Había llegado el momento que estaba deseando y no
sabía qué contestar.
―Te
buscaba ―Aquellas palabras me sorprendieron a mi mismo. ¡No era lo
que quería decir! Un calor intenso subió por mi cara y noté como,
de repente, mis ojos se abrían como platos y todo mi cuerpo se puso
de un rojo intenso. Patricia también se sorprendió.
―¡Vaya!
No te andas con rodeos.
―En
realidad no era eso lo que yo quería…―ella riéndose me
interrumpió.
―No
seas cobarde ―afirmó mientras posaba su mano en mi brazo
izquierdo―, es lo que has dicho así que ahora me lo vas a
explicar.
Con
su natural descaro y seguridad habitual, se giró hacia los vecinos
de barra. Tras intercambiar con ellos unos breves comentarios y
alguna risotada, logró que el que estaba a mi lado se levantará
para dejarle el taburete libre. Una vez hecha dueña de él, llamó
al camarero por su nombre y le solicitó una caña de cerveza.
―¿Quieres
una? ―me dijo a la vez que volvía su cuerpo hacia mi. Bastó un
breve movimiento de mi ojos para que ella volviera a tomar la
iniciativa― ¡Que sean dos! ―El camarero, que ya estaba de
espaldas tirando la primera agarró otra copa sin contestarle. 
Nuevamente me miró directa a los ojos―. Pues aquí estoy.

Por
un momento no entendí lo que quería decirme. Mi cara debió de
reflejar esa incertidumbre ya que, acto seguido, Patricia explicó su
comentario sin yo tener que abrir la boca.

―¿No
decías que me buscabas? Pues aquí estoy.

―¡Ah!,
que no te había entendido ―contesté con risita nerviosa. Noté
como ella esperaba que yo siguiera hablando así que me armé de
valor y continué―. Pues nada que pasé por la puerta y me acordé
de que el otro día en la cena dijiste que solías venir a este bar
muy a menudo ―el camarero colocó los posavasos, las cañas y un
cuenquito con manises entre nosotros mientras atendía a lo que yo
estaba diciendo. Lo miré inquisidor pero él, lejos de entender que
quería que nos dejase en paz participó en mi charla.

―Pero
eso ya hace tiempo ¿verdad? Lleva algo más de un mes viniendo casi
todos los días ―dicho lo cual se marchó.

―¡¿Ah,
sí?! ―dio Patricia mientras sonreía y dejaba de prestar atención
a su amigo.

Quería
morirme. Aquel entrometido había tirado por los suelos mi coartada
para estar allí. Otra vez me había puesto colorado y desde luego
ella se había dado cuenta.

―Me
parece que la tarde promete ―afirmó mientras acodó su brazo
derecho en la barra.

Yo,
tragando saliva, intenté justificarme.

―La
verdad es que desde la cena me he acordado mucho de ti y solo quería
volver a coincidir contigo…

Volvió
a interrumpirme Esta vez colocó su dedo índice izquierdo sobre mi
boca para callarme. Con la mano derecha levantó su copa y propuso un
brindis.

―¡Por
el encuentro!

«La Merkel»

(Historia
de dos. Cap. II)
(Si no has leído los capítulos
anteriores, pincha aquí)
Con
tantas dudas rondando sobre mi cabeza, decidí esconderme como los
avestruces. Me oculté tras el periódico que mi vecino de barra
había abandonado hacía solo unos instantes. Me acordé de esas
viejas y malas películas de espías en los que los diarios tenían
hechos dos orificios por los que continuar observando al enemigo.
Tenía ganas de verla, pero no me atrevía a descubrirme. Entonces
escuché la conversación.
―Mira,
ya llegó «La
Merkel» ―dijo
mi vecino de barra a su compañero de cañas.
―¿Quién?
―preguntó el susodicho.
―La
Patricia, que ya llegó.
―Ja,
ja, ja ¿Todavía te pica, eh? ¿Cómo la llamaste?
―Ja,
ja, ja «La
Merkel»―ambos volvieron a reír― Es que no hay forma de conquistarla.
Aún
escondido tras las páginas del noticiero, no podía salir de mi
asombro. Aquellos dos hablaban de ella como si estuvieran solos.
―¿Cuándo
fue la última vez que lo intentaste?
―Este
sábado por la noche, pero nada de nada. Es dura de roer, como la
Merkel. No puedo derribar el muro que la rodea. Muchas risitas, muchas bromas, mucha calentura…, pero a la hora de la verdad, nada de nada.
La
curiosidad me pudo. Muy despacio fui bajando el periódico. Quería
verla. Necesitaba mirarla a los ojos para armarme de valor y
acercarme a saludarla. ¿Pero y si era como afirmaban estos dos? Iba
a ser el ridículo.
Mi
mirada se dirigió a la esquina en la que se había acodado ella nada
más entrar. Estaban las personas que había saludado, el camarero,
pero ella…
―¡Vaya!
¿A quién tenemos aquí?
Su
voz resonaba justo a mi derecha. Un hormigueo incómodo recorrió mi
cuerpo y mis piernas comenzaron a temblar. Solté el periódico e
intenté poner mi mejor sonrisa de pocker.
―¡Patricia!
―Su cara se acercó a la mía en busca de un par de besos que por
supuesto no me negué a entregar, tampoco tuve otra opción. Con su
cercanía mis pulmones se llenaron del aroma que desprendían su
negros cabellos recién lavados. Todo yo temblaba.
―¿Qué
haces aquí? ¿Cuánto tiempo? ¿No es que odiabas las barras de los
bares?

«Buscando el objetivo» (Historia de dos. Cap. 1)

Debo
estar más chiflado de lo que me imaginaba ―fue
el destructor pensamiento que tuve nada más verla entrar por la
puerta―. La conocí en la cena que organizaron unos amigos. Por
casualidad nos sentamos uno frente a otro, rodeados de amigas
comunes. Hablamos y reímos mucho con todos los que estaban a nuestro
alrededor, pero apenas conversamos solos en un par de ocasiones, ya
que ella era el centro de atención de otros hombres que sí la
conocían, y siempre nos interrumpían.
Recuerdo
aquella noche con emoción. Me
impresionó su presencia y estar. No pude parar de observarla. Todo
en ella llamaba mi atención, sobre todo sus dos ojos negros clavados
en los míos mirándonos, su larga cabellera negra, sus finas manos
dirigiendo el alzado de copas para brindar a la salud de los
anfitriones… Sin duda alguna es todo un personaje, pensé. No sé
si fue amor a primera vista, un flechazo o simple conmoción
cerebral, pero decidí que tenía que descubrirlo. Tenía que volver
a dar con ella, pero a solas. Me marché y no me atreví a pedirle el
teléfono.
Entre
las palabras, anécdotas y costumbres intercambiadas, me quedé con
la idea de que suele acudir a este bar, en el que ahora estoy
sentado, a tomar café, ver amigos, despejarse… Nunca he sido asiduo de ninguno, tampoco me gusta serlo, además éste queda a más de veinte minutos en coche de mi
casa, pero llevo viniendo desde hace un mes, a distintas horas,  intentando coincidir «por
casualidad» con ella. Hasta hoy no había tenido suerte. Ahora que
la veo entrar me entra la cobardía y los nervios al verla invaden mi interior como cuando tenía quince años.
Entró
radiante, con el halo de seguridad que la rodea. Va directamente al
otro lado de la barra. Saluda a un par de habituales, que ya conozco
de vista, y a todos los camareros, con besos y abrazos. La envidia, y
las dudas, me corroen. ¿Se acordará de mi? ¿Qué hago aquí?
¿Espero a ver si me ve o me acerco a ella?